Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 1 — EL CONTENEDOR #4
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Capítulo 1 — EL CONTENEDOR #4

No en su cuerpo, ni en su pulsera, ni en el olor químico que aún le llenaba las fosas nasales.

Pensó en cómo debía de haber sido su vida: una mujer joven, con el pelo rizado recogido en una trenza gruesa, con una chaqueta de anorak verde que era de las que se compran para ir al monte.

Una mujer que llevaba una pulsera de hospital en la muñeca y un carnet de algo cosido en la cremallera, que probablemente tenía una familia que la esperaba en algún sitio, una madre como la suya, un piso con las paredes llenas de mapas.

Irati no sabía por qué le dolía pensar en eso.

Llevaba catorce años viendo cuerpos, y había aprendido a no preguntarse por la vida que dejaban atrás porque esa pregunta no se la podía responder nunca.

Pero aquella mujer, con su anorak verde y su trenza, le había hecho esa pregunta de manera distinta.

—Qué has estado buscando en el monte —murmuró Irati, sin saber de dónde le salía la frase—, para acabar dentro de un contenedor en un puerto.

La primera vez que el tío Koldo la llevó al monte, Ane tenía nueve años y llevaba unas botas dos números más grandes que heredaba de un primo que ya no subía.

—El monte se lee, txiki —le dijo Koldo, ajustándole la mochila en la espalda—. Cada piedra cuenta de dónde viene, cada breña sabe quién la pisa. Cuando sepas leer el monte, ya no necesitarás que nadie te diga la verdad.

Ane no entendió nada, pero subió todo el día detrás de él, del collado de Iturrigorri al refugio de la cima, con el viento metiéndole el pelo rizado en la boca y la risa del tío por delante cuando resbalaba en la tierra mojada.

Al atardecer, cuando el sol se ponía sobre el valle y las luces de los pueblos empezaban a encenderse abajo, se sentaron en una piedra plana a comer un bocadillo y Koldo le señaló un punto lejano, donde la vegetación se cortaba en un rectángulo gris.

—¿Ves aquello? Es la vieja escombrera. Dicen que antes la gente tiraba allí lo que no quería que se supiera.

—¿Y qué tiraban? —preguntó Ane, con los ojos como platos.

—Cosas —dijo el tío, y se quedó mirando el rectángulo gris un buen rato, como si le estuviera contando algo a él también—. Pero a la tierra le cuesta callar, txiki. Todo lo que se entierra, sale. Tarde o temprano, sale.

Ane recordó aquella tarde muchísimos años después, delante de un teclado y de una lista de operaciones que nadie había querido leer, y pensó que su tío llevaba razón: todo lo que se entierra, sale.

La lluvia seguía cayendo sobre los tejados de las Siete Calles. En algún punto entre Zierbena y Bilbao, el hombre del furgón blanco estaría contando ya lo que había visto.

IV. La comisaría

El ertzain-etxea de Bilbao olía a café, a plástico de archivadores y a la humedad que se cuela por todas las comisarías del mundo cuando llueve.

La sala de investigaciones era un espacio rectangular con mesas corridas, pantallas apagadas, una pizarra blanca con medio borrada la palabra «GORBEIA» y un calendario que nadie había cambiado desde enero.

Irati llegó a las nueve sin haber dormido, con el pelo mojado y la chaqueta puesta, y se encontró con el expediente provisional del contenedor ya sobre su mesa: fotos, declaraciones, la petición de colaboración del furgón blanco y un folio con el estado del precinto.

Patxi Remiro la estaba esperando con dos cafés.

—Has armado ruido —dijo, dejándole uno de los vasos—. Han llamado de la Jefatura para preguntar qué pasa en Zierbena.

Patxi tenía cincuenta y dos años, la cara de quien ha visto demasiados atestados y una paciencia infinita que le había costado el ascenso que otros compañeros conseguían más rápido.

Era su jefe directo en Homicidios desde hacía seis años, y el único que seguía llamándola Irati sin esperar que le devolviera el gesto.

A su espalda, en la pared de su despacho, había una foto de familia en la playa de Bakio, con dos hijos ya mayores y una mujer sonriendo a la cámara.

—La Jefatura —repitió Irati, sin tocar el café—. ¿Por qué la Jefatura llama a estas horas por un contenedor?

—Porque un contenedor con un cuerpo es un accidente, Irati. Y los accidentes se resuelven con un parte y una compañía de seguros. Los homicidios, no.

—No es un accidente.

—Lo sé —dijo Patxi—. Lo sé porque tú no te habrías quedado en Zierbena toda la noche si lo fuera. Pero quien ha llamado a la Jefatura no lo sabe, y quien le ha dicho que llame, probablemente tampoco quiere saberlo. Aquí hay alguien que quiere que esto se cierre rápido.

—¿Quién?

—Eso es lo que vas a averiguar —Patxi se sentó en la esquina de la mesa y bajó la voz—.

Pero te aviso: la semana pasada, en la Jefatura, se habló de un nuevo protocolo de «prioridades».

Hay una crisis sanitaria en marcha, huelgas, listas de espera por las nubes.

Nadie en la cadena de mando va a querer que un caso delicado con un puerto de por medio llame la atención. Los accidentes dan menos titulares.

—Yo no hago partes de accidentes —dijo Irati.

—Ya lo sé. Por eso te lo pido a ti. —Patxi le pasó el expediente—.

Quiero que lo lleves tú. Y quiero que lo lleves bien, sin hacer demasiado ruido y sin dejar que nadie te lo quite.

Cuando esto suba, y subirá, vas a necesitar que el caso esté ya cerrado en tu mesa, con tu firma y con los papeles en orden.

Irati tomó el expediente. Su nombre no estaba todavía en ninguna página, pero ya lo sentía pesando sobre él como una promesa.

En la sala, los otros agentes empezaban a llegar para el cambio de turno: el joven del pelo corto que se llamaba Xabier y que tenía la costumbre de silbar el mismo pasodoble cuando entraba, la agente con gafas que había dejado un café sobre la mesa equivocada y lo había recuperado sin decir palabra, el veterano de Homicidios con el que Irati llevaba años compartiendo silencios en los atestados y que solo abría la boca para corregir a los nuevos.

Ninguno la miró directamente. Todos sabían que cuando Irati Sarasola entraba con un expediente bajo el brazo y los ojos grises como una mar de fondo, la comisaría entera olía a casos que nadie quería.

—La malasombra —dijo Xabier en voz baja, para que solo el veterano lo oyera—. ¿Qué se ha tragado?

—Un contenedor —dijo el veterano, sin levantar la vista del café—. Y a un juez de guardia a las cinco de la mañana.

—La malasombra tenía razón, la única vez que le pregunté de dónde venía el nombre —contó Patxi, más tarde, ya en su despacho, con la puerta entornada—.

Fue en un caso de hace seis años, un chaval ahogado en la ría.

El parte oficial decía accidente, todos los testigos decían accidente, el abogado de la familia ya estaba firmando.

Y ella se plantó en el lugar de los hechos a la hora de la marea baja, miró el agua, miró la eslora del muelle, y dijo: no hay altura suficiente para ahogarse aquí.

Nadie la había preguntado eso. Nadie miraba el agua cuando había un parte que firmar.

Desde entonces la llamamos así: la que trae la sombra a los casos que parecen limpios.

Irati no sabía bien si el nombre le gustaba o no.

Era como esas marcas que te hacen los amigos cuando no te quieren del todo, o cuando te quieren más de lo que saben decir.

Pero sí sabía una cosa: llevaba catorce años recogiendo expedientes que otros preferían cerrar, y esa mañana, con el contenedor azul y la mujer de la pulsera blanca esperándola en el muelle, tenía la certeza incómoda de que su sombra y la del caso acababan de encontrarse.

—¿Y el estibador? —preguntó.

—El furgón blanco ha aparecido en Artxanda, abandonado.

Limpio. Los de Identificación lo están revisando, pero no esperes milagros.

El hombre de la camisa verde no existe en el parte de personal de la terminal: el turno de noche tenía asignados ocho trabajadores, y ninguno se llama como el que tú describes.

Alguien le dio acceso al muelle, y ese alguien está en la lista de contratas.

—Contratas —repitió Irati.

—Exacto. Las empresas de limpieza y mantenimiento del puerto son un colador.

Personal temporal, subcontratas de subcontratas.

El furgón era de la empresa de limpieza de contenedores, pero esa empresa dice que su furgón estaba en el taller la noche pasada, con el seguro puesto.

Alguien lo cogió prestado sin que constara.

—O alguien lo tuvo a punto toda la noche —dijo Irati—, esperando el momento.

Patxi la miró un instante. En el fondo de sus ojos había esa mezcla de respeto y preocupación que le salía siempre que Irati empezaba a leer en voz alta la letra pequeña que los demás no veían.

—He pedido que te asignen a la analista de la Jefatura de Ciberseguridad —dijo Patxi—.

Se llama Leire Agirre. Es joven, habla demasiado rápido y no soporta el papeleo, pero es la mejor leyendo máquinas que tenemos.

Si en esa pulsera, o en esa terminal, o en ese manifiesto hay algo digital que explique por qué murió esa mujer, ella lo va a encontrar.

—¿Y el forense?

—El forense es la doctora Urrutia. Maddi. Te gustará: habla menos que tú, y eso ya es decir. La autopsia está citada para esta tarde en el Instituto de Medicina Legal.

Irati asintió y guardó el expediente en su bolso. Antes de salir, se detuvo en la puerta y miró a Patxi.

—¿Y quién ha llamado esta mañana a la Jefatura? —preguntó—. Porque tú sabes quién es.

Patxi bajó los ojos al café.

—Un comisario —dijo—. Mikel Ondarra. Jefe de la División de Protección Ciudadana.

No es tu superior directo, pero es el tipo de mando que sabe cuándo llamar y a quién.

Me ha preguntado si el caso podía «cerrarse como siniestro laboral».

Y me ha dicho que no quiere un escándalo en el puerto en plena crisis sanitaria.

Irati se quedó mirándolo. El nombre le entró en la cabeza como entra un clavo en la madera, despacio y para quedarse.

—El comisario Ondarra —repitió—. ¿Le ha dicho usted algo?