CAPÍTULO 26 JAMES
El mundo se paró por completo y, de repente, continuó a cámara lenta.
Fue una desconexión absoluta entre mi mente y la realidad.
Todo lo que sucedió a partir de ese milisegundo se grabó en mi memoria con una nitidez espantosa, fotograma a fotograma.
Vi el fogonazo del arma de Diego Beltrán, un destello naranja que rasgó la penumbra de la nave.
Casi en el mismo suspiro, un segundo estruendo ensordecedor hizo temblar las vigas de hormigón.
Vi cómo la bala de ese segundo impacto perforaba el abdomen de Diego Beltrán, doblándolo por la mitad antes de que cayera hacia atrás, pero mis ojos ya no estaban fijos en él. Mis ojos estaban abajo. En el suelo.
Mía estaba desplomada sobre el cemento frío, desmadejada, como una muñeca rota a la que le hubieran cortado los hilos.
Debajo de ella, un charco de sangre espesa y oscura se expandía a una velocidad terrorífica, tiñendo el suelo de un rojo denso que parecía no tener fin.
Justo a su lado, Joselu yacía herido; se había lanzado al vacío, interponiendo su propio cuerpo entre el plomo de Diego y el vientre de Mía.
Intenté correr hacia ella, pero mi cuerpo se rebeló.
Viví la peor pesadilla de cualquier ser humano: quería volar, quería arrancar el suelo con mis pasos, pero mis piernas pesaban como el plomo.
Sentía que avanzaba sumergido en fango, a cámara lenta, mientras la distancia entre Mía y yo se estiraba de forma infinita. Cada paso me costaba la vida.
Cuando por fin caí de rodillas a su lado, el horror me atenazó la garganta. Otros policías irrumpieron en la nave, sus voces me llegaban amortiguadas, como si estuviera bajo el agua. Empezaron a asistirla, presionando telas contra sus heridas, mientras yo solo podía fijar la mirada en su rostro.
Era una escena de terror absoluto, algo tenebroso que se quedará grabado en mis pesadillas para siempre. Su cara, siempre tan perfecta, estaba desfigurada por los moratones; la boca y la nariz estaban cubiertas de una costra de sangre que seguía manando.
A los pocos minutos —que para mi cordura parecieron horas eternas—, el eco estridente de las sirenas rebotó contra las paredes de metal de la nave. Los servicios sanitarios entraron como un torbellino de luces azules y camillas.
Me subí a la ambulancia de un salto, incapaz de soltar la mano de mi mujer, que se sentía gélida. Antes de que cerraran las puertas traseras, alcancé a ver de lejos cómo subían a Joselu en otra unidad médica. Se había jugado la vida por ellas. Se había tragado la bala que iba derecha hacia ellas.
El espacio cerrado de la ambulancia se convirtió en un manicomio de urgencia médica.
—¡Embarazada de 36 semanas de gestación!
—Traumatismo severo por agresión física, shock hipovolémico...
—¡Posible desprendimiento de placenta! Repito, posible desprendimiento. Las estamos perdiendo.
—¡Preparen el quirófano de urgencia, entramos en código rojo!
El desasosiego y el pánico me nublaban la vista mientras escuchaba las voces de alarma de los auxiliares médicos, que gritaban con desesperación a través del intercomunicador con el hospital.
—Mía... Mía, mírame, por favor. Quédate conmigo, nena —la llamé con la poca voz que me salía, un hilo quebrado que se ahogaba entre el ruido de los monitores que pitaban como locos.
No me contestó. No se movió. Solo podía escuchar cómo respiraba con una dificultad espantosa, un sonido rudo y asmático que indicaba que su cuerpo se estaba rindiendo.
El monitor cardíaco bailaba en cifras peligrosas.
Miré mis manos, estaban cubiertas de su sangre; miré su vientre, la vida de Cloe pendía de un hilo tan fino que sentí que si parpadeaba, todo se apagaría.
Estaba viviendo mi propio infierno en la tierra, atrapado en un cubículo blanco mientras el motor rugía hacia el hospital, rezando a un Dios, en el que no creía, para que no me dejara volver a casa con las manos vacías.
Llegamos al hospital más rápido de lo que fui consciente.
Las puertas de la ambulancia se abrieron de golpe y el sonido del motor fue sustituido por el grito de las camillas cruzando el umbral de urgencias.
La bajaron a toda velocidad, un torbellino de batas blancas y cables moviéndose al unísono.
Yo corría a su lado, negándome a soltar esa mano gélida que se me escapaba entre los dedos, hasta que chocamos contra un muro invisible.
Llegamos a las puertas de doble hoja que daban acceso a la zona de “QUIRÓFANOS”.
—Por favor, debe esperar aquí —me dijo un enfermero, interponiéndose firmemente en mi camino.
No me dejó contestar. Se dio la vuelta con prisa y cruzó el umbral, dejando que las puertas se cerraran detrás de él con un suspiro neumático que me pareció el sonido más desolador del mundo.
A través del cristal despulido, alcancé a ver por última vez un arsenal de personas moviéndose frenéticamente alrededor de mi familia.
Mi familia... esa que hacía apenas unas horas llenaba mi vida de planes, de patucos beige y de risas, y que ahora mismo no sabía si volvería a tener.
El pánico me vació por dentro. Me quedé allí, de pie, mirando mis manos manchadas con su sangre, hasta que las piernas me dejaron de responder.
Me agaché sin ningún tipo de pudor, dejándome caer contra la pared del pasillo frío.
Toda la soberbia, el control del que siempre había presumido, mi armadura implacable...
todo se deshizo en un segundo. La tensión acumulada, el miedo atroz que me paralizaba el pecho y los nervios destrozados comenzaron a salir en forma de lágrimas desbordadas, sin ningún tipo de miramiento.
Lloré con un llanto sordo y violento que me desgarraba la garganta.
Tenía miedo. Un miedo cerval, primitivo, que nunca antes había experimentado.
Miedo a perder a Mía, miedo a perder a mi hija, miedo a perderlas a las dos y quedarme flotando en un espacio vacío.
¿Qué sería de mi vida sin ellas? ¿Para qué querría el despacho, el éxito, el dinero o el simple hecho de respirar si al volver a casa solo me esperaba el eco de una habitación vacía? Sería un maldito fantasma.
“Por favor, Mía... eres la mujer más fuerte que he conocido en toda mi vida. Necesito que saques esa fuerza una vez más. Lucha, nena. Lucha por ti, lucha por Cloe. No me dejes solo. No me abandones”, susurré en mi interior, como si el mensaje pudiera llegarle, allá donde se encontrara en ese momento.
Al pronunciar esa palabra en mi mente —abandonar—, algo hizo un clic devastador dentro de mí. Fue como si una compuerta se abriera y todos los relatos que Mía me había confiado sobre su niñez me golpearan a la vez, con una claridad espantosa.
Mía me había hablado muchas veces de la soledad de su infancia.
Me había descrito el frío de quedarse encerrada en un armario, el silencio sepulcral de una casa donde a nadie le importaba si cenaba, si lloraba o si seguía respirando.
Yo la escuchaba, la abrazaba y la consolaba, pero lo hacía desde la comodidad del hombre que siempre había tenido una red de seguridad, una familia que lo respaldaba y un suelo firme que pisar. Qué estúpido fui.
Ahora, en este pasillo estéril, comprendía su pasado porque su peor pesadilla se había convertido en mi presente.
Si esas puertas de quirófano no se volvían a abrir, si Mía y Cloe me dejaban...
yo sería el que se quedaría completamente solo y abandonado.
Sentí un pánico primitivo, un terror que me helaba la sangre al visualizar mi vida sin ellas.
Me vi a mí mismo caminando por nuestra casa vacía, mirando la habitación beige y verde que con tanto amor habíamos preparado, tocando el letrero de madera con el nombre de una hija que nunca llegaría a acunar.
Sería un desierto. Una existencia gris y despojada de todo sentido.
Sin Mía, yo no sabía quién era. Ella era mi norte, la persona que había logrado ablandar mis esquinas más oscuras, la que me daba un propósito real más allá de ganar juicios y acumular ceros en la cuenta bancaria.
Si las perdía a las dos, me quedaría absolutamente perdido.
Sería como un náufrago en mitad de una tormenta eterna, sin brújula, sin estrellas que guíen el camino y sin tierra firme a la que regresar.
Todo mi éxito profesional, el bufete, el prestigio...
todo se reducía a cenizas flotando en la nada.
No valían nada si no tenía a mi mujer para abrazarla por las noches ni a mi pequeña Cloe para enseñarle el mundo.
Sentí la desolación pura que ella cargó en sus hombros de niña, pero multiplicada por el dolor de haber conocido la felicidad absoluta y estar a punto de perderla para siempre.
El pasillo del hospital se volvió un lugar tenebroso, un limbo donde solo se escuchaba el eco de mis propios sollozos y el peso de una cuenta atrás que me estaba destrozando el alma.
No sé cuántos minutos pasaron ni cuánto tiempo estuve en esa posición; solo sé que no podía levantarme de ese suelo frío que me hacía compañía.
De pronto, escuché unas voces familiares: mi padre, mi madre y Liam se acercaban a mí corriendo.
Mi hermano llegó primero. No dijo nada, solo me abrazó y lloró conmigo.
—Tranquilo, James, estamos aquí —dijo mi hermano.
Esas palabras no me aliviaron, sino que hicieron que llorara aún más.
Tras unos minutos, Liam me ayudó a levantarme.
Las caras de mis padres podrían ser perfectamente el reflejo de la mía.
Ambos me abrazaron sin decir nada; no hacía falta.
Nos sentamos en las sillas del hospital cuando las puertas del quirófano se abrieron.
De allí salió un doctor. No lo dudé y me planté frente a él.
—¿Cómo está mi esposa?
—¿Cuál es su nombre?
—Soy James.