Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 33 MÍA #2
93%

CAPÍTULO 33 MÍA #2

—Sí, Mía. Hay diligencias previas abiertas en el juzgado de instrucción.

Pero escúchame bien: no te preocupes. James va a salir absuelto de esto.

Actuó en legítima defensa propia y de terceros.

Todos los testigos, incluidos Joselu y sus compañeros, han declarado exactamente lo mismo: Diego disparó primero, os hirió, e iba a volver a dispararos si James no se hubiera adelantado para aplacarlo.

Además... yo guardé la carta de amenazas que Diego te envió desde la cárcel.

La guardé y ya está aportada a la causa como prueba de su peligrosidad y de tu situación de riesgo.

He hablado directamente con el Fiscal Jefe y opina igual que nosotros; no va a acusar. Va a pedir el sobreseimiento libre.

Mis manos empezaron a temblar. El alivio no llegaba porque mi cerebro seguía encontrando lagunas en el caso, grietas por donde el sistema podría destruir a mi marido.

—Pero... ¿y si se presenta la acusación particular?

—empecé a decir, la voz me subía de tono a cada frase—.

El Ministerio Fiscal puede pedir el archivo, sí, pero si algún familiar se persona...

Su exesposa, o... o ese hermano que Diego me dijo que tengo.

¡Dios! Si ellos entran en el proceso, pueden forzar el juicio oral.

Empecé a dar vueltas por el salón, completamente fuera de mí, ignorando el dolor del vientre.

A mi alrededor, los murmullos de Cami, Adri y mi suegra se alzaban pidiéndome que me relajara, que no me hiciera daño, que me sentara.

Pero, ¿cómo me iba a calmar? El hombre que me había salvado la vida se enfrentaba a la ruina por mi culpa.

—Cálmate, Mía —me cortó mi suegro con una firmeza absoluta—. No habrá acusación particular.

Me paré en seco en mitad de la alfombra, girándome hacia él con los ojos desorbitados.

—¿Cómo lo sabes? No podemos saberlo, Manuel. No sabemos quiénes son, qué intenciones tienen...

—Lo sabemos todo, nena —intervino James por fin, dando un paso hacia mí. Su voz era el pilar de calma que siempre lograba sostenerme.

—¿Qué quieres decir con que lo sabemos todo? —pregunté, sintiendo que me faltaba el aire—. ¿Qué sabes?

—He localizado a la exesposa de Diego —continuó James—. Y también... a tu hermano.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? —Las preguntas me salieron a trompicones, atropellándose en mi boca.

James se acercó rápidamente, me rodeó con sus brazos y me agarró de las manos con suavidad pero con firmeza, deteniendo mi temblor.

—Siéntate, Mía —me pidió, guiándome con cuidado hacia el sofá—. Por favor, siéntate y escúchame. Te lo vamos a contar todo.

Me dejé caer en el sofá, guiada por las manos de James, porque las piernas ya no me sostenían. No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. No solo era real que tenía un hermano, sino que James se había sumergido en ese fango por su cuenta para encontrarlo.

—Tras salir de tu primera reunión con Diego en la cárcel, lo tuve claro, Mía —empezó a explicar James, arrodillándose frente a mí para quedar a mi altura—.

Debía averiguar si lo que te había dicho era cierto o no.

Necesitaba saber si tenías un hermano de verdad o si solo era otra de sus torturas psicológicas para desestabilizarte.

No quise contarte nada porque el médico había sido muy claro: no podías tener ningún tipo de estrés durante el embarazo.

Así que decidí que lo averiguaría por mi cuenta y saldría de dudas, para bien o para mal.

Contraté a un detective privado y consiguió los datos de la exesposa de Diego; después, le pasé esa información a un compañero de Joselu en la policía.

Joselu recibió el informe final y me reuní con él. Sabemos quién es tu hermano.

Escuchaba sus palabras y sentía que el mundo giraba a una velocidad vertiginosa.

Estaba en un estado de shock absoluto. Mi mente, siempre tan ágil para procesar pruebas y testimonios, se quedó completamente en blanco, colapsada ante la magnitud de lo que estaba descubriendo.

Sentía una mezcla de vértigo, incredulidad y un calor repentino en el pecho que me dificultaba hasta respirar.

—¿Has hecho todo esto por mí? —conseguí articular, con la voz rota—. A pesar de estar lidiando con todo lo que tenías encima... en el despacho, en casa conmigo, con el juicio de mi padre...

—Te he dicho mil veces que haría cualquier cosa por ti, nena —respondió él, apretando mis manos con suavidad.

Me le quedé mirando, incapaz de hablar, mientras todas las piezas de los últimos meses encajaban en mi cabeza como un puzle perfecto y sobrecogedor.

En ese instante lo vi con una claridad meridiana.

Mientras yo me quejaba por mi reposo, mientras me arrastraba por la casa lidiando con la anemia y el miedo, James había estado sosteniendo nuestro universo entero sobre sus hombros.

Había evitado a toda costa que a mí me salpicara una sola gota de estrés del trabajo; dirigió el despacho, organizó y abrió con éxito la nueva sede de Málaga, y aun así jamás faltó a una sola de mis rutinas.

Controlaba mi medicación al milímetro, me preparaba la comida, nos cuidaba a Cloe y a mí sin poner jamás una mala cara, siempre con una sonrisa templada, siempre pendiente de que no me faltara nada.

Y mientras hacía todo eso, en las sombras, había estado coordinando la estrategia legal contra Diego, aguantando sus provocaciones, soportando la presión de un juicio penal inminente...

y contratando detectives para desenterrar un árbol genealógico maldito que yo ni siquiera sabía si existía. Lo había averiguado todo solo.

Dios, qué hombre. Qué jodido milagro de hombre tengo al lado.

Si alguna vez dudé de la existencia de los ángeles guardianes, tener a James Bernard frente a mí me demostraba que estaba equivocada.

Lo idolatré en ese segundo con una intensidad que me dolió en el pecho.

Qué suerte la mía. Qué fortuna haber tropezado con el único ser humano en la Tierra capaz de cruzar el mismísimo infierno, matar a los demonios y volver con las manos limpias solo para asegurarse de que yo pudiera dormir tranquila.

Y pensar que, en algún momento, lo odié.

“Mentira”, me gritó mi subconsciente, “caíste rendida a sus malos modos y altivez desde el primer momento”.

Le di la razón porque, para qué engañarnos, siempre la tiene.

—¿Desde cuándo sabes todo esto? —le pregunté, logrando por fin recuperar un poco el hilo de la voz.

—Averigüé lo de tu hermano una semana antes del juicio —admitió James, mirándome con honestidad—.

Decidí que no era el momento de contarte nada.

El ginecólogo nos había advertido de que tu tensión estaba en el límite y que cualquier sobresalto podría adelantar el parto de forma peligrosa.

Así que decidí esperar a que Cloe estuviera sana y con nosotros antes de abrir esa puerta.

Apreté sus manos con fuerza, tragándome el nudo de la emoción.

—Hiciste bien —le confirmé, asintiendo con la cabeza—. Gracias, mi amor. Por todo.

El silencio en el salón volvió a volverse absoluto, denso como el plomo. Todos se miraban los unos a los otros, procesando la bomba que James acababa de soltar, hasta que mi cuñado no pudo aguantarse más.

—A ver, por el amor de Dios, ¿puedes decir ya quién es su hermano?

—estalló Liam, echando las manos al cielo con su habitual desesperación dramática—.

¿O nos quieres volver a todos locos de remate?

Exijo saber quién es mi concuñado oficial.

Como sea un asesino en serie o un mimo, juro que pido la prueba de ADN.

Las risas ahogadas de Cami y Adri rompieron un poco la tensión, acompañadas por las mismas miradas de intriga del resto de los presentes, que se inclinaban hacia delante en sus asientos.

—Sí, James —insistí, con el corazón latiéndome en la garganta—, dímelo, por favor.

—Averígualo tú misma —respondió él con una sonrisa enigmática dirigida a mi suegro.

Entonces mi suegro se levantó del sillón, caminó hacia la entrada y cogió una carpeta que tenía oculta en una silla debajo de su chaqueta. Se acercó a mí con paso firme y me la entregó en las manos.