Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 20 JAMES #2
65%

CAPÍTULO 20 JAMES #2

Puse los hechos sobre la mesa, como si fuera un balance de daños.

Si se lo cuento: su tensión se dispararía en el acto.

La adrenalina y el impacto emocional harían que la mínima subiera de 100 en segundos.

Tendríamos que ingresarla, y Cloe nacería hoy mismo, prematura, con todos los riesgos que eso conlleva.

Si me callo: cargo yo solo con el secreto.

Me convierto en un mentiroso por omisión, pero gano tiempo.

Gano días de paz para que los pulmones de nuestra hija terminen de formarse.

No había duda. No era bueno para ella. Quedaba muy poco tiempo, apenas un último esfuerzo para llegar a esa semana 37 que el Dr. Mendoza marcó como “zona segura”.

Me froté la cara con fuerza, tratando de borrar la expresión de shock de mis ojos. James Bernard, el abogado que nunca pierde los papeles, tiene que dar ahora la interpretación de su vida.

—Actúa con normalidad, James —me susurré a mí mismo, cerrando el puño—. Entra en casa, bésala, pregúntale por la tensión y dile que el trabajo ha sido aburrido.

Guardé el extracto que me dio Joselu en el fondo de mi caja fuerte personal del despacho.

Allí estaría a salvo. Cerré la puerta, respiré hondo y me puse la máscara de marido optimista.

El secreto me quemaba en el pecho, pero por Mía y por Cloe, estoy dispuesto a arder en silencio un par de semanas más.

Entré en casa repitiendo mi mantra mental como si fuera un salmo: marido optimista, beso, cena, conversaciones banales sobre libros... Estaba convencido de que, si mantenía la guardia alta, este secreto, que imploraba por salir, se quedaría guardado tras mi máscara de tranquilidad.

Pero Mía no es solo mi mujer; es la mejor abogada que he conocido, y su radar para detectar mentiras o estados de ánimo alterados es infalible. Nada más cerrar la puerta, sentí su mirada analítica recorriéndome.

—¿Ha pasado algo en el despacho hoy? —me soltó sin preámbulos.

—No, ¿por qué lo preguntas? —intenté que mi voz sonara ligera, pero me salió un tono un poco más agudo de lo normal.

—James, tienes la cara pálida. ¿Te encuentras bien?

Mierda. Soy un actor mediocre, pensé. Ni siquiera el mejor sastre del mundo podría ocultar el hecho de que mi mundo acababa de dar un vuelco de 180 grados.

—No es nada, nena —dije, acercándome para darle un beso—. Solo estaré cansado. Se nota mucho tu ausencia en el despacho y los expedientes no se leen solos.

Al menos eso no era mentira. El vacío que ella había dejado en Bernard Legal Group era un abismo que yo intentaba llenar a base de horas extra y cafeína.

—Si necesitas que te eche una mano... puedes darme cosas simples si quieres. Solo para quitarte carga —se ofreció, con esa generosidad que me dolía en el pecho.

—No. Queda un último empujón. Apenas un par de semanas para estar en la zona segura, ¿recuerdas? Tú descansa, Cloe necesita que su madre esté al cien por cien.

Mía se quedó pensativa, entrecerrando los ojos. Sabía que no me creía del todo, así que opté por una retirada estratégica: la cocina.

Me puse a preparar algo de cena, moviendo sartenes y cortando verduras con una intensidad innecesaria, solo por evitar tener que mirarla a la cara.

El peso de lo que sabía —el nombre de esa mujer, la identidad de su hermano— me quemaba en la garganta.

Sin embargo, ella no se quedó en el sofá.

Se acercó a la encimera y se apoyó con cuidado, observando mis movimientos.

—James... ¿cómo va el juicio de mi padre? —preguntó de pronto.

El cuchillo se detuvo sobre la tabla de cortar sin que mi cerebro le hubiera dado la orden; mi cuerpo reaccionó solo. Me quedé helado.

—Sé que te dije que no quería saber nada, y has cumplido a rajatabla con eso —continuó ella con voz suave—, pero no sé en qué punto procesal se encuentra... ¿Ha acabado ya la instrucción?

¡Dios! Sí, Mía, ha acabado y la semana que viene es el juicio de ese malnacido. El pánico empezó a treparme por el cuello. Tenía que medir cada palabra; un error aquí y su tensión se dispararía hasta las nubes.

—James... —insistió al ver que no contestaba.

—Sí —dije finalmente, obligándome a seguir cortando—. Se ha cerrado la instrucción.

—¿Hay fecha para el juicio?

—Por favor, Mía, no me lo pongas más difícil —le pedí, girándome hacia ella con una súplica real en los ojos—. Sabes que el médico no quiere que te alteres.

—Solo dime en qué punto está, no me des más detalles —insistió ella, con esa terquedad que tanto amo y que hoy tanto me aterraba.

—Sí, tenemos fecha. Pero no te voy a decir cuándo es. No quiero que estés contando los días en el calendario con angustia.

Se hizo un silencio espeso, roto solo por el chisporroteo de la comida en el fuego. Esperaba que protestara, que sacara sus garras de abogada y exigiera la fecha, pero hizo algo mucho más letal para mi autocontrol.

Vino hacia mí y me rodeó con sus brazos.

Me hundí en su abrazo, escondiendo la cara en su cuello, aspirando ese aroma a menta y hogar que siempre me devolvía la paz.

Me sumergí en su pelo, ese que me da la vida y que llena mis pulmones de un aire que, en este momento, me faltaba de forma angustiante.

—Te amo —me susurró al oído.

—Y yo a ti, Mía. Más que a nada.

La apreté contra mí con una mezcla de adoración y desesperación.

Estaba protegiéndola de su padre, del estrés y ahora de una verdad que cambiaría su vida para siempre.

Solo esperaba que, cuando todo esto saliera a la luz, ella entendiera que cada silencio y cada media mentira fueron solo para mantener a salvo lo que más quiero: a ella y a Cloe.

Me apunté una nota mental: tengo siete días para destruir a Diego Beltrán y que no vuelva a aparecer en nuestras vidas. Siete días para ser el muro que Mía necesita. Y después... después tendré que lidiar con la onda expansiva de la verdad.