Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 2 — LA PULSERA #2
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Capítulo 2 — LA PULSERA #2

—Me ha costado compañeros, alguna carrera que otra, y alguna noche de insomnio.

—Maddi se encogió de hombros—. Pero a mis hijos les explico que su madre trabaja con muertos, y un día me preguntaron si los muertos tenían razón.

Y les dije que sí. Que los muertos siempre tienen razón, y que mi trabajo es leerla.

—Sonrió, una sonrisa breve y seca—. Así que no me des las gracias, Irati.

Dame el vertedero. Y si no me lo das, yo lo buscaré sola.

—Lo encontraremos juntas —dijo Irati.

—Sí. Pero más vale que sea pronto. Porque un compuesto de lixiviación no se busca con un nombre: se busca con una muestra. Y esta muestra, si no se usa antes de que alguien decida que el caso es un accidente, se quedará en el cajón de las cosas que se hacen y no se cuentan, como la de la operaria.

De niña, Ane creía que su tío Koldo olía a monte incluso en casa.

Era un olor que no se lavaba con jabón: a tierra húmeda, a pino, a brezo machacado, a esa mezcla de sudor y aire libre que traen los que se pasan el día a la intemperie.

Cuando la recogía del colegio —porque después del accidente de sus padres, el tío se convirtió en su padre—, Ane le abrazaba la cintura y le olía la chaqueta y le parecía que todo lo que el mundo podía ser de bueno estaba metido en aquella tela.

—Hueles a monte, tío.

—Y tú a cole, txiki. Y los dos olores son buenos. El monte enseña a esperar, y el cole enseña a leer, y con las dos cosas se llega muy lejos.

Koldo trabajaba en el vertedero. No le gustaba decirlo, pero tampoco lo escondía: era un trabajo, uno de esos trabajos que nadie quiere hacer pero que alguien tiene que hacer, y él lo hacía con la cabeza alta y las manos limpias, aunque volviera a casa con el olor de la tierra en los dedos.

Algunas noches llegaba distinto. Ane, que dormía en la habitación contigua a la suya, lo notaba en el silencio: había noches en que el tío no silbaba mientras se lavaba las manos, y en esas noches Ane sabía que en el vertedero había pasado algo.

—¿Qué pasa, tío? —le preguntaba, sentada en el borde de su cama.

—Nada, txiki. Cosas del trabajo.

—¿Cosas malas?

—El vertedero guarda lo que la gente no quiere ver —decía Koldo, mirándose las manos—. Pero yo lo veo. Y algunas noches, lo que veo no me deja dormir.

Ane no entendía entonces qué era lo que su tío veía y no le dejaba dormir.

Lo entendió años después, cuando Koldo desapareció sin dejar cuerpo, cuando el vertedero se convirtió en un nombre que nadie quería pronunciar en voz alta, y cuando ella misma, con veintiún años recién cumplidos, se puso unas botas dos números más grandes que las suyas y subió al monte a buscarlo.

Porque lo que se pierde en lo hondo, decía su tío, se busca en lo alto.

Irati se quedó mirando la pulsera blanca en la bandeja de evidencias. Luego miró a Maddi.

—¿El historial clínico de la mujer —preguntó—. ¿Se ha pedido?

—Está en el expediente —dijo Maddi—. La pulsera la identifica: Ane Arrieta, treinta y un años. Hospital de Bilbao. Pero todavía no he mirado por qué llevaba una pulsera de paciente puesta tres días después de morir. —Maddi la miró con una curiosidad profesional—. ¿Eso te preocupa?

—Sí —dijo Irati—. Porque la pulsera es lo único que no se maquilló. El que la puso en el contenedor no se molestó en quitársela. Y cuando un asesino deja algo en el cuerpo de su víctima, Irati, puede ser un descuido, o puede ser un mensaje. Todavía no sé cuál de los dos es.

—Tú y tu letra pequeña —murmuró Maddi, y por primera vez en toda la mañana hubo en su voz un fondo de humor.

—La letra pequeña es donde se esconden las cosas importantes —dijo Irati—. La letra grande es donde se esconden las que quieren que leas.

II. El piso de la Ronda, puerta con mapas

El piso de Ane Arrieta estaba en la parte alta del Casco Viejo, en una calle estrecha donde las fachadas de piedra se tocaban casi por encima de la cabeza del peatón y la ropa tendida colgaba entre las ventanas como banderas de un país pequeño.

El portal olía a humedad, a madera vieja y a esa mezcla de comida y gasoil que tienen todos los portales de las Siete Calles.

La puerta del segundo izquierda era de madera oscura, con el bombín nuevo —alguien había cambiado la cerradura recientemente— y una mirilla que Irati cubrió con la palma mientras sacaba la llave del sobre de evidencias.

Entró con los guantes puestos y se quedó quieta en el recibidor.

El piso era pequeño y estaba ordenado. No ordenado a medias, de los que se ordenan para vivir, sino ordenado de más: de esos que se ordenan para que no se note que se ha ordenado.

Los libros de la estantería estaban alineados con el lomo a la misma distancia del borde, los bolígrafos del escritorio en línea recta, el felpudo centrado, las cortinas caídas con un pliegue exacto.

En la cocina, dos tazas limpias y en su sitio, el fregadero seco, la cafetera apagada pero todavía con poso dentro, como si alguien la hubiera apagado sin lavarla.

Irati miró el poso de la cafetera y luego el fregadero seco, y el desajuste le saltó a los ojos con la precisión de una ecuación mal resuelta.

Una persona que se va a trabajar por la mañana no lava el fregadero después de hacer café: apaga la cafetera y se va, y el fregadero queda con la taza de dentro.

Este fregadero estaba seco y brillante, y la cafetera apagada tenía poso, y Irati sabía lo que significaba: alguien había entrado en este piso después de que Ane saliera, había lavado los platos, había ordenado la cocina y había apagado la cafetera para que la escena pareciera dejada a propósito.

—El piso ha sido limpiado —dijo Irati en voz baja.

Xabier, el agente joven que la acompañaba, la miró sin entender.

—¿Limpiado? Pero si está todo en su sitio...

—Eso es —dijo Irati—. Todo en su sitio. Demasiado en su sitio.

Una persona sola que trabaja y sale al monte no tiene los bolígrafos en línea recta.

No lava el fregadero después de hacer café.

No centra el felpudo. Esto es una escena montada, Xabier.

Alguien ha estado aquí después de ella, y ha dejado el piso como pensaba que debía estar el piso de una mujer ordenada.

La habitación principal daba a la calle por un balcón de hierro.

Irati abrió la puerta del balcón y se asomó un momento: la calle estrecha, la luz de la mañana, el olor de la panadería de la esquina subiendo desde abajo.

En la pared de la habitación, la estantería entera estaba dedicada a los mapas: mapas topográficos del Gorbeia, de Euskadi entera, con las rutas marcadas a lápiz, las cumbres subrayadas, los refugios rodeados con un círculo pequeño y las notas escritas al margen en una letra menuda y precisa.

En un rincón, sobre un trípode, había un telescopio apuntando al balcón, y debajo, en una caja de madera, una colección de piedras con etiquetas de papel: Igiriñao, Iturrigorri, Anboto.

Irati se agachó y miró las piedras. Eran guijarros corrientes, grises, con vetas de cuarzo y manchas de musgo seco, pero cada uno llevaba su etiqueta escrita con la misma letra menuda de los mapas, y la fecha de la recogida, y una nota al margen: «cima — niebla», «collado — viento del norte», «refugio — llovió toda la noche».

Ane Arrieta no coleccionaba piedras: coleccionaba lugares.

Cada guijarro era una cumbre, cada cumbre era un día entero de subida, cada día era una conversación con el monte, y el monte, para ella, era el sitio donde se pensaba con las manos.

—Esto no es una casa —dijo Xabier, que miraba a su alrededor con la incomodidad de quien no sabe qué hacer con la vida de una muerta—. Es un diario. Un diario de piedras y de mapas.

—Todos los montañeros tienen uno —dijo Irati—.

Mi padre tenía el suyo en la trainera: una caja con los aparejos y las fechas de las mareas.

Cuando desapareció, mi madre la guardó durante años sin abrirla, porque sabía que abrirla era abrirle la puerta a lo que no tenía respuesta.

—Se levantó y volvió a los mapas—. El monte, para la gente de aquí, no es un deporte.

Es una forma de decir las cosas que no se dicen en voz baja.

Y Ane Arrieta, que se pasaba el día leyendo pantallas y hablando en jerga técnica, en el monte hablaba otro idioma.

En la cocina, sobre la encimera, había una nota escrita a mano con letra menuda, sujeta bajo un imán de montaña:

«Si pasa algo, el informe está donde siempre. No dejé un mensaje. Dejé un camino.»

Irati leyó la nota dos veces. La letra era la misma de los mapas: menuda, precisa, tranquila.

No era una nota de suicidio. Una nota de suicidio se escribe para pedir perdón o para explicar, y esta no pedía nada: era una instrucción, una clave, una carta de navegación para alguien que llegara después.

Ane Arrieta sabía que algo podía pasarle.

Ane Arrieta había dejado preparada una puerta para que la abrieran.

El martes por la mañana, Ane se vistió sin prisa.

Lo recordaría después, desde la distancia de los que reconstruyen los últimos días de los muertos, y siempre le sorprendería la normalidad de aquella mañana: el café, la ventana abierta a la calle de la Ronda, el olor de la panadería de la esquina, la mochila que había dejado preparada la noche anterior con el carnet, el cuaderno y el anorak verde colgado del respaldo de la silla.

No había dejado nada al azar. Esa era la parte que más le costaba explicar a cualquiera: que no había huido, que no había tenido miedo, que había hecho exactamente lo que llevaba semanas planeando.

Había dejado la nota bajo el imán. Había dejado el móvil sin el archivo.

Había dejado el archivo en el monte, en el refugio, en el libro de firmas donde nadie que no fuera del club sabría mirar.

Y había salido a la calle con el anorak verde, a la cita de las ocho y veinticinco, sabiendo que la cita era el anzuelo.