Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 19 MÍA #2
63%

CAPÍTULO 19 MÍA #2

El silencio que siguió fue de los que se cortan con un cuchillo. James apretó mi mano por debajo de la mesa y yo sentí que el licor de mora me bajaba de repente por la garganta. Eric acababa de lanzar un misil teledirigido y la diversión solo estaba empezando.

La pregunta de Eric se quedó flotando en el aire, densa como el vapor de una sauna.

Por un momento, el silencio fue tan absoluto que casi podía oír el siseo de las burbujas de la copa de James.

Miré de reojo a Adri, luego a Liam y, finalmente, a Cami.

Todas sabíamos que no podíamos señalarla a ella; no ahora que estaba empezando algo con alguien y que yo, en mi fuero interno, cruzaba los dedos para que ese “alguien” fuera Joselu.

Como si nuestras mentes estuvieran conectadas por un hilo invisible, nos comunicamos sin decir palabra. Una señal, un parpadeo, y el veredicto estaba listo.

—Uno, dos y tres... —anunció Liam.

Los dedos acusadores se dispararon en nuestra dirección.

James y yo éramos el blanco perfecto, la opción segura, la salida de emergencia para evitar que estallara una guerra civil en la mesa.

Sin embargo, hubo un dedo que no nos apuntaba a nosotros.

Fue el de Eric. Él señalaba directamente a Cami, con una sonrisa desafiante y una mirada que intentaba, una vez más, picarla.

Fui la única que se dio cuenta. Me quedé mirándolo y pensé: “No, amigo mío... ya no. Esa oportunidad pasó de largo el día que decidiste que lo vuestro era solo un juego de una noche” .

—¡Vaya mierda de pregunta, Eric! —soltó Enzo, rompiendo el hechizo con su brutal sinceridad—.

¡Se han casado! Si no han tenido fantasías entre ellos ya me dirás...

Además, esas fantasías las han culminado con creces y ahí tenéis la prueba de que el “caso” ha sido un éxito —añadió señalando mi barriga.

James soltó una carcajada y me pasó el brazo por los hombros, atrayéndome hacia él con una naturalidad que siempre me hacía sentir a salvo.

La tensión se disipó entre risas estruendosas, y la “bomba envenenada” de Eric terminó siendo un simple petardo mojado.

Todos siguieron bromeando, pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de Eric señalando a Cami.

Sabía que tenía que hablar con mi amigo.

Tenía que pedirle que parara, que dejara de lanzar esos dardos.

Cami se merece ser feliz sin que él esté constantemente recordándole lo que pudo ser y no fue.

El fin de semana en Málaga pasó volando, como si el tiempo hubiera decidido correr más de la cuenta solo por llevarme la contraria.

Recorrimos la ciudad envueltos en un ambiente maravilloso; todavía puedo sentir la brisa del paseo marítimo en la cara y el sabor del pescaíto frito en esos bares típicos donde la buena comida y el bullicio te hacen olvidar cualquier mal momento.

Por unos días, me sentí viva, activa, conectada al mundo.

Sin embargo, la realidad de la “baja preventiva” no perdona.

Aquí estaba de nuevo, en mi sitio de siempre: mi sofá.

He creado una especie de nido con mi manta favorita, música suave de fondo para mantener el cortisol a raya y, por supuesto, ese invitado de piedra que ya es como de la familia: el tensiómetro.

Se ha vuelto mi sombra. Cada vez que siento un latido más fuerte de lo normal o un leve dolor de cabeza, ahí está él, esperando a darme su veredicto digital.

Miro de reojo la pantalla apagada, rezando internamente para que la mínima se mantenga lejos de ese fatídico 100 que me enviaría directa a urgencias.

Mi tensión seguía alta pero por debajo de esa mínima infernal.

Mi refugio durante estas semanas ha sido la lectura. Siempre fui una devoradora de libros, pero el ritmo frenético de los juzgados me obligó a abandonar ese placer durante años. Ahora, en este retiro forzoso, he retomado el hábito con una voracidad casi desesperada.

Me quedé mirando la pila de libros sobre la mesa auxiliar. Los he agotado todos. Novelas históricas, románticas, thrillers, ensayos sobre maternidad... todos terminados. He vaciado mi lista de “pendientes” hasta el último ejemplar.

—Bueno, pequeña —le dije a mi barriga mientras sentía un pequeño empujón justo debajo de las costillas—, parece que mamá necesita munición nueva.

Aún me quedaba bastante tiempo para que ella hiciera su gran entrada triunfal, y el silencio de la casa empezaba a pesarme.

Leer es lo único que consigue que mi mente deje de pensar en todo lo relacionado con ese supuesto hermano secreto, en el motivo de por qué no estoy trabajando o de imaginarme a Teresa ajustándole la corbata a James.

Así que decidí que iría esa misma mañana. Pero, cumpliendo a rajatabla mi papel de “paciente ejemplar”, sabía que no debía conducir ni aventurarme sola por Madrid con la tensión que ello conlleva. Así que hice la llamada que sabía que traería una sonrisa al otro lado del teléfono: Gloria.

Mi suegra ha sido un descubrimiento en estos meses.

Si antes nos llevábamos bien, ahora se ha convertido en mi compañera de fatigas matutinas.

Ha pasado de ser la madre de James a ser la mujer que me hace compañía mientras espero que mi marido vuelva del despacho, trayéndome infusiones y anécdotas que me mantienen cuerda.

—¿A la librería? ¡Por supuesto, cariño! En quince minutos estoy en tu puerta —me dijo, con esa energía que parece que nunca se le agota.

Llegamos a mi librería favorita, un lugar que huele a papel viejo y a café recién hecho.

Me movía por los pasillos con una calma casi sagrada, tocando los lomos de los libros y dejándome llevar por las sinopsis.

Gloria me seguía de cerca, observándome con esa mirada analítica pero cariñosa que tanto se parece a la de James.

—Mía... —me llamó mientras yo examinaba una novela negra—, tengo que preguntarte algo que me tiene intrigada. ¿Habéis decidido ya el nombre?

—¿Nombre? —repetí, un poco distraída mientras leía la contraportada de un libro.

—Mía... —soltó una carcajada suave—, te recuerdo que estás embarazada. Te queda muy poco para verle la carita a esa niña.

Me quedé congelada con el libro en la mano. La miré y luego bajé la vista hacia mi barriga.

—¡Ah! ¿Para la bebé? —me sentí ridícula al darme cuenta de que mi mente estaba en cualquier sitio menos en la burocracia de la maternidad—. Pues... no. Lo cierto es que no hemos hablado de ello ni una sola vez.

—¿Ni una? —Gloria arqueó las cejas—. Pues creo va siendo hora de que lo habléis.

Me quedé pensando. Era increíble. James y yo habíamos planeado la sede de Málaga al milímetro y habíamos controlado cada gramo de hierro en mi sangre... pero nos habíamos olvidado de ponerle nombre a la persona más importante de nuestra vida.

—Es cierto —admití, sintiendo una punzada de emoción—. Tenemos que sentarnos a hablar de esto.

Tras hacerme con mi botín de guerra —tres libros nuevos que prometían salvarme del aburrimiento las próximas semanas—, almorzamos juntas en un restaurante cercano. Fue una comida tranquila, sin hablar de tensiones arteriales ni de juicios, solo nosotras dos compartiendo confidencias.

Gloria me llevó de nuevo a casa y me ayudó a instalarme en mi refugio del sofá.

—Gracias por hoy, Gloria. De verdad —le dije antes de que se fuera.

—De nada, reina. Para mí siempre es un placer y que cuentes conmigo para estos simples planes, me hace muy feliz.

Me quedé a solas con mis libros nuevos, pero mi mente ya no estaba en las historias ajenas. Estaba buscando nombres, pensando en qué palabra encajaría con esa pequeña que no paraba de moverse dentro de mí.