Capítulo 4 — EL AGUJERO #2
Mokorreta no salía en los mapas turísticos.
Salía, si acaso, en los croquis de los senderistas veteranos, como una mancha de tierra oscura entre dos laderas, a la que se llegaba por una carretera comarcal sin arcén que se estrechaba hasta convertirse en una pista de tierra.
Irati la recorrió con el coche patrulla el domingo a media mañana, con la ventanilla baja para que entrara el aire, y a los cuarenta minutos de salir del puerto entendió por qué el técnico de la ventanilla única había dicho que allí las cosas se pierden.
Era un valle cerrado. No un valle pintoresco, de los que salen en las postales: un valle industrial abandonado, con naves a medio derruir, vallados de alambre torcido y una capa de niebla baja que se enganchaba en los eucaliptos como un telón sucio.
El aire olía a humedad, a plástico quemado y a una mezcla química que Irati no supo nombrar pero que le puso los vellos del brazo de punta.
Al final de la pista, junto a una caseta de chapa con el techo hundido, la esperaba un hombre alto y robusto, con la barba canosa prematura y las manos de mecánico apoyadas en la cadera.
Llevaba la chaqueta de los bomberos de Bilbao, con el parche del parque del Puente de Deusto, y un piolet colgado al hombro de la mochila, como quien no quiere irse lejos de algo que lleva dentro.
Eneko Beitia. Amigo de Irati desde la adolescencia, cuando los dos se habían criado en los pueblos de alrededor y habían subido juntos los mismos montes con los mismos bocadillos en la mochila.
Ahora era bombero especialista en colapso estructural y acantilados, montañero federado del club «Aitzulo» y, según le había contado el estibador Asier Zulueta en Zierbena, la única persona que llevaba años hablando en voz alta de lo que se perdía en Mokorreta.
—Hacía tiempo que no venías a verme —dijo Eneko, cuando Irati se bajó del coche—. Y mira que me alegro de verte, pero no me alegro de que sea por esto.
—¿Por qué lo sabes?
—Porque llevas dos días en los periódicos. —Eneko señaló el valle con la cabeza—. Y porque cuando la gente viene a Mokorreta, casi nunca es para pasear. Aquí no se pasea. Aquí se mira, y lo que se mira no se cuenta.
Irati se quedó un momento junto a la caseta, mirando el valle.
Al fondo, entre dos laderas de eucaliptos, el suelo se hundía en una depresión ancha, como una cicatriz de tierra.
Del fondo de la depresión subía un humo fino, casi invisible contra la niebla, que no olía a leña ni a chimenea: olía a plástico derretido, a goma, a algo que llevaba quemándose mucho tiempo sin que nadie lo apagara.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—El agujero —dijo Eneko—. Así lo llamamos los que sabemos que existe.
El agujero de Mokorreta. —Se encogió de hombros —.
No es un vertedero legal, no tiene papeles, no tiene permiso de nadie.
Es un barranco donde la gente lleva cosas desde hace décadas.
Cosas que no quiere que se vean. Cosas que no quiere que se sepan.
Y a veces, por la noche, cuando el viento sopla del nordeste, el agujero huele a todo eso junto.
Irati miró el humo un momento más.
—¿Y Ane? —preguntó—. ¿Sabías que venía aquí?
Eneko no contestó de inmediato. Se quedó mirando el agujero, con la barba apretada y las manos quietas a los lados, y cuando habló, su voz tenía una nota que Irati no le conocía.
—Ane preguntaba por este sitio desde hacía meses.
—Hizo una pausa—. No la conocía mucho, pero coincidíamos en el club.
Subíamos los sábados, cuando coincidía con su turno.
Y hace unos meses, en una de esas subidas, me preguntó por el vertedero.
Me preguntó si era verdad que aquí se perdían cosas.
Si era verdad que la gente las llevaba y nadie volvía a verlas.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que no la llevara a preguntar por aquí. —Eneko se volvió hacia Irati, y en sus ojos, por primera vez, Irati vio algo que no era la calma de siempre—. Porque aquí, Irati, las cosas no solo se pierden. Las personas también. Y los que preguntan demasiado, terminan formando parte del paisaje.
Irati pensó en las palabras de Eneko, en el tono que había usado, en la manera de mirar el agujero como se mira un lugar que conoce demasiado bien.
Eneko había visto cosas en ese valle. No se lo había contado nunca, pero lo había visto, y lo llevaba dentro como llevaba el piolet colgado de la mochila: por si el domingo tocaba subir.
—¿Tú has bajado ahí? —preguntó.
Eneko se quedó un momento en silencio. Cuando contestó, su voz era más baja, como si hablar de aquello le costara más que bajar el barranco.
—Una vez. Hace años, cuando todavía había quien se ocupaba de mirar lo que se perdía aquí.
Fui con los bomberos, en una intervención por un incendio en la ladera.
El fuego no llegó al agujero, pero vimos lo que había alrededor.
—Hizo una pausa—. Botellas de ácido. Bidones con etiquetas de industrias que ya no existen.
Plástico quemado hasta convertirse en una costra que no se va ni con la lluvia.
Y un olor que no te quitas de la ropa ni en tres lavados.
—¿Y la gente?
—La gente no baja. La gente sabe que no debe bajar.
—Eneko miró el valle—. Es como el monte, pero al revés: en el monte subes para ver, aquí bajas para no ver.
Y nadie baja, Irati. Nadie. Ni la policía, ni los guardas, ni los vecinos del pueblo.
El agujero se gestiona solo, con su humo y su silencio, y todo el mundo lo sabe y todo el mundo calla.
Irati pensó en lo que le había dicho el técnico de la ventanilla única, en la ruta que terminaba en el punto muerto, en el camión que según los papeles se había llevado el contenedor tierra adentro.
Mokorreta era el lugar donde el papel dejaba de mandar.
Donde los registros se acababan y empezaba el silencio.
—¿Y quién crees que lo controla? —insistió.
—No lo sé —dijo Eneko—. Pero sé una cosa: no lo controla nadie del pueblo. El pueblo no tiene edad ni ganas para eso. —Hizo una pausa—. Los que controlan el agujero llevan dinero, papeles y camiones. Y esos, Irati, no vienen de aquí. Vienen de fuera.
—¿De dónde?
Eneko se encogió de hombros, con esa calma de los que saben que las preguntas no siempre tienen respuesta.
—De donde sale el dinero —dijo—. Y el dinero, en este país, sale de dos sitios: de la ría y de la carretera. —Miró el agujero—. Esto es tierra. Lo que lo mueve es el puerto. Y el puerto, ya lo sabe, es de todo el mundo y de nadie.
Irati se quedó un momento en silencio, con el humo subiendo del agujero y la niebla colgando de los eucaliptos.
Pensó en Ane, en su piso lleno de mapas, en la nota que había dejado antes de morir, en la cita de las ocho y veinticinco.
Y pensó en Koldo, el tío desaparecido, el hombre cuyo historial clínico se abría en la red de Osakidetza como una cuenta corriente que alguien no quería cerrar.
—¿Ane llegó a venir aquí? —preguntó.
—No lo sé —dijo Eneko—. Lo que sé es que me dijo que su tío había trabajado en un vertedero.
Un vertedero que ya no existía. Y que quería saber dónde estaba enterrado.
—Hizo una pausa—. No me lo dijo con esa palabra.
Me lo dijo de otra manera. Me dijo que el monte guarda lo que la gente quiere perder, y que ella quería saber si su tío era una de esas cosas.
Irati se quedó un momento en silencio, con el humo y la niebla, y luego asintió.
—¿Puedo bajar a ver el agujero?
—Puedes —dijo Eneko—. Pero no te lo recomiendo. —Señaló el fondo del barranco—. No hay camino, el terreno cede, y el humo no es de madera. Pero si quieres saber lo que se pierde aquí, bajar te lo va a contar mejor que yo.
Irati no bajó. Se quedó en la linde, con el viento del valle en la cara, mirando el humo que subía del agujero, y pensó que había visto muchos lugares donde la gente esconde cosas: trasteros, sótanos, cuentas bancarias.
Pero ningún sitio donde la tierra misma se tragara los secretos como se los tragaba Mokorreta.
—¿Quién lo controla? —preguntó al final.
—Nadie —dijo Eneko—. Y todo el mundo. —Miró el valle—. Hay un pueblo a tres kilómetros, pero en el pueblo no hablan de esto. Es la ley de aquí: lo que no se nombra, no existe. Y el agujero lleva décadas sin nombre.
Irati miró el humo un momento más y luego se volvió hacia el coche.
—Eneko —dijo—. Si Ane te dejó algo, cualquier cosa, un mensaje, un papel, una señal en el monte, dímelo. Porque si ella estuvo aquí, alguien más lo sabe. Y ese alguien, probablemente, es el que la citó para morir.
Eneko se quedó en silencio un momento, con la barba apretada y los ojos en el agujero.
—Si me deja algo —dijo—, lo sabrás. Pero no voy a buscarlo por ti, Irati. El monte se lee, ya lo sabes. Y lo que el monte lea, tarde o temprano, sale.
Irati se quedó un momento más junto a la caseta, con el humo subiendo del agujero y la niebla colgando de los eucaliptos. Eneko no le preguntó si quería volver al coche: sabía que Irati no se iba de un sitio sin llevarse algo, aunque lo que se llevara fuera solo una impresión.
—¿Subes mucho al Gorbeia todavía? —preguntó Eneko, sin mirarla.
—Menos de lo que me gustaría —dijo Irati—. El trabajo.
—El trabajo siempre es la excusa. —Eneko se volvió hacia ella, con una sonrisa breve que no le llegaba a los ojos—.
Mira, Irati, hace veinte años subíamos juntos todos los sábados, y sabías leer el monte como pocos.
Ahora subes cuando el caso te lo permite, y me preguntas por un vertedero que no sale en los mapas.
—Hizo una pausa—. Si quieres saber lo que pasó con esa mujer, deja de mirar el papel.
Sube al monte. El monte te lo va a contar.
Irati pensó en las palabras de Eneko, en lo que le había dicho Ane, en la nota del tío, en el collado que daba al valle. El monte se lee. La frase de Koldo, repetida por Eneko sin saberlo, como si la historia entera estuviera escrita en una lengua que solo el monte entendía.