Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 2 — LA PULSERA #3
8%

Capítulo 2 — LA PULSERA #3

Porque Ane Arrieta no había sido una víctima pasiva.

Había sido una trampa. Había sabido que el que la citara para matarla necesitaba que ella estuviera en un sitio y a una hora.

Y había decidido ir, para ver quién era, y para que ese quién quedara registrado en algún sitio donde ella pudiera dejarlo anotado antes de que fuera tarde.

No había dejado un mensaje. Había dejado un camino.

—Es una nota cifrada —dijo Irati, guardando la hoja en el sobre de evidencias con un cuidado que no necesitó explicar—. No dice «me voy a matar». Dice «dejé un camino». Y un camino es lo que yo necesito.

El escritorio del dormitorio estaba limpio, con el teclado inalámbrico y el monitor apagados.

Irati se sentó delante, con los guantes puestos, y miró el móvil que había en el sobre de evidencias: un teléfono de gama media, con la pantalla apagada y el cristal intacto.

Lo encendió con cuidado y esperó a que arrancara.

La pantalla de bloqueo apareció limpia, pidiendo un PIN. Irati probó con la fecha de nacimiento de Ane, con el año, con los cuatro ceros, y al tercer intento el móvil emitió un pitido y la pantalla se quedó en negro, bloqueada.

—Formateado —dijo Xabier, que la miraba por encima del hombro.

—Formateado —repitió Irati. Y se quedó mirando el móvil un momento—.

Un teléfono que se formatea no se bloquea con un PIN: se bloquea antes de llegar a la pantalla de inicio.

Para que yo lo encuentre así, alguien tuvo que encenderlo, desbloquearlo con su PIN, borrar todo el contenido y volver a bloquearlo.

Alguien con el PIN de Ane Arrieta en la mano.

Se levantó y recorrió el piso, deteniéndose en los detalles.

En el dormitorio, la cama estaba hecha con una manta de lana y una mochila de escalada colgada del pie de la cama, vacía y abierta, con las correas bien ajustadas.

En el cuarto de baño, el cepillo de dientes estaba seco y la toalla doblada en dos.

La cafetera de la cocina, apagada pero con poso, y el fregadero lavado: la huella de quien entró a limpiar y lo hizo deprisa, sin atreverse a mancharse las manos.

—¿Y el archivo de auditorías? —preguntó Xabier—. Usted ha dicho que era analista. Si el móvil está formateado y el piso está limpio, el archivo del que habla la nota puede estar en cualquier sitio.

—En cualquier sitio —dijo Irati—. O en el sitio que la nota llama «donde siempre». Y «donde siempre», para una montañera, no es una carpeta del escritorio. Es un refugio. Una cumbre. Un libro de firmas en lo alto de un monte.

Se volvió hacia los mapas y los recorrió con la vista, buscando los círculos pequeños alrededor de los refugios. Había muchos. Pero uno de ellos, en el mapa del Gorbeia, estaba subrayado tres veces con el mismo lápiz, y junto a él, en el margen, una anotación en la letra menuda:

«Camino Seguro — 112».

Irati señaló el refugio con el dedo enguantado.

—El refugio de Igiriñao —dijo—. Ese es el camino.

Y el 112 no es el teléfono de emergencias: es la ruta.

La ruta que ella trazaba para no perderse nunca.

—Miró a Xabier—. No cerramos el piso hasta que no hayamos revisado cada mapa, cada libreta y cada piedra de esta casa.

Ane Arrieta dejó una puerta abierta. Voy a encontrarla.

Bajó al portal al cabo de una hora, con los mapas fotografiados y el sobre de evidencias cerrado.

La calle de la Ronda era ahora un túnel de luz de tarde, con las fachadas de piedra encendidas en ámbar y el olor de la cena subiendo desde los portales.

Del portal de enfrente salió una mujer con una bolsa de la compra, que se quedó mirando la puerta de Ane un momento, con las llaves en la mano, y luego la miró a ella con esa mezcla vasca de curiosidad y respeto que no pregunta directamente.

—Es la chica del segundo —dijo la mujer, en voz baja—. La del monte. Siempre salía con la mochila al hombro los sábados de madrugada. Yo la veía desde mi ventana, cuando hacía las ventanas temprano. —Hizo una pausa—. ¿Le ha pasado algo?

—Estamos haciendo comprobaciones —dijo Irati, con la fórmula de siempre, la que no dice nada y deja todo en el aire.

—Ya. —La mujer asintió, y su rostro se cerró un poco, como se cierran las caras en el Casco Viejo cuando se entiende que hay cosas que no se cuentan.

Luego, con la bolsa de la compra en la mano, añadió en voz baja—: Aquí en las Siete Calles, señora, la gente ha aprendido a no mirar.

A lo largo de los siglos, la gente de aquí ha visto demasiado, y ha aprendido que mirar de más se paga.

Pero esta chica no era de mirar de menos.

Era de las que suben al monte y miran desde arriba.

Y desde arriba se ve todo, hasta lo que no quieren que se vea.

—¿Usted sabe algo de ella?

—Solo que iba al monte. Y que últimamente, en las últimas semanas, la veía más seria.

Antes silbaba al bajar las escaleras. Las últimas veces que la vi, no silbaba.

Y una vez, hace un par de semanas, vi a un coche parado al final de la calle, de noche, con las luces apagadas.

No sé si esperaba a alguien. —La mujer se encogió de hombros—.

En estas calles, señora, un coche parado de noche puede ser muchas cosas. Y ninguna buena.

Irati anotó el dato en la libreta sin levantar la vista.

Un coche parado, de noche, con las luces apagadas, al final de la calle de Ane.

Dos semanas antes. Ane había estado siendo vigilada antes de morir, o al menos eso parecía, y la vecina de enfrente lo había visto sin quererlo, como se ven tantas cosas en las Siete Calles sin quererlo.

—¿Qué coche era? —preguntó.

—No lo vi bien. Era de noche y estaba lejos. Blanco, me parece. Un furgón. —La mujer la miró—. Pero de los furgones, señora, en este barrio hay de todos los colores. Y no me pregunte por la matrícula, porque ya no sé ni la de mi hijo.

Un furgón blanco. La misma frase que el sargento de la Capitanía había pronunciado esa mañana en Zierbena, cuando el hombre de la camisa verde desapareció del muelle.

Irati sintió el frío subirle por la espalda, despacio, como sube la marea por la escollera cuando el viento del noroeste empuja el mar río arriba.

Un furgón blanco, de noche, al final de la calle de Ane, dos semanas antes. Y un furgón blanco, de madrugada, en el muelle de Zierbena, el día que cayó el contenedor. Dos furgones blancos, o el mismo, en dos extremos de la misma historia.

—Gracias —dijo Irati, guardando la libreta—. Si ve algo raro, cualquier cosa, llame a esta comisaría.

—Llamaré —dijo la mujer. Y antes de entrar en su portal, añadió, con esa sabiduría de las vecinas que lo ven todo desde las ventanas—: Pero si es usted la que va a arreglar lo de la chica, más vale que lo arregle pronto.

Porque en estas calles, cuando algo se ve, enseguida se pierde.

Y lo que se pierde aquí, se pierde para siempre.

La puerta del portal se cerró con un golpe suave, y la calle de la Ronda se quedó en silencio, con la luz de la tarde apagándose sobre los tejados.

Irati se quedó un momento en la acera, mirando la puerta de Ane, y luego echó a andar hacia la comisaría con el sobre de evidencias bajo el brazo y la palabra «furgón» girándole en la cabeza como un motor que no se apaga.

III. La Oficina Técnica

La Oficina Técnica de Ciberseguridad de Osakidetza ocupaba la tercera planta de un edificio gris del barrio de Txurdinaga, sin letrero en la puerta y con una tarjeta de acceso que sonaba dos veces al pasar.

Dentro olía a cables, a plástico caliente y a café de máquina, y el ruido de fondo era el zumbido constante de los servidores y el golpeteo de los teclados.

Irati llegó con el expediente de Ane bajo el brazo y se encontró con un espacio abierto, lleno de mesas corridas y de pantallas dobles, donde la gente trabajaba con auriculares puestos y nadie levantaba la cabeza.

La jefa de la Oficina se llamaba Nerea Zubiaurre, tenía cincuenta años, el pelo recogido en una coleta canosa y la cara de quien ha gestionado crisis durante demasiados años como para impresionarse por una visita de la Ertzaintza.

La recibió en una sala de reuniones pequeña, con una pantalla apagada y un folio en blanco sobre la mesa.

—Ane Arrieta —dijo Nerea, y el nombre le salió con una carga que Irati reconoció al instante: la de quien ha perdido a una compañera y todavía no sabe cómo va a procesarlo—.

Trabajaba aquí desde hace cuatro años. Analista de seguridad.

Era de las buenas, de las que no se conforman con apagar alarmas: de las que quieren saber por qué sonó la alarma.

—¿Cuándo dejó de venir a trabajar? —preguntó Irati.

—El lunes pasó el día entero aquí, normal, como siempre —dijo Nerea—.

El martes por la mañana no entró. Pensamos que estaría en el monte, que se habría ido a desconectar un par de días: a veces se perdía, se subía a la montaña sin avisar y aparecía al cabo de dos días con el pelo lleno de brezo.

Pero nunca había dejado de contestar a los mensajes de trabajo, y el miércoles, cuando ya era evidente que no venía, llamamos a su móvil hasta tres veces.

—¿Nadie llamó a su familia?

—No tenía familia aquí —dijo Nerea—. Solo un tío, y hace años que no la visitaba. —Hizo una pausa—. Su tío desapareció. Creo que eso le marcó mucho.

—¿Qué tipo de cosas vigilaba? —preguntó Irati.