Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 2 — LA PULSERA #5
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Capítulo 2 — LA PULSERA #5

A las siete de la tarde, Irati cruzó la puerta de urgencias del Hospital de Basurto con el mismo nudo en el estómago de siempre.

El olor a antiséptico le llegó antes que la visión de los pasillos, y con él le subió por la espalda aquella opresión que no sabía explicar y que llevaba años intentando dejar en el coche antes de entrar: la sensación de que en los hospitales las personas se reducen a papeles, y que los papeles se pierden, y que cuando un papel se pierde, se pierde también la persona que estaba detrás.

Joseba Sarasola estaba en la tercera planta, en una habitación de dos camas con la ventana a los tejados.

La encontró sentada en la butaca junto a la cama, con una manta de cuadros sobre las piernas y una revista de crucigramas abierta sobre la mesilla, y por un momento Irati se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar, mirando a su madre como se mira a alguien que se ha vuelto más pequeño sin avisar.

—Ama —dijo al fin.

Joseba levantó la vista y sonrió, y en esa sonrisa Irati vio el caserío, el huerto, la sidra y el verano, todo junto en una arruga alrededor de los ojos.

—Hija. No tenías que venir. Ya te dije que con Marijose...

—He querido venir —dijo Irati, y se sentó en la butaca de al lado, dejando el bolso en el suelo—. ¿Qué te han dicho?

—Que me tienen que hacer más pruebas. Que el dolor del costado es de una cosa que no se ve en la primera radiografía. Y que la lista es larga. —Joseba miró la ventana un momento—. Me han dicho que me quede ingresada un par de días, para hacerlas todas seguidas y no tener que volver.

Irati asintió, sin saber qué decir. En el pasillo, un carrito de la comida pasaba con un olor a verdura hervida, y de una habitación cercana llegaba el sonido de una televisión a la que nadie prestaba atención.

—¿Y las pruebas? —preguntó—. ¿Te las han hecho ya?

—Unas sí. Otras no. Dicen que las tienen que pedir por el ordenador y que el ordenador está... —Joseba hizo un gesto vago con la mano—. Que va lento. Que se han caído las citas. Que están trabajando con papel, como antes.

—¿Cómo que con papel?

—El historial —dijo Joseba, bajando la voz—.

Esta mañana, cuando me han venido a buscar para la prueba del costado, la enfermera ha mirado la pantalla y ha dicho que mi historial no estaba.

Que se había perdido. Que no aparecía mi nombre en el sistema.

—Se encogió de hombros—. Y yo, hija, que ya tengo años, he pensado: claro, como todo lo de ahora es electrónico, cuando se estropea no queda nada.

Antes, mi madre tenía sus cosas en un cuaderno, y el cuaderno no se perdía.

Irati se quedó mirando a su madre un momento, con las piezas empezando a girar en su cabeza.

El historial de Joseba Sarasola no aparecía en el sistema.

La mañana entera del hospital había empezado con una consulta cuyo registro se había borrado.

Y en la Oficina Técnica, hacía unas horas, Andoni le había dicho que los accesos se borraban, que los registros se perdían, que el sistema guardaba el vacío.

—¿La enfermera ha dicho cómo se llama? —preguntó.

—No sé. Era joven, con el pelo rubio, y tenía prisa. Ha dicho que iban a mirarlo, que a lo mejor era un fallo de la red, que se recuperaría en un momento. —Joseba la miró con curiosidad—. ¿Por qué preguntas, hija?

—Porque me he pasado el día mirando papeles —dijo Irati—. Y me ha pasado una cosa curiosa: todos los papeles que se pierden hoy en Bilbao se pierden de la misma manera.

No dijo nada más. No quiso preocupar a su madre con la historia de la mujer del contenedor, con la pulsera de hospital, con el registro de la consulta borrado.

Pero mientras se quedaba allí, con la mano de Joseba entre las suyas, sintió que el caso empezaba a cerrarse sobre ella como una marea que sube sin hacer ruido: la pulsera de Ane, el historial falsificado, el diagnóstico de ansiedad añadido después de la muerte, y ahora el historial de su propia madre perdido en la red de Osakidetza.

Demasiadas cosas perdidas en el mismo sitio y en la misma semana para que fuera casualidad.

—Ama —dijo al fin—, quiero que me cuentes todo lo que te digan. Cada prueba, cada palabra, cada papel. Y si alguien te dice que tu historial no está, me llamas. Me llamas antes de firmar nada.

—¿Por qué, hija? ¿Qué pasa?

—Nada —dijo Irati, apretándole la mano—. Solo que he aprendido que en este país, cuando algo se pierde en un hospital, no se pierde solo.

Se quedó con su madre hasta que cayó la noche, hablando de la vecina de Bermeo, de las acelgas del huerto que ya no existía, del verano en que el padre remendó el tejado del caserío y se pasó tres días silbando la misma canción.

Fuera, la ciudad se encendía detrás de los cristales, y la ría seguía subiendo con la marea, y en algún sitio de Bilbao, alguien seguía borrando registros para que nadie supiera lo que había pasado con Ane Arrieta.

A las nueve, cuando la visita tocaba a su fin y las enfermeras empezaban a cerrar las persianas de las habitaciones, Joseba le contó una cosa que la dejó sentada en la butaca con las manos quietas.

—¿Sabes lo que me ha pasado hoy, hija? —dijo, bajando la voz, con esa mezcla de humor y de inquietud que tenía para contar las cosas de la casa—.

Me han dado una pastilla del dolor. Y la enfermera me ha dicho: «Joseba, no se le olvide tomarla con la cena».

Y yo le he dicho que vale. Pero cuando ha venido la otra enfermera a las seis, me ha dicho que mi pastilla no estaba prescrita.

Que la había pedido el médico de guardia de la mañana, pero que la prescripción no estaba en el sistema.

Y que se había perdido, como mi historial.

—Se encogió de hombros—. Dos veces en el mismo día.

El historial y la receta. Como si el ordenador hubiera decidido que yo no existo.

Irati sintió el frío subirle por la espalda como le había subido en la sala de autopsias, en el piso de la Ronda, en la Oficina Técnica.

Dos veces. El historial de su madre y su prescripción.

Dos registros perdidos en el mismo hospital, en el mismo día, en la misma semana en que el registro de entrada de la consulta de Ane Arrieta se había borrado del sistema.

—Ama —dijo, y su voz sonó más baja de lo que quería—. ¿La pastilla te la han dado al final?

—Sí, hija. La trajo otra enfermera, de urgencias, con una nota escrita a mano.

Dijeron que el sistema estaba «inestable» y que en estos casos se hacía así, con papel.

—Joseba sonrió, con esa sonrisa de la gente mayor que ha visto cambiar el mundo dos veces y no se asusta—.

El papel funciona, hija. Antes todo se hacía con papel y no se perdía nada.

—Sí —dijo Irati, pero no estaba pensando en el papel: estaba pensando en que el «sistema inestable» había borrado, en veinticuatro horas, tres registros que le importaban. El de Ane, el de su madre, y el de la cita que había llevado a Ane a la muerte.

No quiso asustarla. Se levantó, le arregló la manta de cuadros, le dio un beso en la frente y prometió volver al día siguiente.

En el pasillo, el hospital seguía con su rutina de pasos rápidos, carros de comida y puertas que se abren y se cierran con un golpe suave.

El olor a antiséptico le llenó los pulmones otra vez, y con él, la opresión de siempre, pero esta vez no era el miedo del hospital: era otra cosa, más fría, más precisa.

La certeza de que el sistema que se suponía que iba a proteger a su madre estaba perdiéndola, y de que alguien, en algún sitio, había aprendido a hacer que el sistema perdiera exactamente lo que quería perder.

Cuando salió del hospital, ya era noche cerrada, y la lluvia había empezado a caer otra vez sobre los tejados.

V. La consulta que no existió

Irati no fue a casa. Se quedó en el coche, aparcado frente al hospital, con el motor apagado y la lluvia corriendo por el parabrisas como un manto de luz rota.

Sacó el móvil, marcó el número de Andoni, el administrador de la Oficina Técnica, y esperó a que contestara con la impaciencia de quien sabe que una respuesta puede estar a tres teclas de distancia.

—Andoni —dijo—. Soy la inspectora Sarasola. Necesito una cosa más. La pulsera de Ane Arrieta tiene un código de consulta impreso. Quiero saber en qué hospital se generó ese código y qué cita corresponde.

Hubo un silencio al otro lado, roto por el tecleo de Andoni.

—Estoy mirando —dijo, y el tecleo se detuvo—.

Inspectora, el código de la pulsera corresponde a un centro de salud.

Un centro de atención primaria del barrio de Bilbao la Vieja.

La cita estaba programada para el martes por la mañana, la mañana en que Ane murió.

Pero el registro de entrada de esa cita...

—Borrado —dijo Irati.

—Borrado —confirmó Andoni—. El centro de salud existe, la cita existió, la pulsera se generó. Pero el registro de entrada, la hora, el profesional que la atendió, todo eso se ha eliminado. Como si alguien hubiera arrancado la página de un libro.

Irati apretó el móvil contra la oreja. Fuera, la lluvia redoblaba sobre el capó del coche, y a lo lejos, las luces de los hospitales de Basurto parpadeaban detrás de la cortina de agua.

—¿Y la hora de la cita? —preguntó—. ¿Tienes la hora?

—Ocho y veinticinco de la mañana —dijo Andoni—. El martes. Ocho y veinticinco.

Irati cerró los ojos. Ocho y veinticinco de la mañana.

Ane Arrieta se había despertado esa mañana, se había vestido con el anorak verde, había cruzado el puente mirando el agua negra y había ido a una cita médica a las ocho y veinticinco.

Una cita que no le habían asignado, un centro de salud de un barrio que no era el suyo, un registro que después se había borrado.

Alguien la había citado en un hospital la mañana en que murió.

Alguien había hecho que estuviera allí a esa hora.

Y alguien, después, se había asegurado de que esa cita no existiera.