Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 1 — EL CONTENEDOR #5
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Capítulo 1 — EL CONTENEDOR #5

—Le he dicho que el caso está en investigación y que no es siniestro laboral.

Y le he dicho que, si quiere cambiar eso, tendrá que hacerlo con un informe de la forense en la mano.

—Patxi sonrió con esa sonrisa cansada de los que llevan años sosteniendo la puerta—.

Lo único que te pido, Irati, es que el informe de Maddi llegue antes que el suyo.

—¿Y si llega después? —preguntó Irati.

Patxi no respondió. Se limitó a mirar la lluvia que corría por el cristal, y en ese silencio Irati entendió lo que no le estaba diciendo: que había jefes que sabían leer un informe, y jefes que sabían hacer que un informe no se leyera.

Que el comisario Ondarra no era nuevo en esas maniobras, que llevaba años en la División de Protección Ciudadana con fama de cerrar lo que convenía cerrar, y que la crisis sanitaria, con sus urgencias, sus huelgas y sus listas de espera por las nubes, era el caldo perfecto donde un caso incómodo podía deshacerse sin ruido, como se deshace la sal en el agua.

—Va a llegar —dijo Irati, y por primera vez en toda la noche hubo en su voz algo parecido a una certeza—. Esta tarde.

—Mándamelo en cuanto lo tengas —dijo Patxi—. Y no se lo cuentes a nadie hasta que yo lo haya visto. Ni a la Jefatura, ni a tu sargento, ni al sacristán. En este caso, Irati, el primer papel que firma la forense decide de qué lado de la verdad nos quedamos todos.

Irati asintió y salió. En el pasillo, la comisaría seguía oliendo a café y a plástico, y la lluvia seguía golpeando los cristales, y detrás de una puerta entreabierta, alguien hablaba por teléfono en voz baja con la palabra «Zierbena» repetida dos veces.

La lluvia golpeaba las ventanas de la comisaría.

En el calendario de enero, alguien había escrito con boli una nota al margen: «cita mamá — Basurto».

Irati no recordaba haberla escrito, pero sabía que la había escrito, y que dentro de unas horas estaría en un pasillo de hospital con su madre, esperando una prueba y haciendo cuentas con el dolor de costado que Joseba llamaba gases.

Y que, en cuanto saliera de allí, la doctora Urrutia le iba a abrir a una desconocida del contenedor y le iba a decir quién era, y de qué había muerto, y por qué el caso no se cerraba en ninguna mesa.

Dos mujeres. Dos muertes en ciernes o en curso.

Una en un puerto y otra en un hospital. Irati sintió, en el fondo del pecho, esa opresión que le daba la ría cuando amanecía gris: la sensación de que el mar estaba a punto de traer algo más grande de lo que nadie esperaba, y de que ella iba a tener que meterse en el agua aunque no supiera nadar.

Y en algún despacho de la Ertzaintza, alguien iba a recibir, en unas horas, la petición de un caso que nadie quería: un cuerpo sin nombre, una pulsera de hospital, y un contenedor que según los papeles iba vacío.

V. La ría

Aquella noche Irati no durmió tampoco.

No fue por el caso, ni por el contenedor, ni siquiera por el nombre del comisario Ondarra, que se le había clavado en la memoria como una astilla.

Fue porque, al volver de la comisaría, se había pasado tres horas en Basurto con su madre, esperando junto a la puerta de radiología, haciendo cuentas con un dolor de costado que nadie sabía explicar todavía y una lista de espera que nadie se atrevía a calcular.

Joseba había insistido en que se fuera, que Marijose la llevaría a casa, que no se preocupara.

Irati se había ido cuando el hospital la puso de los nervios, que fue pronto, y había vuelto a su piso de la Ronda con el sabor amargo de los pasillos y la certeza de que su madre le estaba ocultando algo más que un dolor de costado.

Se sentó a la mesa de la cocina con el expediente del contenedor y un café que no tenía intención de beber. Fuera, la galerna seguía empujando la lluvia contra los cristales, y la ría, invisible a lo lejos, sonaba como un animal que respira hondo bajo la ciudad.

El mechero metálico giró entre sus dedos. La letra pequeña hablaba.

Releyó el manifiesto por tercera vez, y luego el certificado de inspección, y luego la declaración de mercancías peligrosas.

Todo decía lo mismo: vacío, retorno, sin carga.

Un contenedor que había viajado desde el norte de Europa, había hecho escala, había sido declarado como mercancía peligrosa a la salida y regresaba vacío al mismo puerto, con una etiqueta de tóxico que no correspondía a ningún papel.

Y entonces, en la página cuatro del manifiesto, en el apartado de observaciones del transportista, encontró una línea que no había visto antes.

Tres palabras impresas en minúscula, al final de un párrafo de condiciones que nadie lee jamás: «remitente original: Zabaltze Energía y Recursos».

Irati dejó de girar el mechero.

Zabaltze Energía y Recursos. El nombre no le era desconocido: era una de esas empresas vascas de tratamiento de residuos que salían en los periódicos cuando había un contrato público, que firmaban acuerdos con ayuntamientos para gestionar escombreras y plantas de transferencia, que tenían su sede en un polígono de las afueras y un consejero delegado que posaba sonriente en las inauguraciones.

Una empresa de residuos. Del circuito de la basura, de los camiones que entran de noche, de los vertederos que huelen a plástico quemado.

El contenedor no había viajado vacío.

Había viajado por el circuito de residuos.

Había pasado por las manos de una empresa de tratamiento de basura que no figuraba en ninguna ruta declarada de aquel cargamento.

Y alguien, en algún punto de esa cadena, lo había enviado a Zierbena con un cuerpo dentro y una etiqueta de peligro para que nadie lo abriera.

Irati buscó el nombre en el teléfono. No necesitó mucho tiempo: Zabaltze tenía página web, contratos publicados, una flota de camiones y una línea de negocio que vendía exactamente lo que hacía falta para que un contenedor entrara y saliera de un puerto sin que nadie preguntara.

Tratamiento de residuos peligrosos. Transporte. Almacenamiento temporal.

La palabra «almacenamiento» se le quedó dando vueltas en la cabeza.

Almacenamiento temporal, decía la web. Almacenamiento de residuos peligrosos en espera de tratamiento.

Un vertedero es un lugar al que van las cosas para quedarse; un almacén es un lugar al que van las cosas para volver a salir.

Y el contenedor azul había salido. Había salido del circuito de los residuos, había llegado al puerto con una etiqueta de peligro que nadie había declarado, y había caído de una grúa con una eslinga cortada en el momento exacto en que su presencia empezaba a ser un problema.

Irati apretó los dedos alrededor del mechero metálico.

—No es que la mataran y la escondieran —dijo en voz alta, sola en la cocina, ordenando las piezas en voz alta como hacía siempre que el caso empezaba a tener dos caras—. Es que la mataran y la movieran. El contenedor no es la tumba. El contenedor es el transporte.