CAPÍTULO 36 JAMES
El sitio que Eric había reservado para nosotros se quedaba corto con cualquier descripción que nos hubiera dado.
Al llegar a las afueras de Madrid, nos encontramos con una estructura impresionante: una cúpula geodésica perfecta, mimetizada por completo con la naturaleza circundante y suspendida entre los árboles.
El interior combinaba el lujo con lo salvaje, pero lo verdaderamente espectacular era el techo, completamente transparente, que convertía toda la habitación en un mirador privado hacia la inmensidad del cielo.
Fuera, la noche empezaba a caer y las primeras estrellas ya titilaban sobre nuestras cabezas.
En el centro de la terraza de madera, integrado con el entorno, un enorme jacuzzi humeante ya estaba listo, desprendiendo un vaho cálido que bailaba con el aire fresco de la sierra.
Mía se acercó al borde, dejando caer la toalla al suelo con una lentitud que me cortó la respiración. Llevaba uno de los conjuntos de lencería de encaje negro que había metido en la maleta, y verla recortada contra la iluminación tenue del agua me encendió la sangre.
—¿Preparado para estrenar ese jacuzzi? —preguntó mi mujer, mirándome de reojo con una sonrisa felina, cargada de una promesa que llevábamos meses retrasando.
—Mientras esté contigo, como si me tengo que bañar en barro… —le respondí con voz grave, dando un paso hacia ella sin apartar los ojos de su cuerpo.
El ambiente se tensó al instante. Ya no había espacio para las bromas de Liam, ni para las preocupaciones del despacho, ni para el eco del pasado; solo existíamos nosotros dos y una electricidad palpable que hacía que el aire pesara. Y yo había echado mucho de menos a mi mujer.
Me deshice de mi ropa con rapidez y me deslicé en el agua caliente primero, sentándome en el banco interior.
Mía me siguió, bajando los escalones del jacuzzi con una delicadeza pausada.
El agua subió por sus piernas, cubriendo la línea de sus caderas y el encaje negro, hasta que se sentó directamente sobre mis muslos, horquillándome con las piernas.
El contraste del aire fresco de la noche con el calor envolvente del agua a presión desató una tormenta sensorial.
Nos miramos un segundo, devorándonos con los ojos, reconociendo cada milímetro de nuestra piel antes de dar el paso definitivo. Ya no podíamos esperar más. El deseo, contenido durante tantos meses de miedo, quirófanos y vigilias, estalló entre nosotros con una fuerza arrolladora.
La atraje hacia mí por la cintura, rompiendo la distancia, y nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, salvaje y desesperado.
No fue un beso tierno; fue una colisión de pura necesidad.
Mi lengua invadió su boca con fuerza, encontrando la suya en un ritmo caótico y ardiente, mientras el sonido del agua borboteando a nuestro alrededor envolvía nuestros gemidos.
Las manos de Mía, húmedas y temblorosas, subieron por mi pecho hasta enredarse con fuerza en mi pelo, tirando de mí hacia abajo, queriendo más, queriendo fundirse conmigo.
Bajé mis manos por su espalda mojada, deleitándome con la suavidad de su piel bajo el agua caliente, hasta llegar a sus glúteos.
La elevé un poco, encajando su pelvis directamente contra mi erección, que presionaba con fuerza contra la tela de su braguita.
Mía soltó un jadeo ronco contra mis labios, arqueando la espalda por el estímulo.
Con un movimiento rápido y torpe por la urgencia, deslicé mis dedos bajo el encaje de su lencería, apartándolo por completo.
Cuando mis dedos la tocaron de verdad, descubrí que estaba completamente encendida, ardiente y empapada por un deseo que competía con el agua del jacuzzi.
La acaricié con insistencia, buscando su punto más sensible, y Mía echó la cabeza hacia atrás, clavando sus uñas largas en mis hombros, arañando mi piel en un intento de anclarse a la realidad ante la intensidad del placer que la recorría.
—James... por favor... te he echado mucho de menos —gimió contra mi oído, con la respiración entrecortada, rozando sus labios húmedos contra mi cuello.
No la hice esperar. Sujetándola firmemente por las caderas, la elevé y me alineé con ella.
Bajó despacio, hundiéndose sobre mí de un solo movimiento firme y profundo.
Un gemido unísono y desgarrador se nos escapó de la garganta.
Estar dentro de ella de nuevo, sentir su calor estrecho y palpitante envolviéndome por completo, fue como regresar a casa tras una guerra infinita.
Empezamos a movernos en un compás perfecto.
Yo la empujaba hacia arriba desde abajo y ella se dejaba caer, controlando el ritmo con un vaivén de caderas lento y tortuoso que me estaba volviendo loco.
El agua del jacuzzi salpicaba fuera del borde con cada uno de nuestros impactos, pero ninguno de los dos prestaba atención.
La pasión nos dominaba por completo; era un reencuentro carnal, crudo, donde cada embestida arrastraba un mes de abstinencia y angustia.
El ritmo se volvió más rápido, más exigente.
Agarré a Mía por la cintura con fuerza, imponiendo una velocidad implacable, hundiéndome en ella hasta el fondo, golpeando su centro con una entrega total.
Ella se aferró a mi cuello con los brazos, ocultando el rostro en mi hombro mientras sus uñas se hundían con fuerza en mi espalda, dejándome marcas que no me importaban, que deseaba sentir.
Cada movimiento nuestro era acompasado, una coreografía de pura supervivencia y posesión mutua.
Estábamos recuperando el tiempo perdido, borrando con cada roce el dolor de todo por lo que habíamos pasado, dejando atrás el miedo por un pasado ya enterrado.
Miré hacia arriba un segundo mientras me movía dentro de ella: el cielo estrellado nos cubría a través del cristal de la cúpula, pero al volver los ojos hacia el rostro de Mía, con el pelo húmedo pegado a las mejillas, los ojos entreabiertos por el éxtasis y los labios hinchados de tanto besarnos, supe que el universo entero se reducía a lo que tenía entre mis brazos.
Ella era mi mundo. No había estrellas más brillantes que su mirada en ese instante.
El placer se volvió insoportable, una tensión eléctrica que nos envolvía las entrañas y nos empujaba al vacío.
Los espasmos internos de Mía empezaron a contraerse con fuerza alrededor de mi miembro, anunciando que estaba al límite.
Sus gemidos se volvieron más agudos, más descontrolados, repitiendo mi nombre como una súplica.
—¡James, no aguanto más! —exclamó, apretando las piernas alrededor de mi cintura.
Esa confesión terminó por derribar mis últimas defensas.
Di tres embestidas más, brutales, profundas y definitivas, buscando el fondo de su ser.
Mía se estremeció por completo, estallando en un orgasmo violento que la hizo temblar en mis brazos de pies a cabeza mientras su musculatura me aprisionaba.
Segundos después, incapaz de contenerme ante la intensidad de su clímax, solté un rugido sordo y me vine dentro de ella, liberando una marea densa y caliente que nos hizo flotar en una nube de pura desconexión.
Nos quedamos suspendidos en esa posición durante largos minutos, con los corazones latiendo desbocados el uno contra el otro, respirando el mismo aire caliente y húmedo de la cúpula.
La estreché contra mi pecho con una fuerza inmensa mientras el jacuzzi seguía borboteando a nuestro alrededor de manera constante, ajeno al cataclismo que acababa de ocurrir sobre su superficie.
Le aparté los mechones mojados de la frente y le di un beso tierno, largo, lleno de una devoción absoluta.
Habíamos vuelto a ser uno solo, y el universo, por fin, nos pertenecía por entero.
Tras un sábado de pura desconexión en el que, para ser sinceros, apenas salimos de las pocas paredes de la habitación, el domingo por la mañana nos despertamos temprano con una sensación extraña.
Aunque la reserva nos permitía quedarnos unas horas más, nos miramos y lo supimos sin necesidad de decir una sola palabra: ambos echábamos de menos a nuestra pequeña.
Esta pequeña escapada nos había servido para recordarnos quiénes éramos y unirnos aún más en la intimidad, pero nos faltaba nuestro pedacito de mundo.
Así que decidimos exprimir las últimas horas allí.
Dimos un paseo rápido pero precioso bajo el sol de la mañana, contemplando los senderos verdes, los riachuelos y esas pequeñas cascadas que ponían una banda sonora perfecta a nuestra despedida.
Regresamos a la cúpula para desayunar en la terraza y, antes de hacer las maletas, el ambiente volvió a encenderse; hicimos el amor de nuevo, esta vez con una parsimonia y una ternura que nos terminó de curar el alma.
Tras ducharnos y recoger todo, montamos en el coche para emprender el viaje de vuelta al mediodía.
Llegamos a casa mucho antes de lo previsto, a una hora en la que el “batallón” de canguros no nos esperaba para nada. Al meter la llave en la cerradura, sabíamos que los pillaríamos por sorpresa, pero lo que no imaginábamos era la estampa que nos encontraríamos.
Al abrir la puerta del salón, nos quedamos congelados en el recibidor. Allí estaban Liam y Arón. Y este último, sentado en nuestro sofá, le estaba haciendo carantoñas a Cloe con una sonrisa suave.
—¿Se puede saber qué hace él aquí? —la pregunta de Mía cortó el aire como un cuchillo, pillando a todos por sorpresa.
La cara de mi hermano se descompuso por completo en un milisegundo; creo que en toda mi vida lo había visto tan pálido y asustado.
—¿Ya... ya estáis aquí? —tartamudeó Liam, poniéndose en pie de un salto.
—Sí, ya estamos aquí —replicó mi mujer, dando un paso al frente con esa postura implacable innata que hacía temblar el mundo—. Pero no me has contestado. ¿Qué hace él en mi casa?
Mi hermano, como pocas veces pasaba en su vida, se quedó completamente mudo, abriendo y cerrando la boca sin saber por dónde salir.
Fue Arón el que, demostrando bastante valor, dejó a la niña con cuidado en la cuna, se levantó y dio la cara.
Miró a Mía a los ojos y le contó toda la verdad sin filtros: le explicó que se habían dado una segunda oportunidad, que se arrepentía de corazón de todo lo que había hecho en el pasado y que, actualmente, no se hablaba con su propia familia porque había decidido plantarse, elegir a Liam y ellos no lo aceptaban.
—Pero me da exactamente igual lo que diga mi familia —concluyó Arón, mirando a mi hermano de reojo antes de volver a Mía—. Estoy enamorado de él.
Mía, fiel a su instinto protector, sacó las uñas de inmediato por su cuñado.
—Le hiciste mucho daño, Arón —le espetó, fría—. A él, a nosotros, a todos.
—Lo sé, y estoy muy arrepentido —asumió él, agachando la cabeza con sinceridad—. Sé que no tengo derecho a pedir nada, pero estoy intentando demostrarle cada día que lo quiero y que voy a luchar por lo nuestro con todas las consecuencias.
Mi mujer respiró hondo. Meditó la situación durante unos segundos eternos en los que nadie se atrevió a mover un músculo. Volvió a respirar, templando su genio.
—Te voy a estar vigilando muy de cerca, Arón —sentenció, clavándole un dedo acusador—. No me fío de ti ni un pelo.
—Lo entiendo perfectamente, Mía. No espero menos de ti —respondió él, aliviado de seguir vivo—. Solo... solo he venido aquí a conocer a vuestra hija. Me moría por conocerla. Es preciosa, de verdad.
—Gracias —soltó Mía, suavizando un mínimo el tono al hablar de la niña.
Tras una pequeña, tensa y escueta conversación más, los dos entendieron que lo mejor era despejar la zona. Se encaminaron a la salida, pero justo cuando Liam pasaba por el lado de mi mujer, la vi inclinarse ligeramente hacia él.
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente —le susurró Mía al oído con un tono sibilino que prometía un tercer grado.
Yo, que estaba observando toda la escena desde el fondo, vi la cara de terror absoluto de mi hermano, la formalidad incómoda de Arón y la rigidez de la situación, y simplemente no pude evitar soltar una carcajada limpia.
En cuanto la puerta principal se cerró tras ellos, Mía se giró hacia mí como un resorte, con los brazos en jarras y los ojos encendidos.
—¿Tú lo sabías? —me acusó.
—Eh, a mí no me metas en tus interrogatorios —dije, levantando las manos antes de caminar directo hacia la cuna para coger a mi hija en brazos y comérmela a besos—. Eso es un asunto con tu mejor amigo.
Miré de reojo a mi mujer mientras acunaba a Cloe.
Mía seguía plantada en mitad del salón, con la mirada fija en la madera de la puerta de entrada, completamente estupefacta y sin dar crédito a lo que acababa de pasar en su propia casa.
El amor, definitivamente, seguía haciendo de las suyas en nuestro entorno.
Pasamos el resto del domingo en casa, cumpliendo a rajatabla el plan que tantas veces había dibujado en mi mente mientras contemplaba las paredes blancas del hospital: tirados en el sofá, acurrucados bajo la manta con una película de fondo y nuestra hija durmiendo plácidamente a nuestro lado.
No hacían falta grandes lujos ni restaurantes; tenerlas ahí, sentir el calor de sus cuerpos y escuchar la respiración pausada de Cloe era todo lo que necesitaba para saber que la tormenta se había marchado para siempre.
Cenamos algo ligero sin apenas apartar los ojos de nuestra pequeña y, cuando el cansancio nos venció, nos fuimos a la cama juntos, enredados el uno con el otro, abrazados con la certeza de que ya nadie podía alcanzarnos.
Cerré los ojos, respirando el aroma de Mía y escuchando el leve suspiro de Cloe en su cuna, sintiendo por fin el peso de la paz en mi pecho.
En ese silencio perfecto, comprendí que la vida no se mide por los planes que trazamos, sino por los giros imprevistos con los que el hilo invisible de la existencia nos ata a nuestro verdadero norte.
Cuando Mía apareció en mi vida, fría y blindada tras sus muros, me trajo un amor indómito, un huracán que arrasó con mis certezas y se convirtió en LO QUE NUNCA PEDÍ.
Después, nos tocó caminar juntos por un sendero de sombras y batallas legales, desafiando a los monstruos de nuestro pasado y abriendo las puertas a una familia y a una complicidad que superaron cualquier expectativa, transformándose en LO QUE NUNCA IMAGINÉ.
Y, ahora, mirándonos aquí, con la tormenta disipada, con nuestra hija a salvo y el mañana libre de cadenas, supe que el dolor había valido la pena; porque al final del camino, ella no era solo mi redención, sino la realidad más hermosa de LO QUE SIEMPRE SOÑÉ.
Al final, nuestro DESTINO no era un lugar al que llegar, sino este preciso instante: nosotros tres, listos para empezar a vivir.
—FIN—