Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 25 MÍA
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CAPÍTULO 25 MÍA

Los párpados me pesaban como si estuvieran sellados con plomo.

Intenté abrirlos, pero la luz, aunque escasa y sucia, me hería las pupilas.

Mi mente era una nebulosa espesa, un laberinto de sombras donde los recuerdos se escurrían entre mis dedos.

Tenía un dolor punzante en la cabeza. No sabía dónde estaba.

No sabía qué hora era. Solo sabía, con un terror sordo que empezó a treparme por la garganta, que no podía moverme.

Cuando mis ojos finalmente me dieron una tregua, la realidad me golpeó con la fuerza de un naufragio. Estaba sentada en una silla metálica, con las manos atadas a la espalda. El lugar era lúgubre, una nave industrial abandonada que olía a óxido y a humedad.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Lo último que recordaba era cerrar la puerta de casa con la ilusión de ver a Cami, montar en aquel taxi…

y de repente, un sueño profundo y antinatural me arrastró al fondo de un pozo.

Tendrían que haberme dejado inconsciente con algo parecido al cloroformo.

El sabor metálico en mi garganta me lo confirmó.

Cuando mi vista se volvió más nítida, levanté la mirada. Lo que vi me horrorizó más que las cuerdas o la oscuridad de aquel sitio. Diego Beltrán estaba allí, a pocos metros, observándome con unos ojos cargados de un odio que se me antojaba familiar.

Esa mirada. La recordaba perfectamente. Me transportó de golpe a aquella noche que pasé mi vida intentando borrar: yo, encerrada en el armario, el sonido de un cristal rompiéndose y el dolor agudo de una esquirla clavándose en mi nuca.

Un dolor que ninguna niña debería sentir jamás, ni en la piel ni en el corazón.

Los gritos ahogados de mi madre volvieron a resonar en mis oídos como un eco macabro.

—Buenos días, bella durmiente —soltó él. Su voz era como una lija sobre mi conciencia.

—¿Qué… qué me has hecho? —logré articular, aunque mi lengua se sentía torpe.

—Te lo avisé, Mía. Retira la acusación. Pero como siempre: necia, testaruda, orgullosa. Siempre velando por la familia Bernard… Ahora pagarás por todo lo que me has hecho.

—Yo no te he hecho nada —respondí, intentando que mi voz no temblara, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.

—Nacer, Mía. Eso hiciste.

Sus palabras fueron como un tajo.

—Solo recibiste lo que tú mismo sembraste —le espeté, buscando fuerzas en la rabia—. El karma te…

No me dejó terminar la frase. Me cruzó la cara con una bofetada que me hizo ver estrellas y me dejó el sabor metálico de la sangre en los labios.

—Si no fue por las buenas, será por las malas —siseó, acercándose tanto que podía oler su rancio aliento—. No voy a consentir pasar el resto de mi vida en prisión. Yo ya no tengo nada que perder, en cambio tú… tú sí tenías y no me hiciste caso. Te lo has buscado tú solita.

Mis ojos bajaron instintivamente hacia mi barriga.

Cloe. Sus palabras anteriores volvieron a retumbar en mi cabeza: “Nacer, Mía, eso hiciste” .

En ese instante, un escalofrío, que me heló hasta el alma, me recorrió el cuerpo.

Ya no era miedo por mí. He sobrevivido a sus golpes antes, he sobrevivido a su abandono, a su rechazo, a sus amenazas.

Pero esto era distinto. Esto era una venganza dirigida hacia mi hija, hacia un ser inocente que aún no había visto la luz.

Sentí el miedo más horrible que jamás había experimentado en toda mi vida, y Dios sabe que mi lista de horrores es larga. Estaba atada, vulnerable, y mi hija estaba en manos de un hombre que consideraba que “nacer” era un crimen castigable.

—Déjame libre. Huye, sal del país y olvídate de mí —las palabras salieron de mi boca como un ruego roto, un último intento de apelar a una lógica que él no poseía.

—¿Ahora? ¿Piensas que ahora es el momento? —Su risa fue corta, seca, cargada de un veneno que me heló la sangre.

Sentí el impacto antes de verlo. Otra bofetada.

Esta vez fue tan fuerte que mi cabeza rebotó hacia un lado y el sabor metálico invadió mi boca por completo.

Escupí sangre al suelo, jadeando, intentando recuperar el equilibrio en esa silla maldita.

Del impacto, mi colgante, ese que llevo puesto desde que James me lo regaló, convirtiéndose en mi mayor talismán, salió disparado.

—¡Basta! —grité, aunque mi voz era apenas un hilo—. ¿No te he importado nunca? ¿No te importa que llevo a tu nieta dentro de mí? ¿Qué clase de ser humano hace lo que estás haciendo?

Diego se inclinó sobre mí, invadiendo mi espacio con su aliento gélido. Sus ojos eran dos pozos vacíos.

—No intentes hacerme sentir mal porque no siento nada —siseó—. Todo en mi vida estaba bien. Tenía dinero, poder, estatus social... todos estaban a mis pies y tú lo jodiste todo. Todo.

El sabor metálico de la sangre en mi labio me devolvió a la realidad de golpe.

El dolor punzante en el vientre me dio un aviso de que Cloe corría peligro si dejaba que el pánico me dominara.

Inspiré hondo, obligándome a estabilizar las pulsaciones, y levanté la cabeza para mirar al hombre que tenía enfrente.

Mi padre. El monstruo que me había dado la vida y que ahora parecía disfrutar con la idea de arrebatármela.

Diego me miraba con una sonrisa desquiciada, la sonrisa de alguien que sabe que lo ha perdido todo y solo busca arrastrar a los demás a su propio infierno. Creía que verme atada y embarazada lo ponía en una posición de poder.

Qué poco me conocía. Qué poco sabía de la Mía que él mismo había ayudado a endurecer.

—¿De verdad crees que esto va a detener el juicio, Diego? —mi voz sonó extrañamente calmada, gélida, rompiendo el eco de la nave abandonada.

Él soltó una carcajada seca, dándole un golpe a una mesa de metal cercana.

—¡Cállate! No tienes ni idea de lo que soy capaz. Pensaste que me ibas a destruir con tus malditas leyes. Esto se acaba hoy, Mía. Tú y tu maridito vais a pagar por cada euro que me habéis quitado.

Esbocé una sonrisa amarga, forzando una serenidad que desafiaba por completo su violencia física. No iba a encogerme. No más.

—Mírate. Estás acabado y lo sabes —ataqué, clavando mis ojos en los suyos, buscando la fibra de su desmedido narcisismo.

Sentí un estallido de dolor en la espinilla cuando su bota impactó contra mi pierna. Un grito de agonía escapó de mi garganta.

—Para, por favor... —supliqué, con las lágrimas quemándome las mejillas.

—No pararé hasta arrebatarte lo que más quieres.

Esta vez, no fue a la cara ni a la pierna.

El golpe lo dirigió hacia la parte más sagrada de mi cuerpo.

Sentí una sacudida eléctrica que me recorrió entera.

Mi cuerpo se contrajo por puro instinto, encogiéndome sobre mí misma tanto como las cuerdas me permitían.

“ Aguanta, hija. Por favor, Cloe, aguanta. Saldremos de esta, te lo prometo. Papá vendrá”.

Empecé a llorar desconsoladamente, con la mirada clavada en mi vientre, intentando enviarle a mi pequeña toda la fuerza que me quedaba, mientras el pánico de perderla me asfixiaba más que el polvo de la nave.

—¡Mírate! ¡Eres débil! —rugió él.

Me agarró del cuello con una mano, obligándome a levantar la cabeza con tal violencia que sentí un tirón en las cervicales. Con la otra mano, sacó un arma de su bolsillo trasero. El frío del metal brilló bajo la luz mortecina del techo.

—Debiste hacerme caso desde el principio, en nuestro primer encuentro… pero no —dijo, y su voz temblaba de una furia contenida durante años—. Todo hubiese sido distinto. Me debías devolver mi vida anterior. Debiste darme el dinero que te pedí... pero no.

Me escupió en la cara, un acto de desprecio que me hizo cerrar los ojos con asco. Acto seguido, me golpeó en la barbilla con la culata del arma, dejándome aturdida, y sin darme tiempo a respirar, descargó un rodillazo brutal directamente contra mi vientre.

El dolor fue indescriptible. Fue una explosión de oscuridad que me nubló el juicio.

Me contraje de forma violenta, el aire escapó de mis pulmones en un gemido sordo y sentí que el mundo se desvanecía.

En medio de esa agonía, solo podía pensar en una cosa: el latido de Cloe.

“ James encuéntranos” , grité en mi mente, antes de que el dolor me sumergiera por completo.

Diego se detuvo. El silencio que siguió al último golpe fue casi más aterrador que su violencia. Dio unos pasos atrás, jadeando, y fue entonces cuando sentí una calidez húmeda y aterradora deslizándose por mis muslos.

Bajé la mirada. El rojo teñía mis piernas, manchando mis zapatos, extendiéndose por el suelo de cemento.

—Por favor, papá... por favor —supliqué con un hilo de voz que apenas reconocí—. Estoy sangrando. Mi bebé... ¡Cloe!

Él me miró, pero no vi ni un ápice de humanidad. Solo el vacío.

—No me importa —sentenció con una frialdad que me caló los huesos—. Soy un hombre acabado y me he jurado a mí mismo que pagarás por todo lo que me has hecho. No tengo nada que perder, Mía. Absolutamente nada.

Levantó el brazo. El cañón del arma me apuntaba directamente desde unos tres metros.

El horror se instaló en mi cara como una máscara de piedra.

Tenía razón. Era un hombre acabado, una cáscara vacía que él mismo se había encargado de destruir pieza por pieza a lo largo de los años.

En ese momento, lo comprendí: mi vida y la de mi hija estaban a punto de terminar en este rincón olvidado del mundo.

El sonido empezó a llegarme con un eco extraño, como si mi mente estuviera intentando huir de mi cuerpo para no sentir el dolor. La sangre seguía acumulándose bajo mis pies.

—Mi beb... —intenté decir, pero el aire no llegaba.

De repente, la puerta de la nave estalló.

—¡Suelta el arma! —La voz de Joselu retumbó como un trueno—. Estás detenido, Diego Beltrán. ¡Tira el arma y pon las manos en la cabeza!

Joselu apareció entre las sombras, apuntándole, con la cara tensa por la furia y el deber. Diego ni siquiera parpadeó.

—Nunca —respondió mi padre con una calma suicida.

—No tienes a donde ir, Diego. Suéltala.

—Lo sé —siseó él, clavando sus ojos de hiena en los míos—. Pero adonde yo voy, ella viene conmigo.

Todo sucedió en una fracción de segundo. Escuché el estallido seco de un disparo. Una sombra se interpuso entre Diego y yo, una figura que se lanzó al vacío para cubrir mi cuerpo, para recibir el impacto que iba dirigido a mi vientre.

—¡¡NOOOOOOO!! —el grito me desgarró la garganta.

Mi vista empezó a nublarse. El mundo se volvía borroso, teñido de un gris ceniza. Sentía que me desangraba, que la vida se me escapaba por cada poro. De repente, escuché otro disparo, más lejano, más confuso. Pero mis fuerzas se agotaron.

Mis ojos se cerraron, pesados, rindiéndose a la oscuridad, sin saber si el calor que sentía frente a mí era el de James protegiéndome o el último rastro de luz antes de morir. Solo pude pensar en un nombre antes de que el silencio fuera total: Cloe.