Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 33 MÍA
92%

CAPÍTULO 33 MÍA

Como mi propio cuerpo ya intuía, me dieron el alta esa misma tarde.

Me encontraba fenomenal, con una energía que ni los propios médicos lograban explicar, por lo que no había ningún motivo real para seguir ocupando aquella habitación de hospital.

Las indicaciones del doctor antes de firmar los papeles fueron bastante sencillas: nada de hacer grandes esfuerzos, reposo relativo y que volviéramos a revisión en dos semanas, tanto Cloe como yo, para comprobar que mi hija, a pesar de nacer un poco antes de lo previsto, seguía bien, y para comprobar que mis cicatrices seguían cerrándose.

Cuando por fin cruzamos el umbral de nuestra casa, confirmamos que nuestras sospechas se quedaban cortas.

Allí estaban todos. Absolutamente todos: Cami, Adri, Liam, Eric, Enzo, Gloria, Manuel y Joselu.

Y, efectivamente, tal y como James había vaticinado entre quejas, habían inundado por completo el salón con globos de colores y ramos de flores frescas que llenaban el ambiente de un olor limpio, a hogar.

Vi de reojo cómo Joselu y James se miraron y sonrieron con una complicidad absoluta; mi marido ya había asumido su derrota.

Mis amigas eran así de exageradas, intensas y maravillosas, y yo las adoraba precisamente por eso.

Tras una oleada interminable de abrazos apretados, besos, achuchones llenos de cuidado y un sinfín de mimos dirigidos tanto a Cloe como a mí, por fin nos acomodamos en el salón.

La mesa del centro estaba llena de bandejas concomida para picotear, que por fin ya podía comer, y las conversaciones empezaron a fluir con una naturalidad que me devolvió la paz.

Mi pequeña descansaba plácidamente en su minicuna, justo al lado del sofá y frente al gran ventanal que daba al jardín, en una esquina resguardada donde la luz directa de los focos del salón no pudiera molestar sus ojitos.

Mirarla allí, a salvo, en nuestro propio espacio, me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo.

El ambiente era idílico, lleno de risas y anécdotas, hasta que Adriana rompió el hielo de la superficie al volverse hacia nuestro amigo policía.

—Oye, Joselu, ¿y cómo te encuentras tú? —le preguntó, con un tono de sincera preocupación.

Joselu se acomodó en su sitio y empezó a detallarles a todos su diagnóstico: cómo había sido la operación, los puntos de la herida, el susto del bazo y las semanas de recuperación que aún le quedaban por delante para poder reincorporarse al servicio activo.

Escuché cada una de sus palabras atenta, analizando los rostros de los demás.

Todos asentían, relajados por verle bien, pero yo vi la grieta perfecta en el muro de silencio que habían construido a mi alrededor.

Era el momento. Se había terminado la protección, las medias verdades y el fingir que todo el horror se había esfumado mágicamente en el hospital.

Dejé el vaso de agua sobre la mesa, respiré hondo para ganar firmeza y clavé la mirada directamente en James, extendiendo después la vista hacia Joselu y mi suegro. El tono de mi voz, aunque suave, no admitió réplica:

—Creo que ya va siendo hora de que me contéis qué pasó ese día.

Todos enmudecieron al instante. El silencio, denso y repentino, rebotó contra las paredes del salón, destrozando la atmósfera festiva que habían creado con los globos y las flores.

Todas las miradas de la habitación, de forma casi magnética, se dirigieron hacia James.

Él se encontraba frente a mí, sentado en un sillón bajo, estilo puf, y al cruzarse con mis ojos vi perfectamente que no quería que llegara este momento.

Quería protegerme, quería dilatar la verdad, pero yo ya estaba de pie moralmente.

—Necesito saberlo todo —continué, manteniendo mi mirada clavada en él, firme, implacable.

James no sostuvo el pulso. Desvió la mirada hacia Joselu, buscando un apoyo, un ancla en la cruda realidad de los hechos.

Joselu intervino entonces con su voz profesional de policía, intentando suavizar el golpe.

Contó cómo James estaba esperando a Diego para entrar en el juicio, cómo Diego no apareció, y el momento exacto en el que se enteró de que le habían concedido la libertad provisional.

Al escuchar eso, me tensioné por completo en el sofá; recordé el mareo, el olor a cerrado, cómo me drogó en el coche...

allí era donde estaba mi padre mientras ellos lo esperaban en los juzgados.

—James me llamó —siguió relatando Joselu, mirándome con seriedad—. Mi compañero y yo acudimos con él. Gracias a ti y a tu perspicacia constante, por haber dejado puesto tu localizador en el teléfono, supimos dónde estabas y acudimos directos a la nave. Lo que pasó después ya lo sabes.

—Le compartí mi ubicación el día que recibí la nota amenazante. Y, lo que sé —respondí, sintiendo un escalofrío— es que mi padre disparó y tú te interpusiste entre esa bala y nosotras. No recuerdo nada más. Sólo oí un segundo disparo antes de desplomarme inconsciente.

El silencio en el salón volvió a hacerse absoluto. Mis amigos, mis suegros, mi cuñado... todos se miraban entre sí sin soltar una sola palabra, conteniendo el aliento. Volví mi mirada hacia el puf, clavando mis ojos de nuevo en mi marido.

—¿Qué pasó después, James? ¿Diego disparó a alguien más?

James negó con la cabeza lentamente, con los ojos fijos en sus propias manos.

—Diego fue quien recibió el disparo.

Una rabia antigua, una furia sorda que llevaba años cociéndose en mis entrañas, afloró de golpe.

—¿Estaba en mi mismo hospital? —pregunté, con una frialdad que asustó a los presentes—. Porque si lo hubiera sabido, te juro por Dios que hubiera ido a buscarlo a su planta y lo hubiera matado con mis propias manos.

—Ya me encargué yo de eso —soltó James en un susurro grave.

—¿Qué quieres decir? —me incliné hacia delante, apoyando las manos en mis rodillas, sintiendo que la verdad estaba a punto de romper la presa—. ¿Qué ha pasado, James? Por favor, ¡habla!

James levantó la cabeza. Sus ojos azules, habitualmente cálidos, estaban empañados por el peso de un recuerdo oscuro, pero su voz no tembló.

—Yo fui quien realizó el segundo disparo, Mía. Yo fui quien disparó a Diego Beltrán. Y no fallé. Tu padre está muerto.

Me levanté del sofá como un resorte, ignorando por completo el pinchazo doloroso de los puntos de la cesárea.

James imitó mi movimiento al instante, alarmado por mi reacción física, y se puso en pie frente a mí.

Me quedé mirándolo fijamente, en mitad del salón, mientras el mundo exterior parecía desvanecerse.

Muerto . La palabra resonó en mi cabeza como un eco liberador y terrorífico a la vez.

En ese segundo de quietud, un torbellino de emociones me arrasó por dentro.

Miré al hombre que tenía delante. James, el abogado brillante, mi marido, el padre de mi hija...

había empuñado un arma de fuego. No tuvo miedo.

No dudó en mancharse las manos, en saltarse todas las reglas que regían su vida y en disparar contra un monstruo con tal de protegernos a Cloe y a mí.

Tuvo la fuerza resolutiva que yo, durante años de maltrato y miedo, intenté sacar de mis entrañas sin éxito.

Él lo había terminado. Había destruido al demonio de mi pasado para darme un futuro.

Rodeé la mesa de centro con pasos rápidos y me arrojé contra él.

Lo abracé. Lo abracé con una fuerza tan descomunal que hasta me dolió todo el cuerpo, la cicatriz, los músculos, todo; pero no me importó.

Necesitaba fundirme con él. James me aprisionó contra su pecho con una desesperación idéntica, rodeándome con sus brazos y hundiendo su cuello en mi pelo, respirándome como si necesitara convencerse de que yo seguía allí.

—Gracias —le susurré al oído, con la voz quebrada por las lágrimas que por fin caían libres.

No debe ser fácil disparar a alguien. No debe ser fácil vivir con la imagen de haberle quitado la vida a un ser humano, por muy despojo social que fuera; sé el precio psicológico que eso tiene.

A pesar de mi comentario anterior sobre ir a buscarlo a la cama del hospital...

sé que la realidad es muy distinta. No sé si yo, en frío, habría sido capaz de apretar el gatillo.

Pero una cosa tenía clara mientras me aferraba al cuerpo tembloroso de mi marido: si yo hubiera estado en su lugar, si hubiera entrado en esa nave y hubiera visto a James y a mi hija tirados en el suelo de cemento, desangrándose, con un arma apuntándoles a la cabeza...

hubiera hecho exactamente lo mismo. Habría disparado.

Los habría salvado. El monstruo ya no existía y, por primera vez en mi vida, éramos completamente libres.

La calidez del abrazo se evaporó en un segundo, sustituida por un frío glacial que me recorrió la columna. Mi mente de abogada, esa máquina jurídica que nunca se apaga del todo, se activó a mil por hora, conectando cables a una velocidad cortante.

Dios mío. James ha matado a una persona.

Da igual que fuera un monstruo. Da igual que fuera mi padre.

A ojos de la ley, la muerte de Diego Beltrán era un homicidio.

Se abriría un procedimiento penal, habría una instrucción, imputaciones...

Podría ir a la cárcel. No, no, no puede ser.

Legítima defensa, eximente completa, o al menos una pena menor...

Los artículos del Código Penal empezaron a pasar ante mis ojos como ráfagas de fuego.

—James... —me aparté un milímetro, obligándolo a mirarme, sintiendo el pánico real arañándome la garganta—. ¿Te están investigando? ¿Hay un caso penal abierto contra ti?

El silencio regresó al salón, pero esta vez fue un silencio incómodo, de miradas esquivas. Nadie quería hablar, hasta que mi suegro dio un paso al frente y tomó la palabra con su aplomo habitual: