CAPÍTULO 31 MÍA
Ese día me desperté con una idea fija grabada a fuego en la cabeza. No quería aguantar ni un solo segundo más sin poder tocar a mi hija. No me importaba el dolor de los puntos, ni el cansancio que me arrastraba los músculos, ni la rigidez de mi propio cuerpo.
Incluso antes de que llegaran mis suegros y mucho antes de que James se despertara del pequeño sueño que estaba teniendo en el sillón —pobre, se había quedado frito después de la última toma de Cloe, una madrugada en la que lo acompañé en absoluto silencio, cruzando nuestras miradas en la penumbra—, yo ya estaba trabajando.
Empecé a realizar ejercicios con las manos, a estirar los dedos, a mover los pies y a hacer giros suaves pero repetitivos con la cabeza.
Me dolía hasta respirar, pero no me importaba.
Hoy era el día. Iba a estar todo lo fuerte que pudiera para sostener a mi hija conmigo.
A mitad de la tarde, como cada día, el doctor vino a revisarme. Cuando terminó el chequeo de rutina, me miró con una sonrisa de aprobación:
—Estás evolucionando favorablemente, Mía. Estoy muy contento con cómo responde tu cuerpo.
—Gracias —le dije. Tomé aire, reuniendo toda la firmeza que pude en mi voz rasposa, y le solté—: Quiero coger a mi hija ahora.
El médico soltó una pequeña risa, asintiendo.
—Bien, veo que no se te ha olvidado la promesa de ayer.
—Jamás —sentencié.
A un lado de la cama, James me miró con una mezcla de adoración y orgullo que me derritió por dentro.
El doctor llamó a un par de enfermeras y, entre ellas y James, comenzaron el proceso de incorporarme en la cama.
Sentir el tirón en el abdomen me hizo morder el labio para no quejarme, pero logré quedar sentada, aunque no del todo.
Me acomodaron cojines a los lados para darme estabilidad y me colocaron los brazos en la posición correcta.
Entonces, James se acercó a la cuna. Tomó a nuestra pequeña con un cuidado infinito y, despacio, la depositó en mi regazo.
En cuanto sus tres kilos descansaron sobre mis brazos, rompí a llorar. Fue la emoción más grande, pura y abrumadora que ha existido jamás en el planeta. Mis manos, que horas antes apenas se movían, se cerraron instintivamente alrededor de su cuerpecito para protegerla de todo el mal del mundo.
Hice un esfuerzo sobrehumano, ignorando el pinchazo en la nuca y la tensión en la espalda, para bajar la cabeza hasta su frente y darle un beso eterno. Aspiré con desesperación cada partícula de su ser.
—Su olor... —susurré, con las lágrimas empapándome la sonrisa.
—Me recuerda a ti —dijo James, inclinándose sobre nosotras y acariciándome el pelo—. A ese olor mentolado y limpio tuyo.
Sonreí, sin apartar los ojos de ella. Mi pequeña era una luchadora, una auténtica guerrera que había sobrevivido al peor de los infiernos antes de nacer, y era la criatura más preciosa que existía.
Lo siento, pero no admitía ningún tipo de dudas respecto a esto último; me daba exactamente igual que la gente diga que todos los recién nacidos son iguales, arrugados y feos. Para mí, Cloe era perfecta.
Estuve varios minutos contemplándola, grabándome en la memoria el diseño de sus pestañas y el tono rosado de sus mejillas, hasta que las enfermeras, que vigilaban mis constantes, notaron que mis brazos empezaban a temblar y a ceder por el cansancio.
—Es suficiente por hoy, Mía. No demos un paso atrás por forzar demasiado —me dijo una de ellas con suavidad.
Tenían razón. Dejé que me quitaran a mi hija para devolverla a su cuna, sintiendo de golpe un vacío helado en el pecho, pero no me di por vencida. Miré a la enfermera fijamente mientras me recostaban de nuevo.
—Mañana quiero darle el biberón yo misma.
La mujer se quedó sorprendida y luego negó con la cabeza, sonriendo de lado.
—Eres cabezona, ¿eh?
—No lo sabéis bien —intervino James, soltando una carcajada limpia que llenó la habitación de vida—. No va a parar hasta conseguirlo.
Levanté la mirada hacia el sillón del fondo. Mis suegros me observaban desde allí, en silencio, con los ojos empañados y una mirada llena de amor puro.
Al día siguiente, mis suegros llegaron temprano, rompiendo el silencio de la mañana con su calidez habitual.
Tras darme un caluroso beso, se acercaron de inmediato a la cuna para encargarse de Cloe, relevando a James, que apenas había dormido.
Durante la noche, lo había observado entre las sombras, moviéndose como un fantasma protector, obsesionado con comprobar que la niña respiraba bien en cada minuto de su descanso.
Verlo tan agotado y tan entregado me llenaba de amor, pero también abrió la espita de un veneno que llevaba días conteniendo.
Fue en ese momento, mientras mi suegra preparaba el biberón, cuando la frustración y la rabia me golpearon con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
Miré mis propios pechos y sentí un vacío desgarrador.
No iba a poder amamantar a mi hija. Todo el cóctel de fármacos de la UCI, la intubación y la sedación habían cortado en seco cualquier proceso natural.
Mi padre se había encargado de eso. No pudo matarnos en aquella nave industrial, pero sí consiguió arrancarme de cuajo el derecho a crear ese vínculo primario, íntimo y único con mi bebé.
Él me robó el primer regalo que quería darle a mi hija.
Sentir que una parte de mí seguía mutilada por su culpa, que había dictado cómo iba a ser mi maternidad, me hacía hervir la sangre de impotencia.
Tenía que conformarme con un trozo de plástico y leche de fórmula porque un monstruo decidió que mi castigo por nacer era el dolor.
Mientras mi cerebro repiqueteaba y rumiaba sobre esa injusticia, atrapada en un bucle oscuro, un murmullo me sacó de mis pensamientos. Me llamó la atención que mi suegro se acercara a James y le hablara en un tono de voz inusualmente bajo, casi un susurro clandestino:
—Te están esperando fuera.
James asintió con la cabeza de inmediato, sin mostrar sorpresa, como si estuviera esperando ese aviso. Se giró hacia mí, forzó una sonrisa rápida que no llegó a sus ojos y me dio un beso corto en la frente.
—Ahora vuelvo, nena —dijo.
Y se fue. No añadió nada más. No me dijo quién era, ni a dónde iba, ni qué asunto era tan urgente como para dejar la habitación.
Ese secretismo encendió todas mis alarmas.
Hasta ahora, nadie me había hablado de lo que ocurrió verdaderamente ese fatídico día.
El tema estaba completamente vetado en la habitación.
Lo único que habían soltado, era que Joselu estaba totalmente recuperado del disparo y que prometía pasarse por aquí en cuanto los médicos le dieran el alta definitiva.
Más allá de eso, el silencio era absoluto.
Era evidente que mi familia no quería sacarme el tema bajo ningún concepto.
Seguramente los médicos les habrían advertido con gravedad que no alteraran mis constantes, que mi cerebro necesitaba reposo y que revivir el trauma podría provocar un paso atrás en mi recuperación.
Se pensaban que era de cristal. Que si nombraban a Diego Beltrán me iba a romper.
Lo único que me contaron es que Joselu recibió la bala por mí.
Miré de reojo a mis suegros, que fingían estar muy concentrados con la ropa de la bebé, evitando cruzar su mirada con la mía.
Se equivocaban conmigo. Había sobrevivido a la muerte y no iba a quedarme de brazos cruzados viviendo en una realidad edulcorada.
No lo iba a dejar pasar por mucho tiempo.
Del próximo proceso contra Diego Beltrán me encargaría yo personalmente.
Ese hijo de puta no volvería a ver la luz del sol.
Cuando James regresó a la habitación, intentó actuar con normalidad, deslizando las manos en los bolsillos y dedicándome una de esas sonrisas de “aquí no ha pasado nada”. Pero ya me conocéis: yo no soy de las que se quedan calladas.
—¿A dónde has ido? —le solté a bocajarro, clavándole la mirada.
James se tensó. Vi perfectamente cómo sopesaba sus palabras en una fracción de segundo, buscando la forma de esquivar el golpe.
—He ido a ver a alguien —respondió, intentando sonar casual.
—¿A quién?
—Mía, no es el momento, por favor... No quiero mentirte —admitió, y en su voz se notó una súplica real—. Pero de verdad, no es nada grave. No es el momento.
Le miré fijamente tratando de bucear en la profundidad de ese mar azul que tiene por ojos para averiguar qué demonios me estaba ocultando. Busqué un brillo de culpa, de miedo, de lo que fuera, pero fue inútil; James sabía blindarse muy bien cuando se lo proponía.
Antes de que pudiera seguir presionándolo, un jaleo de voces y risas ahogadas rompió la tensión desde el pasillo. La puerta se abrió de golpe y Liam asomó la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja.
—Mirad a quién os traigo —anunció, haciéndose a un lado con un gesto teatral.
—¡Joselu! —grité, forzando mi garganta todo lo que mis posibilidades me permitían en ese momento.
—Hola, bombón —dijo él, con esa sonrisa suya.
Se acercó a la cama con cuidado de no tocar ninguna vía y me dio un abrazo largo, cálido y reconfortante. Sentir su calor me devolvió de golpe una sensación de seguridad que creía perdida.
—Oye, a mí no me recibes así de bien... —protestó Liam desde los pies de la cama, cruzándose de brazos con su habitual tono cómico de ofendido.
Me reí, sintiendo el tirón de los puntos en el vientre.
—Tú no has interceptado una bala por mí, Liam.
— Touché , cierto —admitió mi cuñado, ni corto ni perezoso.
Todos reímos en la habitación. El ambiente, por fin, se sentía ligero, casi limpio de toda la mierda que habíamos pasado.
—¿Cómo estás? —me preguntó Joselu, sentándose en el borde de la silla que James le había acercado.
—Mucho mejor. ¿Y tú?
—Totalmente recuperado —aseguró, poniéndose en pie un segundo para darse una vuelta sobre sí mismo como si fuera un modelo en una pasarela—. El bazo está en su sitio y el chaleco hizo el resto. Soy duro de pelar.
Le agarré la mano con todas las fuerzas que logré reunir en mis dedos. Lo miré a los ojos, despojándome de cualquier rastro de ironía.
—Gracias... Gracias por salvar nuestras vidas, Joselu. Te estaré en deuda siempre.
Joselu agachó la cabeza, cohibido, mirando nuestras manos entrecruzadas sobre la sábana. La dureza de su fachada policial se desmoronó un poco.
—No tienes que dármelas, Mía. Hubiera dado mi vida por vosotras una y mil veces.
—No tenías por qué hacerlo... —susurré, con un nudo en la garganta.
—Bueno —interrumpió él, aclarándose la voz para espantar la emoción y mirando hacia la cuna—, ¿puedo coger ya a esa linda bebé o tengo que rellenar un formulario oficial?
—Por supuesto —respondió James, tomándolo por el hombro con un afecto profundo.
Las horas siguientes fueron un sinfín de halagos, risas y mimos hacia mi pequeña Cloe.
Joselu la sostuvo como si fuera de cristal, mirándola con una fascinación que me llenó el pecho de una calidez nueva.
Estuvimos así, rodeados de la gente que nos quería, hasta que, a la hora de su biberón, mi niña tomó su leche con ganas y cayó rendida en un sueño profundo.
La paz había vuelto, sí, pero mientras miraba a James de reojo, supe que la tregua no duraría siempre. Seguía debiéndome una explicación.