Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 2 — LA PULSERA
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Capítulo 2 — LA PULSERA

Irati Sarasola

I. La autopsia

El Instituto de Medicina Legal olía a frío y a yodo, dos olores que Irati conocía mejor que el de su propia cocina.

Bajó al sótano por la escalera de caracol de siempre, pasando por delante de las puertas grises y de los carteles que nadie leía, y se encontró a la doctora Urrutia ya con el delantal puesto, los guantes dobles y el pelo recogido en una redecilla que no conseguía domar los mechones grises.

Maddi Urrutia tenía cuarenta y un años, dos hijos, una paciencia que no fingía y la costumbre de trabajar en silencio los primeros cinco minutos de cada conversación, como si estuviera auscultando a la sala antes de hablar con las personas.

La sala de autopsias estaba vacía de público, fría como todas las salas de autopsias del mundo, con la mesa de acero ocupada por el cuerpo de la mujer del contenedor.

En la luz blanca y sin piedad, el anorak verde ya no estaba; la mujer estaba desnuda bajo la sábana, y la sábana no era verde, y de pronto Irati se dio cuenta de que no había pensado en ella como una persona, sino como una escena, y que eso le iba a costar.

—He adelantado la autopsia —dijo Maddi, sin levantar la vista de las hojas—.

Porque tu jefe me lo ha pedido por teléfono con una prisa que no le he visto nunca, y porque las prisas en mi trabajo suelen significar que alguien quiere que el cuerpo diga otra cosa.

—Alzó la vista—. ¿Qué se ha solicitado desde arriba, Irati?

—Que sea un accidente —dijo Irati.

—Ya. Y tú.

—Yo quiero que sea lo que sea.

Maddi asintió, como si esa respuesta le bastara, y se volvió hacia la mesa.

—Bueno, pues lo que sea no es un accidente —dijo—. Y tampoco es lo que parecía.

Irati se acercó a la mesa. La mujer tenía treinta y un años según la pulsera, el pelo castaño rizado que le habían desatado de la trenza para examinar el cuero cabelludo, y un cuerpo menudo y fibroso, de esos que se construyen a fuerza de subir montañas y no de gimnasio.

En la rodilla izquierda, una cicatriz antigua, de escalada, como las que dejan las caídas sobre roca cuando no te pillan de frente.

En la muñeca derecha, una segunda cicatriz, más reciente, fina y limpia, que Irati no recordaba de la escena del contenedor.

—La marca de la muñeca —dijo Irati.

—Bien visto —dijo Maddi—. Eso es lo primero que no encaja. Esa marca la hizo una ligadura. Algo fino, como un cable o un cordón, que le rodeó la muñeca durante un tiempo y le dejó el surco al quitarse. No es una marca de accidente. No es una marca de caída. Es una marca de atadura.

Irati se quedó mirando la muñeca un momento.

En el contenedor no había habido ningún cordón, ningún cable, ninguna ligadura.

El cuerpo había aparecido limpio, con los brazos cruzados sobre el pecho, como quien duerme, como quien ha sido colocado en una posición con sentido.

Alguien la había atado, alguien la había soltado, y alguien había decidido que las manos cruzadas sobre el pecho eran la posición correcta para ser encontrada.

—Y esto —dijo Maddi, señalando el tórax— es lo segundo. Mira.

Le indicó a Irati que se acercara. Sobre la piel del pecho, a la altura del esternón, había una mancha de un azul apagado, del tamaño de una moneda grande, que en la luz fría de la sala parecía una sombra.

No era un hematoma corriente: tenía un borde demasiado definido, demasiado redondo, como si algo hubiera presionado durante mucho tiempo contra esa zona.

—¿Qué es? —preguntó Irati.

—Eso es lo que vengo preguntándome desde que la abrí —dijo Maddi—.

No es contusión de caída. Es una presión mantenida.

Algo estuvo apoyado sobre su pecho durante un periodo largo, o ella estuvo apoyada contra algo que la marcó así.

Combinado con la ligadura de la muñeca, yo diría que esta mujer estuvo inmovilizada, boca arriba, durante bastantes horas antes de morir.

—¿Horas? —repitió Irati.

—Horas. Tal vez un día entero. La escena del contenedor, con las manos cruzadas, es una escena limpia. Pero el cuerpo no: el cuerpo cuenta otra historia. Esta mujer no murió en el contenedor. Esta mujer fue llevada al contenedor después.

El frío de la sala se le metió a Irati por los huesos.

En algún lugar de su cabeza, la imagen de la mujer con los brazos cruzados sobre el pecho, dormida, en paz, empezó a desmoronarse, y debajo apareció otra: una mujer atada, con algo apoyado en el pecho durante horas, y luego un contenedor, y luego una grúa, y luego una eslinga cortada para que el mar se llevara la respuesta.

—¿La causa de la muerte? —preguntó.

—Eso es lo tercero —dijo Maddi—. Y es lo que me tiene desconcertada.

No hay lesiones compatibles con un golpe.

No hay signos de asfixia mecánica. No hay nada en la morfología que explique la muerte de una mujer joven y sana en unas horas.

La muerte es de origen no traumático, y cuando la morfología no habla, hablan los fluidos.

—¿Toxicología?

—Toxicología. —Maddi cerró el cuaderno y se volvió hacia Irati con una expresión que no era de miedo, sino de desconcierto profesional—.

Y aquí es donde se pone interesante, Irati.

He mandado las muestras al laboratorio con carácter urgente y me han devuelto algo que no esperaba.

La mujer tiene en sangre un compuesto que no es del puerto.

Un tóxico que no procede de ningún barco, ni de ningún contenedor, ni de ninguna sustancia industrial declarada.

—¿De dónde procede, entonces?

—De un vertedero —dijo Maddi—. El compuesto es de los que se encuentran en la lixiviación de residuos enterrados, en los vertederos sin control, en las escombreras donde se han enterrado cosas que no deberían enterrarse.

Tiene un olor característico, aunque en sangre no se huela: yo lo conozco por otros casos, por los operarios de plantas de tratamiento que trabajan sin equipos.

—Maddi hizo una pausa y bajó la voz—. Este compuesto no se encuentra en un puerto, Irati.

Se encuentra en un vertedero. Un vertedero sin nombre, sin permisos, sin papeles. Un vertedero clandestino.

Irati se quedó mirando el cuerpo de la mujer un largo rato.

El olor del yodo, el frío de la sala, la mancha azul en el pecho, la ligadura de la muñeca: todo empezaba a encajar en una historia que todavía no tenía nombre, pero que olía a tierra enterrada, a plástico quemado, a basura que alguien había querido que se quedara en la oscuridad para siempre.

—¿Cuánto tiempo llevaba muerta? —preguntó.

—Setenta y dos horas —dijo Maddi—. Tres días exactos. Si la escena del contenedor se maquilló, se maquilló deprisa y con lo que había a mano.

Irati miró la pulsera blanca, que ahora estaba en una bolsa de plástico etiquetada sobre la bandeja de evidencias.

Tres días. La mujer había muerto tres días antes de aparecer, y en esos tres días nadie la había buscado, nadie había denunciado su desaparición, nadie había llamado a la policía para preguntar por ella.

Tres días entera en un contenedor, cruzada de brazos, esperando a que alguien la encontrara o a que el mar la desapareciera.

—¿Y el «suicidio»? —preguntó Irati, con un hilo de ironía en la voz—. He oído que alguien lo está escribiendo ya en los papeles.

—El suicidio es una interpretación —dijo Maddi, con la calma de quien corrige una suma—.

Y las interpretaciones son para los juzgados.

Yo solo hago los números. Y los números no cuadran con una caída: no hay altura compatible, no hay fracturas de impacto, no hay nada que respalde la palabra «precipitación».

Esta mujer no se tiró de ningún sitio, Irati.

A esta mujer la mataron en otro lugar, la ataron, la dejaron morir, y la metieron en un contenedor para que nadie lo supiera.

El silencio de la sala se llenó con el zumbido de la refrigeración y el goteo de un grifo lejano.

—¿Quién va a firmar eso? —preguntó Irati.

—Yo —dijo Maddi—. Esta tarde. Con todas las consecuencias.

Irati la miró, y durante un momento no hubo entre ellas el lenguaje de jefa y subalterna, ni de policía y forense, sino el de dos personas que saben lo que cuesta decir la verdad cuando arriba no la quieren.

Maddi tenía dos hijos, un marido que la esperaba en casa, una carrera que no se había construido para pelear con comisarios.

Y sin embargo estaba ahí, con el delantal puesto y los guantes dobles, dispuesta a firmar la palabra que iba a tumbar el accidente.

—Gracias —dijo Irati.

—No me des las gracias —dijo Maddi—. Dame el nombre del vertedero. Porque ese vertedero existe, Irati. Y si esta mujer pasó por él antes de llegar al contenedor, ese vertedero es donde alguien sabe qué pasó con ella.

Maddi se quitó los guantes y los dejó en la bandeja, y durante un momento se quedó mirando sus propias manos, como quien revisa un instrumento de trabajo.

Irati conocía esa pausa: Maddi la hacía siempre que iba a decir algo que no entraba en el atestado, algo que no era forense sino de otra especie, más cercana a la confesión que al informe.

—Llevo diecisiete años haciendo autopsias, Irati —dijo al fin—.

Empecé aquí, en este mismo sótano, con la primera mujer que vi en la mesa: una operaria de una fábrica de la ría, cincuenta años, a la que un accidente con un disolvente le había dejado los pulmones como dos esponjas mojadas.

Aquel caso no fue a juicio. La empresa pagó, la familia cobró, y el informe quedó en el cajón de las cosas que se hacen y no se cuentan.

Desde entonces me prometí que las muertes que pasaran por mis manos no se cerrarían sin decir la verdad completa, cueste lo que cueste.

—¿Y le ha costado?