CAPÍTULO 20 JAMES
La vuelta de Málaga había sido un torbellino.
Entre los nuevos casos que entraban por la puerta, los plazos del resto, señalamientos y la gestión de la sede central, la semana se me pasó como si estuviera en un juicio perpetuo.
Pero lo que más me pesaba no era el cansancio, sino la ausencia de Mía en el despacho.
Mirar su despacho vacío me recordaba a cada segundo que el equipo no estaba completo.
Así que esa noche decidí que necesitábamos una tregua.
Reservé en un restaurante tranquilo, con luz tenue y ese aire de exclusividad que nos permitiera ser simplemente nosotros antes de que nuestra vida se convirtiera en un carrusel de pañales y biberones.
Mía estaba radiante, aunque notaba ese brillo de inquietud en sus ojos.
El Dr. Mendoza nos esperaba al día siguiente y ella, como siempre, ya estaba repasando mentalmente los posibles escenarios.
Necesitaba desconectar y no se me ocurrió mejor plan.
Estábamos disfrutando de la cena cuando ella soltó una pregunta que me dejó mudo.
—¿Has pensado algún nombre para nuestra hija?
Me quedé con el cubierto a mitad de camino, parpadeando. La verdad es que la pregunta me pilló totalmente fuera de juego.
—La verdad... no —admití.
—Tu madre me preguntó si habíamos barajado algún nombre y caí en la cuenta de que no lo habíamos hablado —confesó ella con una media sonrisa.
—Es que hemos estado tan pendientes de vuestro bienestar, de las analíticas y de que no tengas problema alguno por la tensión alta, que no nos hemos planteado ni lo más básico —admití, sintiéndome un poco culpable.
—Somos un desastre —dijo ella, estallando en una carcajada limpia que me llenó el alma.
—Quién lo diría de nosotros. Somos capaces de organizar una sede nueva con cuatro abogados, secretaria y hasta un Community Manager en tiempo récord, somos cuadriculados, metódicos y obsesivos con el trabajo... y luego, en nuestra vida personal, somos los padres más despreocupados del mundo.
Reímos de buena gana, dándonos cuenta de la ironía. Dos mentes brillantes del derecho incapaces de rellenar el hueco de “Nombre” en el registro civil.
—¿Y bien? —pregunté, recobrando la compostura—. ¿Qué nombre te gusta a ti?
Mía se quedó pensativa, mirando hacia arriba como si buscara la respuesta entre las molduras del techo del restaurante.
—El otro día, releyendo el libro de mitología griega, me encontré un nombre que me recordó mucho a la existencia de este bebé.
—¿Ah, sí? Sorpréndeme.
—En la mitología griega es un nombre que está íntimamente ligado a la fertilidad, la esperanza y el crecimiento, siendo su significado literal “brote verde”. Me recordó que esta bebé fue engendrada en Grecia por mi adicción al regaliz.
No pude evitarlo. Solté una carcajada tan fuerte que un par de mesas se giraron a mirarnos.
—¿¡Has encontrado un nombre griego que resume el origen del embarazo y tu adicción a la botánica!? —dije entre risas—. Solo tú podrías hacer una asociación de ideas así. ¡Eres brutal!
—Tengo mucho tiempo libre ahora, ¿recuerdas? —bromeó ella, aunque vi que sus ojos brillaban de emoción.
Casi se me escapa una lágrima de la risa y del cariño que me desbordaba. Después de recomponerme un poco, la miré fijamente.
—Bueno, dime el nombre de una vez. Después de esa descripción me espero cualquier cosa. Pero ya te aviso que si es Aniceta o Crisanta, me niego en redondo.
Ella sonrió, saboreando el momento, y pronunció la palabra con una suavidad que me detuvo el corazón por un instante.
—Cloe.
Me quedé mirándola. Mirando su boca al decir ese nombre, y luego bajando la vista hacia su barriga.
—Cloe… —repetí yo, probando cómo sonaba en mi voz—. Me encanta. Suena bien, es corto, elegante y está lleno de ese significado que solo nosotros conocemos. Me veo perfectamente llamando a nuestra hija Cloe.
—¿De verdad te gusta?
—Sí, definitivamente. No busquemos más. Se llamará Cloe.
Brindamos —ella con su agua y yo con mi copa— por nuestra pequeña Cloe. Ya no era solo una “lentejita” o “la bebé”; ahora tenía identidad. Y mientras la miraba a los ojos, supe que ese brote verde era lo más sagrado que íbamos a proteger en nuestra vida.
La última visita al Dr. Mendoza no fue tan optimista como esperábamos.
Tras revisar el listado exhaustivo de tensiones que Mía se tomaba rigurosamente, el médico fue tajante: la tensión no estaba controlada del todo.
No era lo suficientemente alta como para dejarla ingresada, pero sí para mantenernos en vilo.
“No queremos que Cloe llegue antes de tiempo”, nos dijo.
Cada día que pasaba con la niña dentro era una pequeña victoria contra las estadísticas de los bebés prematuros.
Mía tenía que intensificar el control, convirtiendo el tensiómetro en una extensión de su propio brazo.
Las semanas habían pasado como un vendaval, arrastrándonos hacia una época cargada de una electricidad peligrosa.
Era 2 de abril. Faltaba exactamente una semana para el juicio de Diego Beltrán, y mi único objetivo era él.
En los procesos anteriores, Mía siempre había estado al frente, liderando con esa ferocidad legal suya.
Ahora, me tocaba a mí. No es que desconfiara de mis compañeros —estaban haciendo un trabajo excelente y eran los mejores sustitutos posibles—, pero me volví obsesivo.
Revisé cada conclusión, cada argumento, cada prueba.
Me pasaba las horas frente a los informes como si estuviera frente a frente contra ese hombre en un duelo a muerte.
Mi bandeja de entrada era un caos; miles de correos sin leer se acumulaban y el trabajo, sin la agilidad mental de Mía en el despacho, se estaba volviendo una montaña difícil de escalar.
De repente, mi teléfono vibró sobre la mesa.
Joselu. Descolgué antes del segundo tono, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—James, necesito contarte algo en persona —su voz sonaba más grave de lo habitual—. Mi compañero ha localizado a la exmujer de Diego Beltrán. ¿Puede ser ahora?
—Nos vemos en el sitio de siempre en quince minutos —respondí, ya cogiendo las llaves del coche.
Si alguien me hubiera tomado la tensión en ese momento, el Dr. Mendoza me habría esposado a una cama de hospital. Llegué a la cafetería en diez minutos; Joselu ya estaba allí, sentado en un rincón con un sobre sobre la mesa.
—¿Quién es? —le pregunté antes incluso de sentarme, con la respiración entrecortada.
—Siéntate, James.
Joselu sacó un extracto del Punto Neutro Judicial. Eran todos los datos de la exmujer de Beltrán. Pasé la primera página, llena de números de identidad y direcciones antiguas, y llegué a la segunda. Había una fotografía de ella con un muchacho.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Se me secó la boca y el aire se volvió pesado.
—No puede ser...
Mi cabeza empezó a dar vueltas como un huracán de sospechas y recuerdos.
No podía ser ella. Miré a Joselu a los ojos.
Me vino a la mente la cara de Mía, su sonrisa tranquila mientras acariciaba su barriga, su lucha diaria por mantenerse calmada.
Estamos en la recta final de un embarazo que ha sido una carrera de obstáculos.
No podía contarle esto a Mía ahora. Faltaba el último empujón, el más delicado.
Durante todos estos meses, el mayor logro había sido mantenerla lejos del estrés de su padre, pero si le contaba lo que acababa de descubrir más el juicio a la vuelta de la esquina...
creo que hiperventilaría tanto que Cloe nacería en tres segundos.
El médico había sido claro: debemos aguantar al menos hasta la semana 37 para que la niña esté fuera de peligro. Joselu, que pareció leer el pánico en mis ojos, intervino con voz firme.
—No se lo cuentes hasta que la bebé haya nacido y estén las dos bien, James —me dijo, guardando los papeles—. Además, en una semana tienes el juicio. Ella va a notar tu nerviosismo estos días. Son dos problemas de golpe, y una de ellas es… una bomba atómica.
Me froté la cara con las manos, intentando procesar la magnitud de lo que tenía entre manos. La lealtad hacia Mía me quemaba, pero mi instinto de protección era más fuerte. Nos volvimos a mirar a los ojos.
—Creo que tienes razón —dije, mirando la foto por última vez antes de que Joselu la guardara y me entregara el sobre—. Es lo mejor. Tengo que ser su muro de contención una semana más. Solo una semana... y que Cloe nazca sana. Después de eso, nos encargaremos de la verdad.
Pero mientras caminaba de vuelta al coche, solo una pregunta martilleaba mi mente: ¿Cómo demonios voy a mirarla a los ojos esta noche sin que note que he descubierto su pasado? ¿Cómo demonios voy a mirarla a los ojos sin que note que sé quién es su hermano?
Regresé al despacho, pero era como si mi cuerpo estuviera allí y mi mente hubiera volado a otra galaxia. Me senté frente al expediente de Diego Beltrán, pero las letras bailaban sobre el papel. No di pie con bola. Cogía un bolígrafo, lo soltaba. Abría un correo, lo cerraba sin leerlo.
Mi cabeza era un huracán a mil por hora.
Me debatía en una pelea constante conmigo mismo.
Por un lado, era la buena noticia que llevábamos meses esperando: el hermano de Mía existía, estaba localizado y, lo más increíble de todo, es que ahora sabía quién era.
El destino tiene un sentido del humor retorcido, porque Mía no se esperaría quién es esa persona en realidad.
Pero entonces, la imagen del tensiómetro en la mesita de noche me golpeaba la conciencia.
Sabía perfectamente lo que pasaría si abría la boca.
Mía no se limitaría a sonreír; empezaría a indagar, a remover ese pasado que tanto daño le ha hecho.
Ese fango que hemos evitado a toda costa durante estos meses.