Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 5 — 112 #2
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Capítulo 5 — 112 #2

—No dormía —dijo Joseba, con esa voz que tenía la culpa de haberse preocupado y no querer reconocerlo—. Con el ruido que hay por aquí, y con todo esto del papel, uno se duerme si puede. —Hizo una pausa—. ¿Tú también estás en esto?

—Estoy en esto —dijo Irati—. Pero no por ti. Bueno, sí por ti, pero no es lo que piensas.

—Ya. —Joseba la miró un momento, con esa mirada de madre que no necesita preguntar para saber—. La del contenedor.

Irati no se sorprendió. En Bilbao, en las Siete Calles, las noticias corrían por los portales antes que por los periódicos, y su madre, con sus amigas del barrio, sabía todo lo que pasaba antes de que nadie se lo contara.

—Es un caso complicado —dijo Irati—. Y ahora, con esto de la red, complicado se queda corto.

—¿Y tú qué tienes que ver?

—Trabajaba en el sistema —dijo Irati, y la frase le salió antes de que pudiera detenerla—. La mujer del contenedor. Vigilaba la red de Osakidetza. Y la red se cae la misma semana en que ella aparece muerta. —Miró a su madre—. No es casualidad, mamá. Es una pieza más del mismo caso.

Joseba la miró un momento, con esa calma que solo tienen las madres de los que trabajan en peligro, y luego dijo, con una voz que Irati conocía de memoria:

—Entonces tienes que encontrarlo, hija. Pero no me lo vengas a buscar a mí: búscalo donde está.

—¿Dónde?

—Donde siempre lo has buscado —dijo Joseba—.

En la letra pequeña. En los papeles que nadie lee.

En las cosas que no cuadran. —Hizo una pausa—.

Tu padre decía que el mar no miente: que lo que trae, se ve, y lo que se lleva, se nota.

Pues el sistema ese, el de los ordenadores, es igual.

Si alguien lo ha tumbado, dejó una huella. Y tú eres de las que leen las huellas.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase de su padre girándole en la cabeza.

El mar no miente. Su padre, el pescador desaparecido, el hombre al que el mar se había llevado sin dejar cuerpo, decía siempre esa frase cuando le enseñaba a leer el agua.

Y ahora su madre se la devolvía, con el papel y los pasillos de urgencias alrededor, como si el sistema de Osakidetza fuera otro mar que alguien acababa de agitar.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó Irati, cambiando de tema porque no podía quedarse en el otro.

—Bien —dijo Joseba—. El dolor sigue ahí, en el costado, pero no es nada nuevo. Lo que pasa es que con esto del papel, nadie sabe dónde está mi historial. —Hizo una pausa—. Me han dicho que se ha perdido.

Irati sintió el golpe en el pecho. El historial perdido.

La misma frase que Andoni, el administrador de la Oficina Técnica, le había dicho en el teléfono dos días antes: que el historial de su madre «se había perdido» en el sistema.

Un historial que, según el sistema, nunca había existido.

Y ahora, con la red caída, la pérdida se hacía real: el papel, la lista, el historial, todo estaba en algún sitio que nadie sabía encontrar.

—No está perdido, mamá —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—. Está en algún sitio. Y voy a encontrarlo.

—Ya. —Joseba sonrió, con esa sonrisa que conocía a su hija demasiado bien para discutirle nada—. Como el de tu padre.

Irati no supo qué contestar a eso. Se quedó un momento en silencio, con la mano de su madre entre las suyas y el ruido del hospital alrededor, y pensó en la frase de su padre, en el mar que no miente, y en el sistema que acababa de caerse como se cae el agua cuando alguien quita la mano que la contenía.

Mientras hablaba con su madre, Irati fue viendo, a través de la puerta del pasillo, cómo el hospital entero se reorganizaba sin pantallas.

Una enfermera mayor, de las que llevaban treinta años en aquel servicio, había sacado de un armario un cuaderno de tapas duras y estaba escribiendo a mano el parte de pacientes, con la letra inclinada de la gente que no necesita un teclado para que la entiendan.

A su lado, una residente joven la miraba hacer, con el móvil en la mano y la inseguridad de los que han crecido con los datos a un toque de distancia, y la enfermera mayor, sin levantar la vista del cuaderno, le dijo algo que Irati no oyó pero que adivinó por el gesto: que en el papel también se puede salvar una vida, si uno sabe leer.

Más allá, en la sala de espera, un hombre mayor con el gorro de lana calado hasta las cejas esperaba con un número de papel en la mano, y una mujer con el abrigo abierto y los ojos de no haber dormido le hablaba en euskera, y el hombre asentía, y la mujer le apretaba el brazo, y entre los dos, sin pantallas, sin sistema, sin historia clínica a mano, se estaba haciendo lo que Irati había visto toda la vida en el barrio: la gente se cuidaba entre sí, con la memoria y el cariño y la paciencia de los que saben que el sistema, cuando falla, no es más que un andamio alrededor de la gente que de verdad se sostiene.

El auzolan. El trabajo de todos para todos.

Irati pensó en esa palabra, en el auzolan del barrio, en las manos de su madre cuando ayudaba a las vecinas, en el monte donde los del club se ayudaban a subir y a bajar, y pensó que el ransomware, por muy bien diseñado que estuviera, no había contado con eso: con que la gente, cuando se cae el sistema, se sostiene sola.

Pero también pensó en Ane Arrieta, en la mujer que vigilaba esa red y que había escrito un informe que nadie leyó, y pensó que el auzolan no sirve para leer informes.

El auzolan no encuentra los patrones de las tres de la madrugada.

El auzolan no descubre quién abrió la puerta del sótano.

Para eso hacía falta alguien que mirara los agujeros, alguien que no se conformara con que la gente se sostuviera sola, alguien que preguntara por qué se había caído el sistema y quién lo había tumbado.

Alguien como Ane.

Alguien como ella.

Irati se levantó, apretó la mano de su madre y le prometió que volvería, y salió del hospital con el olor a antiséptico y a papel pegado al abrigo, con la imagen de la enfermera mayor escribiendo a mano el parte de pacientes girándole en la cabeza, y con la certeza de que, mientras la gente se sostuviera sola, el sistema podía caerse todas las veces que quisiera.

Pero también con la certeza de que alguien, desde fuera, había querido que se cayera.

Y que esa persona, tarde o temprano, iba a encontrar en su camino a alguien que no se conformaba con el auzolan.

De niña, Ane había escrito un informe que nadie leyó.

No lo recordaba como un triunfo: lo recordaba como una de esas cosas que uno hace en el trabajo y que desaparecen en el silencio, como las notas que se dejan en un escritorio y nadie recoge.

Fue al principio, cuando llevaba un año en la Oficina Técnica.

Había detectado un patrón en los accesos a los historiales de pacientes oncológicos: una cuenta de un centro de salud que consultaba los historiales de pacientes de oncología a las tres de la madrugada, con una regularidad que no era humana.

Escribió el informe. Lo redactó con la precisión de los que creen que la verdad, bien documentada, se impone sola. Lo subió al sistema de auditoría, lo firmó y lo envió a su jefa con una nota breve: «Patrón de accesos anómalos en historiales de oncología. Recomiendo revisión.»

No pasó nada.

No recibió respuesta. No se abrió ninguna investigación.

El informe se archivó en el sistema, en el limbo de los documentos que se leen y se descartan, y el patrón siguió ocurriendo.

Ane lo comprobó meses después, por curiosidad profesional: la cuenta seguía entrando a las tres de la madrugada, seguía consultando historiales de oncología, seguía haciendo lo que hacía sin que nadie la detuviera.

Y nadie la había detenido. Porque nadie había mirado.

Ane aprendió entonces una lección que no le enseñaron en la carrera: que en los sistemas grandes, la verdad no se impone sola.

Que los informes se archivan, que las alarmas se silencian y que los que miran los agujeros no siempre son escuchados.

Y que a veces, la única forma de que algo se mueva es que alguien lo mueva con las manos.

Esa lección la acompañó hasta el final.

Y el patrón de las tres de la madrugada, el que nadie detuvo, fue uno de los hilos que ella siguió hasta la cita de las ocho y veinticinco.

III. El diagnóstico digital

La sede de Cyberzaintza en Vitoria olía a servidores y a café cargado.

Irati llegó a las siete de la mañana, con la lluvia del viaje todavía en el abrigo, y encontró la sala de crisis a medio montar: mesas con cables, monitores apilados, un café de máquina que llevaba horas quemándose en el fondo de la jarra y, en el centro, rodeada de pantallas y de código, una mujer joven con el pelo recogido de cualquier manera y los ojos fijos en un terminal como si el mundo entero dependiera de lo que estaba leyendo.

La mujer levantó la vista cuando Irati entró, la miró un momento con esa intensidad de los que no pierden el tiempo, y dijo, sin preámbulos:

—Eres la de Homicidios. La del contenedor.

—Irati Sarasola —dijo Irati—. ¿Y tú?

—Leire Agirre. —La mujer se levantó y le tendió la mano, rápida, sin ceremonias—.

Analista de la Jefatura de Coordinación de Ciberseguridad de la Ertzaintza.

Dependencia funcional de Cyberzaintza, que es donde estamos.

Tu jefe, Patxi, me asignó a tu caso hace dos días.

—Hizo una pausa—. Cuando esto se caiga del todo, si me quedan neuronas, hablamos del contenedor.

Irati la miró un momento, con la mano todavía caliente del apretón, y no supo si Leire estaba bromeando o hablando en serio. Con los analistas de seguridad, Irati había aprendido en dos décadas de oficio que nunca se sabía del todo.

—¿Qué tenemos? —preguntó.

Leire no contestó de inmediato. Se volvió hacia su terminal, tecleó un par de órdenes y levantó en la pantalla un mapa de Euskadi con los puntos de la red de Osakidetza marcados en rojo, amarillo y verde. Los rojos eran mayoría.