Capítulo 1 — EL CONTENEDOR #6
Porque eso era lo que no acababa de encajar con la escena del muelle.
Un asesino que quiere deshacerse de un cuerpo no lo mete en un contenedor de cuarenta pies, con sus papeles en regla, con su etiqueta de peligro, con su ruta declarada y su sello de seguridad.
Un asesino que quiere deshacerse de un cuerpo lo entierra, lo lanza al mar, lo quema en un polígono.
Meter a alguien en un contenedor es más caro, más lento y más arriesgado.
Solo tiene sentido si el contenedor no es el final del viaje, sino una parada: si alguien iba a venir a recoger a la mujer en algún otro punto de la ruta, si alguien la iba a trasladar a otro sitio, a otro contenedor, a otro país.
—O si iba a desaparecer en el mar —murmuró Irati, mirando la lluvia.
La ruta del Este. El buque panameño. La transferencia a un carguero que seguía hacia el Mediterráneo.
Si el contenedor hubiera salido de Zierbena esa mañana, como estaba previsto, la mujer de la pulsera blanca habría cruzado el mar en un trozo de hierro azul con una etiqueta de sustancias tóxicas, y nadie habría vuelto a preguntar por ella.
Habría desaparecido como desaparecen en los puertos tantas cosas que nadie quiere que se sepan: sin ruido, sin cuerpo, sin papeles que firmar.
La caída no había sido un accidente. La caída había sido un golpe de azar: la galerna, la eslinga cansada, o quizá alguien que decidió que aquel cargamento no debía salir jamás del muelle.
Y Irati, que había llegado al puerto creyendo que estaba ante un accidente laboral con mal olor, empezaba a comprender que estaba ante algo mucho más grande: una operación que llevaba días, semanas quizá, moviendo cosas que no debían moverse, entre las escombreras de un país y los muelles de otro.
Escribió el nombre en un folio, lo subrayó dos veces y lo dejó junto al expediente.
Luego se levantó, apagó el café y se acercó a la ventana.
Los tejados de las Siete Calles brillaban bajo la lluvia, y la luz de alguna ventana encendida a lo lejos parecía un faro perdido en la noche.
La ría olía a sal y a hierro, ese olor que se metía en las paredes de Bilbao cuando el viento del noroeste empujaba el mar río arriba.
Irati no sabía todavía quién era la mujer de la pulsera blanca.
No sabía por qué la habían metido en un contenedor, ni quién había cortado la eslinga, ni qué papel jugaba una empresa de residuos en todo aquello.
Pero sabía una cosa, con esa certeza incómoda que le subía por la espalda como el frío de la madrugada: el caso no iba a cerrarse en ninguna mesa.
Iba a crecer. Iba a tirar de hilos que llevaban años tendidos bajo la superficie de Bilbao, bajo el puerto, bajo las escombreras y los montes, y nadie iba a poder pararlo.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de la sala de operaciones de la Ertzaintza, con una hora y una dirección: la doctora Urrutia había adelantado la autopsia a la mañana siguiente. Las primeras muestras del contenedor estaban dando resultados. Y, debajo, en una segunda línea, un aviso que nadie había pedido:
«Se ha solicitado copia del expediente de Zierbena desde la Jefatura. Comisario M. Ondarra.»
Irati miró el mensaje durante un largo rato. Fuera, la galerna seguía rugiendo sobre la ría, y el agua negra del Nervión seguía subiendo con la marea, trayendo algo que todavía no tenía nombre.
Apagó la luz de la cocina y se quedó en la oscuridad, con el mechero metálico en la mano y el folio con la palabra ZABALTZE subrayada dos veces.
No cerró los ojos. Sabía que cuando los cerrara vería el contenedor azul, la eslinga cortada, la chaqueta verde y la pulsera blanca con el nombre de una mujer que nadie había denunciado todavía como desaparecida.
Sabía también que esa mujer se llamaba Ane Arrieta, que tenía treinta y un años, que su nombre estaba impreso en una pulsera de hospital que no debía estar en un puerto, y que el mar, esa noche, seguía subiendo.
Se asomó a la ventana. La ría, invisible, sonaba abajo como un animal que respira hondo bajo la ciudad, y Irati pensó en su padre, en el trozo de cuerda que la mar había devuelto a la playa, en todas las cosas que el agua trae a la orilla y en todas las que se lleva para siempre.
La sal conserva, decía su madre cuando salaba las verduras del caserío para el invierno.
La sal conserva lo que el mar no se lleva.
Esa noche, Irati no sabía todavía si aquella mujer era una cosa que el mar había traído o una cosa que alguien había intentado que el mar se llevara. Pero una cosa tenía clara, y la repitió en voz baja en la oscuridad de su cocina, como quien hace una promesa que no piensa romper:
—Va a volver a preguntarme. Y yo voy a saber quién fue.
La galerna rugió sobre los tejados de las Siete Calles.
En el Instituto de Medicina Legal, una forense de manos firmes iba a abrir, en unas horas, un cuerpo que llevaba tres días esperando una respuesta.
Y en un despacho de la Jefatura, el comisario Ondarra había pedido ya copia del expediente de Zierbena, como quien pide la carta de un barco que todavía no ha llegado a puerto.