Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 4 — EL AGUJERO #4
18%

Capítulo 4 — EL AGUJERO #4

Pero el informe de Maddi decía la verdad. Y la verdad, Irati lo había aprendido en catorce años de oficio, no desaparece: se entierra, se calla, se cambia de sitio. Pero no desaparece.

—Entonces —dijo Irati, levantándose con la carpeta en la mano—, tenemos el mismo trabajo.

—Sí —dijo Patxi—. Y es un trabajo que no se hace con informes. Se hace con lo que te queda dentro cuando todo lo demás te lo quitan.

En el pasillo, la comisaría seguía oliendo a café y a plástico, y la lluvia seguía golpeando los cristales.

Irati se detuvo un momento junto a la puerta, con la mano en el pomo, y miró por la ventana la ciudad gris bajo la lluvia.

En algún lugar de esa ciudad, pensó, el comisario Ondarra estaría leyendo el parte de la tarde y comprobando que su propuesta de suicidio no había encontrado todavía la resistencia que iba a encontrar.

Y en el Instituto de Medicina Legal, una forense de manos firmes había firmado ya un informe que decía la verdad.

El caso no iba a cerrarse como suicidio.

Irati apretó la mochila contra el pecho y salió a la lluvia, con la certeza de que el caso acababa de darle la mano.

IV. La memoria del pueblo

Esa noche, Jules llegó a la taberna del puerto de Zierbena con la chaqueta empapada y el olor a salitre metido en la ropa.

Irati lo había citado allí después de la tarde en la comisaría, con el argumento seco de que había un testigo que le interesaba oír y que los testigos del puerto no hablaban con la policía en sus cuarteles: hablaban donde siempre habían hablado, con un vaso de vino de por medio y la puerta de la calle a la vista.

La taberna se llamaba «El Ancla», y era de esas de pueblo que no han cambiado en cincuenta años: la barra de zinc, las botellas en la estantería con las etiquetas vuelta a vuelta, los carteles de las regatas de la ría enmarcados en la pared y un olor que mezclaba el vinagre del txakoli, el humo y el pescado frito.

A esa hora, un domingo por la noche, había media docena de hombres en la barra, hablando en voz baja con las cañas en la mano y los ojos en la televisión apagada.

Jules se sentó en un taburete al fondo, sin pedir nada, y esperó. Irati llegó diez minutos después, con el pelo mojado y una carpeta bajo el brazo, y se sentó a su lado sin saludar.

—¿Ha venido a escuchar? —preguntó, en voz baja.

—He venido a mirar —dijo Jules—. Usted habla. Yo cuento las palabras.

—Cuente las que no se dicen —dijo Irati, y se levantó hacia la barra.

Pidió dos vinos y se quedó apoyada en la barra, con la copa en la mano, mirando la sala con la calma de quien no tiene prisa.

Jules la observó desde su taburete, contando los segundos en voz baja, y entendió la mecánica antes de que la viera actuar: Irati no iba a preguntar por Ane.

Iba a dejarse ver, a que la reconocieran como la de los periódicos, a que el pueblo decidiera si le iba a contar algo o no.

El hombre que se acercó era un viejo con la cara surcada por los años de salitre y la voz ronca de los que han hablado con el mar más que con la gente.

Llevaba la boina calada hasta las cejas y las manos apoyadas en la barra con ese gesto de quien ha descargado cajas toda la vida.

Se apoyó en la barra a dos taburetes de Irati, con su vino delante, y estuvo un rato sin mirarla.

—Es usted la del contenedor —dijo por fin, sin mirarla.

—Soy la inspectora —dijo Irati.

—Ya. —El viejo bebió un sorbo de vino y se quedó mirando la botella—. La del contenedor. La que viene a preguntar por la chica. —Hizo una pausa—. La del monte.

Irati no contestó. El viejo tampoco esperaba respuesta.

—¿Sabe lo que pasa en este puerto? —dijo, al cabo de un rato—.

Pasa que la gente sabe muchas cosas, y las sabe mejor cuanto más calla.

Usted viene con su placa y sus papeles, y el pueblo la mira y piensa: esta es de las que quieren saber.

Y cuando una quiere saber en este puerto, hay dos caminos.

—El viejo levantó dos dedos—. O la mandan a la mierda, o la mandan al cementerio. No hay más.

—¿Y a la chica? —preguntó Irati, con calma—. ¿Qué camino le tocó?

El viejo se quedó un momento en silencio, con el vino en la mano y los ojos en la barra. Cuando habló, su voz había bajado un tono.

—La chica era del club del monte. La del anorak verde. Preguntaba mucho. —Hizo una pausa—. Y por un sitio que aquí no se nombra.

Jules vio cómo Irati se inclinaba un milímetro hacia el viejo, sin moverse de su sitio, y cómo el resto de la sala seguía con la vista en sus vasos, como si hubieran oído esa conversación otras veces, como si el viejo fuera la voz de un silencio que todo el mundo compartía.

—¿El vertedero? —dijo Irati, en voz baja.

El viejo la miró por fin. Una mirada larga, de las que miden a la persona antes de soltar lo que llevan dentro.

—Antes del vertedero —dijo—, había otro sitio.

Hace años. Cuando yo empecé a trabajar en el puerto, el que quería perder algo no lo llevaba al vertedero.

Lo llevaba al monte. Y al que preguntaba por lo que se perdía, se lo llevaba el monte.

—Bebió un sorbo—. ¿Sabe cómo se dice en el pueblo cuando alguien pregunta demasiado?

Se dice que «el que preguntaba, desaparecía».

Jules se quedó quieto en su taburete. Las palabras del viejo resonaron en la sala con una fuerza que no tenía que ver con el volumen: eran palabras que llevaban décadas dentro de la gente y que solo salían cuando el pueblo decidía que alguien merecía oírlas.

—¿Hubo alguien que preguntara? —preguntó Irati.

—Hubo uno —dijo el viejo—. Hace diez años. Un hombre del vertedero. Uno de los que trabajaban de noche, de los que sabían lo que se movía cuando el pueblo dormía. —El viejo hizo una pausa, y Jules vio que su mano, apoyada en la barra, temblaba un poco—. Ese preguntó. Y desapareció.

—¿Cómo se llamaba?

El viejo se quedó un momento en silencio, mirando su vino, y Jules vio el momento exacto en que el pueblo entero se ponía a su lado: no era un hombre el que callaba, era el puerto entero el que callaba con él.

—No me acuerdo del nombre —dijo el viejo, al fin.

Y no dijo más.

Irati no insistió. Dejó el vino a medias sobre la barra, asintió con la cabeza, y volvió a la mesa donde la esperaba Jules con la libreta abierta y los dedos quietos sobre el papel.

—No me acuerdo del nombre —repitió Jules, en voz baja, imitando el acento del viejo—. Eso es lo que dice un pueblo cuando ha decidido proteger a alguien.

—O cuando tiene miedo —dijo Irati.

Se quedaron un momento en silencio, con el ruido de la taberna alrededor y la lluvia golpeando el cristal de la puerta.

Jules pensó en el viejo, en su mano temblorosa, en la palabra «desaparecía», y en la sensación de que acababa de oír, sin que nadie la dijera en voz alta, la primera parte de una historia que el pueblo llevaba diez años protegiendo.

—¿El del vertedero de hace diez años —dijo Jules—, es el mismo que usted busca?

Irati lo miró un momento.

—No lo sé —dijo—. Pero su apellido es Ugarte. Y la mujer del contenedor era su sobrina.

En la barra, el viejo había vuelto a levantar su copa, y la taberna entera seguía con la vista en sus vasos, como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado: el pueblo había abierto una rendija, lo bastante ancha para que por ella cupiera un nombre, y lo bastante estrecha para que el nombre no tuviera que salir entero.

Irati no insistió más. Se quedó un rato en la barra, con el vino a medio beber, mirando la sala con esa calma que Jules empezaba a conocer: la del que espera sin esperar, la del que deja que el silencio haga su trabajo. Y el silencio, en aquella taberna, trabajaba despacio.

A los diez minutos, otro hombre se acercó.

Era más joven que el viejo, con la cara curtida por el mar y las manos grandes de los que cargan cajas, y se apoyó en la barra a cierta distancia, sin mirar a Irati.

Pidió un vino, lo bebió de un trago, y antes de volver a su mesa dijo, en voz baja, como quien deja caer una piedra en un pozo:

—El club sube los sábados. La chica del anorak verde subía con ellos. —Hizo una pausa—. Hace dos sábados no subió. Hace tres, subió pero no llegó a la cima. Se quedó en el collado, mirando al valle, como quien busca algo.

Irati se volvió hacia él, pero el hombre ya se alejaba, con la caña en la mano y la espalda encorvada, como si hubiera dicho más de lo que quería decir y quisiera retirarse antes de que las palabras lo alcanzaran.

—¿Qué valle? —preguntó Irati, en voz baja, pero el hombre no respondió. Se sentó en su mesa, con la espalda a la barra, y no dijo nada más.

Jules se levantó de su taburete y se acercó a la barra, con la copa de vino que nadie le había servido.

—Mokorreta —dijo, en voz baja, apoyándose junto a Irati—. El collado da al valle de Mokorreta. Es el mismo sitio.

Irati lo miró un momento, con la copa en la mano.

—El club sube por el Gorbeia —dijo—. Desde el collado se ve el valle de Mokorreta, con el agujero al fondo. Si Ane se quedó mirando ese valle, es que sabía lo que había ahí abajo. —Hizo una pausa—. O estaba buscándolo.

Se quedaron un momento en silencio, con el ruido de la taberna alrededor y la lluvia golpeando el cristal de la puerta. Irati dejó el vino a medias sobre la barra y asintió al viejo, que seguía con la vista en su copa, como si no hubiera oído nada. Luego se volvió hacia Jules.

—Vámonos —dijo—. Ya tenemos lo que veníamos a buscar.

—¿Y qué es lo que veníamos a buscar?

—Un nombre —dijo Irati—. No nos lo han dado entero, pero ya sabemos por dónde va la historia.

El viejo ha dicho que el que preguntaba, desaparecía.

El otro ha dicho que Ane miraba el valle desde el collado.

Y los dos han dicho lo mismo sin decir el nombre: que hay un sitio donde se pierden las cosas, y que la chica del monte estaba buscándolo.