CAPÍTULO 21 MÍA #2
Y así, sin pensarlo, todos quedaron en venir al día siguiente para pintar y arreglar la habitación de nuestra pequeña.
James estaba abrumado; sabía que él solo no habría podido con todo el montaje, el diseño y la pintura en un solo fin de semana.
Yo, por supuesto, tenía prohibido cualquier esfuerzo y, sobre todo, acercarme a los vapores de la pintura.
Enzo, fiel a su estilo meticuloso, ya se encargó de que todos los materiales fueran ecológicos y de que la habitación fuera totalmente eficiente.
Mi arquitecto favorito no iba a dejar nada al azar.
Y nosotros cumplimos con ello y compramos todo lo necesario con los materiales que nos indicó.
Al día siguiente, mi casa parecía estar en reformas integrales. Fue un espectáculo verlos llegar a todos equipados con monos de trabajo, algunos más profesionales que otros —el de Liam parecía sacado de una película de acción.
Las anécdotas volaban por el pasillo. Cami y Eric se perseguían con los rodillos, llenándose de pintura “accidentalmente” mientras se reían como adolescentes.
Adri y Enzo discutían con una seriedad cómica mientras montaban la cuna o sobre si la cuna debía ir en un ángulo de noventa grados o si la luz natural afectaría el sueño de la bebé.
Yo, incapaz de quedarme quieta del todo, me asomaba al umbral del pasillo para intentar dirigir la operación.
—¡Un poco más hacia la izquierda el estante! —gritaba yo, señalando con el dedo—. ¡Y cuidado con esa esquina, que el acabado no parece uniforme!
James, que estaba subido a una escalera con la cara manchada de beige, se giró hacia mí con una sonrisa cansada pero divertida.
—¡Mía, afuera! No te lo repito más. ¡Como siempre dando órdenes! —Todos estallaron en carcajadas—. ¡Al salón o me veré obligado a cerrar la puerta y que muramos asfixiados por la pintura, por muy ecológica que sea!
—¡Dios, Mía, no! ¡Al salón! —dijo Liam haciendo como que se desmayaba.
Me retiré indignada, pero riendo por dentro, mientras escuchaba el sonido de las brochas y las bromas de fondo. Era una locura, pero era nuestra locura.
Estaba en el salón, intentando concentrarme en mi libro, pero los martillazos, las risas y las discusiones sobre la eficiencia energética de Enzo me tenían en un estado de nerviosismo ilusionado. De repente, el silencio se hizo en el pasillo.
—¡Mía, ven! —gritó Liam con una voz de presentador de televisión—. Pero cierra los ojos, ¡nada de trampas!
James vino a buscarme, me puso las manos sobre los ojos y me guio con cuidado. Notaba el olor a pintura fresca —esa ecológica que Enzo nos había impuesto con tanto celo— y el calor del grupo esperando mi reacción. Cuando James retiró sus manos, el corazón me dio un vuelco.
¡Increíble! El cuarto de Cloe ya no era una habitación vacía llena de cajas; era un refugio.
Habíamos elegido una paleta de tonos beige y verdes empolvados que transmitían una paz absoluta y que me maravilló verla sobre la pared.
En la pared principal, habían colocado unas pegatinas de animales —una jirafa asomando por una esquina, un elefante y un leoncito durmiendo entre hojas, todo ello, entre árboles— que parecían cobrar vida bajo la luz suave de la tarde.
La cuna, de madera clara, vestida con sábanas blancas impecables, se encontraba entre los animales.
Liam ya había puesto el móvil giratorio en marcha; unas nubes y estrellitas de fieltro daban vueltas lentamente sobre la cuna.
La mecedora beige la había ubicado en el rincón junto a la ventana, y le había puesto un cojín verde musgo; se veía tan cómoda que casi podía imaginarme allí, alimentando a Cloe a las tres de la mañana.
Sobre la mesita auxiliar, un pequeño proyector ya estaba listo para dibujar constelaciones en el techo cuando llegara la hora de dormir.
Y en la pared de enfrente, el mueble cambiador de color blanco.
En el resto de la habitación habían colocado cestas, peluches, unas pequeñas estanterías…
Todo era perfecto. Cada detalle gritaba que había sido puesto con amor.
Justo cuando estaba a punto de echarme a llorar de la emoción, Cami y Eric dieron un paso adelante, ocultando algo tras su espalda.
—Te juro que ha sido improvisado, como una señal —dijo Cami con los ojos brillantes, todavía con una mancha de pintura beige en la frente.
—Ha sido el destino —añadió Eric—. Lo hemos visto en una pequeña tienda de bebés viniendo para vuestra casa y no hemos podido evitarlo.
Sacaron el letrero grande de madera que habían estado ocultando. Las letras de “CLOE” estaban talladas con una elegancia rústica que encajaba perfectamente con la estética de la habitación.
—Creo que irá perfecto aquí arriba —dijo Cami, señalando el espacio justo encima de la cuna, centrado entre los animales de la pared.
Me llevé las manos a la boca, incapaz de articular palabra. Miré a James, que me observaba con una sonrisa de absoluta satisfacción, y luego a todos mis amigos, cansados y manchados de pintura, pero felices por haber construido el primer hogar para mi hija.
—Sin duda, ese era su nombre —susurró James detrás de mí, rodeándome con sus brazos y dándome un beso tierno en la cabeza.
Era el final perfecto para un día agotador.
Cloe no solo tenía un nombre, ahora tenía un universo propio esperándola, y yo sabía que, con unos tíos tan locos y entregados como ellos, nunca le faltaría una mano que la sostuviera o que le pintara la vida de colores. Nunca me había sentido tan afortunada.