CAPÍTULO 30 JAMES
El día siguiente llegó trayendo consigo la nueva rutina que ahora gobernaba mi vida: cambiar pañales con dedos torpes, medir con precisión milimétrica los mililitros del biberón y mecer a Cloe sintiendo su respiración rápida contra mi pecho hasta que, finalmente, logro dejarla dormida en su cuna.
A lo largo de la mañana, la habitación se convirtió en un refugio de rostros conocidos.
Primero nos visitaron Eric y Cami; tras su marcha, llegó Enzo a hacernos compañía y, después de almorzar, Adri apareció en cuanto salió de trabajar con merienda dulce para todos.
Verlos allí a todos, turnándose para darnos fuerzas, era el único cable a tierra que me impedía enloquecer.
Aproveché la llegada de mis amigos para ir a ver a Joselu. Ya lo habían subido a planta y me alegré muchísimo de verlo tan bien. Tenía una vía puesta en el brazo, el monitor marcando unas constantes impecables y, aunque se le notaba el cansancio en los ojos, mantenía una sonrisa de medio lado.
—Hola —atiné a decir, acercándome un par de pasos a la cama—. ¿Cómo sigues?
—Muy bien. Por lo visto tengo la cabeza dura y el bazo de acero. Al final solo ha sido un desgarro limpio, un par de puntos por aquí, un drenaje por allá... y listo. El chaleco hizo su trabajo. Me salvó la vida, de verdad. Espero que en dos días máximos me den el alta.
Asentí en silencio.
—Me alegro mucho de que estés bien, de verdad —le dije—. Joselu, quiero darte las gracias nuevamente por lo que hiciste por Mía y por Cloe.
—No vuelvas a dármelas. Sabes que lo volvería hacer. Estoy deseando verlas. ¿Cómo están?
—Cloe perfectamente, ya le han dado el alta. En uno de sus paseos te la traeré para que la conozcas —le dije mientras el brillo en su mirada se intensificaba—. Y Mía, sigue luchando pero tengo la esperanza de que pronto esté de nuevo con nosotros.
—No lo dudes. Siempre ha sido muy terca.
Ambos reímos de pensar en el carácter de Mía.
A mitad de la tarde, la habitación se quedó más tranquila.
Mis padres y yo manteníamos una conversación en voz baja, casi en susurros, sobre los últimos detalles que nos había comunicado la policía respecto a la investigación en la nave.
En mitad de la charla, el llanto de Cloe rompió el murmullo de nuestras voces.
Levanté de inmediato la mano para mirar mi reloj: exacto, mi pequeña tenía hambre, le tocaba la toma. Me levanté del sillón dispuesto a ir en su busca, pero me quedé completamente paralizado en mitad del paso, con la mirada clavada en la cama.
Mi madre, al ver que me había quedado rígido como una estatua, se dirigió a mí:
—James, ¿vas a darle el biberón o quieres que se lo...?
La frase se le quedó congelada en los labios.
La habitación entera se enmudeció de golpe, sumiéndose en un vacío absoluto donde solo resonaban los llantos de Cloe.
Mi pobre hija lloraba con fuerza desde su cuna, sin comprender por qué nadie iba a cogerla para darle de comer.
No podíamos movernos. El aire se había detenido. Su madre había regresado.
Mía finalmente había abierto los ojos. Sin embargo, no fue el despertar limpio y perfecto de las películas, como ya nos avisaron los médicos; su mirada era fija, perdida y completamente vidriosa.
Sus pupilas flotaban en un estado de delirio, un limbo espeso causado por los potentes fármacos que todavía navegaban por su cerebro.
No me enfocó de inmediato, miraba hacia el techo como si intentara descifrar dónde terminaba la oscuridad y dónde empezaba la realidad.
Toqué el timbre de emergencia. Los médicos y enfermeros entraron rápidamente en la habitación.
La examinaron con presteza, comprobando sus reflejos y hablándole en tonos suaves pero firmes para traerla de vuelta a la superficie.
Mía tardó varios minutos interminables en parpadear con cierta normalidad, sacudiéndose las telarañas de la sedación.
De repente, en un movimiento lento que pareció costarle un mundo, Mía giró su cabeza hacia mí. Sus ojos chocaron con los míos y me reconoció. No hizo falta que hablara; una sola lágrima comenzó a resbalar por su mejilla, confirmándome que mi Mía, mi fiera, estaba de verdad allí dentro.
Buscando entender su entorno, empezó a mover los ojos de un lado a otro de la habitación.
Miró a los médicos, me volvió a mirar a mí, luego a mi padre y a mi madre.
Sus ojos se detuvieron y se quedaron completamente fijos en lo que mi madre sostenía entre sus brazos: mi madre había cogido a Cloe de la cuna para calmarla en su regazo mientras los médicos trabajaban.
Al reconocer a la bebé, el monitor cardíaco empezó a pitar con una rapidez frenética. Las pulsaciones se le dispararon en la pantalla, reflejando el vuelco que le había dado el corazón. El médico se inclinó levemente sobre ella, colocándose en su campo de visión para advertirla con suavidad:
—Mía, intenta relajarte. Estás aquí, estás a salvo. Has luchado como una auténtica gladiadora por estarlo. Dame un último esfuerzo y mantén la calma.
Mía desvió sus ojos lentamente hacia el médico. Lo miró con fijeza durante un segundo y asintió con la mirada, sin pronunciar palabra alguna debido al cansancio, pero sellando el pacto de que ya nada ni nadie volvería a separarnos.
Ver cómo asentía ante el médico fue el último destello de energía que le quedó. A partir de ese momento, fui testigo del doloroso y lento proceso por el que pasa alguien que acaba de despertar de un coma inducido. Mía estaba de vuelta, pero su cuerpo seguía siendo una prisión de máxima seguridad.
No hablaba. Sus cuerdas vocales, heridas por los días que había pasado intubada, no emitían ningún sonido.
Tampoco tenía fuerzas para intentarlo. Su proceso consistía en una lucha silenciosa y constante: la veía hacer muecas de frustración cuando intentaba mover un brazo y este apenas le respondía, veía el sudor frío en su frente por el simple esfuerzo de mantener los ojos abiertos y cómo tragaba saliva con una dificultad espantosa.
Estaba ahí, nos escuchaba y nos miraba, pero comunicarse con nosotros era una montaña demasiado alta que todavía no podía escalar.
Poco después, el agotamiento físico la venció y sus párpados comenzaron a pesarle.
Mía se quedó dormida de nuevo. Verla cerrar los ojos me produjo un vuelco en el estómago, una mezcla de alivio y un pánico irracional.
Una parte de mí, egoísta y muerta de miedo, quería que se quedaran siempre abiertos, fijos en mí, para asegurarme de que no se marcharía otra vez a esa oscuridad.
Quería seguir viendo el brillo de su mirada.
Sin embargo, mi mente racional comprendía que su cuerpo había soportado una carnicería y que aquel sueño ya no era el limbo de la sedación, sino el descanso real y necesario que su cerebro reclamaba para reconstruirse.
Mis padres salieron de la habitación con Cloe para darle un paseo.
Mi pequeña había recibido el alta y era bueno que le diera la luz del sol.
Me quedé un rato a solas con mi mujer. Me senté en el borde de la cama, le tomé la mano con delicadeza y, contemplando su rostro por fin en paz, comencé a hablarle en un susurro, necesitando llenar el vacío con el futuro que nos esperaba.
—Tienes que recuperarte pronto, nena —le dije, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—.
Estoy deseando que salgamos de este maldito hospital.
Imagínatelo: tú, Cloe y yo dando un paseo o en casa.
Quiero que estemos los tres tirados en el sofá, acurrucados bajo esa mantita que tanto te gusta, sin pensar en nada...
Solo nosotros, viendo una de esas películas que no te gustan y...
—La… película... la… elijo… yo...
El corazón me dio un vuelco tan violento que creí que se me salía del pecho. Me quedé petrificado, con el aliento contenido, dudando de mis propios oídos. Pero no lo había imaginado.
La voz de Mía había sonado increíblemente ronca, áspera como la arena y apenas superior a un soplido, pero con ese tono cortante, firme y cargado del sarcasmo que siempre la había definido.
Incluso medio sedada y con la garganta destrozada, mi abogada del infierno seguía queriendo tener el control.
Era el comentario más “Mía” que podría haber hecho. Ella seguía ahí, intacta.
Se me escapó una carcajada ahogada que se transformó de inmediato en un llanto de pura felicidad.
Me incliné sobre ella con cuidado, apoyando mi frente contra la suya, y empecé a llenarle el rostro de besos: en las mejillas, en los párpados, en la frente, saboreando las lágrimas que se nos mezclaban a los dos.
—Te lo prometo, mi amor —le dije con la voz rota, apretando su mano contra mi corazón—.
Te prometo que durante toda nuestra vida elegirás siempre tú la película que veamos.
Aunque sea la peor comedia romántica del mundo, me da igual.
Como si no me dejas volver a tocar el mando a distancia.
Pero no te vuelvas a ir, nena. Nunca más.
Poco a poco, con una tenacidad que me dejaba sin aliento, Mía fue recuperando la voz.
Hablar le costaba un mundo; cada palabra sonaba como si tuviera que arrastrarla desde el fondo de una garganta reseca y herida, pero se negaba a rendirse.
Lo que no decía con la boca, lo comunicaba con los ojos.
Desde su almohada, no dejaba de observar absolutamente todo lo que pasaba en la habitación.
Sus pupilas, ya nítidas y brillantes, seguían cada paso que dábamos Cloe y yo.
Nos vigilaba con un instinto protector feroz, como si necesitara asegurarse a cada segundo de que el monstruo no iba a volver a materializarse para arrebatarnos la paz.
Al día siguiente, su cuerpo empezó a responder a esa voluntad de hierro.
Por la mañana, logró mover los dedos uno a uno, venciendo la rigidez de la inactividad y, al final de la tarde, ya era capaz de mover la mano entera.
No paraba. Repetía una y otra vez los ejercicios de movilidad que le habían pautado los rehabilitadores, sin sobreesforzarse para no reabrir las heridas de la cesárea, pero con una constancia implacable.
Hizo exactamente lo mismo que durante el embarazo: seguir al pie de la letra cada indicación médica, cada consejo, cada pauta.
Puedo decir lo que sea de Mía, que es testaruda, orgullosa y que tiene un carácter del demonio, pero es una paciente ejemplar.
Cuando se propone algo, dobla la realidad a su antojo.
Sin embargo, fue durante la última visita del médico de planta cuando Mía me desarmó por completo. El doctor terminó de revisar sus constantes y de palpar su abdomen cuando ella, reuniendo las pocas fuerzas que tenía en los pulmones, lo miró fijamente.
—Doctor... —su voz sonó rasposa, pero firme—. ¿Cuándo... podré coger… a mi hija?
Esa pregunta me partió el corazón en mil pedazos.
Me dio un vuelco el pecho al darme cuenta de la dolorosa realidad: Mía era la persona por la que Cloe estaba hoy con nosotros en este mundo, la que había recibido los golpes, la que se había desangrado para mantenerla a salvo...
y todavía no había podido cargarla en sus brazos.
Se la habíamos acercado al pecho, sí, sintiendo su calor piel con piel, pero sus manos no habían tenido la fuerza necesaria para rodearla, para sostener ese milagro con sus propias fuerzas.
El doctor suavizó la expresión de inmediato, mirándola con una profunda empatía.
—Mañana intentaremos incorporarte un poco en la cama, Mía —le prometió, dándole una palmadita afectuosa en la pierna—. Y, con ayuda de James y de las enfermeras, te la pondremos en los brazos para que la sostengas tú misma.
Mía no dijo nada más, pero sonrió con los ojos completamente vidriosos, fijos en la cuna donde la pequeña dormía ajena a todo.
En cuanto el médico cruzó la puerta de la habitación y nos quedamos a solas, me acerqué a la cama.
El silencio que se instaló entre nosotros ya no era el siseo tenebroso de la UCI; era un silencio cálido, lleno de futuro.
Me incliné sobre ella, le tomé esa mano que ya respondía a mis caricias y le besé los nudillos con una devoción que me desbordaba.
No pude evitar decírselo, con el nudo de la emoción apretándome la garganta:
—Estoy muy orgulloso de ti, nena. Muy orgulloso.
Ella apretó mis dedos con la poca fuerza que tenía, devolviéndome una mirada que valía más que cualquier juicio ganado, confirmándome que la espera había valido la pena y que el mañana, por fin, volvería a pertenecernos.