CAPÍTULO 33 MÍA #3
—Este es el dossier con los datos de la exesposa de Diego —explicó James, volviendo a sentarse enfrente de mí—.
Los tenía guardados en el bufete y esta tarde le pedí a mi padre que los trajera.
Te conozco demasiado bien, Mía, y sabía perfectamente que de hoy no pasaba sin que preguntaras por absolutamente todo.
—Has venido preparado, por lo que veo —le dije, dedicándole una mirada de reojo en un tono distendido para aliviar el ambiente.
—Tú me has enseñado que contigo siempre debo estar alerta —me sonrió, guiñándome un ojo.
Apreté la carpeta de cartón entre mis dedos, sintiendo que me temblaban un poco. Suspiré hondo, reuniendo el valor que me quedaba, y la abrí. Lo primero que saltó a la vista fueron los datos filiativos de la exesposa de mi padre. María Luisa Garrido del Olmo.
Empecé a devorar las líneas de información del informe y cada párrafo me confirmó lo que mi padre siempre me había echado en cara con desprecio durante mi infancia: que su exmujer pertenecía a una clase social inalcanzable para él.
La familia Del Olmo era reconocida a nivel nacional por ser una de las fortunas más adineradas del país, dueños de un imperio dedicado a la producción y exportación del mejor aceite de oliva virgen extra, con su sede principal ubicada en Jaén.
Tras leer toda su información personal, pasé la página con avidez. Lo que encontré me congeló la sangre. Pegada en el centro de la hoja había una fotografía de ella. Una mujer elegante, de facciones finas y mirada serena.
No puede ser. Se me cortó la respiración. Yo había visto a esta mujer antes. Estaba completamente segura.
Levanté mi mirada hacia James de golpe. Él no dijo nada, solo me sostuvo la mirada con una fijeza absoluta; supo de inmediato que mi mente estaba divagando a mil por hora por mis recuerdos, ordenando archivos, buscando en qué lugar, en qué momento exacto de mi vida me había cruzado con el rostro de esa mujer.
Aparté los ojos de James y dirigí mi mirada hacia la persona que se encontraba de pie justo detrás de él en ese momento.
Miré sus ojos. Miré la estructura de su mandíbula.
Luego volví a mirar la foto de la carpeta.
Algo en mi mente hizo un clic violento y definitivo.
Abrí los ojos de par en par, sintiendo un escalofrío de pura incredulidad recorrerme el cuerpo de arriba abajo.
Él, al notar el impacto de mi descubrimiento, me sostuvo la mirada y asintió lentamente con la cabeza, confirmando mis sospechas más salvajes sin necesidad de emitir un sonido.
—Dime que no estoy equivocada... —imploré en un susurro, con la voz a punto de quebrarse mientras el dossier vibraba entre mis manos. No quería estar equivocada.
Él dio un paso al frente, esquivando el puf de James, y se colocó a los pies del sofá con los ojos empañados por la emoción.
—No estás equivocada, Mía. Esa mujer es mi madre —me confirmó Joselu, con una sonrisa rota pero llena de una ternura infinita—. Somos hermanos.
Sentí que las rodillas me flaqueaban. Durante toda mi vida, la palabra “familia” había sido sinónimo de abandono, de golpes, de un despacho oscuro donde un hombre implacable dictaba sentencias y destruía infancias.
Pero mientras procesaba el shock, una cascada de recuerdos compartidos me golpeó la mente con la fuerza de un rayo.
Joselu había estado ahí desde hacía tiempo.
Recordé las llamadas a deshoras, su empeño desmedido en involucrarse en mis problemas, la forma en que se jugaba el tipo por mí una y otra vez sin que nadie se lo pidiera.
Siempre había existido una debilidad inexplicable entre nosotros.
Él se desvivía por protegerme a toda costa, guiado por una fuerza ciega que ni él mismo lograba comprender en su día a día como policía.
Y yo... yo siempre lo había mirado con una confianza ciega, admitiendo para mis adentros que lo sentía como un hermano protector.
Ahora, de la forma más inesperada y brutal, el destino nos daba la respuesta. No eran imaginaciones nuestras. No era solo una buena amistad. Era la sangre llamando a la sangre. Él nunca supo que tenía una hermana, pero su instinto ya lo sabía.
Un sollozo sordo, que nació desde lo más profundo de mi pecho, rompió el silencio del salón.
Me llevé una mano a la boca, intentando contener la riada de emociones que amenazaba con ahogarme, pero fue inútil.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas, calientes, rápidas, liberando años de una soledad blindada que por fin se resquebrajaba por completo.
Joselu dio un paso adelante, vi cómo a él también se le humedecían los ojos y, sin pedir permiso, nos fundimos en un abrazo.
Sentí la firmeza de sus brazos y, por primera vez en mi existencia, no sentí miedo de compartir mi sangre con alguien.
Me aferré a su chaqueta con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro mientras lloraba todo lo que no me había permitido llorar en la nave.
Lloraba por el pasado, pero también por el hermoso milagro de saber que el hombre que siempre me había cuidado por inercia, ahora lo hacía con todo el derecho del mundo.