CAPÍTULO 26 JAMES #2
—Lo siento, James, su mujer ha sufrido un desprendimiento de placenta debido al impacto.
En estos momentos, la placenta se ha separado de la pared del útero, y esto representa una emergencia médica extrema por dos razones.
Para el bebé, porque la placenta es su única fuente de oxígeno y nutrientes; al desprenderse, el niño entra en hipoxia, que es una falta de oxígeno severa, o en un sufrimiento fetal inminente.
Y para la madre, porque este desprendimiento puede provocar una hemorragia interna masiva y un shock hipovolémico.
Es absolutamente imposible retener al bebé dentro.
—¿Qué quiere decir, doctor? —preguntó mi padre, porque mi voz sencillamente no salía en esos momentos tras lo que nos estaba contando.
—Significa que están realizando una cesárea de emergencia con la madre inconsciente.
—Pero no ha llegado a término... —confirmó mi madre, con un hilo de voz.
—Es la única solución que podemos intentar —sentenció el médico con gravedad—.
Como su esposa ya está inconsciente, el equipo va a optar por una anestesia general de secuencia rápida: la van a intubar en cuestión de segundos para asegurar su respiración y mantenerla completamente dormida e inmóvil.
Realizaremos lo que en medicina se conoce como una “cesárea crash”, que es una intervención a contrarreloj.
En casos tan extremos, el objetivo de los cirujanos es que pasen menos de 5 minutos desde el momento en que se decide operar hasta que el bebé sale. Debe ser a toda velocidad.
—¿Qué probabilidades hay de que salga todo bien? —preguntó mi hermano.
Odié profundamente esa pregunta. Sabía que era necesaria, que debíamos conocer todas las opciones, pero mi mente no estaba preparada para otra opción que no fuera que ambas salieran vivas de allí. El doctor guardó un segundo de silencio antes de continuar:
—Si la madre entra en parada cardiorrespiratoria debido al trauma, los médicos realizamos una cesárea perimortem .
Tenemos exactamente 4 minutos para sacar al bebé desde que el corazón de la madre se detiene.
Sacar al bebé alivia la presión sobre los grandes vasos sanguíneos de la madre, lo que a menudo ayuda a que los médicos puedan reanimarla con éxito a ella también.
Es muy complicado James, lo siento mucho.
Mi mente colapsó. Me apoyé en la pared porque las piernas me fallaron; no podía soportar el peso de esa información. Mis padres me cogieron de los brazos para evitar que me derrumbara de nuevo en el suelo.
—Por favor, doctor... sálvelas —supliqué, con el último aliento que me quedaba.
—Haremos todo lo que esté en nuestra mano. De momento, vayan a la Sala de espera, allí los llamarán cuando los cirujanos hayan terminado —respondió, antes de darse la vuelta y cruzar de nuevo aquellas malditas puertas dobles, dejándonos atrás en el silencio más tenebroso de nuestras vidas.
No puede ser, no puede ser..., repetía mi mente en un bucle distorsionado.
De repente, mi cuerpo se reactivó. Fue un chispazo violento, una sacudida que no sabría describir.
No sabía si era rabia, impotencia, miedo, furia o una mezcla corrosiva de todo lo anterior, pero me convirtió en una bomba de relojería a punto de estallar.
Necesitaba salir de allí, el aire del hospital me quemaba los pulmones.
Me dirigí a zancadas hacia la salida y noté cómo mi padre, mi madre y Liam me seguían los pasos, asustados, sin saber a dónde iba.
Llegué a las puertas acristaladas de la calle y me detuve en seco.
Respiré una bocanada de aire fresco; un aire limpio que a Mía, entubada en un quirófano estéril, le faltaba en ese mismo instante.
Me llevé las manos a la cabeza, hundiéndome los dedos en el pelo, y empecé a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado. Mi furia no pudo contenerse más.
—¡¡JODER!! —grité con todas mis fuerzas, desgarrándome la garganta.
El grito rompió el murmullo de la entrada, llamando la atención de los médicos, pacientes y curiosos que se concentraban a las puertas del hospital. Me importaba una mierda.
—James, cálmate, por favor. Mía es fuerte —me suplicó mi madre, acercándose con los ojos empañados, intentando ponerme una mano en el brazo.
—¿No lo has escuchado, mamá? —me giré hacia ella, completamente roto, sintiendo cómo las lágrimas me nublaban la vista—.
Está entre la vida y la muerte. ¿Y si no vuelvo a verla?
¿Y si no vuelvo a ver ese pelo rubio otra vez?
—admití, llorando desconsoladamente, despojado de cualquier pizca de orgullo.
Mi padre dio un paso al frente y me atrapó en un abrazo firme, apretándome con fuerza contra su pecho.
—Tranquilo, hijo. Tranquilo...
—No podría vivir sin ella, papá —confesé entre sollozos, hundiéndome en su hombro—. La amo más que a mi propia vida. Preferiría mil veces ser yo el que está ahí dentro, debatiéndose entre la vida y la muerte en esa camilla. Yo debería estar en su lugar.
—Va a salir adelante, hermano —intervino Liam, con la voz temblorosa pero intentando sonar firme.
—Es que no la habéis visto... —dije, apartándome un poco, con la mirada perdida en el asfalto—. Estaba llena de sangre. Tenía moratones por toda la cara, en su vientre... Ha vivido una auténtica película de terror.
Mi madre no pudo evitar llorar desconsoladamente, intentando calmar sus sollozos tapándose la boca con la mano.
—Debe haber sido horrible, cariño...
—Y podría haber sido mucho peor si Joselu... —Me quedé paralizado en mitad de la frase. La adrenalina me había nublado el juicio, pero de pronto la realidad me dio otra bofetada—. ¡Dios! Joselu... Tengo que ver cómo está. Recibió la bala que iba directamente dirigida al vientre de Mía.
—¿Cómo? —preguntó mi hermano, abriendo mucho los ojos por el impacto.
No me paré a explicar nada más. La culpa y la gratitud se mezclaron en mi pecho, empujándome de vuelta al interior del edificio. Entré corriendo en el hospital, directo al mostrador de información de urgencias y cirugía, exigiendo de malas maneras saber el estado de Joselu.
Tras unos minutos interminables de consultar pantallas y dar vueltas, regresé a la sala de espera donde se encontraban mis padres y Liam.
—¿Has podido averiguar algo sobre Joselu? —me preguntó mi padre en cuanto me vio aparecer.
Me dejé caer en una de las sillas, frotándome la cara con las manos.
—Está en quirófano. Los cirujanos están comprobando si se le ha roto el bazo.
La bala le dio en el lado superior izquierdo del abdomen.
Aunque llevaba el chaleco antibalas, el impacto fue tan brutal que, si el bazo está desgarrado, podría haberse desangrado por dentro en cuestión de minutos.
Menos mal que los sanitarios lo asistieron y lo estabilizaron en la misma nave antes de traerlo.
—Madre mía... Ojalá se recupere —susurró mi madre, juntando las manos en una oración muda.
—Si no hubiese sido por él... Mía y Cloe no tendrían ahora mismo ninguna opción. Ninguna.
Nos quedamos en un silencio denso, pesado, roto únicamente por el sonido de los pasos ajenos en el pasillo.
Una hora después, el pasillo de la sala de espera se llenó de rostros conocidos.
Eric, Enzo, Cami y Adri aparecieron casi al mismo tiempo.
No habían dudado ni un solo segundo en dejar sus puestos de trabajo, sus obligaciones y sus vidas en cuanto se enteraron de la noticia para venir a hacerme compañía.
Verlos allí me conmovió en lo más profundo.
Sentí una gratitud inmensa hacia ellos, no solo por estar arropándome a mí, sino por querer tanto a mi mujer.
Como decía Mía, eran su familia elegida, y verlos con los rostros desencajados por la preocupación demostraba que Mía había logrado rodearse de personas excepcionales.
Cami se sentó a mi lado y me apretó la mano, mientras Eric y Enzo intercambiaban palabras en voz baja con mi padre. Adri no dejaba de mirar hacia la entrada de la sala de espera.
Agradecía su apoyo con toda mi alma, de verdad, pero en esos momentos el dolor me tenía anestesiado.
Mi mente sufría de una visión de túnel absoluta: no tenía ganas de hablar, ni de escuchar consuelos, ni de gestionar el dolor de nadie más.
Solo tenía ojos para esa maldita puerta.
Solo esperaba ver aparecer la bata verde del doctor viniendo hacia mí para decirme que todo había salido bien, que mi mujer y mi hija estaban a salvo, y que la pesadilla por fin había terminado.
El tiempo en esa sala de espera se estiró como un chicle maldito, un suplicio de minutos que pesaban como lápidas. Mis manos, ya secas de la sangre de Mía pero aún impregnadas de su olor, temblaban cada vez que el ruido de una camilla cruzaba el pasillo.
De pronto, el siseo del aire comprimido rompió el murmullo.
Las puertas se abrieron y apareció él. El cirujano principal, con el gorro verde arrugado en la frente, las ojeras marcadas hasta el alma y una expresión indescifrable.
Me puse en pie tan rápido que el mundo me dio un vuelco.
Toda la sala se quedó en un silencio de tumba.
El doctor se acercó a mí. Su tono era cauteloso, midiendo la gravedad de la situación, pero dejando espacio para un rayo de luz que me atravesó el pecho:
—James, su hija ya está en la planta de neonatología.
Ha pesado 2,9 kilos, un peso excelente para las treinta y seis semanas de gestación.
Nacer a las treinta y seis semanas significa que sus órganos están prácticamente formados, pero debido al desprendimiento de placenta, la bebé estuvo varios minutos sin recibir el oxígeno adecuado.
Tuvimos que reanimarla en el quirófano nada más nacer.
Sentí un viaje directo al infierno. ¿Reanimarla? ¿Mi pequeña Cloe había estado sin respirar? El pánico me atenazó la garganta, dejándome casi sin aire.
—¿Pero está bien? ¿Puede respirar? —pregunté, con el corazón en un puño, sintiendo una opresión tan sádica en el pecho que creí que me iba a dar algo allí mismo.