Capítulo 4 — EL AGUJERO #6
—No creo en las casualidades —dijo—. Creo en los papeles.
Y los papeles dicen que el contenedor fue transferido a una empresa de transporte que se llama Ugarte, y que esa empresa, según el registro, existe y tiene matrícula.
—Hizo una pausa—. Lo que no me dicen los papeles es si esa empresa es la misma que el tío, si es otra Ugarte, o si es un nombre que alguien eligió porque sabía que lo íbamos a buscar.
—¿Y usted qué piensa?
Irati no contestó de inmediato. Miró la carretera un momento, con la lluvia corriendo por el parabrisas, y luego dijo, con esa voz plana que Jules reconocía como la suya de verdad:
—Pienso que hay dos historias en este caso, y que no estamos seguros de que sean la misma.
—Hizo una pausa—. La primera es la del dinero: el contenedor, la ruta, el proveedor, Lisboa.
Esa la lleva usted, con sus archivos de Nueva York y sus cuentas que no cuadran.
La segunda es la del monte: Mokorreta, el agujero, el tío desaparecido, el pueblo que no habla.
Esa la llevo yo. —Miró la carretera—. Y hasta que las dos no converjan, vamos a estar tirando de dos cuerdas que pueden llevarnos al mismo sitio o a dos sitios distintos.
Jules se quedó un momento con la frase en la cabeza, con la ría desfilando por la ventanilla y la lluvia golpeando el cristal.
—¿Y cuándo convergen? —preguntó.
—Cuando encontremos la pieza que une las dos —dijo Irati—. La mujer del contenedor. Ella es la pieza. Estaba en el monte, preguntando por lo que se pierde, y acabó en un contenedor, con una ruta de dinero falsa. Si entendemos por qué ella, entenderemos por qué las dos historias son una sola.
Se quedaron en silencio un rato más, con el motor y la lluvia y la marea subiendo a lo lejos.
Jules miró por la ventanilla las luces de los pueblos que pasaban, los caseríos dormidos con las luces apagadas, las montañas negras contra el cielo.
Pensó en lo que le había dicho el viejo, en lo que le había dicho Eneko, en lo que le había dicho Irati, y en cómo todas las historias del caso empezaban a converger en el mismo sitio.
—¿Ha subido alguna vez al collado? —preguntó.
—Al Gorbeia, sí —dijo Irati—. Muchas veces. Pero al collado que da al valle de Mokorreta, no. —Hizo una pausa—. Los del club suben por la vertiente de Arraba. El valle de Mokorreta no está en las rutas. Es un sitio del que se habla poco, y por el que se pasa de largo.
—Entonces —dijo Jules—, si Ane se quedó en el collado mirando el valle, es que sabía que había algo ahí. No pasaba de largo: miraba.
Irati no respondió. Condujo en silencio hasta Bilbao, con las luces de la ciudad apareciendo a lo lejos sobre la ría, y cuando cruzaron el último puente, con la marea subiendo y el agua negra bajo las farolas, Jules vio que la inspectora tenía la mandíbula apretada y los ojos en la carretera, como si estuviera sumando en silencio las piezas que no quería sumar todavía.
El coche cruzó el último puente y Bilbao se abrió frente a ellos, con las luces de la ciudad encendidas sobre la ría y la marea subiendo.
Irati lo dejó en el hotel con un asentimiento seco, y Jules se quedó un momento en la acera, con el olor a salitre y a lluvia en la ropa, mirando cómo el coche se alejaba.
En el bolsillo, el teléfono vibraba. El Legat de Madrid, pidiendo el informe.
Jules lo miró un momento, lo guardó sin contestar, y subió a la habitación con la sensación de que acababa de oír dos veces la misma historia: una vez en la taberna, en la voz del viejo, y otra en el coche, en la resistencia de Irati.
Y las dos veces, la historia terminaba en el mismo sitio.
En lo que se pierde. Y en lo que pregunta.
Subió a la habitación, se sentó frente al portátil y escribió en la libreta, con la letra apretada de los agentes que trabajan de madrugada:
El viejo de la taberna ha dicho «el que preguntaba, desaparecía». Koldo Ugarte preguntó. Ane Arrieta preguntó. Las dos preguntas terminaron igual. El agujero de Mokorreta es el final de la cadena. Lisboa es el principio. Irati no quiere verlo, pero el dinero siempre encuentra la costa.
Apagó la luz y se quedó mirando el techo, con el sonido de la lluvia y de la marea al fondo, pensando en el viejo, en el tío desaparecido, en la mujer del contenedor y en la sensación de que el caso, por fin, empezaba a tener dos direcciones.
Una hacia el monte. Otra hacia el mar.
Antes de dormirse, el móvil se encendió una vez con un mensaje del Legat de Madrid, un recordatorio escueto de que al día siguiente esperaba el primer informe. Jules lo leyó dos veces, con el dedo quieto sobre la pantalla, y no respondió. El informe podía esperar. La verdad no.
En Boise, a esa hora, la abuela se estaría levantando para poner la cafetera, con el euskera de cocina y las fotografías del caserío en la pared. Jules pensó en llamarla, en oír su voz antes de empezar el día, y se quedó un momento con el teléfono en la mano. No llamó.
En lugar de eso, marcó el número de la comisaría de Bilbao, y cuando contestaron, pidió hablar con la inspectora Sarasola.
—Soy Whitfield —dijo—. Del Legat de Madrid. Tengo algo que enseñarle.
Colgó, se puso la chaqueta y salió al pasillo con la sensación de que, por primera vez desde que había aterrizado, estaba haciendo lo que había venido a hacer.
No observar. No reportar. Buscar.