Capítulo 4 — EL AGUJERO #5
Salieron a la lluvia, con el olor a taberna metido en la ropa y la noche de Zierbena mojada alrededor. Jules se detuvo un momento en la acera, mirando el puerto, donde las grúas dormían con las luces encendidas y la marea subía en silencio.
—El viejo tenía miedo —dijo.
—Todo el mundo tiene miedo en ese sitio —dijo Irati—. Y los que no lo tienen, no duran.
Se subieron al coche y salieron hacia Bilbao, con las luces de la ciudad apareciendo a lo lejos sobre la ría.
Y en la taberna, a sus espaldas, el viejo de la boina se quedó solo ante su copa, con el vino quieto y los ojos en la puerta por donde se había ido la inspectora, pensando que había dicho lo justo para no mentir y lo bastante para no dormir tranquilo.
De niña, Ane no entendía por qué su tío Koldo no hablaba nunca de su trabajo delante de la gente.
Lo sabía, claro, que trabajaba en el vertedero: se lo había dicho él, una vez, con las manos limpias y la cabeza alta, cuando ella le preguntó por qué olía a tierra al llegar a casa.
Pero en el pueblo, cuando los vecinos le preguntaban, Koldo cambiaba de tema.
Decía que «de esas cosas no se habla». Y cuando ella, de adolescente, insistía, el tío la miraba de una manera que no le había visto en ninguna otra conversación: con una mezcla de orgullo y de algo que no sabía nombrar entonces, y que años después, al reconstruir la historia, entendió como miedo.
—El monte guarda lo que la gente quiere perder, txiki —le dijo una vez, sentados en una piedra plana al atardecer, con el valle a sus pies—. Pero el monte también cuenta. Cuenta a quien sabe leerlo.
—¿Y tú sabes leerlo? —le preguntó Ane.
Koldo se quedó un momento en silencio, mirando el valle, y luego dijo, con una voz que no usaba nunca:
—Hay cosas que no hace falta leerlas, txiki. Hay cosas que basta con no perderlas.
Ane no entendió la frase entonces. Lo entendió años después, cuando Koldo desapareció sin cuerpo, cuando el pueblo entero dejó de pronunciar su nombre como si el nombre hubiera sido la última pieza que alguien quería perder.
Y lo entendió del todo, con la claridad fría del que reconstruye los últimos días de un muerto, la mañana en que ella misma empezó a preguntar.
Había sido un sábado, dos años después de la desaparición.
Ane había vuelto al pueblo, al caserío que Koldo le había dejado, para cerrar papeles que nadie había tocado desde que él se fue.
En el cajón del escritorio, debajo de las facturas y de los recibos de la luz, encontró una caja de galletas con las llaves del vertedero dentro: las llaves de un vertedero que ya no existía, cerrado años atrás, con una nota escrita en el papel de estraza de la panadería, con la letra de Koldo, apretada y recta como él:
«Txiki: si un día no estoy, no busques mi nombre en los papeles. Búscalo en el monte. Lo que se entierra, no se pierde: espera.»
Ane se había quedado mucho rato con la nota en la mano, sentada en el escritorio de su tío, con la tarde muriendo fuera y el valle oscureciéndose a lo lejos.
No sabía qué significaba. No sabía qué monte, ni qué se entierra, ni qué espera.
Pero guardó la nota, con las llaves, en la misma caja de galletas, y a partir de aquel día empezó a mirar el monte de otra manera.
No era la mirada de los que suben a ver. Era la mirada de los que buscan lo que otros enterraron.
Porque preguntar, en el pueblo, era el primer paso para desaparecer. Y su tío se lo había dicho, sin decirle nada, la única vez que le había hablado del monte de verdad.
Y ella, al final, había acabado preguntando.
V. Lisboa
En el coche de vuelta a Bilbao, la lluvia había escampado y la ría brillaba bajo las farolas como una cinta de estaño. Irati conducía con la vista en la carretera y la libreta cerrada sobre el regazo, y Jules iba en el asiento del copiloto, con la ventanilla medio bajada para que entrara el aire.
Estuvieron un rato sin hablar. No era un silencio incómodo: era de esos silencios que se forman cuando dos personas han oído lo mismo y están digiriéndolo cada uno a su manera. Jules contó los segundos hasta que Irati habló.
—El viejo de la taberna sabe más de lo que ha dicho —dijo Irati—.
Sabía que Ane preguntaba por el vertedero.
Y sabía que alguien preguntó antes que ella.
—Hizo una pausa—. El que preguntaba, desaparecía.
Ese es el tío. Koldo Ugarte. Desapareció hace diez años, sin cuerpo, sin explicación, y el pueblo lo borró.
—Pero usted no lo ha borrado —dijo Jules.
—No —dijo Irati—. Porque Ane no lo borró.
Dejó el historial clínico de su tío abriéndose en la red de Osakidetza durante diez años, como si alguien quisiera recordar que Koldo seguía siendo una cuenta pendiente.
—Miró la carretera un momento—. Y la mujer que murió en el contenedor era su sobrina.
La que preguntó después de que a su tío se lo llevara el silencio.
Jules se quedó un momento en silencio, con la ría desfilando por la ventanilla.
—¿Sabe lo que me dijo el técnico de la ventanilla única?
—dijo—. Me lo dijo en un idioma que no es el del puerto.
—Hizo una pausa—. En mis archivos de Nueva York, el nombre de esa empresa de logística aparece en una red de blanqueo que movía dinero hacia el sur de Europa.
Y el sur de Europa, para ese tipo de operaciones, tiene un centro de gravedad.
—¿Dónde?
—Lisboa —dijo Jules—. La ruta del contenedor, el papel, la logística...
todo esto huele a Lisboa. No a un puerto vasco con un vertedero escondido: a un centro de mando que mueve el dinero desde lejos.
—Se volvió hacia Irati—. El agujero de Mokorreta es el final de una cadena, no el principio.
El principio está en el dinero, y el dinero, en este tipo de historias, se esconde en Lisboa.
Irati condujo un tramo en silencio, con la vista en la carretera y la mandíbula apretada. Cuando habló, su voz tenía esa mezcla de lógica y de resistencia que Jules empezaba a reconocer como suya.
—No —dijo—. No me lo creo.
—¿Por qué?
—Porque Lisboa queda lejos. Y lo que tenemos aquí, en este puerto, en este vertedero, en este pueblo que no habla, es lo que de verdad importa.
—Irati miró la carretera—. La mujer murió aquí, con una pulsera de Osakidetza puesta.
La citaron aquí. La enterraron en un contenedor que salió de aquí.
Lisboa no explica eso. Lisboa es donde se lava el dinero, pero la muerte, la muerte se planeó aquí, con gente que conoce el puerto, que conoce el vertedero, que conoce a las analistas de la sanidad y sabe citarlas para morir.
—Hizo una pausa—. El dinero puede estar en Lisboa. La verdad está aquí.
Jules no insistió. Se quedó mirando la ría por la ventanilla, con la lluvia que volvía a caer y las farolas encendidas reflejándose en el agua negra, y pensó que Irati tenía razón en lo esencial: la muerte se había planeado aquí.
Pero tenía la sensación, la que no podía demostrar, de que la ruta del contenedor, el papel, el proveedor de sus archivos, todo aquello olía a algo más grande que un vertedero, y que Lisboa, tarde o temprano, iba a aparecer en esa historia.
—¿Y el transporte? —preguntó, al cabo de un rato.
—¿Qué transporte?
—El camión que se llevó el contenedor según los papeles. —Jules la miró—. Usted ha dicho que el técnico de la ventanilla única le dio el nombre. Transportes Ugarte. Es un nombre demasiado parecido al del tío desaparecido como para ser casualidad. ¿O cree que las casualidades existen en este caso?
Irati condujo un tramo en silencio, con la vista en la carretera y los nudillos blancos en el volante.