Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 19 MÍA
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CAPÍTULO 19 MÍA

Ver a todos allí, sentados en esa mesa frente al mar, me hizo darme cuenta —una vez más— de lo increíblemente afortunada que soy.

No son solo mis amigos; son mi red de seguridad, mi hogar fuera de casa.

Mientras escuchaba sus risas mezclarse con el sonido de las olas, no podía evitar pensar que mi hija va a tener a los mejores tíos del mundo.

Personas con valores, con éxito, pero sobre todo, con un corazón que no les cabe en el pecho.

Durante el almuerzo, la conversación fluyó entre anécdotas y planes de futuro.

—Enzo, tienes que estar orgulloso —le dije, brindando con mi zumo—. El trabajo que has hecho en esta sede es impecable. Has captado exactamente la esencia de lo que James y yo queríamos.

—Ha quedado de revista, la verdad —añadió Eric, que no dejaba de mirar a su alrededor con ojo clínico—. De hecho, me está picando el gusanillo. Málaga tiene una vida nocturna brutal, hay una energía aquí que me encanta. Estoy pensando seriamente en buscar un local y dejar mi sello en esta ciudad.

—¡Eso sería un peligro! —rio Liam—. Pero un peligro muy divertido. Cuando tengamos que venir aquí ya tendríamos nuestro garito.

Después de comer, James, Eric, Enzo y Liam, decidieron acercarse un momento a la oficina.

James quería enseñarles algunos detalles técnicos y, de paso, “fardar” un poco más de su nuevo templo.

Cami, Adri y yo preferimos aprovechar el sol de la tarde y dar un paseo por la orilla de la playa.

A pesar de que hacía mucho frío, no hacía nada de viento y al sol se estaba estupendamente.

Caminábamos con los zapatos en la mano, sintiendo la arena fresca bajo los pies. Aproveché para pinchar un poco a Cami.

—Y bien, Cami... ¿qué pasa con ese misterioso “alguien”? —le pregunté con una sonrisa pícara.

—Va bastante bien, la verdad —respondió ella, y por su tono supe que era algo más que un simple flirteo—. Ya mismo os lo presentaré.

—Creo que... esto va en serio —dijo Adri.

Adri y yo nos miramos emocionadas. ¡Cami hablando de algo serio! Pero antes de que pudiéramos interrogarla más, les solté el chisme de lo que había pasado por la mañana.

—No sabéis lo que ha pasado hoy con Teresa en el despacho —les dije, y procedí a narrarles la escena de la corbata con todo lujo de detalles.

—¡¿Qué hizo qué?! —exclamó Adri, parándose en seco—. Pero qué atrevida, por favor.

—¿Y qué hiciste tú? —preguntó Cami con los ojos como platos.

—Digamos que saqué a la fiera, dando honor a la palabra que me pusisteis y que, para qué negarlo, llevo dentro, y le dejé claro que ese nudo de corbata ya tenía dueña. Se fue de allí casi pidiendo auxilio —respondí, lo que provocó una carcajada general.

—Mía, eres única —rio Adri.

—Pero no te preocupes, se nota a kilómetros que James te adora. Podría venir Miss Universo a ajustarle el nudo y él seguiría buscándote a ti con la mirada —dijo Cami sincera.

Al rato, Liam apareció caminando por el paseo marítimo y se unió a nosotras. Los demás se habían ido ya al hotel a cambiarse; esa noche el plan era quedarnos allí tranquilos, disfrutando de las instalaciones.

—Oye, chicas... —dijo Liam al alcanzarnos, con cara de duda—. He notado a Teresa un poco rara en el despacho. Como si hubiera visto un fantasma, no sé, estaba súper tensa conmigo.

Las tres rompimos a reír a carcajadas. Liam se quedó totalmente desubicado.

—¿Qué me he perdido? ¿De qué os reís?

—De que tu amiga Mía hoy ha sacado las garras, Liam —le explicó Cami dándole una palmadita en la espalda.

—¿Ah, sí? —exclamó Liam, que adora un buen cotilleo más que nadie—.

¡Quiero todos los detalles ahora mismo! ¿Qué le has dicho?

¿Cómo se ha quedado? Porque a mí Teresa me parece una tía muy válida, pero tiene un aire de superioridad que me pedía a gritos que alguien la pusiera en su sitio. ¡Cuenta, nena!

Y allí nos quedamos, entre risas y confidencias bajo el atardecer malagueño. Definitivamente, este era el “descanso” que necesitaba y no el del sofá de mi casa.

El hotel era, sencillamente, otro nivel.

Tal y como James me lo describió en su última visita, era una joya arquitectónica de esas que te hacen sentir que has viajado en el tiempo a una época de barcos de vapor y bailes de etiqueta.

La fachada blanca se alzaba imponente frente al Mediterráneo, con ese estilo clásico y palaciego que solo el Gran Lujo sabe lucir.

Caminar por sus escalinatas de mármol y sentarse en sus salones me hacía sentir como una reina (una reina con una “lentejita” a bordo que empezaba a pesar, pero reina al fin y al cabo).

Nos instalamos en la cafetería del hotel, que de modesta no tenía ni el nombre. A pesar de estar en pleno enero, el lugar bullía de clientes elegantes, así que buscamos un rincón un poco más apartado, cerca de unos ventanales inmensos, para poder disfrutar de nuestra propia compañía sin testigos.

Yo decidí que hoy tocaba un caprichazo. Tras semanas de agua, zumos naturales y hierro con sabor a clavo oxidado, levanté el dedo y pedí un licor de mora sin alcohol con mucho hielo.

—¡Pero qué atrevida! —exclamó Cami entre risas cuando vio llegar mi copa de color violeta intenso

—Está increíble —reí, dándole un sorbo delicioso—. Mejor que tu Gin-tonic.

—Seguro, esto está horrible —bromeó mi amiga intentando poner cara de disgusto mientras le daba un sorbo.

Llevábamos un rato charlando sobre el nuevo despacho, los retos de Málaga y los currículums de los nuevos abogados, cuando Liam, fiel a su naturaleza de “relaciones públicas” inquieto, dio un golpe seco —pero elegante— en la mesa.

—¡Ya basta! —decretó con solemnidad—. Prohibido hablar de trabajo. Estamos en un palacio, tenemos bebidas de colores y a mi sobrina escuchando. Tengo un juego nuevo.

—¿Otro? —preguntó James, arqueando una ceja con esa paciencia infinita de hermano mayor.

—¿Cuál? —pregunté.

—¿En serio, Mía? ¿Por qué preguntas? —me dijo Eric riendo.

—Si Liam no saca un juego nuevo en una reunión, es que nos lo han cambiado —les dije.

—Exacto —confirmó Liam, levantando las cejas con un gesto de suficiencia—. Es tradición.

—Venga, ministro del ocio, saca tu arsenal —le retó Cami, acomodándose en su sillón de terciopelo—. ¿Qué tortura nos tienes preparada hoy?

Liam nos miró a todos como si fuera el presentador de un prime time .

—Es muy sencillo, apto para mentes cansadas y embarazadas con antojos de mora —explicó Liam—. Se llama “El Veredicto del Grupo”. No hace falta ni moverse. Yo haré una pregunta que empiece por: “¿Quién es más probable que...?”.

—¿Y ya está? —preguntó Enzo.

—No, impaciente. A la de tres, todos tenemos que señalar con el dedo a la persona de esta mesa que creamos que encaja mejor con la situación.

Sin pensar, por instinto. El que reciba más dedos apuntándole, tiene que dar una explicación o confesar una anécdota relacionada.

Y como Mía no puede beber, el que pierda tiene que...

no sé, hacernos un bailecito o pagar la siguiente ronda de licores de mora.

Liam nos miró con malicia.

—¿Preparados?

Me acomodé en el sillón de terciopelo, dando un sorbo a mi licor de mora.

El azúcar y el ambiente me tenían en una especie de “nube” de bienestar, pero sabía que con Liam al mando, la paz duraría poco.

Él se inclinó hacia adelante, con esa chispa de malicia en los ojos que solo aparece cuando está a punto de soltar una bomba.

—Ojo —anunció Liam, bajando el tono de voz—. ¿Quién de aquí es más propenso a asistir a una boda y terminar la noche... digamos, “estrechando lazos” íntimos con algún otro invitado?

Todos nos miramos.

—Una... dos... ¡y tres! —sentenció Liam.

Como si lo hubiéramos ensayado, casi todos los dedos de la mesa apuntaron directamente a Eric.

Yo también le señalé, aunque por el rabillo del ojo miraba a Cami.

Liam, Adri y yo éramos las únicas que sabíamos que aquella noche de nuestra boda, Cami no se había ido sola precisamente.

Pero, claro, por pura estadística y currículum, Eric siempre sería el sospechoso número uno en cualquier tema que incluyera la palabra “ligar”.

—¡¿En serio?! ¡¿Yo?! —exclamó Eric, abriendo mucho los ojos y levantando las manos en señal de rendición—. Pero si yo no voy nunca a bodas... ¡Odio las bodas!

—No pongas esa cara, Eric —le soltó Enzo riendo—. Tienes el historial que tienes.

—Ya, pero es que no he ido a ninguna en años... —se defendió él, y entonces cometió el error de cálculo—. Bueno, en la vuestra.

Se hizo un silencio sepulcral de un segundo. James, que estaba apoyado en el respaldo de mi silla, arqueó una ceja con esa parsimonia que usa para interrogar a los testigos más difíciles.

—¿Quieres decir... —empezó James con un tono peligrosamente tranquilo— que te liaste con algún invitado de mi boda?

Vaya, vaya. Por lo que parecía, Eric no les había contado absolutamente nada a los chicos sobre su encuentro con Cami.

Adri y yo nos cruzamos una mirada fugaz, una de esas que valen más que mil palabras, mientras intentábamos contener la risa.

Eric se puso rojo, dándose cuenta de que acababa de cavar su propia tumba informativa.

—Bueno... sí, ¿para qué negarlo? —admitió Eric, rascándose la nuca—. Me he delatado solo. La barra libre de James era demasiado buena y la compañía... inmejorable.

Todos estallamos en carcajadas. James negó con la cabeza, medio divertido y medio resignado, mientras Liam celebraba su victoria como si hubiera ganado la Champions. Pero Eric, que no es de los que se quedan con el golpe, se enderezó en su sitio y agarró su copa con una sonrisa depredadora.

—Vale, me habéis pillado —dijo Eric, recuperando la compostura—. Pero ahora me toca a mí.

Nos miró a todos uno por uno, deteniéndose un segundo más de la cuenta en James y en mí, y luego pasó la vista por Cami.

—A ver... ¿Quién de los aquí presentes es más probable que haya tenido una fantasía recurrente con alguien de esta misma mesa?