Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 4 — EL AGUJERO
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Capítulo 4 — EL AGUJERO

Irati Sarasola / Jules Whitfield

I. El circuito

El domingo amaneció gris, con la ría plana y el aire cargado de esa humedad que en Bilbao se instala en los huesos y no se va ni con el café.

Irati llegó al puerto a las ocho con el pase de la Autoridad Portuaria colgando del cuello y la sensación de que el caso llevaba demasiadas horas sin moverse.

La sala de la ventanilla única estaba en la última planta de un edificio de cristal al borde del agua, con las pantallas encendidas en azul y las grúas de la terminal recortándose al fondo, detrás del ventanal.

Un técnico joven, con el pelo engominado y las gafas empujadas hacia arriba, la recibió con la deferencia de quien no está acostumbrado a que la Ertzaintza pida ver sus registros un domingo.

—Lo que me ha pedido está preparado —dijo, señalando la pantalla principal—. El manifiesto del contenedor, la declaración IMDG, el certificado de inspección y el histórico de la ventanilla única para esa referencia de escala.

Irati se sentó frente a la pantalla, con la libreta abierta sobre el regazo, y empezó a leer.

El contenedor azul había entrado por el circuito de residuos peligrosos.

Esa era la primera pieza, y la tenía clara desde el viernes: la etiqueta de clase 6.

2, sustancias infecciosas, no era la etiqueta correcta para un contenedor que, según los papeles, regresaba vacío.

Pero ahora, en la ventanilla única, con la ruta completa desplegada en la pantalla, la historia se leía de otra manera.

El buque que lo había traído, un carguero de bandera panameña con nombre polaco, había entrado por Santurtzi la tarde anterior al hallazgo.

Había declarado una descarga de residuos peligrosos en el apartado de mercancías de la terminal de graneles de Zierbena.

La descarga figuraba en los registros de la ventanilla única con la hora, el muelle y el número de contenedor. Todo cuadraba.

Salvo un detalle.

Irati lo vio al cruzar la descarga con el parte de la terminal: la grúa de ese muelle no había trabajado esa tarde.

El registro de operaciones de la terminal, que se rellena en tiempo real y que nadie falsifica porque lo usan los propios estibadores para cobrar las horas, no tenía ninguna entrada correspondiente a esa descarga.

El contenedor había sido registrado como descargado, pero nadie lo había tocado.

—Esto no es un error —dijo Irati, sin levantar la vista de la pantalla—. Es una descarga fantasma.

—Perdón, ¿cómo dice? —preguntó el técnico.

—El papel dice que el contenedor fue descargado aquí. La terminal dice que no hubo ninguna operación. —Irati levantó la vista—. ¿Cuánto tiempo puede estar un contenedor registrado como descargado antes de que alguien se dé cuenta de que no está donde debería?

El técnico se pasó la mano por el pelo.

—Depende. Si nadie lo reclama, puede estar semanas. La terminal lo buscaría en el inventario, pero si el manifiesto dice que siguió viaje, nadie lo busca.

—Y aquí, ¿qué dice?

El técnico miró la pantalla un momento.

—Aquí dice que siguió hacia el interior. —Señaló una línea del registro—. Hay una transferencia a una empresa de transporte terrestre de residuos, con matrícula de camión y hora de salida. Si eso es verdad, el contenedor salió de Zierbena esa misma noche, sin que la terminal lo moviera.

—¿Y la empresa?

—Transportes Ugarte. —El técnico leyó el nombre en la pantalla, y luego se quedó en silencio, como si acabara de entender algo.

Irati sintió el frío subirle por la nuca.

Transportes Ugarte. Ugarte. El mismo apellido que Koldo Ugarte, el tío de Ane, el operario del vertedero desaparecido del que Ane hablaba en sus últimos días, el hombre que había llevado su historia clínica abriéndose en la red de Osakidetza durante diez años como una cuenta corriente que alguien no quería cerrar.

No dijo nada. Anotó el nombre en la libreta, con la letra pequeña y precisa que reservaba para las cosas que no quería que se le escaparan, y siguió leyendo.

La ruta del contenedor era una ruta falsa entera.

Había salido del circuito de residuos peligrosos con una declaración que no correspondía a su contenido, había sido descargada en un puerto donde nadie la tocó, había sido transferida a un camión que según los registros salió hacia el interior, y todo ese papel, todo ese teatro administrativo, estaba pensado para una sola cosa: que el contenedor desapareciera como desaparecen en los puertos las cosas que no se deben ver.

Irati siguió la línea del camión en el registro, con el dedo sobre la pantalla, y fue leyendo los datos en voz baja: la matrícula, la empresa de transporte, la hora de salida, la ruta declarada.

El camión había salido de Zierbena a las tres de la madrugada, había cruzado la autopista, había tomado una salida comarcal y había llegado, según el último registro, a un punto de la carretera entre dos municipios.

Después de ese punto, nada. Sin peaje, sin cámara, sin pesaje en báscula: el camión se había esfumado de los registros como se esfumaba todo lo que pasaba por aquel tramo.

No era un error. Era un diseño. Alguien había trazado la ruta sabiendo dónde terminaban las cámaras, dónde empezaba la carretera comarcal sin vigilancia y dónde un contenedor podía desaparecer de todos los papeles en cuarenta minutos de viaje.

Un contenedor registrado como descargado, una terminal que no lo movió, un camión que según los papeles se lo llevó tierra adentro. Y la mujer, dentro, con la pulsera de paciente puesta y la muñeca marcada por la ligadura.

Irati cerró la libreta y se levantó.

—¿Puedo llevarme una copia de todo esto? —preguntó.

—Puede —dijo el técnico—. Pero no le va a servir de mucho. La ruta del camión termina en un punto muerto: una carretera comarcal, sin cámaras, en el límite entre dos municipios. Después de ese punto, el contenedor desaparece de todos los registros.

—¿Sabe cómo se llama ese punto?

—No tiene nombre —dijo el técnico, con un tono que Irati reconoció: el de la gente que ha visto demasiadas cosas y ha aprendido a no nombrarlas—.

Pero hay una zona, a unos cuarenta minutos de aquí, donde la gente dice que las cosas se pierden.

Un sitio donde la gente no lleva a nadie, pero del que sale humo a veces.

Irati lo miró.

—¿Cómo se llama?

El técnico dudó un instante.

—Mokorreta —dijo.

Irati se quedó un momento en silencio, con la palabra flotando en la sala como una pieza que acababa de encajar.

Mokorreta. El nombre que le había dado Asier Zulueta en Zierbena, el estibador del turno de noche, cuando le habló de Eneko Beitia y del vertedero donde «se pierden cosas».

El mismo nombre que, según Eneko, nadie pronunciaba en el pueblo y que, sin embargo, todo el mundo conocía.

La ruta del contenedor no había terminado en el puerto: había terminado en el monte, en el agujero, en el sitio donde las cosas se pierden para siempre.

No dijo nada. No quiso explicar al técnico que Mokorreta ya le sonaba, que era la tercera vez en cuarenta y ocho horas que el nombre aparecía en el caso, como si el caso entero fuera una madeja que solo podía deshacerse tirando de ese hilo.

Le dio las gracias, recogió la copia del expediente y salió del edificio con la libreta cerrada contra el pecho y la palabra Mokorreta girándole en la cabeza como una llave que no acababa de encajar.

En el coche, antes de arrancar, se quedó un momento mirando las grúas de la terminal, que se recortaban contra el cielo gris como esqueletos de metal.

Había visto ese puerto cien veces, con sus contenedores, sus estibadores, su olor a gasoil y a sal.

Pero nunca lo había visto como lo veía ahora: como un lugar donde el papel mandaba sobre la realidad, donde un contenedor podía descargarse sin que nadie lo tocara, donde un camión podía llevarse una carga que según la terminal nunca existió.

El circuito de residuos. Así lo llamaban en el puerto: el circuito por el que circulaban los contenedores de basura y de residuos peligrosos, con sus manifiestos, sus etiquetas y sus rutas controladas.

Era un circuito pensado para que nada se perdiera, para que todo quedara registrado, para que ninguna pieza de basura o de peligro se moviera sin dejar huella.

Pero alguien había aprendido a moverse dentro de ese circuito sin dejar huella.

Alguien que sabía cómo se rellenan los manifiestos, cómo se registran las descargas, cómo se transfieren las cargas a camiones que según los papeles existían y según la realidad nunca salieron.

Alguien que conocía el puerto por dentro, que conocía la ventanilla única, que conocía la terminal de graneles y el turno de noche.

Alguien que, probablemente, había trabajado ahí.

Irati arrancó el coche y salió del puerto con la copia del expediente en el asiento del copiloto y la certeza de que el caso acababa de cambiar de forma.

Ya no era solo una mujer muerta en un contenedor.

Era una red, un circuito, una cadena de papeles falsos que llevaban desde el puerto hasta el monte.

Y en el centro de esa cadena, como una pieza que no quería encajar, estaba el nombre de Transportes Ugarte.

El mismo apellido que el tío desaparecido de Ane.

Irati pensó en eso durante todo el camino hacia Mokorreta, con la lluvia golpeando el parabrisas y el nombre girándole en la cabeza.

Y cuando vio aparecer el valle cerrado entre las laderas de eucaliptos, con su humo y su silencio, entendió que el caso no la estaba llevando a un sitio: la estaba llevando a un agujero.

II. Mokorreta