Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 35 MÍA #2
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CAPÍTULO 35 MÍA #2

—Por Dios, Mía, somos un regimiento entero y todos sabemos cuidar de ella —insistió Liam, dándose golpes en el pecho—. Podemos encargarnos nosotros perfectamente un fin de semana.

—¿Tú? —preguntó James, arqueando una ceja con escepticismo puro.

—Sí, yo por ejemplo. Nadie mejor que yo, os lo garantizo. Tengo un instinto paternal oculto que os dejaría locos.

Mientras el resto seguía discutiendo sobre quién sería el canguro oficial más apto, una punzada de contradicción me apretó el pecho.

Por un lado, la sola idea de dejar a mi hija sola, de separarme de ella aunque solo fueran unas horas, me provocaba un nudo físico en el estómago.

La idea de que pudiera llorar y que mis brazos no estuvieran allí para calmarla me generaba una ansiedad casi insoportable; al fin y al cabo, habíamos luchado demasiado por estar juntas como para soltarla tan pronto.

Sentía que todavía era mi deber vigilar cada uno de sus suspiros.

Pero, por otro lado, miré a James. Lo miré de verdad, al notar cómo se reía con su hermano.

Echaba muchísimo de menos a mi marido. Echaba de menos al James de antes de la tormenta, a las noches enteras hablando de nada en nuestra cama, a los abrazos que no estaban condicionados por el cansancio extremo o por el llanto de la niña a las tres de la mañana.

Quería tiempo a solas con él. Necesitaba volver a fundirme en sus brazos sin el cronómetro de la siguiente toma corriendo en mi cabeza.

No me sentía preparada para dar el paso, no aún, pero aquella semilla que mis amigos acaban de plantar empezó a germinar en mi mente.

Quizá, solo quizá, James y yo nos merecíamos un respiro.

A las dos semanas, el sábado por la mañana, el timbre de casa sonó de manera insistente. Cuando abrí la puerta, allí aparecieron Cami, Liam y Eric con unas sonrisas sospechosas de oreja a oreja.

—Venga, preparad las maletas —soltó Eric sin rodeos, entrando al recibidor como si fuera su propia casa.

—¿Qué? —dije completamente sorprendida, mirándolos uno a uno.

—Os he reservado una noche en unas cabañas a las afueras de Madrid que son súper románticas —explicó Eric, levantando unos papeles impresos con el logo de la reserva—.

Son ideales, Mía. Son como cúpulas geodésicas de cristal en mitad de la naturaleza, flotando entre los árboles.

Puedes ver las estrellas directamente desde la cama.

Yo estoy deseando ir con Cami, así que valorad el detalle.

—¿Cómo? —preguntó James, saliendo de la cocina con el biberón de Cloe en la mano, totalmente incrédulo.

—Dejaos de preguntas y moveos, venga, que os ayudo a hacer el equipaje —ordenó Liam, pasándonos de largo y enfilando directamente las escaleras hacia el piso de arriba.

Antes de que pudiera reaccionar, Cami se acercó y me quitó, literalmente, a Cloe de los brazos con un cuidado infinito pero con una firmeza absoluta.

—Corre, sube —me urgió mi amiga con una sonrisa cómplice—, antes de que tu cuñado te desarme todo el vestidor y te monte un desfile de modas improvisado.

Subí las escaleras a toda prisa y, tal y como me había temido, encontré a Liam en nuestra habitación con una maleta abierta de par en par sobre la cama y metiendo mano en mi armario.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —le espeté, cruzándome de brazos en el umbral.

—Tu maleta —respondió él sin volverse, revisando mis perchas—. Y si no quieres que te la llene entera de tus conjuntos más sexis y atrevidos, espabila y escoge tú misma la ropa.

—Liam, no podemos irnos. Es una locura. Cloe es muy pequeña.

Liam dejó de rebuscar en la ropa, se giró y me miró con una seriedad y una madurez que rara vez exhibía, pero que cuando salía a la luz, desarmaba a cualquiera.

—Escucha, Mía: habéis pasado por muchas cosas horrorosas.

Demasiadas. Pero ya está, se acabó; ahora estáis a salvo.

Y aunque vuestra hija es lo más importante del mundo para vosotros, vuestra relación de pareja lo es más.

Os habéis descuidado por sobrevivir. Necesitáis estar a solas, recordar quiénes sois cuando la niña duerme.

¿Y sabéis qué? Que no dije nada. Sus palabras me dieron el empujón que me faltaba.

Me tragué el nudo de la garganta, abrí el armario, cogí un par de mudas cómodas para James, otras dos para mí y, desafiando mis propios miedos, eché al fondo de la maleta un par de mis conjuntos lenceros de encaje que todavía estaban sin estrenar.

Porque quería a mi hija con toda mi alma y se me hacía un mundo separarme de ella aunque solo fuera por un día, pero también quería, y necesitaba con urgencia, estar a solas con James.

Con el hombre que me lo había dado todo: amor, paz y una familia.

—Esa es mi chica —aprobó Liam con una sonrisa de victoria, cerrando la cremallera de la maleta de un tirón.

Bajé las escaleras junto a Liam, que insistió en llevar el equipaje. Cuando estábamos llegando a los últimos peldaños, escuché el final de la conversación que James estaba teniendo con Eric en el salón, intentando razonar en vano.

—Eric, no podemos irnos así como así. No podéis llegar aquí y decir de buenas a primeras que...

—James, nos vamos —le interrumpí, plantándome en el salón.

James se giró hacia mí con una incredulidad pasmosa.

No se le pasaba por la cabeza, ni en sus mejores pronósticos, que yo fuera a ceder.

Pero en cuanto asimiló mis palabras, vi perfectamente cómo sus ojos azules cambiaron, transmutando a un tono mucho más intenso, más oscuro y cargado de una promesa silenciosa.

—Te tienen agarrado por los huevos, amigo —le oí susurrar a Eric directamente al oído de James, conteniendo una risa.

A James le importó una mierda el comentario de su amigo. Dio un paso hacia mí, buscándome la mirada.

—¿Estás segura? —me preguntó en voz baja, asegurándose de que no estaba forzando la situación.

Me giré un segundo para contemplar a aquellos tres celestinos que se habían confabulado a nuestras espaldas. Luego volví a mirar a mi marido.

—Estoy segura. —Me volví hacia el trío—: ¿Y ustedes? ¿Estáis seguros de esto?

—Segurísimos —respondieron los tres al unísono, colocándose en fila como un muro de contención.

—Cualquier cosa nos llamáis —advirtió James, señalándolos con el dedo mientras capitulaba—. Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa. No dudéis.

—¡Que síiiii! —volvieron a cantar de nuevo al unísono, espantándonos con las manos hacia la salida.

James cogió la maleta con una media sonrisa dibujándosele en los labios y nos dirigimos a nuestro coche. Justo cuando James abría el maletero, Liam se asomó a la puerta principal y nos despidió con un grito tan sumamente fuerte que estoy segura de que se enteró todo el vecindario:

—¡Por cierto, Mía! ¡Nada de tés raros de esos que tú tomas, que necesito disfrutar un poco de Cloe antes de tener más sobrinos rondando por aquí!

En ese preciso momento, quise matarle. Me giré hacia James, que se había quedado estático sujetando el capó del coche mientras observaba a su hermano con los ojos entrecerrados. Rectifico. En ese mismo momento, quisimos matarlo los dos.