Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 5 — 112
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Capítulo 5 — 112

Irati Sarasola

Irati llegó a la sala cuando el primer aviso llevaba dos horas saltando por los monitores, y el edificio entero parecía respirar a un ritmo que no era el suyo.

Los teléfonos sonaban en cascada, las pantallas de la pared mostraban mapas de Euskadi con los puntos rojos de las emergencias encendidos como fichas de un tablero que alguien estaba moviendo desde fuera, y en el centro de la sala, rodeado de agentes y de operadores con auriculares, un inspector de Protección Ciudadana intentaba hacerse oír por encima del ruido.

Irati se identificó en la puerta, colgó el pase del pecho y entró. Nadie la miró: todos miraban las pantallas.

—¿Qué tenemos? —preguntó al primer operador que levantó la vista.

—Todo —dijo el operador, y su voz sonaba como la de quien ha estado horas hablando con gente que grita—.

Empezó con las citas. Luego la receta electrónica.

Luego Osabide. Luego las listas de espera.

—Señaló un monitor donde los números caían en rojo—.

La red de Osakidetza se está cayendo en cascada, inspectora.

No es un fallo: es como si alguien estuviera apagando las luces una a una, de la misma casa, a propósito.

Irati miró los monitores un momento, con el ruido de los teléfonos y el zumbido de los servidores metiéndose en los huesos.

La red de Osakidetza. El sistema del que dependían los historiales, las citas, las recetas, las urgencias, los quirófanos.

El mismo sistema donde trabajaba Ane Arrieta antes de morir.

El mismo sistema donde el historial de su tío se abría como una cuenta corriente que alguien no quería cerrar.

El mismo sistema donde su madre, Joseba, estaba ingresada en Basurto con un dolor de costado que nadie sabía explicar todavía.

El frío le subió por la nuca, despacio, como sube la marea.

—¿Cuántos centros están afectados? —preguntó.

—Todos —dijo el operador—. O casi todos.

Los hospitales de agudos, la atención primaria, los centros de salud, las residencias que dependen de Osakidetza.

Algunos avisos siguen entrando por los canales de emergencia, pero la receta electrónica se ha caído, Osabide se ha caído, y los médicos están empezando a trabajar como trabajaban hace treinta años: con papel, con bolígrafo y con la memoria.

Irati se quedó un momento en silencio, con el ruido de la sala alrededor y la palabra «papel» girándole en la cabeza. En el fondo de la sala, alguien gritó un código por encima del ruido, y un agente salió corriendo hacia el pasillo con el teléfono pegado a la oreja.

—¿Y SOS Deiak? —preguntó—. ¿Está tocada?

—SOS Deiak aguanta —dijo el operador—. Es una red separada, con sus propios protocolos.

Los códigos siguen saliendo: MENDI, HIRI, KOBA, brEC.

Las emergencias de montaña, de ciudad, de cueva, de rescate.

Pero si la red de Osakidetza sigue cayendo, la gente no va a llamar al 112 para pedir un rescate: va a llamar para preguntar si su cita sigue en pie, si su receta sigue siendo válida, si su madre va a ser operada mañana.

—Miró a Irati—. Y nosotros no vamos a poder contestarle.

Irati miró la pared de pantallas un momento más, con los puntos rojos de las emergencias encendiéndose en toda Euskadi, y pensó que el ruido de la sala era el sonido de un sistema entero cayéndose en silencio.

—¿Quién coordina esto? —preguntó.

—La Jefatura de Ciberseguridad —dijo el operador—.

Han montado una sala de crisis en Vitoria, en la sede de Cyberzaintza.

Si quiere saber qué está pasando de verdad, es ahí donde tienen que mirar.

—Hizo una pausa—. Pero los de la prensa ya están llamando.

Y la prensa, inspectora, no va a preguntar por el sistema. Va a preguntar por el culpable.

En ese momento, un operador de la fila de la izquierda se levantó de la silla con el auricular pegado a la oreja y levantó la mano, con la cara blanca.

—Tengo un MENDI en la sierra de Aralar —dijo, con una voz que intentaba no temblar—.

Un montañero que no ha bajado desde ayer por la mañana.

La familia no sabe si ha dormido en el refugio o si se ha quedado en el monte.

El buscador de montaña ya está avisado, pero el refugio no contesta, y sin el historial del centro de salud nadie sabe si tiene una condición que le impida pasar la noche fuera.

Irati sintió el nudo en el estómago. MENDI.

El código de montaña. El mismo código que resonaba en el club de su padre, en el monte que ella conocía de memoria, en las noches de galerna en que los buscadores salían con las linternas y el viento y la esperanza de que el montañero hubiera parado en algún refugio.

—¿Por qué no contesta el refugio? —preguntó.

—Porque los refugios del monte dependen de la red para el parte meteorológico —dijo el inspector de Protección Ciudadana, acercándose—.

Y la red está caída. El refugio es un edificio de piedra con una radio, inspectora, y la radio no depende de Osakidetza.

Pero el que está dentro, si está dentro, no tiene forma de saber que fuera hay una tormenta y un buscador entero buscándolo.

Irati miró al inspector un momento, con el código MENDI flotando en la sala como una pieza más del mismo colapso, y pensó que el sistema no era solo pantallas y cables: era la red que unía a los que pedían ayuda con los que la daban.

Y cuando esa red se caía, los que se quedaban a la intemperie eran los que menos podían protegerse: los montañeros, los viejos, los enfermos, los que dependían de que una pantalla encendida dijera «este es su historial, esta es su alergia, este es el camino».

—¿Puedo ayudar en algo? —preguntó Irati.

El inspector la miró un momento, con esa mirada de los que llevan toda la madrugada en el mismo sitio, y luego señaló la pared de pantallas.

—Puede mirar —dijo—. Y puede pensar. Porque esto no es un fallo, inspectora. Esto tiene la forma de un ataque, pero la precisión de un diseño. —Hizo una pausa—. Y los que diseñan esto no suelen dejar huella. Pero usted, que investiga homicidios, sabe que la huella que no se ve es la que vale.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y el código MENDI encendiéndose en rojo en la pared de pantallas, y pensó que el inspector acababa de decir, sin saberlo, la misma frase que su padre usaba para leer el agua.

La huella que no se ve es la que vale.

Irati asintió, se volvió y salió de la sala con el ruido de los teléfonos a sus espaldas, con la palabra «papel» y la palabra «culpable» girándole en la cabeza, y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el ataque a la red de Osakidetza no era un accidente.

Era una pieza más del mismo caso.

La mujer del contenedor trabajaba vigilando esa red. Y la red se estaba cayendo la misma semana en que la mujer del contenedor aparecía muerta.

No era una casualidad.

En el pasillo, antes de salir del edificio, se detuvo un momento junto a la ventana y miró la ciudad dormida bajo la lluvia.

En algún lugar de esa ciudad, en un piso del Casco Viejo, la libreta de los casos que se le atragantaban estaría esperándola sobre la mesa de la cocina, con la lista de Ane Arrieta escrita en letra pequeña.

Y en Basurto, en un pasillo de urgencias que olía a antiséptico, su madre estaría durmiendo en una cama de hospital, con un dolor de costado que nadie sabía explicar todavía y un historial que, según el sistema, se había perdido.

El frío volvió a subirle por la nuca.

Irati salió a la lluvia y arrancó el coche hacia Basurto, con la certeza de que el caso acababa de cambiar de tamaño.

II. Basurto, urgencias en papel

El hospital de Basurto a las cinco de la madrugada parecía un campo de batalla sin ruido.

No había gritos. No había sirenas en el patio de urgencias, ni ambulancias entrando a toda velocidad.

Lo que había era algo peor, algo más silencioso: papel.

Papel por los pasillos, papel en las mesas de los controles, papel en las manos de los médicos que caminaban con las batas abiertas y los bolígrafos en la mano, papel apilado en las mesas de las enfermeras donde antes había habido pantallas encendidas.

Irati recorrió el pasillo de urgencias buscando a su madre, y en cada tramo se cruzó con el mismo paisaje: médicos con los historiales en papel, enfermeras con las listas de pacientes impresas a mano, un cajero de farmacia que explicaba a un hombre mayor que su receta «no se podía mirar porque el sistema estaba caído, pero que si tenía el papel del médico, valía».

El hombre mayor asintió con la cabeza, con la paciencia de los que han vivido otras épocas en que todo era papel, y se guardó la receta en el bolsillo del abrigo como quien guarda un tesoro.

Irati lo vio, y pensó en lo que le había dicho el operador del 112: la sanidad volviendo al papel.

No era un apagón: era una vuelta a un tiempo donde la información se movía a la velocidad de una mano que escribe.

Y en ese tiempo, los errores se multiplicaban, los tiempos se alargaban y la gente que más sufría era la que menos podía esperar: los enfermos, los viejos, los que dependían de una cita, de una receta, de un resultado que ahora había que buscar en una hoja que nadie sabía dónde estaba.

Encontró a su madre al final del pasillo, en una camilla junto a la ventana, con la chaqueta de punto puesta por encima de la bata y las manos cruzadas sobre el regazo.

Joseba Sarasola tenía sesenta y cuatro años, la cara surcada por el viento y la sal de una vida entera en la costa, y los ojos del mismo gris de Irati, pero con una luz más cansada.

La vio acercarse y sonrió, una sonrisa breve que no le llegaba a los ojos.

—Mamá —dijo Irati, sentándose en la silla junto a la camilla—. ¿Qué haces despierta a estas horas?