CAPÍTULO 32 JAMES
Los días pasaron y, con cada amanecer, el milagro se hacía más evidente: Mía cada vez estaba mejor.
El arsenal de tecnología médica que antes me aterraba fue desapareciendo pieza por pieza; le habían quitado todos los cables de su cuerpo, el respirador ya era un mal recuerdo y ahora solo dependía de unos antiinflamatorios.
Su rostro, poco a poco, volvía a recuperar ese rosado precioso que tanto me fascinaba.
Sus ojos dejaron de estar hinchados, devolviéndome la limpieza de su mirada.
Además, tras un lavado y acicalado minucioso que Cami le hizo directamente en la cama, su pelo volvió a ser el que era: esa melena rubia e indomable.
Por supuesto, no tardaron en regresar su icónico moño desaliñado y esos mechones sueltos cayéndole por la cara que tanto la caracterizaban.
Verla recuperar su aspecto era como ver salir el sol tras un eclipse eterno.
No había un solo día en el que la habitación no pareciera una pequeña fiesta de resistencia.
Recibíamos visitas a todas horas. Nuestro grupo de amigos y Joselu venían todos los días sin falta a revolucionar el cuarto, e incluso varios compañeros del bufete se acercaron por la tarde a traerle flores y a ver cómo seguía.
Todos la querían muchísimo, con una devoción auténtica, y creo que Mía no fue plenamente consciente de la cantidad de gente que la respaldaba hasta ese momento.
Solía mirar a las visitas con una timidez extraña, conmovida por el despliegue de afecto.
Pero para mí tenía todo el sentido del mundo.
Es jodidamente fácil quererla. Porque a pesar de la coraza implacable que ha llevado siempre encima, a pesar de sus silencios y de los muros que levantó para protegerse del pasado, Mía siempre se ha entregado a los demás.
Siempre ha cuidado de su gente sin esperar absolutamente nada a cambio.
Y ahora, el karma, el de verdad, se lo estaba devolviendo en forma de amor incondicional.
Mía estaba volviendo a ser Mía. Su ironía fina regresaba en cada conversación, su risa ya no le desgarraba el abdomen al sonar y la forma en que miraba a Cloe... Dios, la forma en que la miraba mientras la sostenía con sus propias manos y le daba el biberón, era pura poesía.
Sin embargo, debajo de toda esa felicidad flotando en la habitación, yo sentía un tic-tac constante en la cabeza.
Cada día que pasaba era un día más cerca de recibir el alta, un día más cerca de salir de allí y, por consiguiente, de tener que sentarnos a hablar y enfrentarnos a todo lo ocurrido de una vez por todas.
Sabía que no tardaría en pedirme explicaciones sobre todo lo que había pasado ese día. Era algo inevitable. El hospital había sido nuestro refugio, una burbuja donde solo importaba sobrevivir, pero la realidad nos esperaba fuera de esas cuatro paredes.
Verla ponerse en pie y cruzar la habitación por sí misma, justo una semana después de haber despertado de aquel abismo, fue uno de los momentos más irreales de mi vida.
Hacía nada, la ayudaba a sostenerse para dar dos pasos agónicos hacia el baño o la empujaba en una maldita silla de ruedas.
Y ahora, ahí estaba ella. Mía se había adueñado por completo de ese cuarto de hospital.
Se movía con esa determinación suya que tanto me volvía loco, gobernando las tomas de Cloe y cambiándole los pañales sentada en el borde de la colchón.
Quería hacerlo todo, abarcarlo todo, como si intentara ganarle una carrera al tiempo que le habían robado.
No pude evitar acercarme a ella mientras batallaba con los corchetes del bodi de la niña.
—Mía, que estés bien no significa que nosotros no podamos ayudarte con Cloe —le dije en voz baja, intentando frenar un poco su ritmo.
—Lo sé, pero me he perdido mucho —respondió sin levantar la vista, y noté un deje de tristeza oculta tras su firmeza.
Me dolió escucharla pensar así. Le tomé la cara con suavidad, obligándola a mirarme a los ojos para que mis palabras le grabaran la verdad en el cerebro.
—No te has perdido nada, nena. Has ganado una vida con ella, conmigo, con todos.
Mía agachó la cabeza y guardó silencio un instante.
Sé que mis palabras calaron hondo en ese caparazón que a veces se autoimpone.
Entendió que no podía cargar con una culpa perpetua; al fin y al cabo, había plantado cara a la mismísima muerte para estar exactamente en este instante, lidiando con la intendencia más caótica de la maternidad.
—Tenéis razón —admitió, soltando un suspiro y mirándome con esa ironía tan suya—. La verdad es que me vendría bien una ayuda con este olor... Es radioactivo.
La habitación entera estalló en una carcajada limpia. Mis padres y mi hermano respiraron aliviados. El ambiente se sintió, por primera vez en muchos días, como el de una familia normal.
En mitad de las risas, la puerta se abrió y entró el doctor para su revisión diaria. Revisó sus constantes, examinó la evolución de la herida de la cesárea y terminó por mirarla con una mezcla de absoluto asombro y admiración profesional.
—Es increíble verte así, Mía. Creo que has sido la paciente más rápida en recuperarse de algo así en todo mi historial.
—Pues quiero batir el récord siendo la paciente que antes se va a casa —le soltó ella al instante, rápida como un rayo—. Quiero irme de aquí ya, doctor, por favor.
Sentí un vuelco en el estómago. El miedo me hizo saltar de inmediato.
—Mía... por favor —supliqué—. Date tiempo. No corras.
—Quiero volver a mi casa, James. A mi vida —me replicó, mirándome con esa firmeza indomable que me desarmaba—. No me voy a ir a hacer puenting, solo quiero relajarme en mi sofá.
El médico miró el duelo de miradas que manteníamos y sonrió con condescendencia, comprendiendo que ganarle una discusión a Mía Beltrán era una causa perdida.
—Te entiendo, Mía. Mira, vamos a hacer una cosa. Te voy a mandar unas pruebas completas para mañana a primera hora. Si los resultados salen bien, te podrás ir a casa.
Mía ni siquiera esperó a que el doctor se despidiera. Se giró hacia mí con una sonrisa de absoluta victoria, brillante y descarada.
—Ve preparando la casa, James. Mañana duermo en mi colchón de viscoelástica.
Todos volvimos a reír ante su arrolladora positividad.
Ella ya estaba mentalmente fuera de esas cuatro paredes blancas.
Y aunque yo sentía un nudo de desasosiego al pensar en dejar la seguridad del hospital, verla con esa energía me devolvió la vida.
Mi mujer estaba de vuelta al cien por cien.
La burbuja estaba a punto de estallar, y nuestra casa nos esperaba para empezar de nuevo.
Como el doctor había prometido, a primera hora de la mañana se llevaron a Mía para hacerle toda la batería de pruebas médicas.
La habitación se quedó extrañamente vacía sin ella, así que aproveché para hacer lo que mejor me sentaba en el mundo: acomodé a Cloe en su carro y salí a dar un largo paseo por los jardines de los alrededores del hospital.
Caminar bajo el sol, sintiendo el aire fresco y el movimiento del carro de mi hija, me ayudó a despejar la mente después de tantos días respirando el ambiente cerrado de las plantas médicas.
Tras un par de horas fuera, regresamos a la habitación. Al empujar la puerta, me encontré con que Mía ya estaba de vuelta, instalada de nuevo en la cama. Pero no estaba sola; mi padre y Joselu la acompañaban, metidos en una animada conversación.
—¡Hombre, Joselu! —le saludé, dándole un apretón de manos afectuoso.
Me giré hacia el resto del cuarto y eché en falta a alguien.
—¿Y mamá? —le pregunté a mi padre, extrañado de no verla al pie del cañón.
Mi padre soltó una risa floja y arqueó las cejas.
—¿Tú qué crees? Está arreglando vuestra casa para vuestra llegada.
—Pero si todavía no sabemos si los médicos le darán el alta hoy —dije llevándome una mano a la frente.
—Me la darán, James. Me la darán, ya lo verás —intervino Mía desde la cama, con esa seguridad aplastante que no le cabía en el pecho.
Joselu se echó a reír ante su tozudez. Mía se giró hacia él, ignorando por completo mis quejas racionales.
—¿Te unes a la fiesta de bienvenida en casa? —le preguntó con una sonrisa cómplice.
—¿Fiesta? —salté yo, cruzándome de brazos—. ¿Eso es lo que le has dicho a mi madre que haga? ¿Una fiesta?
—¿Yo? —Mía abrió mucho los ojos, fingiendo una inocencia que no se creía ni ella—. Yo solo le he dicho que fuera, que abriera las ventanas porque no sé cuándo fue la última vez que pisaste esa casa y que comprobara que todo lo de Cloe estuviera perfectamente preparado para su llegada.
—Sí… —confirmó mi padre, conteniendo una sonrisa—. Y de esas indicaciones tan sencillas se han enterado Cami y Adri que, casualmente, estaban al teléfono contigo. Por lo que no han dudado ni un segundo en ir a ayudarla...
—Vamos, que si salimos del hospital hoy, van a estar todos allí metidos —concluí, dándome por vencido ante el despliegue logístico de mi mujer.
—Yo me apunto desde luego, suena que va a estar bien —dijo Joselu, sonriendo de oreja a oreja—. James, ¿te imaginas la casa llena de globos?
Negué con la cabeza pero, por dentro, sentí una calidez inmensa. Sabía que Cami y Adri, en unión con mi madre, nos la iban a liar.