CAPÍTULO 18 JAMES #3
—¿Y quién dice que no te toca recibir ese carácter ahora? —dijo aproximándose a mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume.
—Porque te lo veo en la mirada —respondí, cogiéndola de la mano y atrayéndola hacia mí hasta que quedó encajada en mi cuerpo, protegida y dominante a la vez—. Te ha gustado que te diera la razón.
—Ajá... puede ser —murmuró. Se puso de puntillas y me dio un beso en los labios que empezó dulce y terminó con ella mordiéndome el labio inferior, una pequeña advertencia marcada en mi piel—.
Lo que puede ser también —continuó ella con voz baja pero peligrosa— es que como vea a esa mujer, o a cualquier otra, a menos de un metro de ti...
toda la ira que llevo reprimida y acumulada desde que supe del embarazo te estallará en la cara.
—Mensaje recibido —respondí, apretándola contra mí y profundizando el beso, ignorando que estábamos en un edificio de oficinas rodeados de cristal.
De repente, un flash nos sorprendió. Nos separamos y vimos a Henry con la cámara en alto y una cara de pánico absoluto.
—¡Perdón! De verdad... era una imagen preciosa, la luz era perfecta y no he podido evitar inmortalizarlo —dijo Henry avergonzado.
Mía se recolocó el pelo, miró a Henry y luego volvió a mirarme a mí con una sonrisa triunfal.
—Me gusta este chico —sentenció.
Yo solo pude reír. Málaga acababa de recibir oficialmente el “efecto Mía”, y yo no podía estar más orgulloso de mi mujer.
Mía decidió que ya había tenido suficiente de reposo absoluto en Madrid.
Quería ver con sus propios ojos el fruto de tanto esfuerzo, conocer cada rincón del bufete y, sobre todo, respirar el aire de Málaga.
Por eso, decidimos viajar el día anterior por la tarde para despertar aquí, frente al Mediterráneo, sin las prisas del viaje matutino.
Como ya viene siendo costumbre desde que la “lentejita” marca el ritmo, a Mía se le pegaron las sábanas. Decidí que se tomara todo el tiempo que necesitara; yo me adelantaría al despacho para coordinar un par de cosas y ella llegaría después, a su ritmo.
Tras el incidente en mi despacho con Teresa, le enseñé todo el despacho y su rostro fue la mejor recompensa de todo este proceso.
Se quedó paralizada unos segundos, recorriendo con la mirada el diseño impecable, la luz que inundaba cada rincón y, finalmente, ese ventanal que parecía invitar al mar a sentarse a la mesa con nosotros.
—James... es incluso mejor de lo que imaginaba por las fotos —murmuró, acercándose al cristal.
—Te dije que el render no le hacía justicia —le respondí, acercándome a ella y rodeando su cintura con cuidado—. ¿Qué te parece? ¿Es digno del sello Bernard Legal Group?
—Es perfecto. Tiene esa fuerza nuestra, pero con la calma de Málaga. Casi dan ganas de volver a trabajar ahora mismo solo por tener estas vistas —dijo con una sonrisa nostálgica—. Has hecho un trabajo increíble, James.
—Hemos, Mía. Tú estuviste en cada decisión, incluso desde el sofá de casa.
Para el almuerzo, reservé en el chiringuito que me enseñó Teresa la primera vez que vine y que se encontraba justo frente a nuestro hotel. Quería que Mía se deleitara con las vistas de la arena y el mar mientras probaba los manjares de la zona.
Llegamos al restaurante con el sol de justicia acariciándonos la cara. Mía estaba encantada con la ubicación, pero la sorpresa del sitio quedó totalmente eclipsada por lo que nos esperaba apenas pusimos un pie en la terraza.
Allí, sentados a una mesa larga y con bebidas servidas, estaban ellos. Enzo, Eric, Liam, Cami y Adri. Los cinco nos miraban con unas sonrisas que delataban la travesura.
—¿Pero qué hacéis aquí? —exclamó Mía, llevándose las manos a la boca, pasando de la sorpresa a la risa en un segundo.
—¡Sorpresa! —gritó Liam, agitando una servilleta como si fuera una bandera.
—Si el trabajo no os deja veros, ya venimos nosotros al trabajo —sentenció Eric, levantándose para darnos un abrazo.
Eric había sido el cerebro de la operación.
Me había informado de que no pensaban dejar que pasáramos otro fin de semana “aislados”.
Habían organizado este desembarco sorpresa en toda regla para celebrar la apertura y, de paso, asegurarse de que Mía estuviera pletórica.
¡Son increíbles! Y nosotros tenemos mucha suerte de tenerlos en nuestra vida.
Mía miró a cada uno de esos mejores amigos que teníamos.
—No me lo puedo creer... —dijo, sentándose mientras Adri ya le servía un zumo bien frío—. Estaba empezando a echar de menos vuestras tonterías, pero no pensaba que os atreveríais a cruzar media España solo por un almuerzo.
—Por ti, bombón, y por esa sobrina, vamos hasta el fin del mundo —dijo Liam.
—Además, Málaga siempre es una buena excusa. Y no sólo será un almuerzo, hemos venido a pasar el fin de semana —confirmó Eric.
—¡Qué emoción! —chilló Cami.
—Venga sentaos —dijo Adri.
Me senté al lado de Mía, sintiendo cómo la tensión de la mañana desaparecía. No era el almuerzo romántico y tranquilo que había planeado, pero al ver la cara de felicidad de mi mujer, supe que era exactamente lo que necesitaba. La “fiera” estaba en casa, rodeada de su manada.