CAPÍTULO 23 MÍA
Los primeros destellos de luz tenue se filtraban por las rendijas de la persiana, dibujando líneas azuladas sobre la pared.
Debía de ser muy temprano aún, pero para mí la noche no había sido más que una extensión de la pesadilla.
Me pasé las horas dando vueltas, con el cuerpo pesado y la mente aún más cargada, sintiendo cómo esas cuatro palabras —“Se acabó tu tiempo”— retumbaban en mi cabeza con la cadencia de un martillo golpeando metal.
Estaba claro. Era él. De nuevo mi padre intentando envenenar el aire que respiro.
¿Nunca va a cansarse? ¿Nunca va a dejarme en paz?
Me alejó de él cuando apenas era una niña, me obligó a navegar en un mundo hostil donde sobreviví por la caridad de extraños y la fría asistencia del Estado.
No le debo nada. Ni una lágrima, ni un pensamiento, ni la más mínima pizca de culpa.
Sin embargo, esa amenaza... esa maldita nota despertó el eco de nuestro último encuentro en prisión.
Aquella vez fue directo: si no retirábamos la acusación, jamás sabría de la existencia de mi hermano.
Ahora que la instrucción ha terminado, por lo que me dijo James, Diego ha decidido soltar a sus perros de nuevo. Pero se equivoca conmigo.
Él, que nunca dudó en desecharme, en tratarme como un estorbo o una moneda de cambio, no puede comprender mi decisión.
Yo he elegido a mi hija. Es una decisión que tomaría mil veces más.
Me prometí a mí misma que Cloe jamás conocería el sabor amargo del abandono.
Le daría todo el amor y el cariño que a mí me arrancaron de cuajo.
No quiero que sienta nunca que no vale nada, que es una carga o que su propia familia es su mayor enemigo.
Me siento como una leona herida que, a pesar del dolor, se levanta para cubrir a su cría.
Es una mezcla de agotamiento físico y una rabia sorda que me quema por dentro, un deseo feroz de que el mundo se detenga para que ella pueda nacer en paz.
Tengo que vivir el ahora. No puedo permitirme quedar atrapada en un pasado que huele a vidrios rotos, gritos ahogados y el sonido de golpes contra la pared o contra el cuerpo de mi madre.
Mi presente tiene nombres y apellidos. Mi presente es James, su apoyo incondicional y el calor de su mano sobre la mía.
Acaricié mi barriga con suavidad, sintiendo un leve movimiento de Cloe.
Mi prioridad es ella y mi realidad es este hogar que hemos construido.
Aunque la idea de tener a alguien de mi propia sangre me ilusione en algún rincón oscuro de mi corazón, ahora mismo no entra en mis planes.
No voy a sacrificar la paz de mi hija por una promesa de Diego Beltrán.
Mi pasado quedó atrás, sepultado bajo capas de esfuerzo y superación, y con él se queda todo lo que conlleva. Al menos, de momento.
Me giré sobre mí misma a duras penas, en una maniobra que requería más coordinación de la que mi cuerpo actual permitía.
Cloe se había empeñado en usar mis costillas como somier y sentía sus piececitos aprisionándome los pulmones en un recordatorio constante de que ya no me pertenecía del todo.
Busqué la calidez de James, esperando encontrar su espalda para pegarme a ella, pero mi mano solo encontró el tacto frío de las sábanas. Su lado de la cama estaba vacío.
Miré el reloj: las siete de la mañana. Para la Mía de estos últimos siete meses, que dormía hasta que el cuerpo le decía “basta”, era una hora intempestiva.
Pero para James, que suele ser un reloj suizo de eficiencia, también era inusualmente temprano para estar ya fuera de las mantas.
Me levanté como pude, deslicé los pies en las zapatillas y, con el paso lento de quien transporta un tesoro pesado, me dirigí al piso inferior.
Las luces de la cocina estaban apagadas, pero un resplandor tenue dibujaba sombras alargadas en el salón.
Me detuve en el umbral. Allí estaba él, sentado en el sofá, con la mirada perdida en un punto inexistente de la nada.
Estaba tan sumergido en sus pensamientos que ni siquiera notó mi presencia.
Lo contemplé en silencio y sentí cómo el corazón se me ensanchaba, casi robándole más espacio a mis pulmones.
Si alguien me hubiera dicho hace años que terminaría perdidamente enamorada de aquel hombre déspota, arrogante y con aires de grandeza que entró en mi despacho sin llamar, lo habría denunciado por calumnias.
Sin embargo, ahora la idea de una vida sin él me resultaba insoportable.
James es el ejemplo perfecto de que las apariencias engañan: tras esa fachada de abogado frío y calculador, se esconde un corazón blando y una sinceridad que a veces me desarma.
Mientras lo miraba allí sentado, el esfuerzo doble, el cuidado físico, la disciplina de hierro y el muro de contención que ha sido desde que supimos que Cloe venía en camino, me vino a la cabeza.
Se ha echado a la espalda el trabajo de los dos, gestionando el despacho y la nueva sede de Málaga sin quejarse ni una sola vez.
A lo que hay que añadirle, esos masajes nocturnos en mis pies hinchados cuando llegaba a casa agotado, como si no hubiera nada más importante en el mundo que mi comodidad.
Por supuesto, su insistencia casi religiosa con mis rutinas mañaneras para combatir la anemia, asegurándose de que tuviera todo lo necesario antes incluso de que yo abriera los ojos.
Y cómo olvidar ese silencio estratégico, pues sé que ha lidiado con incendios en el trabajo y con presiones que me oculta para que mi tensión no suba ni un milímetro.
Me quedé allí, observando su perfil bajo la luz tenue, dándome cuenta de que mi hija no podría haber elegido a un mejor padre. James es y será el refugio de ambas.
De repente, vi cómo giró la cabeza y me encontró en la penumbra.
Tiene ese sexto sentido, esa capacidad casi animal de saber que me encuentro cerca, como si estuviéramos conectados por una frecuencia que solo nosotros sintonizamos.
Juro que no había hecho ni el más mínimo ruido, pero sus ojos se clavaron en los míos con una precisión asombrosa.
—¿No es muy temprano para ti? —preguntó con esa voz rasposa de quien lleva horas dándole vueltas a la cabeza.
—¿Y para ti? —le devolví la pregunta, acercándome al sofá con paso lento.
—No podía dormir.
—Yo tampoco. ¿Qué te ocurre, James?
—Tengo muchas cosas en la cabeza —se sinceró.
Me detuve frente a él. La luz de la luna que entraba por el ventanal le marcaba las facciones, haciéndolo parecer un guerrero en tregua.
—Soy tu mujer, puedes contármelas —le recordé con suavidad.
Él no respondió con palabras. Me atrajo hacia sí y me hizo un hueco a su lado. Me senté como pude, echándole una pierna por encima —o al menos lo que la barriga de ocho meses me permitía. James bajó la mirada hacia mi vientre con una adoración que me derritió por dentro.
—Ya queda poco para tenerla con nosotros —susurró, acariciando la curva de mi abdomen.
—Sí —confirmé, sintiendo un leve hipo de la pequeña Cloe.
—Estoy deseando ver su cara y su pelo —dijo.
—¿Su pelo? —solté una risita.
—Sí. Quiero que se parezca a ti. Tienes que dejar tu huella en el mundo y quiero que ella continúe tu legado.
—¿Mi legado? —me reí de verdad esta vez—. ¿Qué legado puedo dejar yo, James? Soy una abogada cabezota que se pasa el día peleando con abogados como tú.
—El mundo no puede perderse ese carácter —sentenció él, y ambos reímos en la quietud del salón.
—Lo vas a pasar mal —le recordé.
—Pues yo creo que lo voy a pasar muy bien cuando las dos choquéis con ese carácter del infierno —añadió con ese brillo de picardía en los ojos que tanto me gusta.
Le acaricié la cara, notando la aspereza de la barba de unas horas.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté seriamente.
—Sí... solo que quiero que pasen ya las próximas semanas.
—Ah, ya entiendo. Quieres verme en el trabajo de nuevo, ¿no? —bromeé.
James soltó una carcajada limpia.
—Me has pillado.
Me cogió la cabeza con delicadeza y me atrajo hacia él. Puso su nariz junto a la mía, inspirando mi aroma como si estuviera guardando aire para una inmersión profunda. Me besó la frente con una ternura que me hizo cerrar los ojos.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, Mía —dijo en un tono tan desolador y tierno a la vez que me derretí.
—No sé qué habría sido de mi vida si no te hubiera conocido —dije sin pensar pues era la realidad.
—Probablemente estar con otro más guapo e inteligente —me soltó, disfrutando de la provocación.
—No creo que haya otro más inteligente —continué la provocación.
James se apartó apenas unos centímetros, mirándome con una mezcla de lujuria y una consternación fingida que me hizo estallar.
—¿Ah, y más guapo sí?
Y antes de que pudiera protestar o defenderme, sus manos encontraron mis costados y empezó a hacerme cosquillas.
Entre mis risas, los “¡para!” ahogados y las pataditas de Cloe, el salón se llenó de una luz que nada tenía que ver con el amanecer, y sí con el hombre que, contra todo pronóstico, se había convertido en mi todo.
Tras un tranquilo desayuno, James se fue a trabajar con esa armadura de abogado que tan bien le sienta.
Yo, por mi parte, decidí que no iba a dejar que la sombra de Diego ni esa maldita nota me amargaran el día.
Necesitaba aire, luz y mover un poco las piernas antes de sumergirme en las nuevas novelas que me esperaban en la mesita.
Justo cuando estaba debatiendo entre qué vestido me resultaba menos “carpa de circo”, sonó el móvil. Era Adri.
—Mía, tengo la mañana libre. ¿Te apetece que hagamos algo?
—Iba a salir a pasear —le confesé—. Es lo máximo que mi cuerpo me pide hoy, la barriga va pesando lo suyo.
—Me apunto. ¿Centro o barrio? —preguntó.
—Si te apetece vamos al centro, pero por los alrededores, no quiero aglomeraciones —le pedí—, porque el césped de mi barrio lo tengo ya demasiado visto.
—¿Retiro?
Media hora después, el taxi me dejaba en la puerta de Alcalá. El plan de Adri de ir al Retiro me hizo una ilusión casi infantil. “Para lo que has quedado, Mía... emocionarte por dar un paseo por el Retiro”, se burló mi subconsciente. Lo mandé a callar de inmediato.
Caminar por el Retiro era otra historia. Aunque el aire de Madrid seguía siendo frío, el sol brillaba con una fuerza que prometía primavera. Caminamos despacio —yo con mi “zancada de pato” reglamentario— hasta que mis tobillos dijeron basta. Nos sentamos en una terraza, buscando sol.
Me quité los zapatos un segundo por debajo de la mesa. La sensación fue casi orgánica.
—Descansa un poco, amiga. Esos pies te lo agradecerán —dijo Adri mirándome con compasión.
—Sí... la retención de líquidos y yo no somos buenas amigas. La odio. Daría lo que fuera por dar paseos por la orilla del mar ahora mismo. —admití.
—Mía y el agua... esos dos sí que son grandes amigos —rio Adri.
Tenía razón. El agua siempre ha sido mi centro, mi forma de resetear el cerebro. Lo había comprobado durante toda mi vida y, ahora, en el embarazo lo había confirmado con mis baños relajantes.
Estaba saboreando mi zumo de naranja, sintiendo cómo el azúcar me devolvía un poco de energía, cuando noté que el rostro de Adri cambiaba por completo. Abrió mucho los ojos y levantó la mirada por encima de mi hombro. Una sombra se proyectó sobre la mesa y no era una nube.
Giré la cabeza con lentitud, esperando cualquier cosa menos lo que vi. Arón.
—Hola, chicas. ¿Cómo estáis? —soltó con una sonrisa que me pareció de lo más hipócrita.
—Hola, Arón. Muy bien —respondió Adri en un tono... digamos, demasiado animado para mi gusto.
—Hola —contesté yo seca y cortante, como un cristal roto.
—¿Cómo llevas el embarazo, Mía? Te queda poquito, ¿no? —insistió, ignorando mi evidente falta de entusiasmo.
—Bien —atajé, más seca aún. No pensaba darle ni un titular.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó Adri. Le dediqué una mirada de absoluta incredulidad. ¿En serio, Adri? ¿Estamos de charla social con el enemigo?
—Muy bien, he venido a correr un poco, ya me iba. Me alegro de veros, chicas.
—Adiós, Arón —se despidió Adri.
Yo solo hice un amago con la cabeza, el mínimo movimiento físico requerido para que se marchara de una vez. En cuanto su figura desapareció por el sendero hacia el estanque, me giré hacia mi amiga con los ojos echando chispas.
— “¿Y tú cómo estás?” ... ¿En serio, Adri? —le solté, cruzándome de brazos como pude.
—Intentaba ser simpática, Mía...
—Hay que saber con quién se ha de ser simpática, y con Arón, desde luego, no lo era —sentencié—. Después de lo que le hizo a Liam, a James y a la familia Bernard al completo... es que no puedo ni verlo. Se me revuelve el estómago.
—Deberías intentar olvidar eso, te hace daño —dijo ella con ese tono conciliador que a veces me saca de quicio.
—Imposible. Hay cosas que no se olvidan, Adri. La lealtad es un camino de una sola dirección.
—Bueno... —suspiró ella, dándose cuenta de que conmigo no iba a ganar esa batalla—. Cambiemos de tema mejor. ¿Qué me dices de Cami y Eric?
Esas fueron las palabras mágicas. El veneno de Arón se disipó para dejar paso al azúcar del cotilleo del bueno.
—¡Eso sí que es un tema! —exclamé, inclinándome hacia delante—. Cuéntame, ¿qué sensaciones te dio la cena? Porque yo casi le ahogo con un vaso de agua y resulta que son la pareja del año...
Y así, entre risas y teorías sobre cómo Eric había logrado conquistar a la “indomable” Cami, el paseo por el Retiro recuperó su brillo. Adri tenía razón en algo: el presente era demasiado bonito como para dejar que los fantasmas del pasado, o los idiotas del presente, nos lo arruinaran.