CAPÍTULO 18 JAMES #2
Al frente de la sede hemos situado a Cristian, los primeros meses, junto a Teresa.
Debo reconocer que es una mujer inteligente y extremadamente organizada; lo tiene todo bajo control con una precisión que asusta.
Sin embargo, su carácter sigue siendo algo altivo; tiene esa forma de compartir su opinión como si fuera una imposición, pero mientras mantenga la excelencia que este despacho exige, puedo lidiar con su personalidad.
Para completar el equipo, hemos fichado a tres pesos pesados del derecho con trayectorias impecables: Elena: especialista en mercantil con un ojo clínico para los detalles; Carmen, una fiera en procesal civil; y Juan Alberto, experto en derecho administrativo con años de experiencia en la zona.
Junto a ellos y nuestra nueva secretaria, la oficina funciona como un reloj suizo.
La inauguración no pasó desapercibida. Fuimos portada en la sección de economía y los informativos locales se hicieron eco de nuestro aterrizaje en la Costa del Sol.
El titular reflejaba perfectamente nuestra ambición: “Bernard Legal Group redefine el panorama jurídico andaluz: la excelencia de Madrid llega a Málaga.”
La afluencia de clientes ha sido masiva. No solo han llegado empresas nuevas atraídas por nuestra reputación, sino que muchos clientes, que ya teníamos en cartera, han agradecido la cercanía, evitando desplazamientos a Madrid.
Gran parte de este ruido positivo se lo debemos a Henry, nuestro Community Manager y nuevo fichaje para la sede en Málaga.
Henry es un mago de las redes sociales; sabe exactamente cómo proyectar esa imagen de cercanía y prestigio que buscamos.
Mi padre se ha dejado caer por la sede en un par de ocasiones para supervisar el arranque, y Henry no ha desperdiciado la oportunidad de publicar fotografías de él recorriendo las instalaciones.
La respuesta en redes ha sido fantástica: la gente confía en el legado, y ver a mi padre allí refuerza esa confianza.
A pesar de que todo parece estar en orden bajo el mando de Teresa, el liderazgo no se ejerce solo por correo electrónico.
Debo desplazarme a Málaga durante estas primeras semanas.
Necesito que el equipo me vea allí, que sientan que no están solos en esta fase de despegue y, sobre todo, aportar mi visión en los casos más complejos que ya están entrando por la puerta.
Cruzar el umbral del nuevo despacho de Málaga siempre me producía una mezcla de orgullo y vértigo.
El viernes por la mañana, el ambiente era eléctrico.
Elena, Carmen y Juan Alberto me recibieron con un entusiasmo que confirmaba que habíamos elegido al equipo adecuado.
Pasé las primeras horas sumergido en sus estrategias, escuchando sus enfoques sobre los nuevos casos y, aunque les di un par de consejos marca de la casa, me di cuenta de que este motor ya rugía solo.
Sin embargo, Henry, nuestro Community Manager, tenía sus propios planes para mi visita.
—James, necesito “contenido premium” y aprovechar esta visita al máximo —me dijo, empujándome hacia mi despacho—. Siéntate tras la mesa, por favor.
Me senté mientras él correteaba por todas las oficinas buscando unos tomos antiguos de Derecho para ponerlos en un lateral de la mesa. Según él, eso aportaba una “sofisticación intelectual” que los seguidores de Instagram devorarían. Yo solo podía rodar los ojos, pero me dejé hacer.
De repente, sentí una presencia demasiado cerca.
Teresa se aproximó y, sin mediar palabra, puso sus manos sobre mi corbata.
Empezó a ajustar el nudo con una parsimonia que me pilló totalmente desprevenido.
Me quedé helado, con las manos sobre el escritorio, procesando la invasión de mi espacio personal.
Antes de que pudiera apartarla o decir algo, una voz gélida y autoritaria cortó el aire del despacho.
—Creo que no deberías hacer eso.
La voz de Mía retumbó con una fuerza que hizo vibrar los cristales. Vi cómo las manos de Teresa temblaban, apartándose de mi cuello como si mi corbata quemara.
—Mía... estás aquí —alcancé a decir, levantándome de inmediato.
—Sí, estoy aquí —respondió ella, avanzando con esa elegancia implacable que ni el embarazo podía disimular—. En cambio, tú no deberías estar ahí —señaló con el dedo el lugar exacto donde Teresa se había pegado a mí.
—Sólo estaba poniéndole bien el nudo de la corbata para la foto —balbuceó Teresa, intentando recuperar una compostura que ya había perdido.
—Un nudo que le hice yo misma esta mañana, que estaba perfectamente bien hecho y al que te has lanzado sin pedir siquiera permiso —sentenció Mía, clavándole una mirada que haría que los culpables confesasen antes de tiempo—. Creo que tienes demasiada confianza para mi gusto.
—Yo... perdón... no quería... —Teresa me miró a mí, buscando un salvavidas que yo no iba a lanzar.
Mía me lanzó una mirada que conocía muy bien; era la misma mirada cargada de fuego que me dedicaba cuando estaba realmente enfadada. En ese momento, supe exactamente lo que tenía que hacer.
—Mi mujer tiene razón —dije con firmeza, cerrando cualquier posibilidad de defensa para Teresa.
La mirada de Mía se suavizó un milímetro, aunque seguía echando chispas. Teresa, roja como un tomate, agachó la cabeza.
—Lo siento, os dejo solos —murmuró acercándose a la puerta.
—Teresa... la última vez —añadió Mía justo antes de que ella saliera despavorida del despacho.
Me apoyé en el borde de mi escritorio, mirando a mi mujer con una sonrisa de absoluta fascinación.
—Si supieras cuánto me has puesto en este momento... me encanta tu carácter —le confesé, recorriendo con la mirada su silueta.
—¿Ah, sí? —preguntó ella, desafiante.
—Sí. Sobre todo cuando no es contra mí.