Capítulo 1 — EL CONTENEDOR #3
—Ese furgón lleva tres noches entrando y saliendo de la terminal —dijo—.
No sé si es de la limpieza ni de quién es.
Pero no va a limpiar contenedores, se lo digo yo.
La gente de la limpieza aparca en la dársena sur y lleva el uniforme azul.
Ese furgón aparca junto a los contenedores de mercancía peligrosa y quien lo conduce no lleva uniforme.
—¿Tres noches? —repitió Irati.
—Tres noches, sí. Las dos últimas, yo he estado en el turno de doce a ocho. El martes y el miércoles lo vi. Y esta noche también, pero esta noche no se ha quedado: esta noche ha venido a por algo.
Irati se quedó mirándolo. Luego hizo la pregunta que tenía que hacer.
—¿Y por qué se ha acercado usted a contármelo? —preguntó—. Los que trabajan en los muelles aprenden pronto a no ver nada.
Asier miró sus manos, las frotó una contra otra.
—Porque anoche, antes de empezar el turno, estuve tomando algo en el bar de la dársena con un amigo.
Un bombero, del parque de Zorroza. Nos contó que una chica del club de montaña al que él va había estado preguntando por los contenedores de la empresa de residuos.
Que llevaba semanas preguntando, que tenía el mosqueteo metido en la cabeza como un clavo.
Y esta mañana aparece una mujer muerta en uno de esos contenedores.
—¿Cómo se llama el bombero? —preguntó Irati, y la punta del bolígrafo se posó sobre la libreta.
—Eneko. Eneko Beitia. Es el que lleva años hablando de lo que se pierde en el vertedero de Mokorreta, pero eso es cosa suya, usted no lo ha oído de mí.
—Asier hizo una pausa—. Y la chica del club...
no me dio el nombre. Solo dijo que era del club, el de la chaqueta verde, el que sale a los montes los sábados.
Irati escribió: Eneko Beitia. Y debajo, dos palabras: chaqueta verde.
No dijo nada. Pero la libreta pesaba un poco más que antes.
El silencio que cayó sobre la sala duró unos segundos.
Irati comprendió todo a la vez, con la claridad fría de las madrugadas: el hombre de la camisa verde no era un estibador.
Un estibador sabe qué camisa no se pone en el muelle, qué guías firma y qué furgón le corresponde.
Aquel hombre había estado junto a la grúa desde antes de que cayera el contenedor, fumando con las manos metidas en los bolsillos, y en ningún momento había mirado el contenedor: había mirado a la policía llegar.
Había estado ahí para asegurarse de que la escena se abría, y había esperado a que la puerta del contenedor se abriera para saber que la pieza estaba en marcha.
Después, se había ido por la puerta de atrás, con la misma naturalidad con la que entra en una fiesta el que la organiza.
—Alguien del muelle —dijo Irati, en voz baja— estaba aquí para ver lo que encontramos. Y se ha ido a contarlo.
El sargento se sentó de golpe.
—El contenedor... —murmuró.
—El contenedor no se mueve —ordenó Irati, tajante—. Se sella, se custodia y se queda donde está hasta que venga el forense y el juzgado. Nadie lo toca. Ni siquiera para limpiarlo. Y ese furgón blanco, con esa matrícula, sale ahora mismo en una petición de colaboración a toda la red.
Sobre el muelle, la cinta amarilla seguía marcando el perímetro, y el contenedor azul seguía tumbado sobre el asfalto con la puerta medio abierta, esperando a que alguien decidiera qué hacer con la mujer de la pulsera blanca. La lluvia arreciaba. La galerna no iba a ceder en todo el día.
Irati se acercó a la ventana y se quedó mirando el contenedor durante un largo rato.
Algo le decía, con esa certeza incómoda que solo le llegaba a la madrugada, que aquel hierro azul era el último lugar donde la mujer había estado viva, o el primero donde había sido depositada para que nadie la encontrara.
Y que alguien, desde algún despacho de Bilbao, de Madrid o de más lejos todavía, había dado la orden de que la encontraran pero no la entendieran.
—Necesito un teléfono —dijo, sin volverse—. Y el nombre del juez de guardia de Bilbao.
El sargento tardó un momento en reaccionar.
—¿Va a llamar al juzgado a estas horas, inspekzinoa?
—Voy a hacer que esto sea un homicidio antes de que amanezca —respondió Irati—. Porque si esperamos a mañana, alguien va a convertir a esa mujer en un accidente. Y yo no estoy dispuesta a dejar que se la lleve el mar sin entender por qué está aquí.
III. El piso de la Ronda
Irati no durmió. Ni siquiera lo intentó.
Cuando el relevo de la mañana llegó a Zierbena y el contenedor quedó precintado bajo custodia, se metió en el coche patrulla y atravesó Bilbao con las calles vacías y la lluvia convirtiendo los adoquines del Casco Viejo en espejos oscuros.
Vivía en la calle Ronda, en un piso alto de esos que huelen a madera vieja y a humedad de río, desde cuya ventana se veían los tejados de las Siete Calles y, a lo lejos, la línea gris de la ría cuando el viento se lo permitía.
Entró en casa sin encender la luz. Colgó el uniforme mojado en el baño, se puso un jersey de lana gruesa y se sentó a la mesa de la cocina con un vaso de leche y un mechero metálico que giraba entre sus dedos por pura costumbre.
El mechero se lo había dado su padre hacía veintidós años, una semana antes de la galerna que se lo llevó, y a Irati le gustaba pensar que el chasquido de la tapa al abrirse y cerrarse era el único tictac que su vida admitía.
No tenía fotos en las paredes. No tenía plantas.
Tenía una estantería con expedientes archivados de casos que ya estaban cerrados y otros que no lo estaban del todo, y una caja de cartón con las cosas del caserío que su madre le había entregado cuando vendieron la casa de la campa de Bermeo.
No la abría casi nunca. Sabía que dentro estaba la caja de anzuelos del padre, la fotografía de la trainera y un trozo de cuerda que la mar había devuelto a la playa la semana de su desaparición, y le bastaba con saber que estaba allí, pesando en la estantería, para sentirse anclada a algo.
El teléfono sonó a las 7:14.
—Ama —dijo Irati al contestar, y la palabra le salió con el acento del caserío, ese que le aparecía sin avisar cuando hablaba con su madre.
—No te he despertado, ¿verdad? —La voz de Joseba Sarasola sonaba delgada, como si le costara respirar entre frase y frase—. Sé que has estado de guardia.
—Ama, son las siete de la mañana. Claro que no me has despertado. ¿Qué te pasa?
—Nada, hija. Que mañana tengo lo de la vista, en Basurto. A las diez. Y quería decirte que no hace falta que me acompañes, que ya he quedado con Marijose, que tiene coche.
—¿Qué me ocultas? —preguntó Irati, y el mechero dejó de girar entre sus dedos.
Hubo un silencio en el otro extremo. Luego, la voz de su madre se hizo más pequeña todavía:
—Es que llevo dos semanas con un dolor aquí, en el costado. No es nada, dicen los de ambulatorio que son gases. Pero me han citado para hacerme pruebas y me han dicho que... bueno, que la lista es larga. Que a lo mejor tarda. Por eso lo de mañana es lo único que he conseguido pronto.
—¿Gases? —Irati se levantó de la mesa y encendió la luz de la cocina, como si la claridad pudiera ayudarle a pensar—. Ama, ¿desde cuándo tienes cita en Basurto y no me lo has dicho?
—No quería preocuparte. Ya sabes cómo te pones con el hospital.
Irati supo que era verdad. Sabía perfectamente cómo se ponía con el hospital: como se ponía con el mar, con el frío y con todas las cosas que se llevan a la gente sin devolverla.
Desde la desaparición de su padre, los pasillos blancos y el olor a antiséptico le producían una opresión en el pecho que no sabía explicar, y su madre lo había aprendido hacía años y la protegía de eso con esa misma paciencia con la que la había protegido del mar cuando era pequeña.
—Mañana te acompaño —dijo Irati—. No discutas. Y si te dicen que esperes, yo me quedo a esperar contigo.
—Hija...
—Ama. Mañana te acompaño.
La conversación terminó con los buenos deseos de siempre, con el euskera de cocina de Joseba pidiéndole que comiera algo y que no se pasara las noches en vela. Cuando colgó, Irati se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirando la ventana y la lluvia.
La llamada de su madre le había devuelto a la tierra con una sacudida que ni la mujer de la pulsera blanca había logrado.
De pronto, la madrugada en el puerto, el contenedor azul y el hombre de la camisa verde parecían cosas de otro país, de otra vida.
El dolor de su madre era real, cercano, y tenía un nombre, y una lista de espera, y un hospital en Bilbao.
Se sentó un momento en el borde de la cama y cerró los ojos.
Le vino el caserío de Bermeo: la casa de piedra con el musgo en las juntas, el huerto donde Joseba plantaba las acelgas, el olor de la sidra en la bodega y del pescado a la brasa en el verano, la voz de su padre silbando mientras remendaba las redes en el portal.
Irati no había vuelto a subir a aquella campa desde la venta, y a veces le parecía que el caserío solo seguía existiendo en su cabeza, como esas cosas que se conservan en sal para que no se pierdan del todo.
Su madre era eso: lo último del caserío que le quedaba, la única sal que le quedaba a Irati para conservarse ella misma.
La llamada de su madre le había recordado que el mar no se lleva solo a los padres.
También se lleva el tiempo, se lleva los cuerpos, se lleva las listas de espera y los nombres que nadie escribe en ninguna pulsera.
Y que ella, que pasaba las noches en vela delante de los expedientes para salvar a desconocidas, no había estado salvando a la persona que más tenía que salvar.
Irati apagó la luz y volvió a sentarse a la mesa. El mechero giró otra vez entre sus dedos. Y entonces, sin saber muy bien por qué, se puso a pensar en la mujer del contenedor.