Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 28 JAMES
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CAPÍTULO 28 JAMES

Varias horas después, un enfermero me tocó el hombro con suavidad, interrumpiendo el torbellino de mi cabeza.

—Ya puede entrar al box, señor Bernard. Solo usted, por favor.

Crucé el umbral de la Unidad de Cuidados Intensivos con las piernas temblando, arrastrando los pies como si pesaran toneladas.

Sabía que lo que iba a ver no sería fácil, pero nada en el mundo me había preparado para el impacto devastador de encontrar a Mía en esa cama.

Me quedé paralizado a los pies de la estructura metálica, sintiendo cómo el aire se congelaba en mis pulmones.

Cuando el doctor me dio el diagnostico de Mía no imaginé que fuera así.

Mía, mi mujer indomable que siempre llenaba cualquier habitación con su sola presencia, parecía ahora una figura de cera desdibujada entre un arsenal de tecnología médica.

Un grueso tubo de plástico transparente entraba por su boca, conectado a un fuelle mecánico que subía y bajaba con un siseo artificial y constante.

Verla obligada a respirar por una máquina me desgarró el alma.

No podía hablar, ni quejarse, ni emitir ningún sonido.

Su silencio era absoluto y ensordecedor.

Su piel estaba extremadamente pálida, con un matiz casi grisáceo, y se sentía alarmantemente fría al tacto.

Junto a su cama, colgadas de un soporte metálico, goteaban a toda velocidad varias bolsas de sangre y plasma en una transfusión masiva para intentar devolverle la vida que Diego le había arrancado.

Tenía los ojos cerrados, los labios secos y agrietados, y el rostro ligeramente hinchado por los golpes de ese malnacido y la enorme cantidad de fluidos de la reanimación.

Bajo la fina sábana del hospital, intuí el desastre.

Su abdomen estaba cubierto por un apósito enorme y rodeado de cables.

De su pelvis salían tubos de drenaje que evacuaban la sangre residual que aún quedaba en la cavidad abdominal tras la cesárea.

A un lado de la cama, una sonda urinaria medía al mililitro el gasto de sus riñones, vigilando si estaban fallando tras el shock hipovolémico.

Un pitido rítmico, agudo y constante marcaba sus pulsaciones en la penumbra del box.

Mis ojos se clavaron de forma obsesiva en esa pantalla llena de líneas verdes que subían y bajaron, y en esos números de presión arterial y saturación de oxígeno que apenas entendía, pero que se convirtieron en mi único asidero con la realidad: me decían que seguía viva.

Me acerqué a ella con un cuidado extremo, temiendo que el más mínimo roce pudiera romper lo poco que quedaba en pie.

Busqué su brazo, que estaba completamente cubierto de vías intravenosas, cables de monitorización y parches.

No pude más. Me enterré en su costado, escondiendo mi rostro contra su piel fría, y me derrumbé por completo.

Lloré con una desesperación que me arañaba el pecho.

Verla así, en ese estado, me destruyó. Mía había luchado toda su vida; contra su infancia, contra el abandono, contra su propio padre...

Había hecho un esfuerzo sobrehumano durante los últimos siete meses por mantenerse fuerte, por combatir la anemia, por proteger a nuestra hija a capa y espada a pesar de sus propios miedos.

Y ahora, el premio a toda su entrega era estar conectada a un soporte vital. No era justo.

—No me dejes, nena... por favor, no me dejes —le supliqué en un susurro ahogado, apretando su mano inerte contra mi mejilla—. Cloe te necesita. Yo te necesito. No sé cómo respirar si tú no estás.

Uno de los doctores entró silenciosamente en el box y se colocó al otro lado de la cama. Esperó a que levantara la cabeza antes de hablarme con una voz baja y sumamente profesional, devolviéndome a la cruda realidad médica.

—James, las primeras horas son una ventana crítica.

El mayor peligro al que nos enfrentamos ahora mismo es la coagulopatía.

Debido al desprendimiento violento de la placenta, la sangre puede perder su capacidad natural de coagular, lo que la pondría en riesgo de sangrar por cualquier sitio.

Eso, sumado al shock, podría desencadenar en un fallo multiorgánico.

—¿Cuál es el plan entonces? —pregunté, limpiándome las lágrimas con rabia, intentando recuperar al menos un ápice de la lucidez que Mía necesitaba de mí.

—El plan es mantenerla en este coma inducido durante las próximas 48 horas.

Su cuerpo sigue muy alterado; su corazón va demasiado rápido, intentando compensar el trauma, y su tensión está muy inestable.

Solo cuando sus análisis de sangre se estabilicen por completo y comprobemos que no hay más hemorragias internas ocultas, empezaremos a retirar la sedación muy lentamente.

Fármaco a fármaco. Solo entonces veremos cómo responde y si es capaz de despertar por sí misma.

El doctor me dio una última mirada de apoyo antes de salir del box, dejándome a solas con el siseo del respirador.

Me senté en la silla junto a su almohada y le sostuve la mano derecha.

Las próximas horas serían un infierno, pero no pensaba moverme de ese metro cuadrado.

Si Mía estaba luchando en la oscuridad, yo me quedaría allí para guiarla de vuelta a casa.

Le di un último beso en la frente a Mía, tan suave que apenas rozó su piel gélida, y le aseguré al oído que volvería enseguida.

Salir de ese box y dejarla allí, rodeada de máquinas, me mataba por dentro.

Sentía que me arrancaban un pedazo del pecho, pero tenía que hacer lo que ella me pediría si pudiera hablar y lo que mi propio cuerpo me reclamaba a gritos tras horas de agonía: ver a nuestra hija.

Al cruzar las puertas de la UCI, me encontré de frente con mi familia, que se puso en pie al instante al verme salir.

—Necesito ver a Cloe —les dije, con la voz apagada y la mirada perdida.

—Ve, hijo —respondió mi madre de inmediato, dándome un apretón en el brazo.

—No quiero dejar a Mía sola... —admití, atrapado en una culpa asfixiante.

—Nunca estará sola, ¿me oyes? —me interrumpió ella con una firmeza absoluta—. Yo me quedo aquí con ella. Ve a ver a tu hija, James.

Asentí y empecé a caminar por los pasillos del hospital.

Avanzaba con una sensación devastadora, la de estar entre la espada y la pared, sintiendo que al ir a buscar a una estaba desatendiendo a la otra.

Mi corazón estaba literalmente dividido en dos plantas distintas de ese maldito hospital, balanceándose entre el miedo de perder a mi mujer y el ansia de conocer a mi pequeña.

Cuando llegué a la planta de neonatología, el ambiente cambió por completo.

Era un área sumamente limpia, sumida en una penumbra suave diseñada para no dañar los ojos de los bebés que habían llegado antes de tiempo.

El silencio no era absoluto; estaba roto por un pitido de monitores mucho más agudo y rápido que el de la UCI de adultos, un sonido constante que recordaba al latido frenético del corazón de un pájaro.

Me acerqué al gran ventanal transparente y apoyé las manos y la frente contra el vidrio frío. Al otro lado, entre varias cajas de plástico transparente que funcionaban como incubadoras, mis ojos buscaron desesperadamente hasta que reconocí la tarjeta con el nombre de mi esposa.

Verla a través del cristal fue un impacto tremendo que me revolvió las entrañas.

No era el bebé robusto, perfecto y rosado que te muestran en los anuncios de televisión.

Era una criatura diminuta, frágil, con la piel algo enrojecida y descamada por haber nacido a las 36 semanas en mitad de una carnicería.

Mi pequeña estaba completamente rodeada de cables que parecían demasiado grandes para su cuerpecito.

Llevaba unas pequeñas gafas de plástico en la nariz que le bombeaban el oxígeno que sus pulmones aún no sabían retener por sí mismos.

Tenía varios parches redondos pegados en su tierno pecho, de los que salían cables finos conectados a un monitor.

La pantalla mostraba su frecuencia cardíaca, que iba a toda velocidad, a unos 140 latidos por minuto.

Una línea intravenosa sumamente delgada estaba fija en su diminuta mano para pasarle el suero y la glucosa que la mantenían estable.

Del borde de su nariz salía una sonda nasogástrica, un tubito transparente que llegaba hasta su estómago por si el equipo médico tenía que empezar a alimentarla.

Para mí, ese momento fue un auténtico torbellino emocional.

Por un lado, sentí el milagro absoluto de ver la vida que Mía y yo habíamos creado con amor; por el otro, experimenté una impotencia brutal al no poder meter las manos, no poder tocarla, ni abrazarla, viéndola atrapada en esa urna.

El miedo me desgarraba al pensar que, en ese preciso instante, mis dos personas favoritas en el mundo peleaban por su vida en habitaciones separadas por solo unos pisos de diferencia.

Me quedé allí, llorando en silencio frente al cristal, viendo cómo el pecho de mi hija subía y bajaba rápidamente en una lucha silenciosa por aferrarse a la vida. Era exactamente igual que su madre unos pisos más abajo: dos guerreras unidas por el mismo hilo invisible.

De repente, sentí cómo una mano tocaba mi hombro derecho y otra se posaba en el izquierdo. Miré a los lados. Eran mi padre y mi hermano, que habían venido silenciosamente para no dejarme solo ante el cristal.

—Saldrán de esta las dos, James —dijo mi padre con una voz cargada de una convicción que yo necesitaba desesperadamente—. Esta niña se ha aferrado a la vida por la fuerza de su madre. Ese carácter luchador lo lleva en la sangre.

—Es rubia —admitió Liam con una sonrisa rota, señalando la cabeza de la pequeña a través del vidrio.

Escuchar a mi hermano decir eso hizo que empezara a llorar aún más, con un llanto que me limpiaba el pecho de tanta rabia acumulada. Me quedé allí parado imaginando, por primera vez en todo el día, cómo sería mi vida con esas dos mujeres a mi lado, sanas, libres del terror de Diego Beltrán.