CAPÍTULO 28 JAMES #3
Mía no responde a absolutamente nada. Se queda allí, inerte, tolerando el dolor físico sin un solo milímetro de reacción, como si ya no habitara su propio cuerpo.
En cada una de esas visitas, me fijo obsesivamente en las caras de los neurólogos.
No me hace falta que hablen; la frustración y la preocupación se leen perfectamente en sus gestos tensos, en la forma en que arquean las cejas y en cómo intercambian miradas dudosas antes de anotar en el historial.
Tras una de esas evaluaciones, la que marcó la barrera de las veinticuatro horas de espera, el neurólogo jefe se dio la vuelta hacia mí. Se quitó las gafas con un suspiro pesado y me miró con una gravedad que me obligó a aferrarme a la barandilla de la cama de Mía para no caerme.
—James, su cerebro ha sufrido un traumatismo y un shock severo. Hemos apagado los fármacos, pero ahora todo depende de ella. Su cerebro tiene que decidir cuándo está listo para volver a encenderse. Solo nos queda esperar.
El médico salió de la habitación con paso lento, dejándome a solas con mis padres, con Liam y con ese maldito siseo mecánico del respirador.
Me senté de nuevo a su lado, le acerqué la mano a los labios y se la besé, hundiéndome en la incertidumbre más oscura de mi vida.
Todo dependía de ella. De su carácter. De ese “carácter del infierno” que ahora mismo era lo único que podía traérmela de vuelta.
Al día siguiente, el sol volvió a salir, pero para mí la única luz que importaba seguía apagada en aquella cama de hospital.
Me negaba a dejar que el silencio se apoderara de nosotros, así que me senté a su lado, le cogí la mano con fuerza y empecé a hablarle, esperando que mis palabras cruzaran el muro de su inconsciencia.
Le hablé de lo único que sabía que la haría volver: nuestra hija.
—Nena, tienes que escucharme —le susurré al oído, con la voz temblorosa—.
Cloe está ganando su propia batalla. Es preciosa, Mía.
Si la vieras... tiene un tono rosado precioso y ese pelo rubio como tú.
Ya come sola. La enfermera dice que es una glotona porque ayer se tomó el biberón entero sin respirar; tiene un genio tremendo.
El médico me ha dicho que está evolucionando tan bien que pronto saldrá de la UCIN.
La van a traer aquí, a esta habitación, y la tendrás contigo.
Pero necesito que despiertes para recibirla, Mía. Te estamos esperando.
Nada más pronunciar esas palabras, como si el nombre de nuestra hija hubiera encendido un resorte en lo más profundo de su cerebro, el monitor cardíaco estalló en un pitido rítmico, agudo y ensordecedor.
Las líneas verdes de la pantalla empezaron a bailar con violencia.
Sus pulsaciones se dispararon de golpe: 110, 130, 150 latidos por minuto.
Me quedé petrificado al ver que Mía, por primera vez en días, se movía.
Pero no era un movimiento sutil. Su pecho se arqueó bruscamente y empezó a pelear con auténtica desesperación contra el respirador.
—¡Doctor! ¡Por favor, vengan! ¡Algo va mal! —grité hacia el pasillo, apretando el botón de emergencia con desesperación.
El equipo de intensivistas y enfermeros entró corriendo en el box como un torbellino, apartándome de la cama mientras revisaban las pantallas y sujetaban suavemente las manos de Mía.
Tras unos minutos que me parecieron eternos, en los que ajustaron los parámetros del respirador y le administraron un fármaco para calmar la sincronía con la máquina, el pitido del monitor empezó a estabilizarse. Mía se relajó de nuevo, aunque mantenía una respiración ruda y el rostro tenso.
El médico jefe se dio la vuelta hacia mí y me miró con una seriedad aplastante.
—James, respire. Lo que acaba de ver es una buena señal, significa que su cerebro empieza a reaccionar a los estímulos, pero necesito que comprenda algo muy importante.
El despertar de un coma inducido prolongado no es como en las películas.
Olvídese de esa imagen donde el paciente abre los ojos de golpe, sonríe y pronuncia una frase perfecta.
Se acercó a mí y me puso una mano en el hombro, obligándome a escuchar con atención.
—Este es un proceso lento, caótico y sumamente angustioso para el paciente.
Mía está despertando a medias. Su mente no entiende dónde está, siente un tubo enorme metido en la tráquea que le impide respirar a su ritmo y nota el dolor de la cirugía y de los golpes.
Está desorientada y asustada. Lo que ha tenido es un pico de agitación y una lucha contra la ventilación mecánica porque su cuerpo intenta defenderse.
—¿Pero va a estar bien? ¿Significa que ya va a despertar? —le pregunté, con las lágrimas a punto de volver a brotar.
—Está en camino, James. Pero las próximas horas van a ser duras.
Vamos a ir retirándole el respirador de forma intermitente para que sus pulmones trabajen, y cada vez que lo hagamos, puede volver a agitarse.
Necesito que mantenga la calma, que le hable con voz suave y le recuerde constantemente que está a salvo y que usted está aquí.
Su carácter la está empujando hacia fuera, pero ahora debemos guiarla despacio para que no colapse en el intento.
El resto del día transcurrió exactamente como el médico había advertido.
Fue un vaivén agotador de pequeñas agitaciones, con Mía intentando luchar contra la máquina.
Sin embargo, conforme avanzaban las horas y la noche daba paso a la mañana, noté que sus picos de agitación iban aminorando.
Su cuerpo empezaba a tolerar mejor el proceso.
“Venga, mi amor. Sigue así, lo estás haciendo muy bien”, le repetía continuamente, apretando su mano inerte.
Al día siguiente, la habitación se llenó de una luz completamente distinta: nos trajeron a Cloe. Al no necesitar ya el soporte de la UCIN, los médicos autorizaron que estuviera con nosotros en la planta.
Mi madre se deshizo en halagos en cuanto vio entrar la cunita.
Se le caían las lágrimas de la emoción mientras la tomaba en brazos por primera vez, le daba el biberón con una destreza que yo aún no tenía y le hablaba con esa voz mimosa que solo las abuelas tienen.
Pero la paz duró poco. Cloe decidió que era el momento perfecto para estrenar su sistema digestivo en planta con una ruidosa y monumental explosión en el pañal.
Miré a mi hermano, que observaba la escena con una mezcla de fascinación y horror.
—Venga, Liam —le pinché—. Ejerce tu papel de súper tío y estrena las manos.
Mi hermano dio un paso atrás de inmediato, levantando las manos como si le estuviera apuntando con un arma.
—A ver, James... aclaremos los términos del contrato —reclamó con total indignidad—.
Cuando dije que iba a ser un súper tío, yo me refería a consentirla, a comprarle juguetes caros y a malcriarla a espaldas de sus padres.
¡No a limpiar esto! Ese papel te toca a ti en todos los sentidos de la palabra, hermanito.
Mi padre soltó una carcajada limpia y mi madre acabó limpiando a la niña entre risas contenidas. Fue el primer momento de normalidad real que tuvimos en días.
Cuando Cloe estuvo perfectamente limpia, cambiada y envuelta en su arrullo, decidí que era el momento.
Con un cuidado extremo, la tomé en mis brazos y me acerqué a la cama de Mía.
Con mucha delicadeza, acomodé el cuerpecito diminuto de nuestra hija directamente sobre el pecho de su madre, asegurándome de que sintiera su calor, piel con piel.
—Mira a quién tienes aquí, nena —le susurré al oído a Mía, inclinándome sobre ella—. Cloe te está esperando. Ya está aquí contigo... Tiene un olor tan dulce, mi amor... Huele a vida pura.
Me quedé embobado describiéndole cómo la bebé se acurrucaba en su regazo, buscando su latido, cuando la voz de mi padre me sacó del trance de golpe.
—¡James, mira! —exclamó en un susurro ahogado, señalando la barandilla.
Desvié la mirada, que hasta ese momento estaba fija en la posición que mantenía a Cloe, y miré la mano derecha de Mía. Lo vi. Juro por Dios que lo vi. Ese dedo índice se movió ligeramente. Fue un espasmo mínimo, sutil, pero completamente voluntario. Estaba reaccionando a su hija.
—Eso es, nena... —murmuré, y la garganta se me cerró por completo.
Una oleada de lágrimas nuevas, esta vez nacidas de una esperanza feroz, comenzaron a salir de mis ojos.
Me resbalaban por las mejillas y la barbilla, y ni siquiera podía limpiármelas porque tenía las manos totalmente ocupadas en sostener a Cloe sobre el pecho de Mía, temiendo que un movimiento brusco la hiciera caer.
Sentí que el pecho me iba a estallar de la emoción.
Tras unos minutos más, cuando los monitores se estabilizaron y la pequeña Cloe empezó a quejarse levemente, la levanté con cuidado y la deposité de nuevo en su cuna.
El esfuerzo físico y mental de haber contenido toda esa presión me pasó factura de golpe.
Me dejé caer en el sillón que estaba a su lado, metí la cabeza entre mis manos y terminé de llorar en absoluto silencio.
Ya no era la rabia de la nave, ni el pánico del quirófano; era el desahogo de saber que mis dos guerreras se negaban a dejarme solo.
Mi padre se acercó despacio y me puso una mano cálida en la espalda, apretándola con fuerza.
—Es duro, James —me dijo con la voz grave y reconfortante—, pero lo estáis haciendo todos muy bien. No te rindas ahora, ya casi están de vuelta.