Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 24 JAMES
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CAPÍTULO 24 JAMES

Desde que crucé las puertas de cristal de Bernard Legal Group esa mañana, el mundo exterior dejó de existir. Ni correos electrónicos, ni llamadas de clientes urgentes, ni notificaciones. Nada. Solo había un nombre grabado a fuego en mi mente: Diego Beltrán.

Almudena y Kai ya me esperaban en la sala de juntas.

El ambiente estaba cargado de esa electricidad que precede a las grandes batallas.

Los tres sabíamos que no podíamos permitirnos ni un solo error.

Estábamos hilando tan fino que cada argumento, cada prueba y cada testimonio encajaban como las piezas de un mecanismo de relojería suizo diseñado para estallar en el momento justo.

—Quiero que seáis demoledores —les dije, apoyando las manos sobre la mesa y mirándolos fijamente—.

Mañana no vamos solo a ganar un caso. Mañana vamos a dejar claro que esa persona...

por llamarla de algún modo, es un cáncer social.

No quiero que al Juez le quede ni un resquicio de duda: Diego Beltrán no tiene intención de cambiar, no tiene remordimientos y su único lugar es detrás de unos barrotes, lejos de la gente a la que ha destrozado.

Mientras revisábamos los folios de las conclusiones, sentía un nudo de acero en el pecho.

Mis sentimientos eran una mezcla de frialdad profesional y una furia sorda que me quemaba las entrañas.

Lo que ese hombre me hizo a mí y a mi familia fue imperdonable, pero lo que le hizo a su propia hija...

eso es lo que me daba la fuerza necesaria para no desfallecer tras doce horas de trabajo ininterrumpido.

Mía es lo más importante de mi vida. Imaginar su cara al leer esa maldita nota de “Se acabó tu tiempo”, recordar el rastro de dolor que ese malnacido ha dejado en su alma desde que era una niña, me convertía en algo más que un abogado. Me convertía en su escudo.

Quería que mañana, cuando todo terminara, Mía pudiera respirar por fin.

Quería que se sintiera orgullosa del hombre que tiene al lado.

No por el éxito o el dinero, sino porque ella supiera que soy capaz de mover el cielo y la tierra para protegerla a ella, a nuestra hija y al futuro que estamos construyendo.

Kai y Almudena estaban haciendo un trabajo excelente, eran brillantes, pero yo repasaba cada coma. Quería que sus intervenciones fueran cuchillos afilados. Diego Beltrán nos había subestimado durante demasiado tiempo, pensando que podía manipularnos desde las sombras. Se equivocaba.

—Mañana —sentencié, cerrando la carpeta del caso con un golpe seco que resonó en toda la sala—, Diego Beltrán dejará de ser una amenaza. Mañana le devolveremos a Mía la paz que él le robó hace años.

Cuando salí del despacho, ya se estaba poniendo el sol. Estaba agotado, pero la adrenalina me mantenía en pie. Mañana sería el día. Mañana, por Mía, por Cloe y por todos nosotros, el veredicto no sería solo legal; sería la destrucción final de un monstruo.

Crucé el umbral de casa con el peso de mil folios y una furia contenida en los hombros.

En cuanto vi a Mía en la cocina, el mundo exterior —la sala de juntas, las pruebas incriminatorias, el rostro cínico continuo de Diego en mi mente— se desdibujó.

Me fui directo hacia ella, la agarré de la cintura y la atraje hacia mí en un beso que fue, literalmente, mi salvavidas.

Necesitaba su aire, su paz, su realidad para no ahogarme en la mía.

—Yo también me alegro de verte —murmuró ella sobre mis labios, con esa sonrisa que es lo único capaz de desarmarme.

—No más que yo —respondí con una sinceridad que me dolió en la garganta.

Me deshice de la chaqueta con un gesto mecánico y la dejé en el respaldo de la silla. Sentía los músculos del cuello como cuerdas de piano a punto de romperse.

—¿Un día complicado? —me preguntó Mía, observándome con esos ojos verdes que no dejan pasar un solo detalle.

—Sí.

Mi respuesta fue escueta, casi un susurro.

No había llegado tan tarde a casa desde que supimos de su embarazo, y ella, en ese momento, supo el motivo.

Pero Mía, con una sabiduría que me llenó de gratitud, decidió no profundizar.

No hubo interrogatorios, ni peticiones de detalles, ni “James, cuéntame”.

Me dejó respirar. Sabía que cualquier palabra sobre el juicio o sobre su padre era una mecha encendida para su tensión arterial, y esa noche, con el nivel de adrenalina que yo traía, ya teníamos suficiente “electricidad” en casa.

Disfrutamos de una velada tranquila, casi irreal. Hubo achuchones en el sofá, besos lentos y ese tipo de cercanía que no necesita palabras para decir “estoy aquí”.

A las once nos fuimos a dormir. Bueno, ella se fue a la cama y, gracias a Dios, el cansancio del embarazo la venció pronto. Yo me acosté a su lado, la rodeé con mis brazos protegiendo su vientre, pero no pegué ojo.

El techo de nuestra habitación se convirtió en una pantalla donde repasaba cada interrogatorio. Podía oír mi propio corazón martilleando contra la almohada. No quería que mañana fuera solo un juicio; sino que, en mi interior, deseaba que fuera el fin de una era de miedo.

Cada vez que Mía se movía en sueños o Cloe me daba una patadita en el antebrazo, recordaba por qué estaba haciendo esto.

Miré el despertador: las 3:00 am. Luego las 4:30 am. El amanecer estaba cerca, y con él, la cita con el destino. Dentro de unas horas, Diego Beltrán vería de lo que es capaz un hombre cuando le tocan lo más sagrado.

El aire en los pasillos de la Audiencia Provincial se sentía gélido, cargado de ese olor a papel antiguo y solemnidad que normalmente me hace sentir en mi elemento. Pero hoy era distinto. Hoy era el día. El juicio de Diego Beltrán.

Había trazado un plan milimétrico para proteger a Mía.

La convencí de que se fuera con Cami a terminar las compras para Cloe; sabía que Cami la mantendría distraída y lejos de cualquier noticia.

Mía es demasiado inteligente y estoy seguro de que intuía que hoy era el gran día, pero aceptó el plan.

Necesitaba que estuviera a salvo, rodeada de peluches y ropa de algodón, no de abogados y odio.

Mi padre estaba a mi lado, en silencio, apoyándome como siempre. Almudena y Kai repasaban las notas finales. Todo estaba listo. Habíamos ensayado cada pregunta, cada objeción. Íbamos a destruirlo.

Sin embargo, algo no cuadraba. Vi al abogado de Diego en la puerta de la Sala. Miré el reloj.

—Almudena —dije, sintiendo una punzada de inquietud—, ¿por qué se está retrasando tanto el furgón de prisión? Debería haber llegado hace veinte minutos.

—¿El furgón? —Almudena me miró con el ceño fruncido y una expresión de extrañeza que me heló la sangre.

—El furgón que trae a Diego Beltrán desde prisión —repetí, impaciente—. ¿Han informado de su retraso?

—James... ¿no leíste la última notificación del juzgado?

—¿Qué última notificación? —El corazón empezó a golpearme las costillas con una fuerza violenta.

—A Diego Beltrán le concedieron la libertad provisional hasta la celebración del juicio. James, la resolución nos la notificaron hace una semana. La tenías en tu correo electrónico. Supuse que la habías leído.

—¿¡Cómo!? —El grito se me escapó antes de poder controlarlo.

Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies.

Últimamente no había estado muy pendiente del correo electrónico, sólo estaba centrado en el desarrollo del maldito juicio.

El mundo empezó a girar a una velocidad vertiginosa.

En un segundo, las piezas del puzle encajaron de la forma más macabra posible.

Las amenazas... la primera carta... la nota que recibimos hace dos días...

Se me vino a la mente esa maldita nota que encontré en la basura y no recuerdo haber visto el remitente del Centro Penitenciario.

¡Dios! ¡Cómo se me pudo pasar! No estaba en prisión. Estaba en la calle. Estaba cerca.

Con las manos temblorosas, saqué el móvil y llamé a Mía. Resultado: sin respuesta. Llamé a Cami.

—Cami, por el amor de Dios, pásame a Mía —solté en cuanto descolgó, mi respiración era un silbido ronco.

—¿A Mía? James, Mía aún no ha llegado —respondió Cami, y su tono de voz, entre extrañado y preocupado, fue como un disparo—. Hace un rato que la estoy esperando en el sitio donde quedamos. Pensé que se habría quedado dormida.

—¿Qué? —El pánico me atenazó la garganta.

—James, ¿qué pasa? Me estás asustando —insistió Cami.

—Intenta localizarla, por favor. Llámala sin parar. ¡Haz algo! —colgué sin esperar respuesta.

Mi padre se acercó a mí, poniéndome una mano en el hombro al ver mi estado.

—Papá... a Diego le dieron la libertad provisional. No está aquí... y no localizo a Mía. No ha llegado a su cita con Cami.

—Tranquilízate, James. Aparecerá. Quizá ha habido tráfico, o se siente indispuesta —dijo él intentando mantener la calma que a mí me faltaba—. Voy a llamar a tu madre y a Liam ahora mismo por si saben algo.

Se alejó con el teléfono pegado a la oreja. Yo me quedé allí, en mitad del pasillo, rodeado de gente que no sabía que mi vida se estaba desmoronando. Mi cabeza era un huracán. “Se te acabó el tiempo” . No era una amenaza vaga, era una cuenta atrás.

Mía tiene que estar bien. Tiene que estar llegando. Tiene que ser solo un retraso. Pero el instinto de protección, ese que me ha mantenido en vela tantas noches, me gritaba que el monstruo ya había salido de su jaula y que mi mujer estaba sola ahí fuera.

No podía quedarme ahí parado, viendo cómo el tiempo se me escapaba entre los dedos mientras la burocracia de los juzgados seguía su curso indiferente.

Cada segundo que pasaba sin saber de Mía era una puñalada en mi cordura.

Saqué el móvil y marqué el único número capaz de mover cielo y tierra en este momento.

—Joselu, Mía no aparece. Y Diego Beltrán tampoco ha llegado al juicio —solté en cuanto descolgó, con la voz rota por la urgencia—. Le han dado la provisional, Joselu. Está fuera.

—Voy para allá. No te muevas.

En menos de cinco minutos, Joselu apareció flanqueado por un compañero, cruzando las puertas de los Juzgados con paso decidido. Le conté todo en ráfagas de palabras desesperadas: la libertad provisional, la nota sin remitente de prisión, la cita fallida con Cami.

—Va a aparecer, James. Mantén la cabeza fría —me dijo Joselu, aunque vi cómo sus propios ojos se endurecían por la preocupación.

Yo no podía concentrarme. Los miedos más oscuros, esos que siempre había mantenido a raya bajo mi armadura de abogado impecable, me invadieron de golpe.

—¿Y si ya es tarde? ¿Y si ese hijo de puta la ha interceptado de camino? Mía está embarazada, está débil, no puede defenderse...

—James, respira —me ordenó Joselu, agarrándome por los hombros—. Vamos a analizar la situación. Piensa: ¿tienes puesto el localizador de su móvil? ¿Tienes forma de rastrearla? ¿Tenéis activada la ubicación compartida, algún sistema de esos?

—No... nunca hemos activado eso —dije, sintiendo una oleada de culpa abrasadora. Mi cabeza empezó a maldecirnos. ¿Por qué demonios no nos compartíamos la ubicación?

—James, escúchame bien —Joselu apretó más el agarre—. Compruébalo. Ahora mismo. Descartemos opciones. Mira el maldito teléfono.

La ubicación... las palabras de Joselu se quedaron rebotando en mi mente.

De repente, una imagen cruzó mis pensamientos como un relámpago: hace dos días, cuando Mía fue al centro comercial con mi madre.

Ella me envió su ubicación en tiempo real porque yo estaba obsesionado con que no se cansara demasiado y quería saber cuándo llegaba a casa.

Por favor, Mía... por favor… Por favor, que hayas pensado por los dos como haces siempre.

Mis dedos temblaban tanto que casi se me resbala contra el suelo de mármol.

Con el corazón martilleando contra mis costillas, busqué la aplicación. Abrí la app “Buscar”. El icono del radar verde parecía burlarse de mi lentitud. Toqué en la pestaña “Personas”. La lista estaba vacía, o eso creía, hasta que hice scroll. Allí aparecía su nombre: Mía.

Mis ojos se empañaron al ver los detalles.

Mía, en un alarde de esa inteligencia práctica que la hace única, no me había enviado un simple mensaje de WhatsApp que caduca a las pocas horas.

Había ido a su contacto, pulsado el símbolo + , seleccionado “Compartir mi ubicación” y, lo más importante, había marcado la opción “Indefinidamente”.

Lo había hecho por mí, para calmar mis nervios aquellos días, y se le había olvidado desactivarlo. O quizá, en el fondo de su mente brillante y previsora, sabía que este momento llegaría.

El mapa se cargó lentamente. Una gota de sudor me resbaló por la sien. El círculo azul con su inicial parpadeó una vez, dos veces... y se estabilizó en un punto que me heló la sangre. No estaba en ninguna zona de tiendas, ni cerca de la cafetería donde la esperaba Cami.

—¿Y bien, James? Di algo —insistió Joselu, impaciente.

—La tengo —dije, y por primera vez en toda la mañana, el aire entró en mis pulmones, aunque fuera cargado de puro terror.

—Dime la dirección. ¡Ahora! —Joselu ya estaba echando a correr hacia la salida de los juzgados, haciendo señas a su compañero.

Me subí al coche patrulla de un salto, casi antes de que Joselu y su compañero terminaran de arrancar.

El chirrido de los neumáticos contra el asfalto de la salida de los Juzgados fue el pistoletazo de salida para la carrera más importante de mi vida.

Me apreté el cinturón con manos temblorosas, manteniendo la vista clavada en el punto azul que parpadeaba en la pantalla de mi iPhone.

—No puedo creer que Mía me haya compartido su ubicación —susurré, más para mí mismo que para los demás, mientras veía cómo nos saltábamos el primer semáforo con la sirena a todo volumen.

Joselu, con las manos firmes al volante y la mirada fija en el tráfico, me contestó sin girar la cabeza:

—A veces, James, cuando alguien se siente vulnerable o sabe que el peligro acecha, toma precauciones que ni siquiera menciona. —Hizo una pausa para esquivar un camión—. Como siempre, Mía siendo Mía. Protegiendo a todos, protegiéndose a sí misma.

Sus palabras me golpearon. Tenía razón. Mía lo había hecho como un seguro de vida.

En su mente brillante y calculadora, el riesgo de Diego Beltrán siempre estuvo presente, incluso cuando yo intentaba protegerla diciéndole que todo estaba bajo control.

Ella siempre iba un paso por delante, incluso cuando el peso del embarazo, la anemia y su pasado intentaban frenarla.

Miré por la ventanilla, viendo cómo Madrid se desdibujaba a toda velocidad. Solo podía pensar en ella, en su carácter indomable y en Cloe. “ Aguanta, cariño” , imploré en silencio. “Voy por ti”.