Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 34 JAMES
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CAPÍTULO 34 JAMES

Al escuchar esas palabras, mi mujer se derrumbó por completo.

Rompió a llorar, un llanto liberador y cargado de una emoción que no le cabía en el pecho, mientras Joselu se inclinaba para envolverla en un abrazo protector.

A nuestro alrededor, el salón estalló. Se escucharon gritos ahogados procedentes de todos los presentes.

Mirara a donde mirara, solo veía caras de absoluta incredulidad.

Escuchaba a Eric y a Enzo repetir palabras de asombro por lo bajo, diciendo que aquello parecía sacado de una película, que era simplemente increíble.

Y lo era. Siempre se dice que el mundo es un pañuelo, pero el destino estaba dispuesto a que esa frase tuviera hoy más sentido que nunca, transformando un dicho coloquial en la verdad más brutal y hermosa de nuestras vidas.

Tras los primeros minutos de euforia, lágrimas y pura sorpresa, el salón recuperó un poco el norte. Nos acomodamos todos como pudimos, asimilando el impacto, y Joselu tomó la palabra para contar cómo se había enterado de todo.

—Me enteré un día antes que James —comenzó a explicar, mirando a Mía con una ternura infinita—.

Cuando mi compañero de la comisaría me entregó la información del detective para que se la hiciera llegar a James, la leí por curiosidad.

Quería ver si, desde mi posición, podía ayudarle en algo más...

y vaya si podía ayudar. Cuando mis ojos leyeron el nombre de mi madre, María Luisa Garrido del Olmo, Marisa, el mundo se me paró. No lo dudé ni un segundo. Fui a verla.

Joselu se tomó un momento, entrelazando sus dedos antes de continuar.

—Mi madre y yo estuvimos viviendo muchos años en Portugal, hasta que yo me independicé y me vine a Madrid para entrar en el cuerpo.

Hace solo unos meses, ella decidió volver a España, a la casa familiar de Jaén.

Así que en cuanto leí ese dossier, cogí el coche y me planté allí.

No se esperaba mi visita para nada, pero la cara con la que entré por la puerta se lo dijo todo.

Me senté con ella y me contó toda la historia.

Yo conocí a mi padre cuando aún era muy pequeño, Mía, pero nunca por el nombre de Diego Beltrán.

—¿Utilizó otra identidad? —preguntó, atónita.

—Sí. Utilizó un nombre falso con mi madre para ocultar todas las estafas y deudas que ya llevaba a las espaldas en aquella época.

La engañó para que se casaran en secreto porque, según le decía a ella, la familia de mi madre nunca aceptaría que estuviera con alguien que no tenía dinero.

Cuando el pastel de sus mentiras empezó a descubrirse y las cosas se pusieron peligrosas, mi madre cortó por lo sano y nos fuimos a Portugal para empezar de cero y que no pudiera encontrarnos.

—¿Y nunca intentaste encontrar a tu padre? —intervino mi padre, Manuel, visiblemente intrigado desde su asiento.

—Mi madre me dijo que había muerto —confesó Joselu, encogiéndose de hombros con una triste sonrisa—.

Para mí no había nada que buscar. Decidí hacerme policía, el destino hizo que me destinaran a esta ciudad y, sinceramente, fue lo mejor que pudo pasarme en la vida, porque ahí fue donde te conocí, Mía.

—No puedo creer que todo este tiempo hayamos estado tan cerca y no supiéramos que éramos hermanos... —susurró Mía, limpiándose una lágrima rebelde con el dorso de la mano.

—Creo que, en el fondo, algo dentro de mí siempre lo supo —la interrumpió Joselu, con la voz cargada de emoción—.

Desde el primer día en que te conocí, algo en mi cabeza me decía que no podía alejarme de ti.

Había una fuerza extraña que me incitaba a acercarme, a preguntarte cómo estabas echando la mañana, a saber cómo te encontrabas...

Ese instinto protector que nació en cuanto te vi por primera vez, sentada en aquel poyete frío fuera de la comisaría…

Ahora lo entiendo todo. Esa necesidad de protegerte no nacía de mi profesión, Mía. Nacía de algo muchísimo más profundo.

—El destino hizo que estuvieras allí... —murmuró ella, asombrada.

—Sí —asintió él, sonriendo de lado—. El destino hizo que estuviéramos hoy aquí.

Me quedé en silencio, observando la escena desde mi sitio, y no pude evitar sumergirme en una profunda reflexión.

Los miré a los dos con el pecho lleno de una admiración inmensa.

Contemplé a Mía y a Joselu: dos personas reservadas que no compartían absolutamente nada de su pasado, pero que, desde el mismo instante en que se cruzaron, se desahogaron, se protegieron y se ayudaron de una forma incondicional.

Sin saberlo, sin tener la menor idea de que compartían la misma sangre, habían actuado desde el primer segundo como verdaderos hermanos.

La biología no había tenido que reclamar su sitio; el alma de ambos ya se había reconocido en mitad de la tormenta.

Mirar a mi esposa sonreír al lado de su hermano, sabiendo que el peor de sus fantasmas estaba enterrado y que ahora su familia crecía con alguien que daría la vida por ella —literalmente—, me hizo comprender que, a pesar de toda la sangre y el dolor del camino, por fin habíamos llegado al lugar correcto.

Esos mismos pensamientos que me daban vueltas en la cabeza empezaron a surgir, casi de forma inevitable, en el resto de los presentes.

El salón entero parecía estar atando cabos, asimilando que aquella complicidad tan ciega que siempre habían tenido Mía y Joselu ahora cobraba un sentido milimétrico.

—Has estado pendiente de ella todo este tiempo, Joselu —dijo Cami, mirándolo con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo una película cuyo final por fin entendía.

—Siempre la has protegido —añadió Adri, asintiendo desde el otro lado del sofá.

—¡Y yo siempre decía que por qué demonios no estabais juntos! —soltó Cami de repente, con su habitual falta de filtro.

—Cariño... no digas esas cosas, por favor —la interrumpió Eric de inmediato, dándole un codazo amistoso y poniéndose un poco rojo, sabiendo que yo estaba justo al lado.

—¡Perdón! Quiero decir... entendedme —se justificó Cami, gesticulando con las manos para arreglarlo—.

Son guapísimos los dos, se hacían bromas que solo ellos entendían, se preocupaban el uno del otro a niveles exagerados...

Vamos, que para cualquiera que los mirara desde fuera, eran la pareja ideal.

—Sí, una pareja ideal... de hermanos —remató Joselu con una sonrisa descarada, pasándole un brazo por encima de los hombros a Mía.

Todos en el salón rompieron a reír, disolviendo cualquier rastro de tensión. Yo me limité a negar con la cabeza, sonriendo de medio lado; la verdad es que, mirándolo en retrospectiva, Cami no iba desencantada con lo de la “pareja ideal”, solo le había fallado la etiqueta biológica.

—Bueno, bueno, y que no quede en el olvido el súper regalazo de bolígrafo de lujo que Joselu le dio a Mía hace tiempo —intervino Liam, que nunca perdía la oportunidad—. Ahora que oficialmente somos familia, digo yo que podrías estirarte y regalarme uno igual por mi cumpleaños, ¿no?

Las risas volvieron a estallar ante la tremenda cara dura de mi hermano.

—Me lo apunto, Liam —respondió Joselu, riéndose a carcajadas.

—Es en agosto, por si quieres ir mirando catálogos —susurró Liam con tono confidencial, ganándose una mirada de advertencia de mi padre que solo sirvió para que riéramos más.

La velada continuó en una armonía perfecta, de esas que hacía meses que no respirábamos. Todos se relajaron, comentando entre anécdotas divertidas y recuerdos cotidianos todas las cosas que habían ocurrido durante este tiempo, dejando por fin el horror de Diego Beltrán sepultado en el pasado.

Mía y Joselu no pararon de hablar en toda la noche.

Era increíble verlos. Se ponían al día sobre sus vidas con un ansia casi infantil, compartiendo historias de cuando él vivía en Portugal y de las manías de ella.

Mientras hablaban, se turnaban con naturalidad absoluta para sostener a Cloe: Mía le daba el biberón con una sonrisa radiante y Joselu, con sus manos grandes, la acunaba con un cuidado extremo mientras mi madre, ejerciendo su papel de abuela protectora, vigilaba de cerca.

Miré a mi esposa. Su rostro ya no tenía rastro de la palidez del hospital; sus ojos brillaban con una luz limpia, libre del miedo que la había encadenado durante años.

Mi mujer estaba feliz, arropada por su gente y por ese hermano que el destino le había devuelto en mitad del fango.

Y yo, viéndolas a las dos a salvo en nuestro salón, simplemente no podía estarlo más.

Por fin podíamos empezar a vivir en paz.

Llegada la medianoche, todos empezaron a despedirse. El cansancio acumulado de los últimos días por fin empezó a reclamar su sitio en el salón, apagando el jaleo de las risas.

—Creo que va siendo hora de dejar descansar a esta familia en su hogar —dijo mi padre, levantándose del sillón y dándole una palmadita a mi madre—. Que seguro que Mía está deseando dormir en su propio colchón.

—No os lo podéis ni imaginar, lo he echado muchísimo de menos —admitió Mía, estirándose con cuidado en el sofá.

—Seguro que más que a mí —le reproché en broma, acercándome a ella mientras los demás recogían sus abrigos.

—Imposible —me contestó de inmediato, tirando de mi camiseta para darme un beso tierno que me supo a pura gloria.

Nos aproximamos todos a la puerta para despedirnos y descansar, por fin, los tres en nuestra casa, como una familia.

—Vaya noche hemos tenido de revelación de secretos… ¿algún secreto más que tengáis que contar? —dijo mi mujer riendo mientras realizaba la pregunta al aire.

Liam, que estaba cerca de la puerta con la chaqueta ya puesta, miró al techo y soltó un suspiro dramático.

—El mío puede esperar... —se auto respondió mi hermano, dando un paso atrás con una sonrisilla acobardada que le delató al instante.

Mía cazó el gesto al vuelo. Su instinto se encendió en un segundo.

—¿Qué tienes que contar, Liam? —le preguntó, entornando los ojos con curiosidad.

Pero Liam no estaba por la labor de someterse a un tercer grado. Cogió el picaporte de la puerta, se despidió con la mano en alto y, sin mirar atrás, salió al patio delantero mientras decía:

—¡En otro momento! ¡No estoy preparado psicológicamente para esta mesa de debate!

Mi mujer se quedó con la cara completamente descompuesta, mirándome con la boca a medio abrir, muda por la espantada de mi hermano. Yo me limité a levantar las manos en señal de inocencia.

—Oye, no me mires a mí, nena. Yo ya he contado todos mis secretos. Los de otros, que apechuguen con ellos cuando les toque.

Nos reímos y cerramos la puerta, dejando que el eco de las risas fuera el último sonido que sellara la entrada.

Por fin. Por fin estábamos solos. Estábamos en nuestra casa, con nuestra hija...

El pasado había quedado atrás. No de la manera que hubiésemos querido, desde luego; el precio de la libertad había sido demasiado alto y sangriento, pero la tormenta había terminado.

Con un cuidado infinito, subimos a nuestra habitación.

Pusimos a Cloe en la minicuna que habíamos colocado en el lado de la cama de Mía.

La pequeña dormía como un auténtico tronco, ajena a los secretos familiares y al peso del mundo, respirando con ese ritmo rápido que ya no me asustaba, sino que me daba paz.

—Ven, tengo que darte algo, date la vuelta —dije.

Mía hizo lo que le pedía, se dio la vuelta y le abroché el colgante que compramos en el mercadillo. Ella lo tocó sorprendida.

—Pensé que lo había perdido en la nave, lo vi caer al suelo tras una bofe… —contestó.

Se me encendió la sangre sólo de pensar a ese malnacido golpeando a mi mujer, pero contuve la rabia al ver la emoción pura que brillaba en su mirada. Mía apretó con fuerza el colgante de oro contra sus dedos.

—Es mi talismán, cada vez que lo miro… —continuó ella en un hilo de voz, acariciando las pequeñas ramas plateadas—.

Cada vez que lo miro, me acuerdo de lo que me dijiste aquel día en el mercadillo.

Para mí significa que, por muy dañado que estuviera mi pasado, he sido capaz de echar raíces nuevas, sanas y fuertes a tu lado.

Significa nuestra resistencia, la familia que hemos construido y que, pase lo que pase, ya no estoy sola enraizada en la tormenta.

Se acercó un paso más, acortando la distancia entre los dos, y me miró fijamente a los ojos.

—Perderlo en esa nave se sintió como si me arrancaran el corazón, James. Sentí que todo lo bonito que habíamos planeado se rompía ahí dentro. Volver a tenerlo en mi cuello... es la prueba real de que ganamos, de que estamos a salvo. Gracias por recuperarlo. Por recuperarme a mí.

—Siempre voy a estar aquí —contesté sin dudar.

Nos desvestimos despacio, dejando la ropa de calle y todo el rastro del hospital en una silla, y nos pusimos cómodos con los pijamas limpios.

Me deslicé bajo las sábanas y, con una delicadeza extrema para no rozar su abdomen, me acurruqué al lado de mi mujer después de lo que me pareció una eternidad de camas de metal y sillones incómodos.

Sentir su calor, su olor mentolado y el tacto de su piel real fue el mejor analgésico para mi mente.

—Te he echado muchísimo de menos, nena —le dije, hundiéndome en el hueco de su cuello.

—Y yo a ti, James —respondió ella, entrelazando sus dedos con los míos sobre las sábanas—. Soy muy feliz. Muy feliz, de verdad. Y todo es gracias a ti.

—Yo no he hecho nada, Mía... —murmuré, dándole un beso corto en el hombro—. Solo quereros.

—Lo has hecho todo... —me corrigió, y sentí cómo su voz se volvía más profunda, más sincera que nunca—.

Apareciste en mi vida cuando todo era miedo e inseguridad transformada en armadura, me has dado lo que nunca tuve en mi infancia ni en mi juventud: amor del bueno y protección real.

Me has dado a nuestra hija y... me has liberado de mi pasado para siempre.

Definitivamente, James, tú eres todo lo que siempre necesité. Lo que siempre soñé.

No supe qué responder. Se me hizo un nudo en la garganta, así que me limité a abrazarla un poco más fuerte, cerrando los ojos en mitad de la penumbra de nuestro cuarto. Teníamos una vida entera por delante, una niña preciosa que cuidar y un futuro limpio que escribir juntos. Habíamos ganado.