Capítulo 4 — EL AGUJERO #3
—¿Y qué me va a contar? —preguntó.
—Eso no lo sé —dijo Eneko—. Pero si esa chica dejó algo en el monte, algo que a ella le parecía importante, el monte lo ha guardado. Y lo que el monte guarda, no se pierde. —Miró el agujero—. Ojalá lo que se pierde aquí abajo fuera tan fácil de encontrar.
Irati se quedó un momento en silencio, con la frase en la cabeza y el humo en el aire.
—Eneko —dijo—. En el club, ¿quién conoce mejor el monte que nadie?
—Pello —dijo Eneko, sin dudarlo—. Pello Elorriaga. El que lo fundó. Conoce cada collado, cada refugio, cada cueva del Gorbeia como la palma de su mano. —Hizo una pausa—. Y conoció a Koldo. Trabajaron juntos en el vertedero, hace años, antes de que lo cerraran.
Irati sintió el golpe en el pecho, pequeño pero presente, como el de una piedra que cae en agua tranquila.
—¿De Koldo?
—Sí. —Eneko la miró—. Fueron compañeros. —Hizo una pausa—. No sé si Pello sabe algo de lo que se perdió ahí, pero si alguien en este valle lo sabe, es él. Y lleva muchos años sin hablar de ello.
Irati se quedó un momento en silencio, con la niebla y el humo y el nombre de Pello Elorriaga flotando en el aire como una pieza más que acababa de encajar.
—¿Me presentarás? —preguntó.
—Cuando quieras —dijo Eneko—. Sube un sábado al local del club. Él está siempre. —Sonrió, una sonrisa cansada—. Y dile que vas de mi parte. Y que vas por el monte, no por el papel. Eso le va a gustar.
Irati asintió y se volvió hacia el coche. Antes de abrir la puerta, se detuvo un momento, mirando el valle una última vez, con el humo subiendo del agujero y la niebla colgando de los eucaliptos.
—Gracias, Eneko —dijo.
—No me des las gracias —dijo él—. Dame el día que descubras lo que hay ahí abajo. Ese día, vengo contigo, aunque sea a mirar.
Irati arrancó el coche y salió de Mokorreta con el nombre de Pello Elorriaga girándole en la cabeza, con la nota del tío y con la certeza de que el caso, por fin, empezaba a tener un camino que subía.
No hacia el puerto.
Hacia el monte.
III. El «suicidio»
De vuelta en la comisaría, a media tarde, Irati encontró a Patxi Remiro en su despacho con la puerta entreabierta y la lluvia corriendo por el cristal de la ventana.
El inspector jefe tenía el expediente abierto sobre la mesa, con los folios desordenados y el café frío a un lado, y la cara de quien ha estado leyendo un documento que no le gusta y no sabe cómo decirlo.
—Siéntate —dijo, sin mirarla.
Irati se sentó. Patxi siguió mirando la ventana un momento, y luego giró el expediente hacia ella, señalando la última página con el dedo.
—Mira esto —dijo.
Era una propuesta de informe de la Jefatura, fechada esa mañana, con la firma del comisario de turno y una orientación que Irati no había visto en ninguna parte del expediente original.
«La muerte de Ane Arrieta es compatible con un episodio de suicidio.
Se propone el cierre administrativo del caso y la derivación del cuerpo a la funeraria autorizada. »
Irati lo leyó dos veces. La primera, con incredulidad. La segunda, con una rabia que le subió por el pecho como una marea, despacio, sin prisa, ocupando todo el espacio que encontraba.
—¿Esto qué es? —preguntó, y su voz sonó más vieja que ella.
—Una propuesta —dijo Patxi—. De la Jefatura. No es una orden, todavía. Pero es la dirección en la que quieren que vayamos.
—Suicidio. —Irati dijo la palabra con el mismo tono con que se pronuncia una palabra que no merece repetirse—. Una mujer atada a un contenedor, con una ligadura en la muñeca, una marca de presión en el esternón y un tóxico de lixiviación en la sangre. Y ellos proponen suicidio.
—Lo sé —dijo Patxi—. Lo sé, Irati. Pero no me he sentado aquí a darte la mala noticia sin haberte traído el antídoto.
Se levantó, fue a la estantería y sacó una carpeta que no parecía de la Jefatura: una carpeta de plástico transparente, con el membrete del Instituto Vasco de Medicina Legal y la firma de Maddi Urrutia. La dejó sobre la mesa, delante de Irati.
—La forense te ha mandado esto —dijo—. El informe definitivo de la autopsia.
Sin corregir, sin recortar, sin pasar por ningún comisario.
—Hizo una pausa—. Dice que la toxicología da positivo en el compuesto de lixiviación.
Dice que la muerte no fue inmediata. Dice que la mujer estuvo viva, atada, durante horas, antes de morir.
—Patxi miró la ventana—. Ninguna de esas cosas cuadra con un suicidio, Irati. Ni una sola.
Irati abrió la carpeta y leyó el informe con la letra pequeña de Maddi, la letra de quien no escribe para impresionar sino para que conste.
La marca del esternón, la ligadura de la muñeca, el tóxico, la hora estimada de la muerte, la conclusión.
En la última página, en un párrafo añadido a mano, Maddi había escrito: «La muerte no es compatible con un episodio de suicidio.
La muerte es compatible con un homicidio ejecutado con la participación de, al menos, dos personas y el uso de medios de contención. »
Irati leyó esa línea tres veces.
—Esto lo frena —dijo, sin levantar la vista.
—Esto lo frena —confirmó Patxi—. Mientras la forense sostenga su informe, nadie puede cerrar el caso como suicidio sin levantar una polvareda.
La Jefatura lo sabe. El comisario Ondarra lo sabe.
Por eso la propuesta es una propuesta y no una orden: están esperando a ver si la forense se desgasta sola.
—¿Ondarra?
—El comisario Mikel Ondarra. —Patxi dijo el nombre con cuidado, como se dice un nombre que lleva años en la nómina de los que saben leer un expediente y hacer que no se lea—.
No es tu superior directo, pero es el tipo de mando que sabe cuándo llamar y a quién.
Me ha llamado dos veces esta tarde. La primera para preguntarme cómo iba el caso.
La segunda para recordarme que la crisis sanitaria no necesita otro escándalo en los periódicos.
Irati cerró la carpeta de Maddi y la dejó sobre la mesa, con la mano quieta encima, como quien protege algo que no quiere que le arrebaten.
—¿Y usted qué piensa? —preguntó.
Patxi la miró un momento, y en el silencio que siguió, Irati entendió lo que no le estaba diciendo: que había jefes que sabían leer un informe, y jefes que sabían hacer que un informe no se leyera.
Que el comisario Ondarra no era nuevo en esas maniobras, que llevaba años en la División de Protección Ciudadana con fama de cerrar lo que convenía cerrar, y que la crisis sanitaria, con sus urgencias, sus huelgas y sus listas de espera por las nubes, era el caldo perfecto donde un caso incómodo podía deshacerse sin ruido, como se deshace la sal en el agua.
—Yo pienso —dijo Patxi al final—, que este expediente no se cierra con una firma de la Jefatura. Se cierra con una verdad. Y que mi trabajo, de aquí al final, es que esa verdad llegue a algún sitio antes de que la entierren.
—¿Y sabe cuál es esa verdad, Patxi? —preguntó Irati, sin levantar la vista de la carpeta.
—Sé la que me ha contado la forense —dijo Patxi—. Y sé la que no me han contado los de arriba. La diferencia entre las dos es lo que estás buscando.
Irati lo miró un momento. Era una frase típica de Patxi: la de quien lleva veinticinco años en el oficio y ha aprendido a decir las cosas de manera que no comprometan a nadie y lo digan todo.
Pero en su voz había algo más, algo que no había estado antes: una precaución nueva, como si el caso no le diera miedo a él, sino a la gente que lo miraba desde arriba.
—La crisis sanitaria —dijo Irati, y la palabra le supo a algo que no era nuevo—.
Los periódicos llevan meses hablando de las listas de espera, de la huelga del Estatuto Marco, de los pacientes que llevan más de ciento ochenta días esperando una operación.
Y ahora, en medio de todo eso, aparece una mujer muerta en un contenedor, en un puerto, con una pulsera de Osakidetza puesta.
—Miró a Patxi—. Es el peor momento posible para que el sistema sanitario salga en los periódicos por algo que no sea la sanidad. Y hay gente arriba que lo sabe.
—Sí —dijo Patxi—. Y esa gente es la que ha firmado la propuesta de suicidio. No para que se lea, sino para que exista. Para que, si el caso llega a algún sitio, haya un papel que diga que la Ertzaintza consideró el suicidio antes de que tú llegaras con la autopsia.
Irati cerró los ojos un momento. Era una maniobra que conocía, de otros casos, de otras épocas: la de plantar un papel antes de que llegara la verdad, para que la verdad tuviera que luchar contra algo más que la realidad.
Un expediente que ya se orientaba a suicidio, una propuesta de cierre, un comisario que «no quería un escándalo en el puerto en plena crisis sanitaria».
Y debajo de todo eso, la mujer del contenedor, con su pulsera, su ligadura y su tóxico de lixiviación.
—¿Y usted cree que Ondarra está solo en esto? —preguntó.
Patxi no contestó de inmediato. Se levantó, fue a la ventana y se quedó mirando la lluvia un momento, con las manos en los bolsillos y la espalda ancha encorvada.
—No te puedo dar un nombre —dijo—. No porque no lo sepa, sino porque no lo puedo demostrar.
Pero te voy a decir una cosa que sé, y que no está en ningún expediente: el que ha firmado esa propuesta no ha actuado solo.
Detrás hay más gente, gente de la que no he oído hablar en los partes, gente que se mueve por teléfono y por favores, no por informes.
—Se volvió hacia ella—. Y esa gente, Irati, no quiere que este caso se resuelva. Quiere que desaparezca.
Irati se quedó un momento en silencio, con la carpeta de Maddi en las manos y la lluvia corriendo por el cristal.
En algún lugar de esa ciudad, pensó, el comisario Ondarra estaría leyendo el parte de la tarde y comprobando que su propuesta de suicidio no había encontrado todavía la resistencia que iba a encontrar.
Y detrás de Ondarra, como detrás de todos los Ondarras del mundo, había gente que se movía sin nombre, por teléfono y por favores, gente que quería que el caso desapareciera.