Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 2 — LA PULSERA #4
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Capítulo 2 — LA PULSERA #4

—Accesos. Todos los accesos a la historia clínica de Osakidetza.

Quién entra, desde dónde entra, a qué historial entra, a qué hora.

Su trabajo era detectar patrones: una cuenta de atención primaria que consulta historiales de pacientes de oncología a las tres de la madrugada no es un descuido, es un patrón.

—Nerea se pasó la mano por la coleta—. Ane no miraba si la puerta estaba cerrada: miraba quién abría la puerta y por qué.

Era la clase de analista que no te deja dormir tranquilo, porque te recuerda que el sistema no es una fortaleza, es un pueblo con las puertas abiertas.

El descubrimiento, pensándolo luego, no había sido una explosión sino una filtración.

Llevaba tres semanas metida en los logs de acceso de la plataforma clínica cuando encontró el patrón: una cuenta con permisos de administración que abría historiales de pacientes de alto valor a horas intempestivas.

Oncología. Ensayos clínicos. Ejecutivos.

Pacientes con poder adquisitivo, con datos médicos sensibles, con enfermedades que podían arruinar o salvar una vida.

Alguien estaba exfiltrando esa información con una lentitud metódica, paciente, casi reverente, como quien no roba un banco sino que se muda a él.

Ane hizo lo que se hace en su oficio: documentó, fechó, registró.

Descubrió que la exfiltración llevaba años ocurriendo.

Que nadie la había visto antes porque nadie había mirado.

Que los avisos que había ido dejando en los informes de auditoría, esos mismos avisos, habían sido leídos y descartados con la ligereza de quien no quiere saber.

Que su propio jefe, en una reunión, había dicho que el patrón era «ruido de fondo», «una cuenta mal configurada», «cosas de la plataforma».

Y luego, la mañana en que fue a despedirse de Nerea para informar por escrito de lo que había encontrado, descubrió lo que la obligó a actuar: el historial clínico de su tío Koldo, un hombre muerto sin cuerpo desde hacía diez años, se abría con regularidad en la red de Osakidetza.

Un muerto no tiene citas. Un muerto no tiene recetas. Un muerto no necesita que nadie consulte su historia clínica una vez al mes, con regularidad, como quien consulta una cuenta corriente.

Alguien usaba la identidad de Koldo como tapadera. Y la exfiltración de pacientes de alto valor, que Ane llevaba semanas persiguiendo como un caso abstracto, de pronto tenía nombre, tenía cara, tenía un muerto sin cuerpo y una familia que nunca había cerrado el duelo.

Por eso había decidido ir a la cita de las ocho y veinticinco. Porque el que citaba para matar necesitaba verla en un sitio y a una hora. Y Ane necesitaba ver quién era el que citaba.

—¿Y el historial de su tío? —preguntó Irati de pronto, y la pregunta le salió antes de que pudiera detenerla.

Nerea la miró con extrañeza.

—¿El historial de su tío? No sé nada de su tío. Ane no hablaba de él en el trabajo. Solo sé que era un operario del vertedero que desapareció hace años, y que a ella le marcó mucho. ¿Por qué pregunta?

—Porque me lo ha contado su jefa, y me ha parecido importante —dijo Irati—. La gente que desaparece deja agujeros, y los agujeros son donde se esconden las cosas.

No dijo más. No quiso explicar que acababa de entender una pieza que todavía no podía demostrar: que el historial de un muerto sin cuerpo se abría con regularidad en la red, y que Ane Arrieta, la analista que vigilaba los accesos, había encontrado exactamente eso antes de morir.

Que la mujer del contenedor no era una víctima cualquiera: era la persona que había visto el agujero.

Y que a los que ven los agujeros, en ese sistema, se los cita a las ocho y veinticinco y se los borra del registro.

Nerea la miró un momento, luego se levantó y fue a la puerta.

—El historial clínico no depende de esta oficina —dijo—, pero yo le consigo a la persona que lo administra. —Abrió la puerta y llamó a un joven con gafas que trabajaba dos mesas más allá—. Andoni, la inspectora necesita ver un historial de Osakidetza. Prioridad uno.

Andoni, que era el administrador de acceso a la plataforma clínica, se sentó delante de una pantalla y tecleó durante un minuto, con las cejas juntas. Luego se giró hacia Irati con una expresión que no era de sorpresa sino de perplejidad.

—El historial de Ane Arrieta —dijo—. Está abierto. Último acceso... hace dos días. —Levantó la vista—. Es decir, después de que dejara de venir a trabajar.

—¿Quién accedió? —preguntó Irati, y el bolígrafo se le quedó quieto sobre la libreta.

—Un usuario interno —dijo Andoni—. Perfil de médico de atención primaria, centro de salud de Bilbao.

El acceso está registrado con su DNI sanitario y su contraseña.

—Andoni miró la pantalla y frunció el ceño—.

Pero hay algo raro. El acceso no tiene una consulta asociada.

Es un acceso al historial, sin más, con una modificación posterior.

—¿Modificación? —Irati se inclinó hacia la pantalla—. ¿Qué se modificó?

Andoni tecleó y abrió el historial. La pantalla se llenó de pestañas, datos, fechas y registros. Irati no entendía la mitad, pero Andoni sí, y el joven fue recorriendo las líneas con el dedo hasta detenerse en una entrada, varias semanas atrás.

—Aquí —dijo—. Un episodio de «ansiedad».

Un diagnóstico de ansiedad añadido al historial de Ane Arrieta, con una fecha de consulta, un centro de salud y un profesional firmante.

—Levantó la vista—. Pero el acceso con la modificación se hizo hace dos días.

Desde después de su muerte. Y el episodio está fechado como si fuera anterior.

—O sea —dijo Irati despacio—. Que alguien ha entrado en su historial clínico después de que Ane muriera, y le ha añadido un diagnóstico de ansiedad con fecha anterior, para que el historial «explique» un suicidio.

Andoni se quedó mirándola, con la mano sobre el ratón.

—Eso es exactamente lo que ha pasado —dijo—. Es un fraude documental. Un diagnóstico falso con acceso interno. Alguien que conoce el sistema por dentro ha construido, en el historial de una mujer muerta, la justificación clínica de un suicidio que no tuvo.

El silencio de la sala de reuniones se llenó con el zumbido de los servidores.

Irati sintió el frío subirle por la espalda, el mismo frío de la sala de autopsias, el mismo frío del contenedor.

Todo encajaba: el piso limpiado, el móvil formateado, el historial falsificado.

Alguien había estado construyendo, desde dentro del sistema, la historia de una mujer que se mató porque estaba ansiosa.

Alguien con acceso, con permisos, con contraseñas.

Alguien que sabía exactamente cómo se escribe un suicidio en papel.

—¿Y la pulsera? —preguntó Irati—. La que llevaba puesta. ¿A qué consulta corresponde?

Andoni tecleó de nuevo. Miró la pantalla. Tecleó otra vez. Se pasó la mano por el pelo, y cuando volvió a mirarla, tenía la cara blanca.

—La pulsera de hospital de Ane Arrieta —dijo—.

Correspondía a una consulta de la mañana de su muerte.

Pero el registro de entrada de esa consulta...

—dudó—. No existe. Se ha borrado. La pulsera existe, la cita existió, pero el registro de entrada del hospital donde se generó ha sido eliminado del sistema.

—¿Eliminado? —repitió Irati.

—Eliminado. No archivado, no corregido: borrado. Como si alguien quisiera que esa consulta nunca hubiera existido.

Irati miró la pantalla un largo rato. Fuera, la luz de la tarde empezaba a amarillear sobre las ventanas de Txurdinaga, y el zumbido de los servidores seguía llenando la sala como el rumor de un mar lejano.

—¿Qué hospital era? —preguntó, y su voz sonó más baja de lo que quería.

—El hospital no aparece en el registro —dijo Andoni—.

El registro entero de esa consulta se ha borrado.

Solo queda la pulsera. Y la pulsera dice una cosa, Irati: que la mañana en que Ane Arrieta murió, estuvo en un hospital.

Que la mañana en que murió, alguien la citó en un hospital.

Y que la mañana en que murió, el registro de esa cita desapareció del sistema.

—Y el sistema —dijo Irati, casi para sí— sabe algo y no lo dice.

—El sistema no dice nada —dijo Andoni—. El sistema guarda lo que le dicen que guarde. Y alguien le ha dicho que guarde el vacío.

Irati cerró el cuaderno y se levantó.

—Necesito el nombre del usuario que añadió el diagnóstico —dijo—. Y el nombre del usuario que borró la consulta. Y si son el mismo, necesito saber por qué tenía miedo la persona que manejaba el historial de una mujer muerta.

—No sé si va a poder obtenerlo así de fácil —dijo Andoni—. Los accesos están registrados, pero el perfil de los usuarios está cifrado. Solo la administración de la red puede desenmascararlos, y la administración de la red es...

Se quedó callado, como si acabara de morderse la lengua.

—¿La administración de la red es qué? —preguntó Irati.

—La Oficina Técnica —dijo Nerea, desde la puerta, con la voz plana—. Esta oficina. Ane trabajaba aquí. Y el acceso que modificó su historial se hizo con un perfil de esta casa, o con uno que sabía cómo entrar en esta casa.

Irati la miró un momento, y en los ojos de la jefa leyó la misma certeza que ella sentía: que el enemigo no estaba fuera, en la oscuridad del puerto o del vertedero.

El enemigo había estado dentro. Dentro del sistema, dentro del edificio, dentro del propio historial de la mujer muerta.

Y Ane Arrieta, que se pasaba el día vigilando que nadie entrara donde no debía, había sido asesinada por alguien que sabía cómo entrar.

IV. Basurto