CAPÍTULO 29 MÍA
Sigo atrapada aquí. En este lugar sin geografía ni tiempo, donde la oscuridad no es solo la ausencia de luz, sino un peso físico que me aplasta el pecho.
La frustración ha dejado de ser una emoción sutil para convertirse en una marea violenta que ruge dentro de mi cabeza.
Quiero gritar. Quiero arañar las paredes de esta jaula invisible, romper el cristal de este letargo y exigir respuestas.
Pero mi boca no se mueve, mis cuerdas vocales están muertas y mi voz solo rebota, sorda y deformada, contra las paredes de mi propio cráneo.
¿Qué pasó después de aquel último impacto? Mi memoria se corta ahí, en el charco de mi propia sangre, en el horror de sentir que me desangraba. No sé cómo terminó. No sé quién ganó.
Últimamente, el silencio absoluto ha empezado a agrietarse. A través de las fisuras de mi inconsciencia se filtran nuevos recuerdos, destellos tan extraños que no sé si son reales o el último invento de un cerebro que se niega a morir.
De pronto, una ráfaga de aire me trae un aroma dulce, un olor a leche, a piel limpia, a vida recién estrenada.
Sentí una calidez inmensa sobre mi pecho, una presión minúscula pero tan poderosa que pareció reactivar un cabo suelto en mis terminaciones nerviosas.
Juraría que intenté mover la mano. Juraría que quise proteger ese calor.
Escucho la voz de James, rota, susurrándome al oído una letanía de palabras que me aceleran el pulso. Habla de una niña rubia. Habla de una “glotona”. Incluso me llega el eco lejano de Liam protestando por algo.
¿Es real? ¿O es solo una simulación piadosa de mi mente para amortiguar el dolor de haberlo perdido todo?
El miedo a que todo sea una fantasía cruel me quema por dentro.
Si Cloe no sobrevivió, si James está llorando ante una cuna vacía…
la incertidumbre me está matando más rápido que los golpes de mi propio padre.
No quiero estar más aquí. Me niego. Este estado de indefensión me asquea; va en contra de todo lo que soy.
Siempre he sido la abogada indomable, la mujer que plantaba cara a los monstruos, la que controlaba su propio destino con las uñas y los dientes.
Verme reducida a esto me produce una rabia insoportable.
El destino estaba escrito, lo sé. Pero yo nunca he sido de las que aceptan el guion que otros escriben para mí.
Si mi padre pretendía borrarme del mapa, si el precio de nacer era este final gris, me niego a aceptarlo.
Repito: no quiero seguir así. Necesito saber qué hay al otro lado de esta negrura.
Quiero saber qué me depara el futuro. Necesito confirmar si ese olor a bebé es real, si los ojos azules de James volverán a brillar al mirarme.
Una fuerza primitiva, nacida del instinto de madre y del orgullo de superviviente, empieza a hervir en mi sangre.
Ya no es el sueño el que me arrastra hacia el fondo; ahora soy yo la que empieza a empujar hacia arriba, buscando la superficie, desesperada por romper el hechizo de esta perpetua anestesia.
Si mi destino está ahí fuera, voy a salir a buscarlo. Cueste lo que cueste.