Capítulo 3 — EL YANQUI #4
Jules se acercó al contenedor, despacio, con las manos a los lados, en esa postura que había aprendido en las escenas del crimen de la costa este y que no podía quitársela: la del que no toca nada, la del que mira antes de mover.
La placa amarilla tenía los códigos de un material peligroso de la clase de los residuos químicos, con la numeración IMDG que usaba el transporte internacional de mercancías.
La miró un momento, y luego miró el interior, donde una mancha en el suelo del contenedor marcaba el lugar donde había estado el cuerpo.
El interior olía a metal frío, a sal y a un residuo químico que el viento no había logrado del todo deshacer.
Jules no entró. Se quedó en el umbral, con la luz gris del muelle a sus espaldas, mirando la mancha y la forma que había dejado el cuerpo: no la forma de alguien que se ha tumbado a descansar, sino la de alguien que ha sido colocado con cuidado, con un orden que no es el de la casualidad.
—La pusieron aquí dentro —dijo, sin mirar a Irati—. No la dejaron caer. La colocaron.
—Sí —dijo Irati—. La forense dice que estuvo inmovilizada varias horas antes de morir.
Boca arriba, con la cabeza apoyada en algo duro.
—Hizo una pausa—. Hay una marca en el esternón que no es de golpe: es de presión mantenida.
Como si alguien hubiera estado encima, o como si hubiera estado atada a algo.
Jules asintió. No dijo nada, pero pensó en Daniel Reyes, en la forma en que habían encontrado su cuerpo, en lo que una marca así significaba sobre las últimas horas de alguien.
—¿Qué le hicieron en el hospital? —preguntó, al cabo de un rato.
—No le hicieron nada —dijo Irati—. La citaron para que estuviera allí.
La pulsera de paciente era de una consulta que nunca pidió.
El registro se borró después. —Se volvió hacia él—.
No murió en el hospital, Jules. Murió en otro sitio, con la pulsera puesta, y la pusieron aquí, en el contenedor, para que pareciera que el mar la había traído.
Jules se quedó un momento en silencio, con el viento y la sal, mirando la placa amarilla. Entonces lo vio.
El nombre del proveedor. En la esquina inferior de la placa, en letras pequeñas, impreso con la misma pulcritud que las cifras de un documento bancario: una empresa de logística, de las que gestionan el transporte de residuos peligrosos por cuenta de terceros.
No era un nombre que significara nada para la mayoría de la gente.
Pero para Jules, era un nombre que había visto antes.
En sus archivos de Nueva York.
Se detuvo, con la mano a medio camino de la placa, y dejó que el recuerdo subiera a la superficie.
Un año antes, en la División de Delitos Financieros, había trabajado en un caso de blanqueo de capitales que no llegó a ninguna parte.
Un intermediario de la costa este, con un nombre de empresa de logística, que movía dinero a través de cuentas de intermediarios europeos.
El caso se cerró por falta de pruebas, pero Jules había guardado el expediente, como guardaba todos los casos que no había podido cerrar, con la esperanza de que algún día las piezas encajaran.
Y el nombre que había visto en aquel expediente era este.
Jules apartó la mano de la placa y se quedó un momento en silencio, con el mar sonando a lo lejos y la sal en los labios.
La ruta de ese contenedor hablaba dos idiomas.
El idioma del puerto, que Irati sabía leer, y el idioma del dinero, que Jules conocía de memoria. Y los dos llevaban al mismo sitio.
Irati lo estaba mirando. No con la desconfianza del día anterior, sino con una atención nueva, como si hubiera notado que algo en él acababa de cambiar.
—¿La reconoce? —preguntó.
—No estoy seguro —dijo Jules, y era verdad, a medias—. Puede que haya visto el nombre antes. En otro caso. En otro puerto. —Se volvió hacia ella—. En Nueva York.
Irati lo miró un momento más, sin decir nada, y luego, por primera vez desde que se conocían, le dirigió una mirada que no era de recelo.
—El mundo es pequeño —dijo.
—No —dijo Jules—. El mundo es un puerto con muchas terminales. Y la misma gente moviendo las mismas cosas en todas ellas.
De niña, Ane creía que el monte olía a todo.
Lo pensaba los sábados, cuando el club subía en grupo, cuando se repartían los bocadillos en la cima y el viento les traía el olor de los valles de abajo: a hierba, a humo de las chimeneas de los caseríos, a tierra mojada.
Lo pensaba también cuando bajaban, con las piernas temblando y la cara encendida, cuando se sentaban en la piedra plana de la salida a contar las horas que habían tardado.
Ane tenía diecinueve años la primera vez que subió con el club.
La había subido Pello Elorriaga, el fundador, un hombre mayor que olía a tabaco y a resina, que le había visto las botas viejas en la puerta del local y había dicho, sin preguntarle nada: «El monte se lee, txiki. Sube, y luego lo leemos juntos.»
Ella había subido. Había tardado más que los demás, había resbalado dos veces, había tenido que parar en el collado para recuperar el aliento mientras el club la esperaba sin impaciencia, como esperan los que saben que el monte no se rinde a nadie que no tenga paciencia.
Y en la cima, cuando el viento le secó el sudor de la frente y vio el valle entero abajo, con los pueblos encendidos y la ría gris a lo lejos, Ane había entendido algo que no supo explicar con palabras.
Era el mismo monte que le había enseñado su tío Koldo, el mismo en el que se sentaba con él a comer el bocadillo, el mismo desde el que él le había señalado el vertedero, el mismo en el que el viejo le había dicho que el monte guarda lo que la gente quiere perder.
Y ahora, de pie en la cima, con el club a su alrededor, Ane sintió que el monte no le había devuelto solo la vista: le había devuelto una parte de sí misma que había estado buscando desde que Koldo desapareció.
No lo contó entonces. No era de las que contaban esas cosas. Pero desde aquel día, el club dejó de ser un grupo de desconocidos con los que compartía los sábados: fue la familia que había elegido, la que la esperaba en la puerta del local con las botas puestas y el mapa en la mano.
Y fue también el lugar donde aprendió que la verdad, como el monte, no se da toda de una vez: se da a quien sube.
Jules se quedó un momento más junto al contenedor, con el viento y la sal, antes de seguir a Irati hacia el perímetro. Vio que la inspectora se había detenido de espaldas, mirando el mar, con las manos en los bolsillos y los hombros un poco más caídos de lo que su espalda recta quería reconocer.
—¿La conocía? —preguntó.
Irati no contestó de inmediato. Miró el mar un momento más, y luego se volvió, con la cara cerrada de nuevo, como se cierra una puerta cuando ya se ha mirado demasiado tiempo lo que hay detrás.
—No la conocía personalmente —dijo—. Pero llevo dos días leyéndola.
Su piso, sus mapas, su libreta. Una mujer que se subía al monte los sábados y que había dejado preparada la mochila la noche anterior, como quien sabe que va a necesitar huir.
—Hizo una pausa—. Se llama Ane. Ane Arrieta. Y alguien la citó para matarla.
—¿La cita?
—Una consulta médica. A las ocho y veinticinco de la mañana, el día en que murió.
—Irati miró el mar—. No le pusieron una pistola en la cabeza.
Le pusieron una pulsera de paciente, y un registro que después se borró.
—Se volvió hacia Jules—. ¿Sabe lo que es eso?
Es un asesinato con papel. Con sistema. Con historial clínico.
Aquí no se mató a una mujer: se borró a una analista que había visto algo que no debía.
Jules se quedó un momento en silencio. No era la primera vez que oía a alguien hablar de un muerto con esa mezcla de precisión y de rabia, pero era la primera vez en mucho tiempo que lo oía con tanta claridad.
En Nueva York, Daniel Reyes se había borrado igual: con un fallo del sistema, con una puerta que alguien no había cerrado, con una firma al pie de un informe que decía lo que no era verdad.
—Entonces —dijo Jules—, los dos tenemos trabajo.
Irati lo miró un momento, como si midiera la distancia entre lo que decía y lo que pensaba. Luego asintió, sin sonreír, y echó a andar hacia el coche.
—Tenemos —dijo.
Irati y Jules caminaron en silencio hasta el coche patrulla.
La marea empezaba a subir, empujando las gaviotas hacia el interior, y el olor a salitre se mezclaba con el de la lluvia que llegaba.
En el asiento del copiloto, Jules tenía el teléfono en la mano, con una foto de la placa del contenedor, y los dedos quietos sobre la pantalla.
—¿Va a mirar su expediente de Nueva York? —preguntó Irati, sin mirarlo.
—Va a esperar —dijo Jules—. Hay cosas que no se miran en un sábado por la mañana, con la marea subiendo. Se miran con calma, con el caso delante, con las piezas encima de la mesa.
Irati lo miró un momento, y en su cara hubo algo que no estaba antes.
—Usted ha hecho esto antes —dijo. No era una pregunta.
—Muchas veces —dijo Jules—. Y siempre me han quedado piezas fuera.
Se quedó un momento en silencio, mirando el mar por la ventanilla, con la marea subiendo y las gaviotas gritando. Luego, en voz baja, casi para sí mismo:
—Pero esta vez, me las pienso llevar todas.
Irati arrancó el coche y salieron de la terminal sin hablar.
La carretera de Zierbena a Bilbao discurría junto al río, y durante un rato no hubo más sonido que el del motor y el de la lluvia que empezaba a caer sobre el parabrisas.
Jules miraba por la ventanilla, contando en voz baja los segundos entre los postes de la luz, y pensaba en el nombre del proveedor, en el expediente de Nueva York que guardaba en el portátil, en la sensación de que el caso acababa de darle la mano.
—Teresa Vega me ha dicho que usted es de las que persiguen los casos hasta el final —dijo, sin mirarla.
—Teresa Vega habla demasiado —dijo Irati.
—¿Y es verdad?