Capítulo 3 — EL YANQUI #6
Había dicho que no otra vez, y la noche entera pareció repetírselo, con el sonido de las sirenas y el agua subiendo.
En algún lugar de Bilbao, esa noche, otra ventana se encendía sobre la ría.
Irati Sarasola, despierta, con la libreta de los casos que se le atragantaban abierta sobre la mesa de la cocina, miraba también el agua negra, y pensaba en la mujer del contenedor, en la cita de las ocho y veinticinco, en el terminal de la Oficina Técnica.
Dos personas, dos ventanas, un mismo río.
Y la marea, subiendo, llevándose en su crecida una parte de la noche que ya no volvería a ser la misma.
En la habitación del hotel, Jules encontró el nombre en su segundo intento.
Era una empresa de logística con sede en un puerto del norte de Europa, con una filial en un paraíso fiscal del Caribe y un historial de cuentas que no cuadraban.
No era un nombre grande, no era un nombre que apareciera en los periódicos: era uno de esos nombres que viven en los márgenes, en las letras pequeñas, en los documentos que nadie lee salvo los que buscan.
Jules lo miró un momento en la pantalla, con la ría negra al fondo y la melodía vasca todavía sonando en su cabeza.
—Hola, viejo amigo —dijo, en voz baja, a la pantalla—. Llevabas tiempo sin aparecer por aquí.
Y cerró el portátil con la certeza de que, esta vez, el caso no iba a cerrarse con una firma limpia.
Esta vez iba a cerrarse con una verdad.
Antes de apagar la luz, escribió en la libreta del hotel, con la letra apretada de los agentes que trabajan de madrugada, una línea que no sabía si era una hipótesis o una premonición:
La mujer del contenedor no fue un accidente. Fue un ajuste de cuentas con el sistema. Y el sistema, aquí, tiene nombre de empresa.
No lo firmó. No hacía falta: era su caso ahora, aunque nadie lo supiera todavía.
Apagó la luz y se quedó mirando el techo, con el sonido de la lluvia y de los camiones al fondo, pensando en la abuela, en Irati, en el nombre del proveedor y en la mujer que había muerto con una pulsera de paciente puesta.
Antes de dormirse, el móvil se encendió una vez, con un mensaje del Legat de Madrid: un recordatorio escueto de que al día siguiente esperaba el primer informe. Jules lo leyó dos veces, con el dedo quieto sobre la pantalla, y no respondió. El informe podía esperar. La verdad no.
En algún lugar de Bilbao, esa noche, la marea seguía subiendo, y con ella, como todas las mareas, llegaba algo que nadie esperaba.
En la calle, bajo la lluvia, un furgón blanco cruzó el puente de Deusto sin detenerse, con las luces apagadas, camino de la ría.
Nadie lo vio salvo un agente que fumaba en la puerta de la comisaría, y que se quedó mirándolo un instante, con el cigarro en la mano y la sensación de haber visto algo que no sabía nombrar.
Luego el furgón se perdió entre los edificios, y la noche volvió a ser solo lluvia y marea, como si nada hubiera pasado.
Pero algo había pasado. Y en el hotel, con la luz apagada y el sonido del agua en la ventana, Jules Whitfield durmió mal, por primera vez en muchas noches, con el nombre de una empresa en la cabeza y la certeza de que el caso acababa de empezar de verdad.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, se levantó, se puso el traje azul marino y se sentó a la ventana con el portátil abierto, esperando la primera luz sobre la ría.
No había dormido, o había dormido a ratos, con el sonido del agua y el nombre del proveedor girándole en la cabeza como una llave que no acababa de encajar.
En la pantalla, la foto de la placa del contenedor seguía abierta, con el código IMDG y el nombre en letras pequeñas, y Jules la miró un momento antes de abrir el correo del Legat.
Escribió el informe con la letra seca y formal de los agentes que han aprendido a no decir más de lo que deben: que había llegado a Bilbao, que se había reunido con la Ertzaintza, que el caso estaba en manos de la inspectora Sarasola, que había visitado el contenedor.
No mencionó el nombre del proveedor. No mencionó sus archivos de Nueva York.
No mencionó la sensación, que crecía, de que aquel caso era el que llevaba años buscando sin saberlo.
Cuando terminó, lo releyó dos veces, corrigiendo una coma, y lo envió con un clic. Luego cerró el portátil y se quedó mirando la ría, que empezaba a teñirse de gris claro bajo el cielo de febrero.
En Boise, a esa hora, la abuela se estaría levantando para poner la cafetera, con el euskera de cocina y las fotografías del caserío en la pared. Jules pensó en llamarla, en oír su voz antes de empezar el día, y se quedó un momento con el teléfono en la mano.
No llamó.
En lugar de eso, marcó el número de la comisaría de Bilbao, y cuando contestaron, pidió hablar con la inspectora Sarasola.
—Soy Whitfield —dijo—. Del Legat de Madrid. Tengo algo que enseñarle.
Colgó, se puso la chaqueta y salió al pasillo con la sensación de que, por primera vez desde que había aterrizado, estaba haciendo lo que había venido a hacer.
No observar. No reportar. Buscar.