Capítulo 2 — LA PULSERA #6
—Andoni —dijo—. ¿Puede un historial clínico borrarse a sí mismo?
—No.
—¿Puede borrarlo un sistema por error?
—No.
—Entonces alguien lo borró. Y ese alguien sabía exactamente dónde y cómo borrarlo.
Se quedó un momento en silencio, mirando la lluvia.
En su cabeza, las piezas empezaban a encajar con una claridad que le helaba la sangre: la mujer del contenedor no había muerto por accidente, ni se había suicidado, ni había muerto en el puerto.
Había muerto la mañana de un martes, después de una cita médica que no pidió, en un centro de salud cuyo registro había desaparecido.
Alguien la había citado para que estuviera en un sitio determinado a una hora determinada.
Y en ese sitio, o después de ese sitio, la habían matado, la habían atado, la habían dejado morir, y la habían metido en un contenedor para que el mar se la llevara.
—Andoni —dijo—. El centro de salud de Bilbao la Vieja. ¿Cómo se llama el médico que aparece como titular de la consulta?
—El registro del profesional también se ha borrado —dijo Andoni—.
Pero he encontrado una cosa. —Se oyó otro tecleo—.
La cita se generó desde un terminal de acceso de la red de Osakidetza.
El terminal está registrado con un número de serie.
Y ese número de serie corresponde a un departamento interno de la Oficina Técnica.
—¿La Oficina Técnica? —repitió Irati, y el frío le subió por la nuca—. ¿La misma donde trabajaba Ane?
—La misma —dijo Andoni—. El terminal pertenece a la unidad de análisis de la propia Oficina.
La cita que llevó a Ane Arrieta a la muerte se generó desde un ordenador del departamento donde ella trabajaba.
—Hizo una pausa—. Inspectora, la cita la creó alguien de dentro.
Alguien que trabajaba con Ane. Alguien que estaba en la misma sala que ella.
El silencio del coche se llenó con el sonido de la lluvia y el latido de Irati, que sonaba demasiado fuerte en sus oídos.
La obsesión empezaba a instalarse en ella como se instala una marea: despacio, sin prisa, ocupando todo el espacio que encontraba a su paso.
Alguien de dentro. Alguien que trabajaba con Ane.
Alguien que estaba en la misma sala que ella, que compartía café y teclados y turnos, y que la había citado en un centro de salud para que estuviera en el sitio exacto donde iban a matarla.
—Andoni —dijo, y su voz sonó más vieja que ella—. No se lo diga a nadie. Ni a su jefa, ni a la administración, ni a nadie de la Oficina. Esto no sale de esta conversación.
—¿Y a usted, inspectora?
—A mí me lo ha dicho usted. —Irati miró la lluvia un momento, y luego, en voz baja, casi para sí misma—. Y yo todavía no sé a quién se lo puedo decir.
Colgó y se quedó en el coche, con el motor apagado, mirando las luces del hospital.
La pulsera blanca de Ane Arrieta la miraba desde el sobre de evidencias del asiento del copiloto, con su nombre impreso en letras pequeñas y el código de una consulta que no había existido.
El sistema sabía algo y no lo decía. Irati sabía ahora que el sistema no era un ordenador: era gente.
Y la gente que había borrado el historial de Ane Arrieta era la misma que la había citado para morir.
En algún lugar de Bilbao, esa noche, alguien miraba también la lluvia, esperando a que el caso se cerrara como se cierra una puerta. Pero Irati Sarasola había aprendido hacía muchos años que las puertas no se cierran solas. Se cierran con una mano.
Y esa noche, mientras la lluvia caía sobre Bilbao y la ría seguía subiendo con la marea, Irati sabía exactamente dónde estaba la mano que iba a cerrar aquella puerta: dentro de la Oficina Técnica de Ciberseguridad de Osakidetza, trabajando con Ane, compartiendo café con la mujer a la que había mandado a morir.
No durmió. Lo intentó, que era distinto.
Se acostó con el móvil en la mesilla y la pulsera blanca, dentro de su sobre, sobre la mesita de noche, y pasó la noche haciendo cuentas con las piezas: la ligadura de la muñeca, la mancha azul del esternón, el tóxico de lixiviación, la cita de las ocho y veinticinco, el terminal de la Oficina Técnica, el historial de su madre perdido en el sistema.
Cuatro piezas y un mismo eje. Una mujer que había visto un agujero, y un sistema que se tragaba a los que lo veían.
A las cinco, se levantó y se sentó a la mesa de la cocina con el mechero metálico girando entre sus dedos.
La ría, invisible a lo lejos, sonaba bajo la lluvia, y Irati pensó en la marea, en cómo sube y baja sin pedir permiso, en cómo todo lo que toca lo empuja un poco más arriba o un poco más abajo, en cómo aquel caso empezaba a sentirse exactamente así: una marea que subía, y que no iba a bajar hasta llevarse lo que tenía que llevarse.
Sacó la libreta de la mochila y escribió, con la letra pequeña y precisa que reservaba para los casos que se le atragantaban:
Ane Arrieta, 31. Analista ciberseguridad Osakidetza.
Vio la exfiltración y el historial de su tío.
Citada a las 8:25 en un centro de salud que no pidió.
Muerta 72 h antes de aparecer. Tóxico de lixiviación.
Atada. Contenedor. Circuito de residuos.
Zabaltze. Terminal de la Oficina Técnica para la cita.
Debajo, en mayúsculas, una sola frase que no sabía si era una hipótesis o una orden de trabajo:
ALGUIEN DE DENTRO CITÓ PARA MATAR.
Lo leyó tres veces. Luego apagó la luz y se quedó en la oscuridad, mirando la lluvia, con la certeza incómoda de que esa lista, esa letra pequeña, era ahora lo único que separaba a la mujer del contenedor de convertirse en un accidente cerrado en una mesa.
Fuera, en Bilbao, la marea seguía subiendo con la noche.