CAPÍTULO 21 MÍA #3
Con el cuarto de Cloe ya listo, el instinto de nido se apoderó de mí con una fuerza que ni yo misma reconocía.
Así que tras ese fin de semana, decidí que ya era hora de comprar la ropa para mi niña.
Pero no estaba sola en esta misión; Gloria se convirtió en mi sombra, mi cómplice y, para qué engañarnos, en mi patrocinadora oficial.
No hubo tienda de bebés en Madrid que se nos resistiera. Pasamos mañanas enteras recorriendo boutiques donde el olor a talco y la suavidad de las prendas me hacían olvidar, por un momento, que mi tensión jugaba al escondite con el límite de lo permitido.
Cada vez que llegábamos a la caja y yo sacaba mi tarjeta, Gloria me lanzaba una de esas “miradas de madre” que no aceptan réplicas. Con un gesto elegante pero firme, apartaba mi mano.
—Ni lo sueñes, Mía —me decía mientras entregaba su tarjeta a la dependienta—. Toda esta ropita es de sus abuelos. Manuel y yo hemos estado esperando este momento mucho tiempo, así que déjanos disfrutarlo.
Salíamos de las tiendas cargadas de bolsas de papel con lazos de seda.
Me sentía un poco abrumada por la generosidad, pero ver la ilusión en la cara de Gloria me llenaba el pecho de una gratitud nueva.
Estábamos comprando el primer armario de una vida, y cada pelele, cada gorrito y cada par de patucos que ella elegía parecía llevar impreso un “bienvenida a la familia”.
Como mi cuerpo ya no me permitía las maratones de compras de antaño, nuestras salidas tenían un ritmo pausado, casi ritual.
Después de visitar un par de tiendas, Gloria buscó de inmediato una cafetería acogedora.
Nos sentamos rodeadas de bolsas. Yo soltaba un suspiro de alivio al liberar mis pies, que a esas alturas parecían dos bollos recién horneados, y ella pedía un té y un zumo de naranja natural para mí.
Le envié un mensaje a James junto con mi ubicación: “Mira dónde y cómo estamos” , acompañando una foto de las bolsas.
Su respuesta no me hizo esperar: “No hay armario para meter todo eso” .
Allí, entre el ruido de las tazas de porcelana, Gloria me contó historias de cuando James era pequeño.
—James era muy testarudo. No quería ponerse nada que le picara. Creo que Cloe va a heredar ese carácter... pero con esta batista de seda, al menos no tendrá quejas —dijo riendo mientras acariciaba un vestidito beige.
—Gloria, de verdad... tiene ropa para cambiarse tres veces al día hasta que cumpla los dieciocho —le dije, mirando la montaña de bolsas que ocupaba la silla vacía.
—Es la primera nieta, cariño. No pidas milagros —respondió ella guiñándome un ojo—. Además, mirarte la cara de felicidad cuando ves esas perchas es el mejor regalo que me puedes hacer.
Llegamos a casa y lo primero que hice fue soltar las bolsas en la entrada con un suspiro que me salió del alma.
Estaba reventada. Cloe ya pesaba sus buenos 2,8 kilos, y sumado al líquido y a todo lo demás, sentía que llevaba una pequeña roca preciosa, pero agotadora, en mi vientre. Mis pies pedían clemencia a gritos.
Nos dirigimos al salón y Gloria, siempre tan atenta, me ayudó a acomodarme mientras empezábamos a sacar la ropita minúscula de las bolsas. El contraste entre la suavidad de la lana y la pesadez de mi cuerpo era lo único que ocupaba mi mente... hasta que el timbre sonó.
Gloria se apresuró a abrir. La oí hablar con el cartero y, un momento después, regresó al salón con un sobre blanco en la mano.
—Es para ti, Mía —dijo frunciendo el ceño—. Pero qué raro... no pone remitente.
Extendí la mano y cogí el sobre. El papel estaba frío, o quizás fui yo la que perdió la temperatura de golpe.
Lo abrí con dedos temblorosos, esperando que fuera una tarjeta de felicitación o incluso alguna factura olvidada.
Pero no había colores, ni logotipos, ni afecto.
Solo una frase mecanografiada en el centro de la cuartilla.
Un escalofrío violento me recorrió la columna, desde la nuca hasta los pies.
Sentí un vuelco en el estómago que no tenía nada que ver con el embarazo; era ese miedo antiguo, viscoso y oscuro que conocía demasiado bien.
Solté la carta como si el papel me estuviera quemando la piel, dejándola caer al suelo.
—¿Qué pasa, Mía? —preguntó Gloria, alarmada por mi palidez. Se agachó rápidamente para recogerla.
Al leerla, su rostro se transformó. El color se le escapó de las mejillas y sus ojos se llenaron de una mezcla de horror e indignación.
—¡¿Quién te ha mandado esto, por el amor de Dios?! —exclamó, apretando el papel entre sus manos.
Sabía perfectamente quién era. No necesitaba nombre, ni sello, ni firma.
Era él. Siempre él. Diego Beltrán tiene esa forma sádica de recordarme que, incluso entre rejas, su sombra es lo suficientemente larga como para oscurecer mi salón.
Usaba el mismo estilo de terror psicológico que había usado en otras ocasiones: breve, directo, diseñado para recordarme que me vigila.
Sentí que el aire me faltaba. Mis pulmones, ya comprimidos por el tamaño de Cloe, se negaban a expandirse. Yo no podía articular palabra. Las letras seguían bailando en mi cabeza: “Se acabó tu tiempo” .