Capítulo 3 — EL YANQUI #5
Irati no contestó de inmediato. Condujo un tramo en silencio, con la vista en la carretera, y luego dijo, con esa voz plana que Jules empezaba a reconocer como la suya de verdad:
—En este trabajo hay dos tipos de agentes: los que quieren cerrar casos y los que quieren abrirlos. Yo soy de las segundas. —Hizo una pausa—. Y eso significa que me llevo mal con los que vienen a cerrarlos por mí.
—Yo no vengo a cerrar nada —dijo Jules—. Vengo a abrir. El problema es que mi jefe quiere que cierre.
Irati lo miró un instante, y por primera vez, desde que se conocían, casi sonrió.
—Entonces estamos en el mismo bando —dijo—. Contra nuestros jefes.
Jules se quedó un momento con la frase en la cabeza, con la lluvia en el parabrisas y la ría gris a la derecha.
No era lo que había esperado encontrar en Bilbao: no era la soledad del observador ni la distancia del que mira desde arriba.
Era algo más cercano, más incómodo: la sensación de que, sin habérselo propuesto, acababa de encontrar un aliado en la persona menos dispuesta a darlo.
Cuando el coche llegó a la comisaría, la lluvia había arreciado, y Jules se quedó un momento bajo el toldo de la entrada, mirando cómo Irati se alejaba con las manos en los bolsillos y la espalda recta.
—Inspectora —dijo.
Irati se volvió.
—El nombre del proveedor —dijo Jules—. Cuando lo confirme, se lo diré. Pero necesito que usted me prometa una cosa.
—¿Qué?
—Que no va a cerrar el caso antes de que yo lo abra. —Jules la miró—. He perdido una vez por llegar tarde. No quiero volver a perder.
Irati lo miró un momento, con la lluvia cayendo entre ellos, y luego asintió, sin decir nada, y entró en la comisaría.
Jules se quedó bajo el toldo, con el olor a lluvia y a sal en la ropa, y pensó que Bilbao era una ciudad que se presentaba de dos formas: la primera vez que la ves, y la primera vez que te deja ver algo.
V. La noche
Esa noche, Jules volvió al hotel con la foto de la placa en el teléfono y el expediente bajo el brazo.
La ciudad se había llenado de lluvia, y las calles del Casco Viejo brillaban bajo las farolas como espejos rotos.
Subió a la habitación, dejó el expediente sobre la mesa y se quedó un momento junto a la ventana, mirando la ría, que subía negra bajo el puente de Deusto.
El teléfono sonó.
No era el número de la comisaría, ni el de Teresa Vega, ni el de Irati. Era el número del Legat de Madrid, con prefijo internacional, y Jules lo cogió con una sensación de que el sábado se acababa.
—Whitfield —dijo.
—Jules. —La voz del jefe sonaba cansada, como si llevara horas esperando la llamada—. Tenemos que hablar.
—Adelante.
—No es del caso. —El jefe hizo una pausa, y en esa pausa Jules notó que algo había cambiado en su voz—. Es de tu abuela.
Jules se quedó quieto, con el teléfono pegado a la oreja y la ría negra frente a él. La habitación se llenó de un silencio que no tenía que ver con el ruido de la ciudad.
—¿Qué ha pasado?
—Nada grave —dijo el jefe, con una cautela que no convencía a nadie—.
Ha tenido una caída en casa. La vecina la ha encontrado en el suelo, delante de la chimenea.
No se ha roto nada, los médicos de Boise dicen que está bien, pero ha pedido hablar contigo.
Dice que tiene que decirte algo, y que no espera.
Jules cerró los ojos. La abuela. Miren Goikoetxea, la mujer que le había enseñado a silbar las canciones vascas, la que le había contado que la tierra presta el nombre, la que siempre decía que Jules no debía perderse, que los suyos habían tardado cien años en volver y que él no podía irse otra vez.
—¿Cuándo ha sido?
—Hace tres días —dijo el jefe—. No quería molestarte. Ha dicho que estabas en un caso importante, y que no quería que lo dejaras por ella.
—Pero usted me lo dice ahora.
—Ahora es cuando he podido —dijo el jefe—. Y ahora es cuando tú tienes que decidir si te quedas en Bilbao o si vuelves. Yo no te puedo decir qué hacer. Solo te digo que tu abuela te necesita, y que el caso puede esperar.
Jules miró la ría, negra y ancha, con los puentes encendidos. En el fondo, a lo lejos, se oían las sirenas de los camiones cruzando el puente de Deusto, camino del puerto, cargados de contenedores que nadie veía a esa hora de la noche.
—Me quedo —dijo Jules, con una voz que no reconocía—. El caso no puede esperar.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro de que si me voy ahora, ella me lo perdonaría. —Hizo una pausa—. Y estoy seguro de que yo no me lo perdonaría.
El jefe suspiró, al otro lado de la línea, y hubo un silencio largo.
—Está bien —dijo al final—. Me ocuparé de que te envíen el informe de Boise. Y si necesitas volver, dímelo, y arreglamos lo que haya que arreglar.
—Gracias.
—No me des las gracias. —La voz del jefe se suavizó un instante—. Tu abuela tiene razón, Jules. Has tardado cien años en volver. No te vayas otra vez.
Jules colgó y se quedó junto a la ventana, con el teléfono en la mano y la ría frente a él.
Abajo, en la calle, las sirenas de los camiones seguían sonando, cruzando el puente de Deusto hacia el puerto, cargadas de contenedores que nadie veía a esa hora.
La marea subía, negra y silenciosa, como sube todo lo que el mar trae cuando nadie lo espera.
La abuela. Miren Goikoetxea, con su cocina de Boise llena de fotografías del caserío, con sus canciones de cuna en un euskera que ya nadie hablaba así, con la manía de corregirle el nombre: Julen, no Jules.
Aquí el nombre lo pone la tierra, no el pasaporte.
Le había contado que el caserío de su familia estaba en un valle que en los mapas apenas se ve, que se llamaba como se llaman las cosas que la gente no quiere olvidar, y que la tierra presta el nombre a quien la trata bien.
Jules nunca había sabido muy bien qué significaba.
Ahora, con la ría negra frente a él y la voz del jefe aún sonando en el teléfono, empezaba a entenderlo: la tierra presta el nombre, pero también lo cobra.
Y la abuela se estaba poniendo vieja, y el nombre, si no se usaba, se lo llevaba la marea como se había llevado a tantos.
En el fondo de la habitación, sobre la mesa, la foto de la placa del contenedor brillaba en la pantalla del teléfono, con el nombre del proveedor en letras pequeñas y una promesa que Jules todavía no sabía si iba a poder cumplir.
Se sentó en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, y silbó bajito una melodía vasca que la abuela le había enseñado, esa que empezaba con una nota sostenida y luego bajaba despacio, como un río que se encamina al mar.
No era una canción de trabajo ni de fiesta: era una de esas melodías que la abuela decía que cantaban en el caserío cuando se acababa la cosecha, para despedir el año y dar la bienvenida al que venía.
Año nuevo, casa nueva , decía ella, aunque la casa fuera la misma.
Zorte on, yanqui.
La agente del pasillo. La azafata del avión. La abuela, al otro lado del Atlántico, en su cocina de Boise. Todos le deseaban suerte, y todos esperaban que el yanqui entendiera algo que todavía no entendía.
Jules se levantó, fue hasta la mesa y abrió el portátil. Antes de mirar el expediente de Nueva York, de buscar el nombre del proveedor en sus archivos de blanqueo, se quedó un momento con las manos sobre el teclado, mirando la ría por la ventana.
No otra vez.