CAPÍTULO 28 JAMES #2
—Deberías ir a ducharte, hijo —sugirió mi padre con suavidad, rompiendo el silencio.
—No me voy a mover de aquí —respondí de inmediato, testarudo, con la mirada fija en Cloe.
—James, estás manchado de sangre —insistió mi padre, bajando la mirada hacia mi camisa—. Necesitas ducharte, cambiarte y luego te quedas aquí todo el tiempo que quieras. Por favor, hazlo por ti... y por ellas.
—Los chicos te llevarán a casa y te traerán de vuelta en un momento —añadió Liam—. Nosotros no nos moveremos de aquí; les haremos compañía a las dos mientras tanto.
Miré mi ropa y luego mis manos. Tenían razón. Tenía que quitarme la suciedad, el olor a pólvora y la sangre que me recordaba a cada segundo el horror que habíamos pasado en esa nave. No podía entrar a ver a mi hija ni sentarme junto a Mía llevando encima el rastro de su agresor.
—Tenéis razón —cedí, soltando un largo suspiro—. Pero volveré lo antes posible. No dudéis en llamarme si pasa el más mínimo contratiempo. Lo que sea.
—No te preocupes por nada, James. Ve —concluyó mi padre, dándome un último apretón en el hombro mientras yo me obligaba a apartar los ojos del cristal para dar el primer paso hacia la salida.
Como le prometí a mis padres, no tardé nada.
Eric me llevó en su coche a su casa, que estaba mucho más cerca del hospital que la nuestra.
Me metí bajo el agua caliente y me froté la piel con rabia, necesitando arrancar de mi cuerpo el olor a pólvora, la mugre de la nave y la sangre que me recordaba al monstruo de Diego Beltrán.
Me puse la ropa limpia que Eric me prestó y regresamos al hospital a toda velocidad.
Esas primeras cuarenta y ocho horas fueron un auténtico calvario, algo insufrible.
Mi vida se redujo a un péndulo de angustia: pasaba unas horas en el box de la UCI con Mía, hablándole al oído mientras el respirador siseaba, y luego bajaba corriendo a neonatología a mirar a Cloe a través del cristal.
Mi familia demostró de qué pasta está hecha.
No se movieron ni un solo segundo del hospital durante el día; se turnaban conmigo para entrar a ver a Mía porque se negaban en redondo a dejarla sola, y también porque necesitaban desesperadamente estar con ella.
Solo se marchaban a casa a altas horas de la noche para intentar dormir un poco.
Incluso Cami y Adri consiguieron entrar en alguna ocasión para velar el sueño de Mía mientras yo iba a la planta de neonatología.
Éramos un frente unido, pero la incertidumbre nos estaba desgastando.
Al cumplirse las cuarenta y ocho horas, el destino decidió darnos un respiro. Estaba en el pasillo de neonatología cuando la enfermera que cuidaba a mi hija salió a buscarme con una sonrisa cansada pero genuina.
—James, su hija ha respondido maravillosamente bien estas cuarenta y ocho horas. Le hemos quitado el soporte de oxígeno... ¿Quiere entrar a alimentar a su hija?
Casi me desmayo allí mismo. La noticia me golpeó con tal fuerza que tuve que apoyarme en el cristal. ¿Alimentarla? ¿Quitarle las máquinas? El alivio fue tan violento que me costó respirar.
Entré en la sala de incubadoras, que estaba sumida en esa penumbra suave. Me senté en una mecedora y, con un cuidado extremo, la enfermera colocó por primera vez a mi hija en mis brazos.
Al sentir su peso real, tan diminuto y a la vez tan inmenso, se me cortó la respiración. La miré desarmado, sintiendo cómo las lágrimas de pura emoción se me escapaban de los ojos y me resbalaban por las mejillas sin ningún tipo de control. Era mía. Era nuestra.
La enfermera me entregó el biberón con delicadeza, me ayudó a colocarlo en su pequeña boquita y se dirigió a la puerta.
—Para cualquier duda o si te pones nervioso, pulsa este botón —me dijo antes de dejarme a solas con ella.
Alimentar a mi hija fue la sensación más irreal y hermosa de mi existencia.
El tiempo empezó a pasar despacio, congelado en un pacto sagrado entre ella y yo.
Me quedé hipnotizado con cada absorción, con cada trago que daba con energía.
Verla succionar con esa determinación me llenó el pecho de un orgullo feroz.
Definitivamente era una guerrera, exactamente igual que su madre. Tenía su misma garra.
Tras beberse el biberón entero, la fuerza del esfuerzo la venció y se quedó profundamente dormida en mi regazo.
Me quedé contemplándola. Su pelo era una pelusa decididamente rubia que brillaba bajo la luz tenue.
La aterradora palidez grisácea del primer día había desaparecido; ahora tenía un tono rosado y saludable.
Ya no tenía tubos, ni parches, ni fluidos en su cara. Estaba limpia. Era una niña preciosa.
—No puedo dejarte más tiempo papi, el protocolo exige que vuelva a la incubadora —me susurró la enfermera al regresar, con un tono lleno de compasión.
Le entregué a mi hija a regañadientes, sintiendo el frío en mis brazos de inmediato.
—¿Puedo venir a darle el biberón otra vez? —le pregunté, suplicante.
—Por supuesto. Ven en unas dos horas, para su toma correspondiente.
Pasé esas dos horas al lado de Mía. Le tomé la mano, me incliné sobre su almohada y le conté todo. Le hablé de lo preciosa que era Cloe, de cómo tomaba el biberón con fuerza. Le pedí, le rogué que despertara pronto para ver el milagro que había salvado.
En cuanto se cumplió el plazo, volví corriendo a neonatología con el corazón dando saltos. Pero al llegar, la enfermera me miró con una mueca divertida.
—Ay, papi... llegas tarde. Ha empezado a llorar con tanta fuerza que hemos tenido que darle el biberón hace media hora. ¡Es una glotona!
Sonreí. Fue una sonrisa de verdad, la primera que sentía en mis labios desde que empezó esta película de terror.
Mi pequeña quería comer, quería vivir, tenía prisa por crecer.
Aunque no hubiera podido darle el biberón yo mismo en esta ocasión, ver que tenía ese apetito voraz hizo que mi esperanza creciera a pasos agigantados.
Cloe estaba fuera de peligro; ahora solo faltaba que su madre abriera los ojos para completar nuestro mundo.
Al día siguiente, llegó la noticia que tanto había estado suplicando.
Los médicos entraron en el box de la UCI y nos anunciaron que los niveles de coagulación se habían estabilizado y que el riesgo inminente de una hemorragia masiva había quedado atrás.
Iban a retirarle los sedantes para despertarla, por lo que decidieron trasladarla a una habitación en planta.
Salir de la UCI se sintió como una victoria, un paso gigantesco hacia la luz.
Nos acomodaron en la nueva habitación; mi madre y mi padre se sentaron a mi lado, arropándome en un silencio expectante.
Yo me quedé de pie junto a su cama, con el corazón dándome vueltas y los ojos fijos en su rostro.
Esperaba que fuera cuestión de minutos. Esperaba que esos párpados rubios se agitaran, que soltara un gemido y volviera a mí.
Pero los minutos se convirtieron en horas. Y ella siguió atrapada en la inconsciencia. Fue ahí donde comenzó una tortura psicológica insoportable.
Pasaron 12 horas. Luego 24 horas. La habitación está sumida en un silencio sepulcral, un vacío absoluto que se me clava en los oídos, salvo por el siseo monótono, rítmico y artificial del respirador que sigue haciendo el trabajo por ella.
Mía sigue completamente inmóvil, como una hermosa estatua de mármol ajena al mundo.
Le cojo la mano, que por fin empieza a recuperar su temperatura natural, le hablo al oído en susurros desesperados, le suplico que regrese, pero no hay respuesta.
Ni un parpadeo, ni un amago de apretarme los dedos. Nada.
La desesperación me estaba devorando vivo. Liam entró en la habitación por la noche para traernos algo de cenar y me vio caminando de un lado a otro, frotándome la cara con rabia, al borde del colapso.
—James, hermano, tienes que sentarte. Te vas a volver loco si sigues así —me dijo Liam, poniéndome una mano firme en el pecho para frenarme.
—¿Cómo me voy a sentar, Liam? —le solté, con una voz rota y cargada de una furia impotente—.
Han apagado los fármacos hace un día entero.
El fentanilo ya debería haber salido de su cuerpo.
Ya debería estar despierta. ¿Y si no despierta nunca?
¿Y si ese malnacido le rompió algo por dentro que las máquinas no pueden detectar?
—Cálmate, hijo —intervino mi padre, levantándose de su silla para ponerse a mi lado—. Mía ha pasado por un calvario físico tremendo. Su cuerpo ha recibido un castigo brutal y necesita tiempo para procesar que ya no hay peligro. Tienes que tener fe.
—Tu padre tiene razón, James —añadió mi madre con los ojos empañados, tomándome de la otra mano—. Ella está descansando. Ha luchado como una leona para salvar a Cloe y ahora su cuerpo está ganando su propia batalla. No nos va a abandonar.
Los médicos y los neurólogos entran con una frecuencia que me pone los pelos de punta. El protocolo se repite cada pocas horas, y presenciarlo es como recibir una puñalada directa al estómago. Me quedo a un lado, conteniendo el aliento, observando cómo intentan arrancarla de ese limbo.
Le levantan los párpados con delicadeza y le proyectan la luz fría de una linterna médica directamente en las pupilas. Buscan ver si se contraen con la luz; esa pequeña reacción es el hilo de esperanza que demuestra que el tronco encefálico sigue vivo y respondiendo.
Con una fuerza que me hace desviar la mirada y apretar los dientes, el neurólogo le pellizca el brazo o le presiona el esternón con los nudillos. Buscan una respuesta motora primitiva, una mueca de dolor en su rostro o que intente retirar el brazo por puro instinto de defensa.