CAPÍTULO 26 JAMES #3
—Ahora mismo está estable, pero la tenemos bajo observación estricta en una incubadora —respondió el médico, mirándome fijamente—.
Ha necesitado un poco de soporte respiratorio con oxígeno porque sus pulmones estaban algo perezosos debido al shock del trauma.
Lo que más nos preocupa y lo que estamos vigilando minuto a minuto es su función neurológica.
Estamos evaluando que esa falta de oxígeno momentánea no le haya dejado secuelas.
Las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas para ver cómo tolera la alimentación y cómo responde su cerebro.
Puede ir a verla en una hora, cuando la hayamos acondicionado bien en su cuna térmica, pero debido a los protocolos de esterilidad y a lo delicada que está, de momento solo podrá hacerlo a través del cristal de la unidad.
A mi alrededor, el aire pareció aligerarse. Escuché los suspiros ahogados de mi madre, a Cami romper a llorar de alivio y las voces del resto de personas diciendo: “Menos mal”, “Gracias a Dios”. Pero mi mente no paraba. Mi cabeza seguía en el fondo de ese pozo oscuro.
Me importaba mi hija, sí, la amaba con un instinto primitivo y feroz que me acababa de nacer en las entrañas, pero aunque pudiera parecer el hombre más cruel e inhumano del mundo, en ese maldito segundo mi prioridad absoluta no era la bebé.
Era ella. Era la mujer que le daba sentido a todo.
La vida de esa niña no tenía luz si Mía no estaba para alumbrarla.
—¿Y mi mujer? —interrumpí, con una voz tosca, rota, que ni yo mismo reconocí—. ¿Cómo está Mía?
El doctor mudó el gesto. La leve sonrisa de esperanza que tenía al hablar de la niña desapareció, sustituida por una rigidez clínica que me devolvió el terror más absoluto.
—James, a su esposa hemos decidido no dejar que se despierte de la anestesia general.
Al terminar de coserla tras la cesárea, el equipo quirúrgico y de intensivistas ha optado por mantenerla bajo los efectos de sedantes potentes como el fentanilo.
Lo hacemos por varias razones críticas. Su cuerpo ha sufrido un shock brutal por la pérdida masiva de sangre.
Si permitimos que se despierte de golpe, el dolor y la desorientación dispararían su ritmo cardíaco y su presión arterial, lo que podría reabrir los vasos internos y causar una hemorragia fatal —el doctor cogió aire—.
El trauma de los golpes recibidos y la rapidez extrema de la cirugía han colapsado sus pulmones.
Está exhausta. Necesitamos que una máquina, el respirador mecánico, haga todo el trabajo por ella mientras su cuerpo descansa y se estabiliza.
Mía se desmayó no solo por el dolor, sino porque recibió impactos severos en la cabeza y sufrió una hipoxia severa debido a la bajada drástica de tensión.
Necesitamos mantener su cerebro “en reposo” absoluto a través de la sedación para evitar que aparezca un edema cerebral, es decir, que el cerebro se hinche.
Cada palabra del doctor era un golpe de mazo en mi cabeza. Imaginármela así... intubada, mantenida con vida por fármacos, con el cerebro en un letargo forzado para que no colapsara. El desasosiego me devoraba por dentro.
—La estamos trasladando a una habitación de la Unidad de Cuidados Intensivos —concluyó el médico, dándome una palmada firme en el hombro—.
Allí la acomodaremos. Es un box aislado donde solo podrá estar una persona por los estrictos protocolos de asepsia.
Mía estará monitorizada y vigilada las veinticuatro horas del día por un equipo exclusivo.
Ahora mismo, James, el sueño es su mejor aliado.
Asentí con la cabeza, con las lágrimas resbalándome por la mandíbula, completamente mudo.
Tenía una hora antes de poder ver a mi hija a través de un cristal frío, y una eternidad por delante para sentarme al lado de la cama de Mía, rodeado de pantallas que pitarían con cada latido de su corazón herido.
No me iba a mover de allí. Iba a ser el guardián de su sueño hasta que decidiera volver conmigo.
Me quedé sentado en aquella silla de plástico rígido, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos. Cabizbajo. Con la mirada fija en las baldosas grises del hospital, que brillaban bajo los fluorescentes con una frialdad insoportable.
No sé cuánto tiempo llevaba en esa misma postura, pero sentía el cuerpo entumecido, como si la parálisis de no poder hacer nada por Mía y por Cloe se hubiera extendido a mis propios músculos.
En ese silencio de hospital, mi mente empezó a desgranar los hechos en un bucle destructivo.
Cerré los ojos y la oscuridad solo me trajo imágenes nítidas de la nave: el olor a pólvora y a óxido, el estruendo de los disparos, Mía, mi fiera indomable, la mujer con el “carácter del infierno” que me volvía loco, reducida a un cuerpo frágil, sangrando sobre el cemento y Joselu, en un quirófano contiguo, luchando por su bazo porque decidió que su vida valía menos que la de mi mujer y mi hija. ¿Cómo se gestiona este peso?
Estaba tan sumergido en ese pozo de desolación, tan perdido en el eco de mis propios fantasmas, que el mundo exterior se redujo al sonido rítmico de mis latidos.
De pronto, la luz que golpeaba el suelo frente a mis zapatos se cortó.
Vi una sombra delante de mí. Fui levantando la cabeza muy despacio, arrastrando el peso de mis párpados hinchados.
—James, la policía quiere hacerte unas preguntas —dijo mi padre.
Su voz sonó grave, amortiguada por la pena, y su mano se posó en mi hombro con una firmeza que intentaba infundirme una fuerza que yo ya no poseía.
Alcé la vista del todo y distinguí, un par de metros por detrás de él, a dos agentes uniformados que me miraban con una mezcla de respeto y solemnidad.
El juicio de Diego Beltrán no se iba a celebrar en la Audiencia Provincial; el juicio real había empezado en aquella nave abandonada, y ahora tocaba rendir cuentas mientras mi vida entera se debatía entre la vida y la muerte a unos pocos metros de allí.