CAPÍTULO 22 JAMES
Cruzar el umbral de casa se había convertido en mi momento de descompresión, pero esa tarde, la presión no bajó.
Mía estaba organizando la ropita de Cloe, pero supe que algo no encajaba cuando me dio un abrazo más fuerte de lo habitual, una especie de anclaje desesperado que me hizo saltar todas las alarmas.
—¿Estás bien? —le pregunté, hundiéndome en su cuello.
—Sí, quizá un poco abrumada —respondió. Pero su voz no era la suya; le faltaba esa chispa de seguridad que siempre la define.
Intenté restarle importancia pensando en el cansancio o en las compras con mi madre, pero la sombra en sus ojos me decía que había algo más.
Como yo también cargaba con mi propio huracán interno —a solo dos días del juicio contra Diego Beltrán—, decidí que el mundo exterior no cruzaría la puerta de nuestro hogar.
Me la llevé a nuestra habitación sin dejar espacio a protestas.
Llené la bañera, dejando que las bombas de esencia crearan una capa espesa de espuma blanca y el aroma a lavanda inundara el aire.
Encendí unas velas, apagué las luces fuertes y puse una melodía lenta, de esas que parecen detener los latidos del corazón.
—Vamos a relajarnos, nena. Solo nosotros dos —le susurré.
Nos desvestimos con una lentitud casi ritual.
Verla así, con su vientre de 35 semanas bajo la luz de las velas, me recordó por qué estaba luchando tanto fuera de estas cuatro paredes.
Nos metimos en el agua caliente y ella se dejó caer sobre mi pecho, dejando que el agua sostuviera el peso que su espalda ya no podía soportar.
Estar así, piel con piel, era la única medicina que funcionaba para ambos. Sentía su respiración acompasarse con la mía, mientras el calor del agua nos envolvía.
—¿Sabes que te amo? —le dije, rompiendo el silencio.
—¿Sabes que yo más?
—Eso es discutible… —murmuré, y nos besamos con una mezcla de ternura y una urgencia contenida.
Empecé a acariciarla, recorriendo su cuerpo con la palma de la mano, reconociendo cada cambio.
Me entretuve en sus pechos, más sensibles y hermosos que nunca, y bajé por sus caderas hasta que mi mano encontró su camino bajo el agua.
Quería que esa maldita tensión alta se fuera por el desagüe, quería borrar cualquier rastro de miedo en ella.
Empecé con caricias circulares, muy lentas, mientras le besaba el lóbulo de la oreja y le susurraba lo mucho que la deseaba.
La sentí estremecerse contra mí, perdiendo esa rigidez que traía del salón.
Bajo la superficie del agua espumosa, mis dedos buscaron ese punto donde ella siempre se rinde.
Comencé un ritmo constante, suave pero firme, adaptándome a sus suspiros.
Mía echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, y cerró los ojos.
Cada movimiento mío estaba diseñado para que ella soltara el control.
Podía sentir cómo sus músculos se tensaban y se relajaban en oleadas.
Sus jadeos se mezclaban con el sonido del agua hasta que, con un gemido sordo contra mi cuello, alcanzó esa liberación que tanto necesitaba.
Mía se quedó lánguida contra mi pecho, con la respiración entrecortada y la piel todavía vibrando por la descarga.
El agua, salpicada de espuma y pétalos de esencia, mecía nuestros cuerpos en un silencio que solo rompía el eco de su último suspiro.
Me sentía en paz; verla así, con esa rigidez del cuello finalmente disuelta, era el único veredicto que me importaba hoy.
Pero Mía, incluso en su estado de relax absoluto, nunca deja de ser ella. Se incorporó un poco, lo justo para que el agua resbalara por sus hombros y sus ojos se encontraran con los míos. Tenían ese brillo oscuro, inteligente y cargado de intención que siempre me desarma.
—Mi turno —susurró, con una sonrisa ladeada que prometía de todo menos descanso.
—No es necesario, nena —dije, aunque mi cuerpo ya empezaba a traicionarme solo con oírla.
—Claro que lo es —replicó ella, acercándose a mi oído mientras sus manos empezaban a moverse bajo la superficie del agua—. Piensa que no lo hago por ti... lo hago por mi propia salud mental. Necesito verte perder el control tanto como yo.
No pude replicar. Sus dedos, expertos y suaves, me encontraron en la calidez del agua jabonosa.
Cerré los ojos, dejando caer la cabeza contra el borde de la bañera mientras el mundo exterior terminaba de desintegrarse.
Mía empezó con una caricia lenta, firme, envolviendo mi pene con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada.
El roce de su piel mojada contra la mía era eléctrico.
El agua hacía que cada movimiento fuera fluido, casi hipnótico.
Ella no tenía prisa. Se deleitaba en mi reacción, en la forma en que mi respiración se volvía pesada y mis manos buscaban sus caderas para anclarme a la realidad.
Me conocía perfectamente; sabía exactamente qué ritmo me hacía olvidar hasta mi propio nombre.
Sentí la presión acumulada de las semanas pasadas —el secreto de su hermano, el peso del juicio inminente, nuestra hija— concentrándose en un solo punto.
Sus manos aceleraron, acompañadas de besos húmedos en mi cuello que me hacían vibrar.
—Mía... —gruñí, apretando los puños fuera del agua mientras el placer me golpeaba con la fuerza de una marea alta.
No pude contenerlo más. Me dejé llevar por ella, por su toque y por esa voz que me susurraba promesas al oído, hasta que el espasmo final me recorrió entero. Fue una liberación absoluta, una explosión de luz detrás de mis párpados que me dejó vacío de tensiones y lleno de ella.
Nos quedamos así un rato largo, abrazados en el agua que empezaba a templarse. El silencio ahora era distinto; era denso, compartido y cargado de una gratitud muda.
Salimos del baño con esa languidez deliciosa que solo el placer compartido sabe dejar.
Cenamos algo rápido, casi mecánicamente, mientras intercambiábamos miradas que hablaban de una complicidad recuperada.
A las once, ya estábamos bajo las sábanas.
Mía se quedó dormida casi al instante, con la respiración rítmica y una mano apoyada sobre su vientre, donde Cloe también parecía haber encontrado su momento de calma.
Pero yo... yo no podía conciliar el sueño. La oscuridad de la habitación se convirtió en una pantalla gigante donde se proyectaban, una y otra vez, las pruebas del juicio de Diego Beltrán.
Me quedé mirando el techo, escuchando el silencio de la casa, sintiendo el peso del secreto que guardaba en la caja fuerte de mi despacho y en el fondo de mi pecho.
Mi cabeza trabajaba a una velocidad que me asustaba.
En mi mente, el éxito no era una posibilidad, era una obligación logística.
Había trazado una cronología de hierro, una hoja de ruta que no permitía desviaciones ni errores de cálculo.
Primero, hundir a Diego. El juicio de pasado mañana es el golpe final. No solo quiero que regrese a prisión; quiero que legalmente deje de ser una amenaza eterna para la cordura de Mía. Tengo los argumentos, tengo la rabia y tengo la ley de mi parte.
Segundo, el nacimiento de Cloe. Una vez cerrado el capítulo del juicio, todo mi enfoque debe ser que Mía llegue a la semana 37. Necesitamos esos días de paz absoluta para que nuestra hija nazca en el momento óptimo, sin el cortisol del odio de su abuelo corriendo por sus venas.
Tercero, la verdad sobre su hermano. Este es el paso más difícil. Sé que existe, sé dónde está y, lo más impactante de todo, sé quién es. Es una pieza que cambiará el tablero de su vida, y nuestra vida, para siempre.
Me giré un poco para observarla. Estaba tan hermosa, tan ajena a la tormenta de información que yo cargaba.
A veces me sentía un traidor por ocultarle algo tan vital, pero luego recordaba las palabras del Dr. Mendoza y la imagen de su tensión disparándose.
No es ocultar por engañar; es ocultar para proteger.
Es el precio que pago como su marido y su socio: llevar yo solo el peso de la verdad para que ella pueda llevar, con la mayor ligereza posible, el peso de nuestra hija.
Todo debía seguirse a la perfección. Ni un fallo. Ni una grieta.
Estaba justo en ese umbral difuso entre la vigilia y el sueño, con el cuerpo pesado por el cansancio de la semana y el calor de Mía a mi lado, cuando una vibración cortante en la mesita de noche me sacudió los nervios.
La luz azul del móvil hirió mis ojos en la oscuridad.
Un mensaje de mi madre: “¿Estás despierto?” .
Sentí un vuelco en el estómago. Mi madre no es de las que envían mensajes a estas horas a menos que el mundo se esté cayendo a trozos. Me levanté con una lentitud milimétrica, conteniendo la respiración para no despertar a Mía, y bajé al salón. Marqué su número de inmediato.
—¿Qué pasa, mamá? —pregunté en un susurro cargado de urgencia.
—¿Has hablado con... Mía? —Su voz sonaba cautelosa, demasiado medida.
—¿Sobre qué? ¿Sobre la cantidad insurgente de ropa que le has comprado a tu nieta hoy? —solté, intentando tirar de ironía, esperando una risita al otro lado.
—No —respondió ella, seca, sin un ápice de broma.
—Mamá, ¿qué pasa? Arranca de una vez —pregunté nervioso.
—Hoy le ha llegado una carta. Sin remitente. Lo que ponía en ella... —hizo una pausa que se me antojó eterna—. Ella me dijo que no le diera importancia. Me hizo prometer que no te lo contaría para evitarte más quebraderos de cabeza, James.
—Mamá... —mi voz ya era un gruñido.
—La ha tirado a la basura —confesó.
No esperé a que terminara de hablar. Con el teléfono pegado a la oreja, caminé hacia la cocina con pasos rápidos y silenciosos. Abrí el cubo de la basura y empecé a rebuscar entre los restos del día, apartando envases y papeles con una desesperación creciente.
—Dime qué ponía en la dichosa nota —exigí mientras mis dedos rozaban algo áspero.
Finalmente, mis dedos se cerraron sobre una bola de papel arrugado. La saqué y la extendí sobre la encimera bajo la luz tenue de la campana extractora.
—Ponía... “Se acabó tu tiempo” —dijo mi madre al otro lado de la línea.
Las letras mecanografiadas me devolvieron la mirada desde el papel arrugado.
En ese momento, sentí un odio que no puedo describir con palabras humanas.
¡Ese maldito hijo de puta! Diego no se conformaba con la batalla legal; quería destruir la paz de mi hogar, quería desestabilizar a Mía justo ahora, cuando su cuerpo estaba al límite, cuando nuestra hija estaba a punto de llegar.
Quería herirla a través del miedo, y eso era algo que yo no iba a perdonar.
—Gracias por contármelo, mamá —dije, y mi propia voz me sonó extraña, como si viniera de un lugar muy lejano y oscuro.
—De nada, hijo. Me he preocupado mucho y debías saberlo.
—Has hecho bien. Vete a la cama y descansa. Yo me encargo.
Cuando colgué, el silencio de la cocina se volvió denso, casi sólido. Mi mano seguía aplastando el papel contra el mármol de la encimera. Pero la ira que sentía ya no era una explosión de adrenalina; se había transformado en algo mucho más peligroso. Era una furia gélida.
Sentí cómo la sangre se enfriaba en mis venas, convirtiéndose en puro hielo.
No era un calor que me hiciera querer gritar o romper algo; era un frío absoluto que me agudizaba los sentidos y me daba una claridad aterradora.
Mis músculos se tensaron como cuerdas de piano a punto de romperse, y mi mandíbula dolió por la presión.
Miré hacia la oscuridad de la escalera que llevaba a nuestro dormitorio.
Mía estaba allí, intentando protegerme de sus propios miedos, ocultándome que ese monstruo había vuelto a rozar nuestra puerta.
Y ese malnacido... ese malnacido pensaba que podía jugar con nosotros.
Sentí un latido sordo en las sienes, rítmico, como un tambor de guerra.
Ya no era solo el abogado CEO de Bernard Legal Group.
En ese momento, era un depredador protegiendo su nido.
Mi mente empezó a trabajar a una velocidad vertiginosa, no buscando defensa, sino aniquilación.
Si Diego Beltrán quería que el tiempo se acabara, yo me encargaría de que el suyo se detuviera para siempre en una celda de cuatro por cuatro. No iba a haber piedad. No iba a haber tecnicismos. Iba a haber una masacre.
Arrugué el papel una vez más, esta vez con tanta fuerza que mis nudillos crujieron. Mi mirada se fijó en la nada, vacía de cualquier emoción que no fuera el deseo de ver a Diego hundido en la miseria más absoluta.
Regresé a la cama, me deslicé bajo las sábanas y abracé a Mía por la espalda, pegando mi pecho a su columna. Ella se movió un poco en sueños y buscó mi mano. La apreté con una ternura que contrastaba con el incendio que todavía rugía en mi interior.
“No vas a volver a tocarla, Diego”, susurré para mis adentros. “Antes de que le quites un segundo de su tiempo, te habré quitado yo toda tu vida”.