CAPÍTULO 35 MÍA
El primer mes pasó volando entre pañales, biberones y una rutina que, por fin, se sentía como una vida de verdad.
Tanto Cloe como yo acudimos a la revisión y recibimos el alta médica definitiva.
Mi pequeña estaba fuerte como un roble; ya pesaba cuatro kilos y cien gramos, una auténtica locura considerando que había nacido antes de tiempo y que al principio nos asustaba su fragilidad.
Había recuperado con creces el peso y se había convertido en una glotona insaciable.
En casa ya no comprábamos botes de leche de fórmula individuales; James los encargaba directamente en cajas de nueve unidades.
Una mañana, Cami vino a visitarnos y se quedó de piedra al ver el arsenal de leche que acumulábamos en la despensa.
—Pero Mía, por el amor de Dios —dijo Cami, abriendo los ojos como platos mientras sostenía a Cloe en brazos—, ¿qué tenéis aquí, el almacén central de la marca? ¿Esta niña toma biberones o entrena para una maratón?
—No te rías —le contesté, suspirando con ironía mientras le colocaba el chupete a la niña—. Como siga comiendo a este ritmo, no va a haber casos suficientes que resolver para pagar la factura de su alimentación. James va a tener que mudarse a vivir al despacho.
Cami soltó una carcajada limpia, acunando a la pequeña.
—Bueno, mírale los mofletes. El dinero mejor invertido del mundo. Esta guerrera se ha ganado cada gramo.
James había tenido que volver a trabajar esa misma semana.
Después de pasar quince días metido conmigo en el hospital y las dos semanas siguientes encerrado en casa cuidándonos las veinticuatro horas, el bufete necesitaba urgentemente su presencia física.
El vacío que dejaba por las mañanas se sentía extraño, pero la paz mental con la que se marchaba no tenía precio: el procedimiento penal abierto por la muerte de mi padre debido al disparo de James se sobreseyó libremente.
El juez dictaminó legítima defensa de manual y, por supuesto, la familia que le quedaba, es decir, mi reciente estrenado hermano, no formuló acusación. James era libre, en todos los sentidos.
Por mi parte, tomé una decisión. Y que conste en acta que fue por mi propia voluntad, que nadie me obligó a nada.
Quien me ha visto y quien me ve... yo, la mujer que vivía por y para trabajar, decidí que iba a pasar los primeros meses de mi hija a su lado, cuidándonos a las dos y disfrutando de una baja maternal real después de todo el horror que habíamos arrastrado.
Aun así, nunca estaba sola; todos en el grupo y en la familia Bernard estaban deseando buscar cualquier excusa para venir a estar con nosotras.
Mi hermano —dios, aún me costaba un mundo referirme a él con esa palabra, me daba un vuelco el corazón cada vez que lo pensaba— me visitaba absolutamente todos los días.
Venía a primera hora para dar un paseo conmigo y con la niña antes de entrar a su turno en la comisaría.
El tiempo en esta época del año era maravilloso; la primavera estaba en su máximo esplendor, regalándonos unos días ideales y templados para caminar por el barrio.
Una de esas mañanas, sin embargo, Joselu no vino solo. Al dar la vuelta a la esquina, vi que lo acompañaba su madre, Marisa. En cuanto nos saludamos, noté que la mujer estaba visiblemente nerviosa, mirándome con una timidez cargada de emoción.
—Mía... quería venir a visitarte desde hace días —empezó a decirme en cuanto nos sentamos en un banco del parque, mientras Joselu empujaba el carrito un poco más allá—. Pero, sinceramente, no sabía si querrías verme.
—¿Por qué no iba a querer verte, Marisa? —le pregunté con suavidad, extrañada por su tono.
—Me siento terriblemente culpable de que hayas tenido que vivir todo lo que viviste con ese hombre —confesó, y se le inundaron los ojos de lágrimas—.
Si yo hubiese sabido todo lo que te hizo...
te juro por lo que más quiero que te hubiese ayudado.
Hubiese ido a buscarte. Pero tenía tanto miedo, Mía...
Me quedé callada un momento, sin saber muy bien qué responder. Sus palabras me calaron hondo. Yo sabía, mejor que nadie en este mundo, lo que era vivir con el miedo metido en los huesos, lo que era que Diego Beltrán te gobernara la existencia a través del terror.
—Cuando me enteré de quién era en realidad Diego —continuó Marisa, limpiándose una lágrima con un pañuelo—, cuando descubrí que me estaba ocultando su verdadero nombre porque a mí siempre me dijo que se llamaba Jaime...
y supe de las personas a las que había hundido, estafado y manipulado a sus espaldas, que tenía otra familia, que me había engañado para conseguir lo que siempre quería, dinero, me entró un pánico atroz.
Tuve miedo por mi hijo, por mí y por toda mi familia.
No queríamos ser un nombre más en su lista de personas destruidas.
Así que tomé la decisión de desaparecer.
Me fui con mi hijo lo más lejos que pude para que nunca nos encontrara.
Esa huida por mi parte... hizo que tú te quedaras sola, que tuvieras que salir adelante sin nadie a tu lado.
Miré a la mujer que había criado al hombre que nos salvó la vida en aquella nave. Ya no sentía rabia, solo una profunda empatía.
—Sé perfectamente lo que es tenerle miedo a Diego Beltrán —le respondí, poniéndole una mano sobre el brazo—.
Así que no sientas culpa ninguna, Marisa.
No puedes cargar a la espalda con una responsabilidad que no te corresponde.
Además, ahora que tengo a Cloe y sé lo que significa ser madre...
te entiendo perfectamente. Yo hubiera hecho exactamente lo mismo que tú: proteger a mi hijo por encima de cualquier otra cosa.
Igualmente, gracias por tus palabras. Es muy importante para mí escucharlas, sobre todo ahora que sé que Joselu es mi hermano.
Marisa me sonrió a través de las lágrimas y me apretó la mano con un cariño genuino.
—No dudes ni un segundo que me tienes aquí para lo que necesites, Mía. Tú, tu pequeña, James y la familia Bernard al completo. Para mí sois mi familia también.
Esa mañana dimos el paseo los tres. Caminé bajo el sol de primavera escuchando cómo esa madre adoraba a su hijo y cómo me contaba anécdotas divertidas de la infancia de Joselu, de sus trastadas y de cómo acabó queriendo ser policía.
Gracias a ella, a sus recuerdos y a su generosidad, conocí aún más al hermano que el destino me había regalado.
Las piezas rotas de mi vida, por fin, estaban en su sitio.
Al segundo mes, yo ya era lo que fui. Había recuperado mi energía, mi agilidad y esa chispa que el hospital me había apagado temporalmente.
De vez en cuando me pasaba por el despacho para visitar a James con Cloe, interrumpiendo sus reuniones con la excusa de que la niña echaba de menos a su padre, y así nos veníamos juntos a casa al terminar su jornada.
Era una sensación extraña pero maravillosa.
Caminar por la calle mirando a los lados y darme cuenta de que ya no buscaba sombras, que ya no vigilaba los coches que frenaban cerca ni sentía ese vuelco en el estómago al escuchar unos pasos detrás de mí...
Nunca pensé que vivir sin temor fuera tan sumamente placentero. La libertad sabía exactamente a esto.
Una tarde, todos nuestros amigos se reunieron en casa. Era evidente que tener una bebé en nuestras vidas había dinamitado por completo nuestra rutina de salidas nocturnas y planes improvisados, pero a ellos parecía importarles entre poco y nada.
—Con estar juntos es suficiente, da igual el sitio —dijo Adri, acomodándose en el suelo con un cojín.
—Yo lo único que quiero es que esta pequeña se despierte de una vez para llenarla a besos —dijo Eric, echándole un ojo a Cloe.
—¿Qué pasa, que quieres una o qué? —le soltó Liam a Eric, picándole con una sonrisa de oreja a oreja.
Al instante, Cami se puso roja como un tomate, mirando a su novio de reojo.
—Quiero una exactamente como esa —admitió Eric, mirando a Cloe con una ternura que jamás le había visto.
—¡¡¿Qué?!! —gritó Cami. Se arrepintió del alarido en el mismo milisegundo en el que lo soltó, tapándose la boca con las manos y mirando asustada hacia la minicuna por si había desvelado a la niña.
—Bueno, si queréis, os podemos ir guardando la ropa que le vaya quedando pequeña a Cloe... —intervino James con pura guasa, avivando el fuego.
—¿Os podéis callar ya? —protestó Cami, con las mejillas ardiendo—. ¡Con ser tía me basta y me sobra!
—De momento... —sentenció Eric, guiñándole un ojo.
Todos en el salón nos reímos a carcajadas.
Verlos hablar así todavía me sorprendía muchísimo.
Eric, el soltero de oro del grupo, el hombre al que jamás se le había pasado por la cabeza tener una pareja estable, ahora estaba ahí, hablando abiertamente de tener un bebé con mi mejor amiga.
Era precioso ver cómo el amor cambiaba las reglas del juego para todos.
Empezamos a hacer bromas y a planear el hipotético baby shower de Cami hasta que Liam, fiel a su absoluta falta de vergüenza, se dirigió directamente a James y a mí con una sonrisa pícara.
—¿Y vosotros dos qué? ¿Habéis tenido algo de intimidad en estos dos meses? ¿O el rol de padres os ha dejado en huelga de brazos caídos?
—Liam, ¿puedes callarte por una vez en tu vida? —le espetó James, lanzándole un cojín y mirándolo con cara de pocos amigos.
—Pues no, la verdad es que Cloe ocupa todo nuestro tiempo y mi recuperación apenas acaba de terminar —respondí yo con naturalidad, encogiéndome de hombros.
—¡Mía! —se quejó James, mirándome con reproche y una mezcla de timidez que me hizo gracia.
—Deberíais daros una escapada romántica, en serio —sugirió Eric—. Os vendría genial.
—Sí, aunque solo sea un día —secundó Liam—. Desfogáis un poco, os miráis a las caras sin un pañal de por medio y volvéis a casa listos para seguir ejerciendo de padres ejemplares.
—Aún es muy pequeña... —admití, mirando de reojo hacia la cuna—. No me atrevo a dejarla todavía.